Tensión en Mitrovica, Kosovo

“Aquel hombre podría haber protagonizado una película bélica de temática genocida sin necesidad de atrezo ni caracterización alguna. Era el estereotipo de máquina de matar, el Rambo de Mitrovica, el Stallone de los Balcanes. No existía el casting que se le escapara a aquel mazacote de músculo enloquecido”.

De camino a la estación de autobuses, que estaba un rato lejos, pasé por delante de un cartel con las letras NEWBORN -recién nacido-, pintadas con colores de camuflaje militar. Como país que acababa de auto proclamar su independencia de Serbia, aquellas letras a modo de monumento eran un recordatorio sencillo y barato de la gesta. Cuánto tiempo seguirían llamándose a sí mismos recién nacidos en Kosovo antes de desmantelar el logo era un dato que atraía mi curiosidad.

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Recién nacido, de camuflaje

Seguí camino de la estación pasando bajo la escultura de Bill Clinton, que domina la avenida del mismo nombre y se ve acompañada por un mástil con su bandera de los EE.UU., salvadores polémicos de los agradecidos kosovares. Sería mediodía cuando llegué a la estación y me subí en el primer autobús que salía hacia Mitrovica. La frecuencia de salidas era cada 15 minutos, y cuando el vehículo se puso en marcha solo nos sentábamos unas cinco personas en su interior. El conductor salía de la ciudad despacio, en primera o segunda marcha, con la puerta abierta y gritando a todo aquel que viese por la calle ¨¡Mitrovica!¨. Al cabo de diez minutos ya había recogido a una docena de personas más, y a lo largo del camino hacia Mitrovica terminaron por ocuparse todos los asientos.

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Estatua a Bill Clinton. Monica no estaba.

Pocos kilómetros separaban ambas ciudades, unos 38, y sin embargo el paseo se alargó más de una hora. Al principio la carretera era amplia, de dos carriles por sentido, pero después dimos a parar con una zona donde las obras de ampliación estaban en marcha y el ancho de la calzada se redujo a un carril por sentido, acompañado de muchos baches y parches sin asfaltar. El tráfico era así mismo intenso, con camiones viejos, tractores y motocarros ralentizando el tráfico. Ambos lados de la calzada estaban flanqueados por todo tipo de negocios, siendo los predominantes los relacionados con la construcción: ladrillos, ferralla, cemento, hormigoneras, mobiliario, baldosas, piedra. También abundaban los relativos al automóvil: concesionarios, talleres de neumáticos, tiendas de llantas, servicios de reparación, desguaces. Así como todo tipo de negocios imprescindibles para el conductor kosovar: restaurantes, casinos, hoteles y casas de alterne más o menos disimuladas.

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Se acabó la carretera buena
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Estampa típica de una carretera kosovar
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Estampa típica de una carretera kosovar

La vida se concentraba a lo largo de la vía. A parte de esos negocios, cientos de casas desnudas a medio construir cubrían el terreno a ambos lados y de forma masiva. Aún carentes de puertas y ventanas, o con éstas, pero invariablemente con las paredes de ladrillo sin enlucir, daba la impresión de que Kosovo era un país en construcción permanente. Lo mismo había pensado días atrás cuando también visité la región de Prizren. Y como allí, ocasionalmente aparecían cementerios o monumentos conmemorativos a los caídos del UÇK, Partido de Liberación de Kosovo.

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Casas a medio construir, a patadas
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Estampa típica de una carretera kosovar

Mitrovica era la localidad donde más vivo estaba el conflicto entre Serbia y Kosovo, con importantes altercados en el año 2004, tras la guerra de 1999. Salvo alguna riña aislada, no había vuelto a desencadenarse una escalada global de violencia, pero las tropas de la KFOR seguían desempeñando su labor de perro guardián. De hecho, por el camino me crucé con dos vehículos todo terreno de color verde aceituna y distintivos de la KFOR, uno con bandera francesa y otro con bandera portuguesa. En Kosovo, a lo largo de las carreteras se pueden ver unas curiosas señales de tráfico, generalmente con forma de rombo y colores amarillo o azul. En un mismo hierro se ensartan dos señales, una para camiones y otra para carros blindados, indicando algún límite de velocidad, con flechas, que no pude descifrar.

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Monumentos memoriales a los caídos del UÇK
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Señales de tráfico para carros blindados militares

Me bajé en la estación de autobuses, y fui avisado de que el centro se encontraba a 2 kilómetros en dirección norte, y hacia allá me puse a caminar. A poco de iniciar la marcha me crucé con un señor mayor que vestía una boina negra circlar, con un pitorrillo corto y tieso hacia el cielo en el centro. Muy de pueblo, nunca había visto esas boinas fuera de España.

