El conductor y el cobrador

Teatrillo cultural

Creía conocer los preceptos básicos de la cultura iraní, tras casi tres semanas deambulando de este a oeste y de norte a sur a lo largo y ancho del país, pero aún estaba lejos de saber lo suficiente. Uno de los principales catalizadores de la experiencia fue el estar alejado del tradicional circuito turístico que gira en torno a la ruta norte-sur, entre Teheran y Shiraz. Allí todo el mundo conoce a los turistas, y sabe lo que puede y no puede esperar de ellos. Me encontraba ahora, sin embargo, en la zona del Azerbaiyán Oriental, al noroeste de Irán. El hecho de que los turistas no sean allí tan numerosos permite que la gente se muestre originalmente, genuinamente, al igual que había venido observado semanas atrás en otras zonas agrestes de Asia Central.

La lección concreta que recibí esos días se basaba en convencionalismos sociales de profundas raíces históricas, que en esta zona fronteriza con Armenia, Azerbaiyán y Turquía, empujaba a las gentes a ofrecerse a pagar por ti. Vendrán a la mente exclamaciones del tipo: “¡Ésta la pago yo!” “¡Barra libre!” o “¡Invita la casa!”. Nada que ver. No es que le haya tocado la lotería a nadie, ni que el sujeto en cuestión acabe de casarse o sea su cumpleaños y por eso invite. Y, sin embargo, es asombrosamente común encontrarse con una invitación de parte de un desconocido quien, en efecto, te tendría que estar cobrando.

Verbigracia: te subes a un taxi pactando de antemano un precio de 10.000 riales por el trayecto; pero cuando te bajas y le ofreces el dinero al taxista, éste mueve la mano en señal de negación y te dice que no, que no le pagues. Has hablado un rato con el buen hombre por el camino, pero tampoco como para consideraros ya compadres y eludir el pago. No tiene ni pies ni cabeza que te perdone la carrera, perdiendo un dinero que supone poder comprarles el pan a sus hijos. Entonces, ¿por qué lo hace?

Otro ejemplo: vas a un restaurante cualquiera, de barrio, y le pides al dueño que te ponga lo que sea que cocina en el garito, ya que aparentemente solo sirven un plato cuyo nombre desconoces. Le preguntas cuánto cuesta: 5.000 riales. Entre pitos y flautas terminas sentado con los dos únicos clientes del lugar -aunque tienen pinta de camorristas-, y al cabo de un rato estás soltando chascarrillos, por señas, con ellos dos y con el dueño. Le ofreces al último los pelos de tu barba para que se tape la incipiente calva, porque resulta que pese a contar los mismos años que tú, físicamente está notablemente más desmejorado, lo cual le asombra. Fluye la risa un buen rato, hasta que empiezas a sacar los billetes para finiquitar la transacción comercial. Dándote las gracias, el tendero te rechaza el dinero. ¿Por qué?

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La única comida del lugar

En el hotel, de tres estrellas, el más caro en el que me alojé en todo el viaje -en Tabriz no hay albergues para backpackers, lo cual limita mucho las posibilidades. Además, todos los hoteles baratos estaban llenos aquel día, lo cual fue bastante frustrante-, cuando voy a pagar por la mañana me ocurre lo mismo, niegan con la mano y rechazan el dinero. ¿Por qué?

Para ellos se trata de un simple gesto para quedar bien, para pretender ser amable con el forastero, mostrando generosidad y humildad, sugiriendo que no te quieren cobrar porque eres un invitado. Pretenden ser gentiles con el que viene de fuera, no como otros que yo me sé, de ojos más rasgados y piel más amarillenta. Lo peliagudo del asunto es que en realidad no te invitan. Solamente que uno, como extranjero ignorante de su cultura, lo desconoce por completo. Pero ellos no saben que tú no lo sabes, y eso en ocasiones puede causar tensiones hilarantes.

Como he dicho, es un gesto, un convencionalismo: nada que tomarse en serio. Es decir, que finalmente se debe abonar la suma adeudada. Pero si, sumido en tu ignorancia, te lo tomas a pecho y te marchas sonriente y agradecido, pero sin pagar, me imagino a los nobles iranís quedándose con semblante de incredulidad, mirada descolocada, saliendo corriendo detrás tuya, blandiendo quién sabe qué excusas educadas para que finalmente abones las cantidades correspondientes. Afortunadamente, semanas antes y totalmente por azar, escuché a un viajero hablar de que lo descrito anteriormente ocurría en Irán. Aunque yo no lo había experimentado en los 20 días anteriores y ya había olvidado casi por completo aquella conversación.

Por tanto, pese a que me ofrecían gratuidad, yo me negaba, mostrando mi verdadero deseo de corresponder con mi dinero a su buen servicio prestado, a su gentileza. La primera vez que insistía, concienzudo y billete en mano, me preguntaban con su mirada en silencio si estaba completamente seguro de querer pagar, mientras cesaban paulatinamente de mover la mano de un lado a otro en negación. En otras circunstancias, de no conocer el trasfondo del asunto, bien que me habría guardado el dinero, dado las gracias y dado media vuelta hacia otra parte. Insistes una segunda vez, sonriente ante la obviedad de que todo aquello era un teatrillo cultural, y ya los buenos de los iranís agarran el papel moneda, felizmente agradecidos. Nada mejor que cerrar las buenas costumbres con un apretón de manos, y todos contentos.

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