Tránsito en el Aeropuerto de Atlanta

Llegaba de París con casi 3 horas para hacer el tránsito, tiempo que debería ser más que suficiente habida cuenta de que hace 5 meses en Miami, cuyo aeropuerto es el que peor fama tiene, lo había conseguido en menor tiempo todavía. Lo que viví a continuación fue una mezcla entre aventura y pesadilla.

Al llegar a la zona de control de pasaporte eran las 15:15 horas. Había una fila de gente esperando que podía tener unas 300 personas. La fila serpenteaba formando 12 largos requiebros paralelos de unos 20 metros de longitud cada uno, y avanzaba con mucha lentitud. Las primeras 3 filas tardé en recorrerlas unos 40 minutos. La cuarta fila tardé en recorrerla 20 minutos. A esa velocidad tardaría unas dos horas en ver mi pasaporte sellado y perdería el vuelo, que cerraba las puertas de embarque a las 17:40.

Vista sobre Centroamérica
Vista sobre Centroamérica

Al cabo de una hora esperando, debieron poner más personal a trabajar o hubo órdenes de no chequear los pasaportes con tanto ahínco. El caso es que empezamos a movernos a mucha más velocidad y vi posible el no perder el vuelo a Panamá. Cuando ya sólo me faltaba la última fila para entrar en acción, una de las mujeres que trabajaban en aduanas -curiosamente eran todas mujeres afroamericanas- vino diciendo si había alguien con ESTA (el visado temporal que había que sacar para entrar en el país) que ya hubiera estado antes en el país con el mismo pasaporte. Dije que sí y me dijo que fuese a otra zona, donde esperaba pasar automáticamente al control de pasaporte y ahorrar unos minutos que me harían falta. Tras pasar el control de pasaportes me quedaba buscar mi maleta facturada, llevarla a la nueva cinta para que la metiesen en el avión de Panamá, pasar el control de seguridad del equipaje de mano y, probablemente, pasar por algún control de pasaportes más.

Al llegar a la zona que me había indicado la mujer, otra compañera suya me dijo que realizase el escaneo de mi pasaporte en uno de los ordenadores que había para hacer el proceso automáticamente. Yo ya lo conocía de haberlo usado en Miami, y tal como ocurrió en la ciudad de Florida, hacer este proceso automático no servía para nada, porque de ahí salía un ticket con una cruz tachando mis datos y me obligaba a ponerme en la cola con el resto del gentío. Para mi fascinación, en este caso fue igual, y tras conseguir ese papel inútil sacado del ordenador, me pusieron en una cola con mucha más gente y más lenta que aquella de la que acababa de salir. Indignado, le dije a varias de las trabajadoras de allí que me habían sacado de la primera fila de la otra sección del control de pasaportes para meterme en esa fila más larga, y que por culpa de eso iba a perder mi vuelo. La primera no me hizo caso, la segunda tampoco. La tercera fue la misma muchacha que me invitó a cambiar de zona, y me pidió que saliera de la fila para expliarle lo ocurrido a su supervisora. Ésta última escuchó mi explicación y mi urgencia, y le preguntó a un policía, también negro, si podía regresar a aquella fila de la que había salido 5 minutos atrás. El policía dijo que no, que a esperar como todo el mundo.

Mientras regresaba apesadumbrado a la cola, la encargada me dijo: “espera, espera”, abrió la cinta que delimitaba los requiebros de la fila, y me introdujo ahí mismo, en mitad de la fila. Me hizo avanzar quizá unas 25 personas, pero aún seguía teniendo por delante más gente de la que tenía en la fila original, con la diferencia de que esta avanzaba tres o cuatro veces más despacio. Eran ya las 16:45, faltaban 55 minutos para que cerrasen la puerta de embarque. Una mujer pasó la fila pidiendo permiso y fue parada bien adelante por una de las trabajadoras, que le preguntó qué estaba haciendo. Adujo que una compañera suya le había dicho que pasara, pues si no iba a perder el vuelo: resultó que lo tenía a la misma hora que yo el mío. Tras comprobar que decía la verdad, la trabajadora dejó pasar a la mujer, pero cuando yo le demostré estar en la misma situación su respuesta fue que no, que a esperar como todo el mundo. Más o menos en este momento fue cuando empecé a mascullar improperios y a maldecir Atlanta y aquél país de control paranoico y desorganización épica. Minutos antes, en la fila original, hablaba con un alemán sobre el descontrol en el control de pasaportes, y me recordaba a los refugiados en Macedonia, esperando en un proceso mucho más largo que el nuestro, mucho más incierto, bajo la lluvia o el sol, hambrientos y con niños. Esto ayudaba a relativizarlo todo.