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Nunca he visto una estación de autobuses más desangelada que la de Mitrovica: completamente vacía
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abuelo albanés con su boina

Unos cien metros más adelante, otro señor de edad avanzada con el mismo tipo de boina, sentado junto a otro algo más joven que él, empezó a cuchichear sobre mí al ver mi barba de lejos. Me percaté inmediatamente, y cuando estaba a su altura me quedé mirándolos con una sonrisa. Hizo señas sobre su cara afeitada para indicarme su interés por mi barba, y me acerqué y le di la mano. A su lado, de pie, había un muchacho de mi edad o algo más joven, que tampoco hablaba nada de inglés, pero que se mostraba más despierto a la hora de entenderme.

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Les vine a decir que llevaba dos meses sin afeitarme, que era español, y poco más. Le mostré mi interés por su boina, y me dispuse a hacerle algunas fotos, mientas él, sorprendido y halagado, posaba como quizá lo hiciese hace 50 años cuando se hizo las fotos para la boda: muy quieto, serio, mirando a lontananza situándose de perfil. La gente nos observaba mientras yo movía aquel hombre de aquí para allá, lo giraba o lo ponía de pie intentando buscar un plano mejor. Pero la verdad es que  no era fácil entenderse y dejé las cosas como estaban, con alguna foto mediocre de recuerdo, para seguir andando.

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posando

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Vi algo después una pizzería a mi izquierda llamada ¨Pizza Time¨, y pensé que igual sí que era tiempo para una pizza. Tenían wifi, y era algo que iba necesitando para poder contactar con Filip, un joven habitante de Mitrovica con el que había contactado a través de Couch Surfing, y que había aceptado encontrarse conmigo para enseñarme su ciudad. Le escribí diciéndole que ya había llegado, preguntándole por un lugar para quedar. Me contestó que en el puente principal, punto más famoso de Mitrovica. A esas alturas todavía no sabía si él vivía en el Norte o en el Sur, si era serbio o albanés.

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Restaurantes de comida rápida

Mitrovica, en mejores horas, tuvo una población mixta de albaneses musulmanes y serbios ortodoxos, amén de otras minorías en porcentajes mucho menores. Tras la guerra de 1999, en la parte sur del río Iban se quedaron una mayoría de habitantes albaneses, mientras que la ribera norte pasó a ser exclusivamente de los serbios. Tras los incidentes de 2004, en los que los albaneses la tomaron con los reductos serbios que quedaban esparcidos aquí y allá, quemando de paso las iglesias y monasterios que pillaron, la población serbia se trasladó por completo al lado norte. Quedaba el río dividiendo ambas comunidades que un día vivieron en feliz convivencia, en tiempos previos al alzamiento de los independentismos nacionalistas. Un gran puente y otros dos más pequeños cruzan el río, pero pocos o ninguno son los serbios que se atreven a cruzar hacia el sur. Lo mismo ocurre con los albaneses y sus intenciones de cruzar al norte. Más que nada, porque de ser descubiertos, se arriesgan a una buena paliza o, directamente, no volver, dependiendo de con quién se crucen por el camino.

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Un señor albanés altamente influenciado por el estilo italiano

Así estaban las cosas, y cuando llegué al puente de marras me encontré con un todo terreno de la KFOR y cuatro soldados italianos vigilando su acceso sur. Antes había estado visitando los alrededores de la mezquita principal, siendo analizado por los albaneses atraídos por mi cámara y mis pintas de turista. Puedo decir que nadie me miró mal, ni sentí en ningún momento que pudiera pasarme nada, pues todo el mundo me daba por turista extranjero. De todos modos, lo cierto es que tampoco me sentí completamente relajado en ningún momento. De algún modo olía la tensión en la ciudad, y mis intuiciones se vieron confirmadas poco después al aproximarme al puente.

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La mezquita principal de Mitrovica

