Tortugas gigantes en Guayana Francesa

“Antes de verlo jamás hubiera imaginado que se trataba de algo así: un agujero de profundidad inescrutable y perfectamente circular por el que decenas de tortugas intentaban salir al mismo tiempo, golpeándose entre sí, escalando las unas sobre las otras, en una lucha sin cuartel por salir cuanto antes de aquel agujero y alcanzar el mar”.

No nos cruzamos con nadie camino de aquella playa solitaria situada entre Guayana Francesa y Suriname, pero cuando llegamos encontramos allí otro vehículo aparcado. Caminamos atravesando una zona de vegetación baja hasta alcanzar la zona arenosa, e inmediatamente encontramos a un grupo de cuatro franceses, padres e hijos, que venían del lado Este de la playa. Decían haber visto una tortuga gigante desovando, aunque solamente una. La chica de nuestro grupo, aludiendo a la posibilidad entusiástica de encontrarnos con muchas más tortugas, decidió dirigirse en dirección opuesta en busca de más fortuna.

Los nueve caminamos durante veinte minutos sin ninguna tortuga. Una vez más, sólo observamos algún cangrejo que otro moviéndose fugazmente, como una sombra fantasmagórica al sentir nuestros pasos aproximándosele. La playa aquí era mucho más ancha que donde estaba el albergue, y el trozo de arena que separaba las olas de la jungla medía de diez a quince metros de anchura. Llegó un momento en el que nos cansamos de caminar. Desistimos en nuestro empeño y decidimos regresar sobre nuestros pasos. Empezaba a verlo todo un poco negro y temí que el paseo hasta Awala Yalimapo había sido en balde. Seguimos caminando, pese a todo, con las linternas por delante nuestra alumbrando esta vez en dirección Este, a donde aquella familia francesa había encontrado supuestamente una tortuga gigante soltando su futura prole. Nuestra última esperanza era encontrar alguna tortuga en aquel último trayecto, pues quedaba claro que la época elegida para visitar aquellas playas no iba a ofrecernos un espectáculo de tortugas a gran escala. Retornamos al punto de inicio, donde estaban los coches, y seguimos caminando durante veinte o veinticinco largos minutos más. Yo ya había perdido toda esperanza y consideraba la posibilidad de continuar caminando hasta el albergue, pues no debían faltar más de uno o dos kilómetros.

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Entonces alguien divisó una tortuga, una de las pequeñas. Rápidamente nos congregamos cinco o seis alrededor de ella y, siguiendo las huellas trazadas en su lento deslizar, llegamos al origen de la misma: el nido de huevos desde donde el resto de tortugas intentaba escapar. Antes de verlo jamás hubiera imaginado que se trataba de algo así: un agujero de profundidad inescrutable y perfectamente circular por el que decenas de tortugas intentaban salir al mismo tiempo, golpeándose entre sí, escalando las unas sobre las otras, en una lucha sin cuartel por salir cuanto antes de aquel agujero y alcanzar el mar. Eclosionaban así, todas a la par, porque de otro modo una de ellas en solitario nunca podría mover la arena que las aprisionaba dentro de los huevos. Todas juntas, aunando sus energías en subir y subir, lograban remover la tierra sobre sus cabezas y avanzaban poco a poco hasta la superficie. Algunas tortugas, tras mucho esfuerzo, conseguían alcanzar el borde del agujero y, con suerte, salían al exterior y comenzaban un lento deambular en busca de las olas, un tanto desorientadas. Tan desorientadas estaban algunas que, al cabo de un rato y unas cuantas vueltas, volvían a caer al agujero con el resto, tornando al punto de partida. Nosotros no queríamos ayudarlas pues era para ellas fundamental aquella lucha, al ser ésta la manera en la que la naturaleza conseguía desentumecer sus músculos, proporcionándoles la fuerza necesaria para la inexorable y dura tarea de navegar y sobrevivir en el mar.

Ya estábamos allí los nueve, aunque algunos de ellos, quizá demasiado borrachos, optaron por tumbarse sobre la arena indiferentes a las tortugas. Aquella zona estaba infestada de mosquitos, y yo, con pantalón largo y manga larga, no dejaba de sentirlos en mis manos y mi cara, revoloteando ansiosos. Dos de los tres franceses que nos llevaron en el coche iban en pantalón corto y sin camiseta: al día siguiente sufrieron en su cuerpo centenares de ronchas irritantes. Las tortugas, mientras los mosquitos se daban su festín, seguían a lo suyo. Quizá estaban desorientadas por nuestra presencia y la luz de las linternas, quién sabe, aunque poco a poco todas parecían ir encontrando su camino hacia el mar. Eran muchas, decenas, probablemente un centenar, que es la cantidad de huevos aproximada que una tortuga gigante suelta en cada puesta. Cuando iban quedando menos parecía que les costaba más esfuerzo salir. Muchas alcanzaban el borde del hoyo y, justo cuando parecía que iban a dar el último empujón con sus aletas delanteras para escapar, otra tortuga les pegaba un involuntario empujón por el costado y ambas caían sobre la muchedumbre que se movía bajo ellas. Otras veces, simplemente, su propia torpeza hacía imposible que escaparan de su lugar de nacimiento, y cuando todo apuntaba a que estaban prácticamente fuera volvían sobre sus pasos o giraban sobre sí mismas hasta caer. Vuelta a empezar.

