Serbia, 21 de Julio de 1983

“[…] bordeábamos el río que hacía frontera entre Bosnia y Serbia, paramos en un lugar donde casualmente encontramos unos pescadores serbio-bosnios, que nos invitaron a beber rakia –una bebida tradicional de toda la zona de lo Balcanes, transparente y muy fuerte-, […]”.

Cuando estás en una gran ciudad, sobre todo en una turística como puede serlo Belgrado, entablar conversación con los habitantes locales no es tarea sencilla. Ellos van a lo suyo, de aquí para allá, con la clásica prisa de estas capitales, y no se le ocurre a uno cómo detenerlos para entablar una conversación de unos minutos, y menos aún una profunda que dure horas. Primero está la barrera idiomática, y luego está la capacidad para asaltar a un desconocido y comenzar una conversación sin más. Se puede conocer gente en bares o restaurantes pero, de nuevo, mucha gente va a lo suyo, está allí con sus amigos o su pareja, y pasada media hora o una hora, se marchan. Tampoco siempre están predispuestos a conversar con desconocidos. Sin embargo, en los transportes públicos te ves encerrado en un mismo habitáculo con una serie de personas, durante horas, que no tienen ni prisa ni escapatoria.

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El tren que iba de Timisoara a Vrsac, en el que conocí a Ivan.

En un tren me encontré con Ivan. Íbamos desde la ciudad rumana de Timisoara hasta Belgrado, en Serbia, donde él moraba. Pocas personas nos acompañaban en el tren, que partía a las 7:45 de la mañana, y nos lleva hasta una ciudad fronteriza llamada Vrsac, donde era necesario cambiar de tren. El tren era diminuto, solo dos vagones, y su exterior estaba plagado de graffitis: todo un cercanías rumano. Poca gente hablaba inglés por aquella zona, pero Ivan, que se sentaba en los sillones de la fila al otro lado del pasillo, hablaba incluso algo de español porque pasó unos meses en España. Era músico y director de orquesta, un poco tímido, de mirada esquiva. Al principio hablaba poco y se le notaba cortado, pero al final terminamos hablando sobre nosotros, el país y la política, una buena parte de las seis horas de trayecto.

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Ivan.

Durante el primero de los tramos hablamos sobre política internacional, sobre cómo los medios de comunicación favorecen descaradamente a unos o a otros según sus intereses. Era de etnia rusa, Ivan, y sus ideas tendían a defender a ultranza la política de Putin y el papel de Rusia. De hecho, durante la guerra, él y su familia regresaron a Rusia hasta que el conflicto terminó. Sus argumentos me hicieron reflexionar. Concluí que tenía razón cuando decía que respecto a la crisis de Ucrania había mucha hipocresía por parte de Europa y Estados Unidos, ya que ambos permitieron y apoyaron la separación de la región Kosovo, pero no ahora la de Donetsk. Era cierto que las razones y las formas que ambas regiones habían empleado para independizarse eran verdaderamente similares, no idénticas, pero sí similares.

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Los trenes eran nuevos, pero no se libraban de cristales rotos ni de graffitis.

Tanto los unos como los otros eran minorías étnicas que provenían de otro país, Albania y Rusia, donde su etnia era mayoritaria. Ambas estaban establecidas dentro de un país vecino, Serbia y Ucrania, donde componían la etnia mayoritaria en la zona geográfica donde vivían. También, tanto los unos como los otros, temieron ser castigados militarmente por gobiernos nacionalistas de corte xenófobo. “El nuevo gobierno ilegítimo que surgió en Ucrania tras las protestas de Kiev tiene elementos de extrema derecha, nacionalistas, que querían eliminar la cultura y la lengua rusas, convirtiendo a los rusos del este de Ucrania en ciudadanos de segunda. Por eso se revelaron y lucharon por la independencia: temían que los ucranianos fuesen allí militarmente y los aniquilasen”, me explicó Ivan.

Una estación de tren cualquiera, por el camino.
Una estación de tren cualquiera, por el camino.