No había tenido tiempo aún de pararme a analizar lo que tenía ante mis ojos cuando un hombre, alto y fornido, de cabeza rapada y cuadrada, camiseta de manga corta y guantes de trabajo en ambas manos, empezó a gritar como poseído por el diablo. No entendía ni media palabra, y de primeras pensé que se trataría de un borracho o de un desquiciado, pero pronto comprendí que sus gritos iban dirigidos a un abuelo, albanés, de los de boina de pitorro en la cabeza, que casualmente andaba por allí de paseo. Vi en los ojos del serbio que su locura estaba incitada por el odio, nada que ver con voces esquizofrénicas: estaba loco pero de rabia. Apuntaba violentamente con su mano a aquel abuelo albanés, que por momentos no sabía dónde meterse y me miraba a mí en busca de una respuesta. Yo me quedé quieto como una estatua, con los cuatro militares italianos, Caravinieri, tres metros a mi espalda, a los cuales miré a mi vez para comprobar que permanecían tan quietos como yo mismo estaba. Y tan alucinados. Pude captar la palabra ¨Politzia¨ saliendo de la boca de aquel energúmeno, y no me faltaron mayores traducciones para concluir que estaba amenazando al viejo, con sus enérgicos movimientos de brazos que parecían asestar golpes de muerte al aire. “Si no estuviera aquí la policía te ibas a enterar”, supuse que le diría. Aquel abuelo se alejó con la cara mitad de espanto mitad de incredulidad, y el loco golpeó con sus manos un banco de piedra cubierto por hojarasca, la cual salió despedida al suelo con sus manotazos.

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El maníaco, reponiéndose

Allí se quedó sentado, recuperándose de su brote de ira sumido en un estado de introspección, medio ido. Yo hice alguna foto del puente, con el vehículo de los Caravinieri en primer plano. Tenía interés por hablar con aquellos militares italianos, pero tras la tensa situación recién vivida no resultaba fácil acercarse. Por otro lado tampoco estaba convencido de querer interrumpirlos en su labor profesional de proteger el puente, no sería quizá lo más apropiado. Así que avancé. Apenas tuve tiempo de llegar a mitad del puente cuando un muchacho alto y joven, de pelo moreno, vaqueros y camiseta, me saludó con la mano mientras avanzaba desde el otro extremo del puente. Entonces discerní que Filip vivía en la parte serbia de Mitrovica. Nos dimos la mano y caminamos hacia el extremo serbio del puente: Filip solo había cruzado hacia el otro lado dos veces en su vida, y no iba a hacer ese día una nueva excepción.

Me enseñaría su pequeña ciudad, dijo. Pequeña porque, según comentó después, la mayor porción de la ciudad se extendía en el lado sur albanés, y él no me iba a mostrar aquella parte, obviamente. De todos modos, la parte serbia se había ampliado considerablemente desde que terminaron las hostilidades y los serbios de todo Kosovo tuvieron que huir de sus respectivos hogares, alojándose muchos en la parte norte de Mitrovica, que se convirtió así en una especie de campo de refugiados sin vallas. De hecho, muchos de los huidos se alojaron en casas abandonadas por albaneses que, así mismo, hubieron de buscar cobijo cruzando el río para estar con los suyos. Ese fue el caso de un familiar suyo. Cada cosa que me contaba quedaba ejemplificada por un amigo o un familiar suyo, lo que daba cuenta de la proximidad de los hechos, lo tangible de aquella tensa realidad. No quise interrumpirle, así que seguimos andando, sin que me diese apenas tiempo a tomar fotos ni grabar vídeos del puente, de lo cual luego me arrepentiría.

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El puente y el coche de los Caravinieri de la KFOR

El puente estaba cerrado al tráfico, con un jardín de varias decenas de pinos plantados justo en mitad del mismo, como señal de que aquella división estaba pensada a largo plazo, de que no cruzarían vehículos por allí en el futuro próximo. Justo en su extremo norte el asfalto se levantaba de una manera grotesca, taladrado por martillos hidráulicos, reventado a todo lo ancho del acceso al puente. Para trasponer por allí era necesario caminar con cuidado de no meter el pie en alguna de las profundas zanjas. Me dijo Filip, cosa que más tarde confirmó su hermano cuando se reunió con nosotros, que estaba así porque el gobierno serbio había planificado construir una especie de parque, pero que se habían quedado sin fondos y lo habían dejado tal cual. Para mí, mirándolo todo bajo un punto de vista estratégico, era una barricada para que ningún vehículo pudiera cruzar por allí a toda velocidad. ¨Pero para eso ya está el jardín¨, me decían. Mejor dos barricadas que una, pensé yo. De hecho, allí mismo fue donde estuvo plantada la barricada que durante el conflicto bélico sirvió de parapeto.

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El asfalto levantado, para mí solo era una barricada más entre ambos pueblos
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Un monumento a los caídos serbios, justo frente al puente

Nos adentramos en el lado norte de Mitrovica, que he de recordar está en Kosovo. Sin embargo, y pese a distanciarse unos 30 kilómetros de la frontera serbia, lo que me encontré allí era otro país muy distinto al Kosovo que había conocido hasta entonces. Banderas serbias ondeaban por doquier, de manera excesiva, obsesiva. Un cartel me llamó la atención: llamaba a la Unión Europea nazis. Alguna gente, los serbios más extremistas, mantenían su odio atroz a la OTAN por haber atacado Serbia y permitido la consolidación del PLK; y a la Unión Europea por proteger y alentar la independencia kosovar.