Pasamos allí unos veinte minutos, hasta que la última de las pequeñas abandonó el agujero y alcanzó las olas, que la succionaron hasta el interior oscuro del misterio oceánico. Tras de sí solo dejaron pequeños surcos en la arena, casi imperceptibles, y un hoyo de unos veinte centímetros de profundidad, ya vacío. Fue un precioso espectáculo de la naturaleza que de por sí hacía que llegar hasta allí mereciera la pena. Nos dimos por satisfechos y emprendimos el camino de vuelta a los coches. Hacía ya un buen rato que había pasado la medianoche. La luz de una de las linternas avanzó hacia el horizonte de oscuridad insondable y, por un instante, observé una sombra oscura sobre la arena, delante de nosotros. Alguien dijo algo en francés que no entendí, y todos apagaron sus linternas inmediatamente. Levanté yo la mía, de potencia tan escasa que a duras penas daba para divisar aquella sombra en mitad de la orilla, a unos diez metros frente a nosotros. “Apaga la linterna, que se puede asustar”, me dijo uno de los franceses. En ese momento me percaté de cómo aquella mancha negra se desplazaba unos centímetros hacia arriba de la orilla: era una tortuga gigante. Mediría como poco 120 o 130 centímetros de longitud, pesaría entre cien y doscientos kilos, tendría probablemente el doble de años que yo, o más aún, y se estaba deslizando con indudable esfuerzo hacia la zona más alejada del mar, que iba a dar con un pequeño talud de arena que daba paso a la vegetación.

Nos quedamos todos quietos en la oscuridad, sin ver la tortuga pero sintiéndola arrastrarse trabajosamente, suspirando de agotamiento de cuando en cuando. ¿Llegaría el animal hasta la zona superior del talud? ¿Se asustaría al sentir nuestra presencia y daría media vuelta hacia el mar? Solo quedaba esperar, y la espera se tornaba eterna, pues la tortuga apenas avanzaba un metro por minuto. Tardó como unos diez minutos en recorrer otros tantos metros hasta donde comenzaba a subir el talud de arena. Se puso a excavar un hoyo con sus aletas, pero el lugar no le debió convencer cuando cambió de rumbo y se tomó otros cinco minutos para avanzar pendiente arriba hasta llegar a la zona superior del talud. Allí, con la cabeza metida entre unos arbustos, quedando prácticamente encajonada, cavó utilizando las aletas delanteras hasta enterrar su cuerpo unos centímetros en la arena. Después comenzó a emplear exclusivamente sus amplias aletas traseras, doblándolas para darles forma de pala, moviéndolas lenta pero constantemente para lanzar nubes de arena al aire, hacia atrás. Así, poco a poco, fue creando un agujero más profundo justo bajo el final trasero de su caparazón, entre las dos aletas traseras.

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El agujero era estrecho, pero minuto a minuto iba siendo más y más hondo, al tiempo que la gran tortuga aparentaba estar más y más exhausta. Llegó un momento en el que tuvo que cesar, jadeante. Era impresionante escuchar la respiración sofocada de aquel monstruo marino, agotado en su esfuerzo instintivo por perpetuar la especie. Pasados unos segundos de recuperación volvía a introducir, alternativamente, las aletas traseras en el agujero cuyo fondo se hallaba cada vez más distante. Llegó un momento en el que parecía mentira que aún pudiera alcanzar el lejano fondo para seguir sacando arena. Ya no la lanzaba por los aires, pues se encontraba agotada y demasiado hundida en la arena, así que utilizaba una habilidosa técnica para ir acumulando la arena en montículos alrededor de su propio cuerpo. Primero metía la aleta hasta el fondo, muy despacio, tanto por el cansancio como por el cuidado que requería la operación si no quería derrumbar las paredes del agujero, que ya podría tener unos 30 centímetros de profundidad vertical. Entonces curvaba la aleta como si fuera una cuchara y raspaba del interior del hoyo una cantidad de arena correspondiente a la que un humano podría acumular con ambas manos. Forzaba entonces su musculatura para alzar la aleta, manteniendo la superficie curvada a modo de cuchara con la arena sobre ella, en perfecta horizontalidad mientras el resto de su aleta se elevaba, contrayéndose, hasta sacar la arena fuera del agujero sin haber derramado un solo grano. Solo entonces, en un habilidoso movimiento vertiginoso, la curvada punta de la aleta donde aún contenía la arena se giraba 180º y la aplastaba contra la superficie de arena, compactándola, sin dejarla caer gracias a la fuerza centrífuga, devolviendo la aleta a su lugar original. Entonces empezaría el mismo proceso con la aleta opuesta.