Tanto los unos como los otros tomaron las armas y se pusieron a pegar tiros para mantener su independencia e idiosincrasia. Y claro, también mataron. Mataron serbios los albaneses de la región de Kosovo; mataron ucranios los rusos de la región de Donetsk. La diferencia radica en que la OTAN colaboró con los kosovares, por motivos políticos que no viene ahora al caso analizar pero que eran, como siempre, interesados. Mientras que, por el contrario, reprimió a los rusos, que fueron mal llamados pro-rusos porque, de hecho, son rusos. Y los llamaron terroristas, igual que Serbia llamaba terroristas a los albano-kosovares. Rusia, por su lado, aunque quizá de mala manera, apoyó a los rusos de Ucrania ya que, de no haberlo hecho, los habría expuesto a una represión étnica al estilo de la que los serbios habrían infligido a los kosovares –aunque Ivan nunca hizo mención a las masacres de los serbios-. O eso argumentaban los rusos. Pero ya nunca sabremos lo que habría pasado.

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Paisaje cercano a la frontera entre Rumanía y Serbia.

Durante el trayecto en tren, al cruzar la frontera, no pude notar cambio alguno. No se diferenciaba en nada el paisaje entre Rumanía y Serbia; pero en lo referente a las viviendas, aquellas del lado serbio habían perdido todo el colorido y la variedad de diseños y materiales que ofrecían las de Rumanía. El tren era cómodo y moderno. En realidad, al llegar a Belgrado me encontré que la ciudad era mucho más moderna de lo que yo esperaba, pese a que la zona de las afueras donde estaba la estación de tren presentaba bastantes edificios simples y grises, de cemento, al estilo soviético.

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Zona de aguas estancadas en Serbia, antes de llegar a Belgrado.

La otra persona con la que más hablé en Serbia fue Srdjan, al que bauticé como Sergio por hacer su nombre pronunciable. También lo conocí a él en un transporte, en este caso el que él mismo conducía. En el hostal donde me alojaba organizaban el transporte hacia Sarajevo con una empresa particular, que disponía de una furgoneta con nueve asientos. Casualmente yo fui el pasajero número diez, y por razones de calidad de servicio, no me negaron el pasaje, sino que dispusieron un automóvil para mí. En teoría, de haber existido alguien más con intención de ir a Sarajevo, habríamos compartido el vehículo que conducía Srdjan, pero no hubo nadie más. Así que los dos, sentados en los asientos delanteros, pasamos las siete horas de camino hablando sobre el mundo, a ver si lo salvábamos.

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Srdjan
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Srdjan y su Citroën.

Con Srdjan la conversación fue por los mismos derroteros que con Ivan. Él vivió en un pueblo de Serbia aunque, tras mucha lucha por subsistir, se había movido a Belgrado con su familia en busca de mejores oportunidades. Estaba casado y tenía un hijo de ocho años, había trabajado muchos años como camionero y ahora se dedicaba a transportar pasajeros -generalmente turistas-, para la empresa de Belgrado que ante mencioné. Estando Srdjan todavía en su pueblo, diez años atrás, llegaron noticias de que los musulmanes de Kosovo habían echado abajo varias iglesias ortodoxas en la región de Kosovo. En respuesta, él y otros de su entorno acudieron a Belgrado y se pusieron a quemar mezquitas.

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Vendedores de carretera, camino a la frontera.
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Mercadillo de un pueblo, junto a la carretera principal.
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Viviendas en Serbia.
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Otro tipo de viviendas, más lujosas, también en Serbia.

Él mismo me confesó haber lanzado cócteles Molotov, y se mostraba orgulloso de ello. Alababa el papel de Tito, y deseaba regresar a aquella época comunista maravillosa en la que todo funcionaba a la perfección en Yugoslavia. No iría tan perfecto, le dije yo, como ahora quieres idealizar. Y, tras pensarlo un poco, terminó dándome la razón: la situación económica no era la mejor ni entonces ni ahora. “Tito cogía para él, pero Tito daba al pueblo. Los políticos de ahora solo cogen para ellos y no dan nada a nadie”, afirmaba convencido.