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EULEX vete a casa

Nos sentamos en un bar a tomar una cerveza de marca serbia, por supuesto, y cuando llegó la factura ésta vino en dinares serbios. Repito que según el mapa estábamos en Kosovo, pero todas las señales indicaban que había regresado a Serbia nuevamente. Yo solo llevaba euros, la moneda de uso común en Kosovo. Es paradójico que Kosovo, país que no ha sido reconocido como tal por España, Eslovaquia, Chipre y Grecia, comparta moneda con ellos. No te reconozco como país, pero comparto contigo la moneda. Al terminar la guerra, la necesidad de una moneda con la que fundar una nueva economía llevó a la Misión de Administración Provisional de las NN.UU. en Kosovo a adoptar el marco alemán como moneda oficial. A partir de 2002, pasó a ser el euro. Así que, por mucho que España niegue y vote en contra de la independencia de Kosovo, ellos ya tienen nuestra misma moneda. Filip se ofreció con gusto a invitarme a esa cerveza. Y a la siguiente.

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Muchas banderas serbias por todas partes

Filip tenía 24 años y estaba terminando la carrera de Derecho. Lo contacté a través de Couchsurfing, con idea de poder conocer de primera mano lo que estaba sucediendo por allí, y él se ofreció encantado. Hablaba buen inglés, que había aprendido por su cuenta y nos daba para conversar de política profundamente.

»La mayoría de los serbios de por aquí somos ya conscientes de que no se puede cambiar nada respecto a lo sucedido, así que nos mantenemos neutrales y preferimos seguir adelante, continuar con nuestra vida. Lo que pasó, pasó, así que mejor olvidarlo y no perder más el tiempo con ello.

»Una de las cosas que más rabia producen por aquí es que se ha demonizado a los serbios, pero sin embargo a los criminales de guerra albaneses nunca los han llevado a juicio. Ocurrieron masacres contra el pueblo serbio que vivía en Kosovo y nunca nadie ha sido perseguido por ello.

»Sobre Milosevic casi todo el mundo tiene la misma opinión: fue un dirigente espantoso, y en Serbia tuvimos muy mala suerte de que nos dirigiera. Sin embargo, algunas personas, como un amigo mío que quizá conozcas ahora después, son fervientes seguidores de él. No atienden a razones, es simplemente escuchar el nombre de Milosevic y llenárseles la boca hablando de sus bondades, sin darse cuenta del daño que le ha hecho al país.

»Tito fue más de lo mismo. La gente joven sobre todo, que nunca conoció la época de Tito, simplemente idealizan una período que no fue ni por asomo tan bueno como algunos quieren recordar. Muchas otras personas mayores hablan de aquella época de Tito como si todo hubiese sido perfecto, sin recordar las miserias que también hubo en ese tiempo. Es cierto que algunas cosas iban mejor que ahora, al menos había paz, y Yugoslavia era un país respetado internacionalmente, pero tampoco es que todo fuese maravillosamente bien. De hecho, Tito, que era croata, parecía querer reducir la superioridad de Serbia, y así se encargó de restarle influencia sobre muchas zonas donde históricamente había tenido el poder, como en Kosovo, Montenegro, Macedonia…

Cuando terminamos con las cervezas acudimos a un pequeño supermercado donde conversaban el hermano de Filip y otro amigo suyo, el encargado del local, y que también se llamaba Filip. Unos cuantos minutos después acudió otro nuevo amigo de Filip y que, también, se llamaba Filip. Había tres Filip allí, y aún faltaba el amigo que apoyaba incondicionalmente a Milosevic y que, por supuesto, también se llamaba Filip. Parecía de coña, pues algo así no pasaba casi ni en España con los que nos llamamos Juan.

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De izquierda a derecha: Filip el tendero, el hermano de Filip y Filip.
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En las tiendas serbias de Mitrovica también tienen sus revistillas

»Nuestros padres sí que tenían amigos albaneses, vivieron juntos y en armonía, pero los jóvenes de mi generación ya no tenemos ningún contacto con ellos. Ellos están allí y nosotros aquí, y somos conscientes de que eso no va a cambiar.

»Durante y después de la guerra la gente se dividió, los serbios que vivían en el otro lado del río tuvieron que dejarlo todo y venir aquí, quedándose sin nada. Muchos de ellos ocuparon casas que anteriormente pertenecían a familias albanesas, que a su vez ocuparon casas de serbios en el otro lado del río. Hubo un intercambio de hogares entre los que huían de cada parte del río. De hecho, mi primo fue uno de ellos.