Avanzamos despacio, dieron las 17:00 y unos chicos brasileños me dejaron avanzar sus puestos. Las 17:15, ya me estaba poniendo bastante nervioso y daba por perdido el vuelo, pues todavía faltaban varias personas delante mía, y otra de las trabajadoras negras, ésta más simpática, me miró con ojos de condescendencia, indicando que mi vuelo lo podía dar por perdido, a la par que me daba explicaciones sobre qué debía hacer para que me dieran plaza en el siguiente vuelo a Panamá. Porque esa era la excusa que todas las trabajadoras ponían cuando les decías que ibas a perder tu vuelo: serás recolocado en el siguiente, no te preocupes. Lo cierto es que yo no era el único que iba con las mismas prisas y con las mismas probabilidades de perder el vuelo: éramos muchos, y más de uno en mi misma situación de haber cambiado de la fila rápida original a ésta más lenta y desesperante.

Llegó mi turno y me sellaron el pasaporte con bastante celeridad, tras preguntarme qué iba a hacer en Panamá y marcarme que iba a trabajar en Naciones Unidas. Chúpate esa, Estados Unidos. En Panamá me esperaba el que sería mi jefe en esta nueva misión a la que me enfrentaba, y si perdía el vuelo quizá ya no podría ir a recogerme, tendría que buscar taxi, y quién sabe si podría tener problemas para encontrar dónde quedarme en Panamá. En principio, mi jefe me llevaría a la zona donde un hombre que conocí por Couchsurfing me hospedaría unos días hasta que encontrase apartamento.

Salí corriendo del control de pasaportes, sin preocuparme por parecer sospechoso corriendo con una mochila rodeado de policías estadounidenses. Pregunté a una mujer sobre cómo continuar y me dijo que buscase mi maleta en la cinta y siguiese a la zona siguiente. Encontré mi maleta a la carrera, la agarré con una mano y la puse de pie de una sacudida; saqué el mango y continué la carrera hacia un mini-control donde recogían el papelito absurdo tachado con una cruz que el ordenador había expedido antes. Seguí corriendo y un hombre comprobó que para el vuelo de Panamá aún llevaba tiempo, que entregase mi maleta en una cinta cercana y siguiera al control de seguridad del equipaje de mano. Intenté saltar puestos en la cola pero varios de los que esperaban protestaron diciendo que su vuelo también era a la misma hora que el mío. Me detuve y les dije que, si realmente era así, entonces esperaría como los demás. Lo cierto es que no daban la impresión de tener tanta prisa.

Los controles de seguridad en Estados Unidos son bastante exhaustivos. Te tienes que quitar incluso los zapatos y, por supuesto, sacar todo artículo electrónico del equipaje, así como los líquidos. Todo este proceso lo hice a toda mecha y salí de allí tras ser escaneado con los brazos en alto. Me puse las zapatillas al mismo tiempo que me ponía el cinturón, y salí corriendo con la mochila colgada de un hombro mientras cerraba el maletín del portátil colgado del otro. Miré la puerta de embarque en los monitores adyacentes y en ese mismo instante me indicaron hacia dónde me tenía que dirigir. Subí unas escaleras mecánicas y seguí a la carrera, hasta que vi que en la puerta de embarque F6 había gente esperando: el vuelo aún no había salido. Me relajé y caminé. Cuando la azafata pasó mi billete por el escáner salió una luz roja y dijo: señor Ruiz, le esperábamos y le estábamos llamando. Tú verás ahora, pensé. Le pasó mi billete a otra azafata que se puso a mirar cosas en el ordenador con mi pasaporte en la mano: “¿Ocurre algo, madam?”, pregunté. “¡No, no! Sólo que como vienes de vuelo internacional tengo que modificar algunos datos aquí dentro”, me contestó sonriendo. El vuelo salió con 10 minutos de retraso, y eso me salvó, pues entré en el mismo justo a las 17:40.

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