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Puesto fronterizo entre Serbia y Bosnia-Herzegobina.
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Policija.

“Bosnia, para el resto de países de los Balcanes, es un agujero negro, la última mierda”, declaraba cuando cruzábamos la frontera y observé un mayor nivel de pobreza. Rajaba bien a gusto de los musulmanes en general y de los albaneses en particular, pero atendía a razones: era un tipo inteligente y afable, y al final terminó aceptando que sólo eran unos pocos los musulmanes problemáticos. En definitiva, llegamos a la conclusión de que todo se reducía a política.

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Casas de montaña, tras cruzar la frontera.
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En Bosnia volví a ver granjas apilando heno para alimentar al ganado en invierno.

Se portó estupendamente durante el trayecto, y detuvo el coche cada vez que le pedí unos minutos para tomar fotos. Incluso una vez, cuando bordeábamos el río que hacía frontera entre Bosnia y Serbia, paramos en un lugar donde casualmente encontramos unos pescadores serbio-bosnios, que nos invitaron a beber rakia –una bebida tradicional de toda la zona de lo Balcanes, transparente y muy fuerte-, e incluso me dieron a probar el potaje casero que llevaban para comer ese día. Pasamos allí unos veinte minutos, sentados, mientras les escuchaba hablar en su idioma sin entender ni media palabra. Me pretendían emborrachar aquellos hombres, y me vi obligado a derramar el líquido acuoso varias veces sobre el vaso de plástico blanco, que era compartido. Lo cierto es que, cinco minutos después, ya me notaba bastante mareado.

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Ésta vista del río fue la que me hizo pedirle a Srdjan que se hiciera a un lado de la carretera.
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Lo que no sabía es que justo abajo del terraplén había unos pescadores.
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Iban allí con provisiones para echar el día: comida y, sobre todo, rakia.
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En los veinte minutos que estaríamos allí, ninguna caña hizo ademán de moverse.
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Al principio se mostraban un poco coartados ante mi presencia y la cámara, pero luego se relajaron y se pusieron a hablar de sus cosas. Y de mí, aunque yo solo cazaba palabras como “España” y poco más.
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Nos echamos buenas risas, principalmente ellos cuando me daban a beber rakia.

Por suerte, Srdjan pudo hacer de traductor para saciar mi curiosidad sobre qué hacían por allí. No se dedicaban a la pesca, pues con lo que ganarían no sacarían ni para rakia, dijeron. Tampoco habían pescado nada en lo que iba de día, pero le daba igual, porque todo era una excusa para tomar rakia y echar unas risas. Sin embargo, ellos sentían la misma o más curiosidad por mí que yo por ellos, pues pocos turistas pararían por allí, y la labor de Srdjan fue más la de traducir sus preguntas que la de transmitir las mías.

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Las vistas a lo largo de la carretera de montaña que llevaba a Sarajevo fueron uno de los highlights del viaje.
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Ya habíamos cruzado a Bosnia-Herzegovina, pero seguíamos viendo banderas serbias. Estábamos en la zona de República Srpska, poblada por serbio-bosnios.

Ivan y Srdjan demostraron ser dos serbios de mentalidad tradicional, nacionalista y conservadora. Sin embargo, los dos fueron extremadamente amables y no rehusaron a debatir y confrontar ideas contrarias, demostrando que con un poco de mano es posible conversar y llegar a acuerdos con cualquiera. Por otro lado, lo más llamativo de ambos fue otro dato meramente anecdótico. Cuando les pregunté cuantos años tenían, me dijeron que 31; y cuando les pregunté cuándo cumplían los años, ambos contestaron que el 21 de Julio de 1983. Al descubrir el dato, les choqué la mano con alegría inusitada: yo solo era un día mayor que ellos.

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Actividades empresariales que se ven por aquella zona: explotación de lo bosques.
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Y muchísima ganadería extensiva.
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El día estaba muy nublado, lo cual proporcionaba una atmósfera tétrica a los bosques que rodeaban la carretera, poco transitada y plagada de curvas.
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The Road Provides.

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