Poco después subimos a un monte en el que se alzaba la bonita iglesia ortodoxa de San Demetrio, cuyo interior estaba profusamente decorado con frescos intensamente coloridos. La colina dominaba en 360 grados los alrededores, proporcionando unas vistas apabullantes de toda Mitrovica. Incluyendo el lado sur plagado de los minaretes de la mezquitas, que empezaron a llamar al rezo y me hicieron preguntarles por la cuestión religiosa.

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iglesia ortodoxa de San Demetrio
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interior de la iglesia

»El problema es que los albaneses siguen siendo muy extremistas, en 2004 se liaron a quemar iglesias ortodoxas, destruyendo un importantísimo patrimonio histórico. De hecho, ahora tienen que estar protegidas por policía y militares del KFOR, pero en el momento en que haya otra revuelta y una turba decida atacar alguno de estos lugares, nadie va a poder pararlos.

»Sí, en Belgrado también quemaron una mezquita en 2004, pero fue únicamente una, y en acto de venganza por todo lo que habían hecho aquí los albaneses. A mí me da igual escuchar la llamada al rezo, pero me preocupa la actitud de los musulmanes porque no son tan respetuosos como nosotros.

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vista del lado albanés de Mitrovica

Un poco antes, al ir ascendiendo la colina, íbamos hablando sobre China entre dos de los Filip y yo, en inglés, cuando ambos callaron y cuchichearon algo entre ellos en voz baja. Intuí instantáneamente que algo extraño ocurría, y divisé frente a nosotros, diez metros más allá, un bruto hercúleo de evidente mal carácter. Se trataba de un hombre de cerca de dos metros de altura, cara de perro de presa, mandíbula cuadrada, espalda ancha como un tablero de baloncesto, y una mirada que evidenciaba psicosis bélica. Me contaron después, cuando hubimos traspuesto al otro lado de la esquina, que aquel hombre era un veterano de guerra que había quedado un tanto tocado de la cabeza y mostraba públicamente su odio irrefrenable hacia el pueblo albanés, al que bien quisiera aniquilar con sus propias manos. No era eso todo, sino que también odiaba a todos los extranjeros, a los cuales identificaba con la OTAN, y por tanto con aquellos que colaboraron con la derrota serbia y el alzamiento kosovar. Hice bien en mantener la boca cerrada al pasar a su lado.

Aquel hombre podría haber protagonizado una película bélica de temática genocida sin necesidad de atrezo ni caracterización alguna. Era el estereotipo de máquina de matar, el Rambo de Mitrovica, el Stallone de los Balcanes. No existía el casting que se le escapara a aquel mazacote de músculo enloquecido. Justo cuando me contaban aquello pasábamos por un parque.

»Ese tipo decidió construir su casa aquí mismo, en mitad del parque, y dijo que si alguien no estaba de acuerdo con ello que tendría que ir a echarlo por la fuerza. Así que nadie tiene huevos de venir a echarlo, ni siquiera la policía.

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Su casa en el parque

Allí al lado, en un lateral del parque, se levantaban unos muros de ladrillo aún sin enlucir, que eran los cimientos de la casa en formación de aquel energúmeno. Si ni siquiera la policía tenía huevos de ir a enfrentare a él, ¿quién podría dominar el miedo? Y qué ocurriría, discurría yo en silencio, si aquella bestia prometiese asesinar a todo aquel que no agarrase un fusil y se uniera a él para masacrar albaneses. Así ocurrían las guerras. La gente normal, no violenta, jamás tomaría un arma y expondría su vida en pos de matar a unos desconocidos si no fuera por el miedo. Miedo a negarse y ser por ello fusilado, o miedo producido por la información sobre la maldad del enemigo y su inferioridad moral. Solo el miedo, real o inoculado, movilizaba a las masas en pos de la masacre. Ese hombre era uno de esos promotores del miedo, del odio, y de la falta de humanidad de las guerras. Y, por si no fueran bastante sus músculos y su brutalidad, con total seguridad aún guardaría en su casa varias armas de fuego de las utilizadas durante la guerra.

Empezó a anochecer y decidí que sería buen momento para regresar, pese a que la conversación era animada y estabamos aprendiendo mucho. Pero no quería cruzar el puente sobre el río Iber en plena oscuridad nocturna, ya que no sabía qué loco me podría cruzar por allí. Me aseguraron que no tenía nada de que preocuparme en lo que se refería al transporte para regresar a Pristina, donde mi mochila me esperaba, pues la frecuencia de autobuses duraba hasta bien entrada la noche. Aún así no quise arriesgar más y comenzamos a descender el monte a eso de las seis de la tarde.