Los tres franceses que nos habían llevado en coche hasta Awala Yalimapo estaban soñolientos o, quizá, agobiados por la infinidad de mosquitos que nos estaba azotando desde hacía horas. Así que decidieron regresar al albergue y meterse en sus hamacas. Por nada del mundo pensaba irme yo de allí sin ver qué más nos ofrecería aquél reptil marino, así que me quedé en la playa con el resto. La profundidad de la excavación continuó incrementándose progresivamente -al igual que el agotamiento de nuestra descomunal amiga- hasta alcanzar aproximadamente un metro de profundidad. Fascinante. Considerando a las tortugas un animal torpe, jamás hubiera imaginado que pudieran tener la habilidad de construir un nido tan perfecto, de paredes verticales, completamente circular, de tal profundidad. Y sin ver lo que estaba haciendo, sin mirar. Su cabeza seguía empotrada contra unos arbustos que marcaban el final de las arenas, y su pesado cuerpo se interponía entre el hueco para el desove y su centro de pensamiento. Pero conseguía coordinarse, vaya si lo conseguía.

“¡Ahí va ya!”, dijo la chica francesa, que estaba en todo momento dirigiendo el cotarro, como si se considerase la matrona del inminente parto que sobrevenía. Ella estaba justo detrás de la tortuga, junto a su aleta derecha. Yo me abrí paso tras la aleta izquierda y me puse a grabar. Ella mantenía su potente linterna alumbrando el interior del agujero, pero mientras los huevos salían las aletas de la tortuga se unieron entre sí tapando la visión, como dos abanicos gigantes, para cerrar el paso y proteger la salida de los huevos. Una maniobra inteligente para frustrar a los depredadores, pero una putada innecesaria para cotillas como nosotros. Apenas dejaba la fisionomía de sus aletas un resquicio de un centímetro para que la luz de la linterna alumbrara el interior del agujero, y entonces pude ver el primer huevo caer. Era de un tamaño intermedio entre una pelota de ping pong y otra de tenis, completamente redonda y de un blanco inmaculado, perfecto. Alumbraba yo también con mi linterna, que apenas sí aportaba algo de claridad en aquel agujero sellado por el cuerpo de la tortuga. Cuando conseguíamos encontrar la posición perfecta entre aletas, cámara y linternas, la tortuga pegaba un estertor a causa del esfuerzo infinito, se movía, y cambiaba toda la ecuación. Jadeaba como si estuviera corriendo una maratón, nuestra amiga, y cada huevo que salía lo hacía con más diferencia de tiempo que el anterior. A veces el empujón era tan fuerte que se veían caer dos, tres y hasta cuatro huevos uno detrás de otro, como en el juego del tragabolas.

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La matrona francesa metió una mano entre las aletas, y luego estiró el brazo hacia dentro, hasta el codo. Un nuevo esfuerzo titánico trajo consigo la nueva expulsión de un huevo, que fue a caer directamente en su mano. Lo sacó al exterior y nos lo mostró orgullosa, como si acabara de sacar del mar una gigante y húmeda perla. Parecía gelatinoso pero consistente, y en todo caso no tenía nada que ver con el cascarón de un huevo de gallina: de ser así se rompería al caer al agujero creando una descomunal tortilla sobre la arena.

El hoyo se empezaba a llenar poco a poco. Cientos de huevos, me dije a mí mismo, son muchos huevos. El deseo común era de querer ver más, pero por otro lado tampoco queríamos incomodar en exceso a la tortuga. Sin embargo, la improvisada matrona francesa decidió que era momento de tomarse una licencia. Agarró la aleta trasera derecha de la tortuga y la apartó ligeramente, eliminando el abanico celador de intimidad que el instinto del animal había creado. No pareció quejarse nuestra tortuga, ni puso oposición ni hizo ademán de regresar a la posición anterior, dejándonos una visión clara y directa sobre todo el interior del agujero. Se veía ahora un manto de blancos huevos abajo, pero aún quedaban muchos más por salir.

Así nos quedamos varios minutos más, hasta que concluyó la operación y la tortuga comenzó lentamente a introducir arena para tapar su obra maestra. Confiaba en que aquella admirable especie no desapareciera ante el avance del hombre, y me sentía contento de pensar que el dinero que dejaba el turismo relativo a las tortugas estaba contribuyendo a su preservación. Grabé un último vídeo del colosal caparazón de aquel animal prodigioso en toda su longitud, hasta acercarme a su cabeza y despedirme de ella deseándole con el corazón que el año que viene pudiera volver a repetir su epopeya.

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