Llegamos nuevamente al punto de encuentro, el puente, donde el asfalto se levantaba como si hubiera caído sobre él fuego de mortero. Allí se detuvieron Filip y su hermano, nos deseamos buena suerte, nos dimos un abrazo, y nos marchamos cada uno por su lado. El sol ya había caído, pero aún había gente por allí. De hecho, una familia me sorprendió ascendiendo por la escalerilla que bajaba hasta una pequeña plataforma situada sobre el río mismo, y a donde yo quisiera haber bajado para tener una buena panorámica del puente. Pero ya era demasiado tarde, no había luz suficiente para ninguna foto de calidad y continué mi marcha.

Ya en el otro lado del puente volví a encontrarme con la unidad de los Caravinier, vigilante. Sentí renovados deseos de entablar conversación con ellos, pues supuse que no sería demasiado complicado hablar con unos italianos que seguramente sabrían algo de inglés. El problema es que no tenía ni idea de cómo abordarles. Opté por la opción de que fueran ellos los que se aproximasen a mí. Estando a unos cinco metros de ellos, más o menos en el mismo lugar donde durante el día ya saqué una fotografía del puente, y estando su vehículo en mitad del plano, saqué la cámara de fotos y disparé. En realidad la fotografía no valía nada, estaba demasiado oscuro, pero repetí la operación una vez más. Después otra, con parsimonia. Al cabo de unos segundos, uno de los Caravinieri se me acercó a preguntarme qué hacía.

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— Estaba haciendo una foto del puente, el puente y nada más –contesté tranquilo y con una sonrisa.
— Ah, va bene, ¿di dove sei? –preguntó el hombre, que aunque no pude ver sus galones debía ser teniente, por edad y funciones. Era alto, de metro noventa, con la cabeza rapada y cara afable, poco mayor que yo y con ojos de mirada firme e inteligente.
— Soy español, aunque no hablo mucho italiano.
— Yo tampoco hablo español, pero creo que no podemos entender. ¿Y qué haces por aquí? –siguió preguntando en italiano, aunque despacito y de forma comprensible.
— Soy turista, estoy viajando por los Balcanes, y he venido a visitar Mitrovica desde Pristina, a donde ahora iba a regresar. Me parece muy interesante este sitio, por todo lo que por aquí ha pasado.
— Pero, ¿viajas tú solo? Un poco peligrosa esta zona, ¿no? –inquirió el Caravinieri, ya un poco más relajado, mostrando una leve sonrisa de sorpresa.
—Bueno, realmente no, solo hay que tener las normales precauciones, pero no pasa nada, la gente es tranquila generalmente. Además, yo también fui militar en España, de hecho este abrigo que llevo es del ejército –dije señalando el forro polar del ejército que llevaba puesto en ese momento. El teniente no tardó ni un segundo en alumbrarme con una linterna, que yo no sabía de dónde había sacado, en busca de algún tipo de identificación en la manga, en busca de la bandera española-. No, se la quité porque no era buena idea ir con la bandera por todos lados, solo quedan los agujeros –aclaré señalando los agujeros donde había estado enganchado el parche de la bandera. Después recordé que no se lo había quitado por gusto, sino porque en el ejército nos obligaron a desprenderlo porque los colores brillantes, sobre todo el amarillo, malograban el camuflaje y delataban la posición. Principalmente en combate nocturno, que era cuando se usaba aquel forro polar-. Y por aquí qué tal, ¿cómo está la situación?
—Está tranquila, sí, pero hay una tensión calmada… en cualquier momento puede pasar algo y empezar a ponerse complicado. Hay una tranquilidad inestable.
—Sí, es cierto. Ahora he estado hablando con unos chicos serbios que he conocido al otro lado, y dicen que la mayoría de la gente ya no quiere pensar en lo que pasó, y que solo quieren seguir adelante –expliqué yo mientras otro Caravinieri, algo más bajo que yo y con cara de malas pulgas, se acercaba a nosotros. Intuí que éste debía ser sargento primero o algo similar, y no dijo ni una palabra mientras me miraba sin quitarme ojo, duramente. Yo, por mi parte, lo miraba alternando entre él y el teniente, siempre con mi sonrisa e intentando hacerlo también partícipe de la conversación.
—Claro, la gente quiere continuar su vida, es normal, pero también hay mucha gente que busca problemas. Solo suele haber problemas cuando hay algún partido de fútbol o alguna fiesta nacional.
—Sí, sí, el fútbol… la gente es muy apasionada con el fútbol. Hace dos días estaba yo en Skopje y la gente estaba viendo un partido de la Roma, y celebraba los goles a gritos, ¡como si fuesen italianos! Gente de Macedonia celebrando de aquella manera los goles, me sorprendió.
—¡Claro! La Roma, el partido de la Champions, sí. En España también tenéis mucho fútbol.
—Ya lo creo, cuando viajas por ahí es lo único que la gente conoce de España. Estuve viajando por Asia Central, y la gente no paraba de preguntare por Cristiano Ronaldo y Messi, el Real Madrid y el Barcelona.
—¿Te dedicas a viajar? ¿No trabajas?
—Ahora no, viví en China durante dos años, pero ahora voy a estudiar en Málaga. De hecho voy a estudiar un Master de Cultura de Paz, y es por eso que estoy interesado en visitar sitios como éste.
—¡Ah! ¡Peacekeeping! Muy interesante –en ese instante apareció un vehículo todo terreno por el lado del puente que los Caravinieri vigilaban-. ¡Bien! Ya llegó el relevo –celebró el teniente, que hizo ademán de marcharse, no sin antes estrecharnos la mano con una sonrisa y desearme buen viaje.
—¡Piacere!
—¡Piacere!

—Disculpa, ¿hablas italiano, no? –me preguntó el otro Caravinieri con pinta de Sargento Primero hijo de puta, al tiempo que también le estrechaba la mano a él.
—Bueno, no demasiado, pero algo entiendo.
—¿Cómo se llama en español la cosa para trabajar el ferro? –me preguntó sin venir a cuento, en un italiano con acento que apenas logré comprender.
—¿Un martillo? ¿Para trabajar el hierro?
—No, no, il uomo che lavora al ferro –prosiguió aquel uniformado, con su móvil en la mano, abierto en lo que me pareció ser google translator. Comprendí inmediatamente que me estaba poniendo a prueba, una estúpida prueba en la que intentaba descubrir si realmente era español o me estaba marcando un farol y era un terrorista o cualquier cosa-. ¿No es el “serrahero”?
—¡Ah, no! El hombre que trabaja el hierro es el herrero, el serrajero –no se por qué me dio por pensar, en aquella situación de tensión nerviosa, que existía una profesión llamada “serrajero”, que debía ser la de aquel que trabajaba en un aserradero- trabaja la madera –contesté yo, intentando quitarle hierro al asunto, nunca mejor dicho. Lo cierto es que me resultaba entre ridículo e insultante que aquel tipo me estuviera poniendo a prueba, aunque intenté comprender que allí estaban para trabajar, y que era su cuerpo el que estaba en peligro constante. No podía culparle. De modo que le seguí el juego-. Si quieres te lo escribo en el móvil; herrero, con hache.
—No, va bene, va bene… -contestó aquel hombre, que me entendía tan poco como yo a él, y que en realidad me estaba preguntando por un cerrajero aunque yo no cayera en aquel momento. El caso es que se dio media vuelta y se largó sin más, igual que hice yo inmediatamente después.

Me alejé del puente, a cuya entrada había un restaurante de buena apariencia pese a estar absolutamente vacío. Un restaurante al pie de una de las zonas más conflictivas de Europa. Y es que por mucho que la gente quiera matarse, antes o después tienen que comer.

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Comer hay que comer

Aceleré el paso en dirección a la estación de autobuses, que quedaba a un kilómetro y medio de allí. Eran las 18:55, y decidí que me merecía un descanso, de modo que me detuve a mitad de camino en la misma pizzería donde comí a mediodía, básicamente porque ya tenía la contraseña del wifi y podría conectarme y dar información sobre mi posición en el mundo. Me tomé un capuchino, a 50 céntimos de euro, y media hora después reemprendí la marcha a la estación de autobuses, que ya quedaba cercana. Cuando llegué estaba desierta. No había luces en el interior, las oficinas del exterior permanecían cerradas, y tampoco quedaban autobuses en los andenes. Un hombre apareció más allá y me acerqué a él. Le pregunté por los autobuses a Pristina y me dijo que no, que el último había salido a las 19:10 y que ya hasta el día siguiente sería imposible. Se me cayó el mundo al suelo.

Con lo bueno que había transcurrido el día hasta ese momento, ahora se torcía por completo. Le pregunté si encontraría taxis compartidos o alguna otra forma de llegar hasta Prístina y, aunque lo dudaba mucho, me dijo que aún era posible que encontrase alguna combi en el cruce donde quedaba la mezquita. Así que volví sobre mis pasos en busca de aquel cruce y de alguna posible combi. Por el camino pregunté a un guardia de seguridad, que me confirmó la misma información sobre la inexistencia de más autobuses a Prístina, y que me dirigió hacia las mismas combi que el hombre de la estación. Recorría el camino a paso ligero, haciendo cábalas sobre cómo podría encontrar un hotel en Mitrovica y cuánto me costaría, pues sabía que su número era reducido y que los pocos que hubiera serían caros y enfocados a los extranjeros diplomáticos que acudían ocasionalmente a la ciudad. Me encontré con una de esas furgonetas convertidas en taxis a las que llamaban combis, de esos típicos transportes que salen cuando estan llenos, pero no iba hacia Prístina. Le pregunté al conductor por aquellos que se dirigían a Prístina, y me negó con la cabeza: “no, ya no, mañana”. Maldita sea.

Seguí caminando, guiado por ocasionales transeúntes a los que preguntaba por el cruce donde esperaba encontrar un transporte, hasta que llegué a la mezquita y encontré una serie de taxis parados en uno de sus laterales. Una de esas furgonetas mostraba un cartel en la luna delantera que declaraba: “Prístina”. Me invadió una repentina felicidad. El conductor asentía con la cabeza y me hacía señales para que subiera, pero yo le indicaba que yo solo no, que lo que deseaba era compartir el vehículo con más gente. “No, solo estás tú, ya nadie más va a Prístina”. No me estaba engañando, todo el mundo coincidía en que la última combi hacia Prístina también había partido. Lo positivo es que aquel viejo, tan viejo como la furgoneta destartalada que conducía, me quería cobrar el razonable precio de quince euros por llevarme hasta Prístina. Estaba cerca, después de todo, solo que la carretera era tan mala que hacía de aquellos 40 kilómetros un trayecto infinito. En todo caso, quince euros seguía siendo un precio increíblemente razonable para un viaje nocturno de cuarenta kilómetros. Más aún teniendo en cuenta que el regreso lo harían de vacío.

Investigué un poco más en los alrededores, aún buscando alguien que fuese hacia Prístina con quien compartir el trayecto. Sin éxito. Dos muchachos jóvenes hablaban junto a un vetusto Mercedes amarillo, convertido en taxi oficial, y cuando les pregunté por el precio a Prístina contestaron inmediatamente y sin dudar que 15 euros, marcando el número con sus dedos. No pretendieron engañarme, y eso es algo admirable. Aquel lugar donde la gente no intenta engañar al turista, donde tratan al extranjero bajo los mismos estándares con que tratan a la gente local, son el paraíso del viajero, pues significa que aún no han sido contaminados ni por el turismo masivo ni por la codicia.

Me subí con ellos, aún un poco temeroso de que todo fuese un malentendido: quince euros me seguía pareciendo un precio irreal, y lo mismo no había entendido bien el número que me marcaron con los dedos de sus manos. Temía que cuando llegásemos al destino me dijeran que no eran quince sino cincuenta, o que quince era solo por la ida pero que también tendría que pagarles la vuelta, que iban a hacer a continuación y de vacío. Por el camino llevábamos un sucedáneo de conversación desenfadada y surrealista, y no deseaba arruinar aquella armonía por una discusión sobre dinero, así que no les hice mención al precio. No me quedé tranquilo hasta que hora y media después, cerca de las nueve y media de la noche, llegamos frente al hostal donde me había quedado la noche anterior en Pristina, y donde mi mochila me esperaba. Le solté al conductor los quince euros exactos y los cogieron sin protestar, así que finalmente me podía dar con un canto en los dientes. Al final el error no me había salido tan caro, evitando así arruinar la felicidad del día.

Subí al hostal y empujé la puerta, que estaba abierta. Dentro no había luz, así que busqué a tientas el interruptor iluminando la entrada. Era una simple vivienda convertida en hostal, con dos habitaciones para huéspedes, un baño, y un salón comedor con cocina donde los encargados pasaban la mayor parte del tiempo. Esa noche, en el recibidor no había nada, ni siquiera el estante con baldas donde esa misma mañana se almacenaban los zapatos. Pasé hacia el salón y, mirando a la derecha antes de llegar, comprobé que la habitación donde esa misma mañana me despertaba también se encontraba totalmente vacía, sin camas. En el salón, el sofá había desaparecido, así como la mesa, la alfombra y todo lo demás. No había nadie en el apartamento, aunque mi mochila estaba apoyada en un rincón. Era el único objeto en toda la casa, aparentemente abandonada. ¿A dónde habían ido? Ni idea. Esa misma mañana me habían dicho que no me podían hospedar porque tenían todas las camas reservadas. Agarré mi mochila y me marché de allí sin encontrar respuestas.

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