Zoran, orgulloso de ser del Real Madrid

Salvado por el Real Madrid en Montenegro

“Seguía la australiana quejándose sin parar sobre la incomprensión de lo ocurrido, sobre la injusticia mundial que había caído sobre nosotros, inocentes e indefensos, perdidos en aquel pueblo indeseado. Yo llevaba un buen rato sin quejarme, visto que no servía ya de nada, una vez que se había largado el conductor, y como no tenía ganas de seguir escuchando a aquella chica, cogí mi mochila y empezar a andar”.

En países carentes de los estándares de la Europa Occidental, hay cosas que no se pueden dar por sentadas. Una de ellas es la fiabilidad del transporte público. No hay certeza de cuándo saldrá ni cuando llegará, ni tan siquiera de que te vaya a llevar a tu destino. A eso hay que añadir las barreras lingüísticas y la carencia de buenas infraestructuras. Aun así, históricamente he tenido una flor en el culo a la hora de moverme de un lado para otro. De ahí aquello de que la carretera provee. Contaré varias historias que servirán de ejemplo.

Montenegro
Sveti Stefan, costa mediterránea de Montenegro
Sveti Stefan
Sveti Stefan

 

Lo comprobé en mis carnes cuando me trasladaba desde Budva a Ulcinj, ambas en Montenegro. A las 7:30 de la mañana se ponía en marcha el autobús, bien temprano, porque era la única forma de conectar a tiempo con el autobús que tomaría después y que salía a las 12:30 desde Ulcinj rumbo a Skhodra, en Albania. Era necesario pegarse el madrugón para recorrer los 109 kilómetros que separaban Budva de Skhodra en un solo día: no existían más opciones de transporte público. De perder alguno de esos dos autobuses, tendría que hacer autostop o caminar.

Playas de Montenegro
Playas de Montenegro

Pues bien, compré mi billete Budva-Ulcinj por un precio de siete euros, desmesuradamente caro para un trayecto de 64 kilómetros en los Balcanes. El servicio era proporcionado por una de esas furgonetas de entre quince a veinte plazas tan habituales en esa zona del mundo, y esa mañana estaba ocupada por solo seis pasajeros. Estábamos a mediados de septiembre, y la temporada alta se había dado ya por concluida. Junto a mí se sentaba una chica Australiana que se alojó en el mismo hostal de Budva que yo, y que también se dirigía a Skhodra.

Paraba la furgoneta cada pocos kilómetros, en cada pueblo o, si no había pueblo, en cada estación de servicio a lo largo de la carretera costera, recogiendo y soltando pasajeros. Así alcanzamos Bar, que no era un garito de baile y refrigerio, sino el nombre de un importante pueblo de la zona. En Montenegro es considerado como una ciudad, pero con 17.000 habitantes, y después de haber vivido en China, me es imposible considerarlo como tal. Allí paramos, en la estación de autobuses, pero para mi sorpresa todo el mundo se bajó del vehículo y el conductor quitó la llave del contacto, desconectando el motor.

Solo habíamos recorrido 37 kilómetros en prácticamente una hora, y no tenía mucho sentido que ya estuviéramos parando para hacer un descanso. Quizá la salida estaba programada para una hora posterior determinada y nos habíamos adelantado al horario, aunque de aquello no habíamos sido informados. La chica australiana me siguió cuando bajé, dirigiéndome al conductor para preguntarle a qué hora nos pondríamos en marcha. Quiero hacer aquí un inciso para aclarar un hecho inexplicable pero cierto. Cuando aquel conductor me contestaba en inglés yo lo comprendía, al contrario que la chica australiana, cuya lengua materna era el inglés; y, sin embargo, yo, español con inglés rastrojo, era capaz de comunicarme con él de manera rudimentaria mientras ella se quedaba con sus ojos abiertos como platos esperando una traducción. Eso demuestra, partiendo de un enfoque lingüístico, que para entender a alguien hay que saber cómo ese alguien piensa, más que compartir un mismo idioma.

Me dijo, aquel muchacho que nos había conducido aquella buena mañana, que estábamos a 15 de septiembre y que, precisamente ese día, se daba por terminada la temporada alta. De tal modo, que el transporte en el que nos encontrábamos viajando había reprogramado su ruta, que ahora finalizaba allí mismo, en Bar, y nunca más en Ulcinj. Hasta el año siguiente, claro. “No me lo puedo creer, es increíble”, repetía sucesivamente la australiana cuando le traduje lo que los dos acabábamos de oír.

-Pero bueno, si yo he pagado 7 euros para ir a Ulcjing, y si mi ticket dice que el trayecto es desde Budva hasta Ulcinj, cómo vas tú ahora de repente y sin aviso a dejarnos aquí tirados -le comenté al conductor.

-Bueno, mi jefe me ha dicho que yo tengo que dejar la furgoneta aquí en Bar, así que no os puedo llevar a Ulcinj -fue toda respuesta.

-¿Y desde aquí algún otro autobús sale hacia Ulcinj?

-No, ya no, salió uno más temprano.

-¡Pero tenemos que llegar a Ulcinj antes de las 11:30 -mentí deliberadamente sobre la hora de salida para darle más dramatismo a nuestra situación- para poder alcanzar el autobús que sale hacia Skhodra! No puedes cambiar la ruta porque sí, en mi billete pone que me tienes que llevar a Ulcinj, si no ibas hasta Ulcinj tenías que haber avisado en la taquilla de la estación. ¡Ahora que nos devuelvan el dinero! -obviamente, hasta Bar el precio del billete sería unos 3 euros más barato.

-Sí, sí… ¿pero ya qué quieres que le haga? Mira, podéis ir hasta el cruce que hay más allá y esperar hasta que lleguen unas furgonetas que circulan por la costa, y que pasan a cada rato y cuestan un par de euros. Yo os llevo al cruce, subiros.

Obviamente aquella conversación careció de la corrección gramatical y la riqueza léxica con la que yo os la he transmitido, pero para que os podáis hacer una idea de cómo fue, intentad reproducirla empleando sólo la mitad de las palabras y moviendo mucho las manos. Distaba el cruce de la estación unos trescientos metros, y hasta allí nos aquel tipo, que no tendría culpa de nada pero que era el único culpable al que podíamos encontrar. Le odiábamos, sobre todo la australiana, que no podía imaginar tal caos en el orden de las cosas, viniendo de un país tan organizado y civilizado como el suyo.

Allí nos bajamos en el cruce, que era una rotonda de gran tamaño, pero no se veía furgoneta alguna aproximándose. Le pregunté al conductor cuál era la dirección hacia Ulcinj, me la indicó y se fue. Caminamos cincuenta metros por la carretera que salía de la rotonda en dirección deseada, para estar seguros de parar solo las furgonetas que se dirigieran en nuestro sentido. Pero seguíamos sin ver ninguna.

Seguía la australiana quejándose sin parar sobre la incomprensión de lo ocurrido, sobre la injusticia mundial que había caído sobre nosotros, inocentes e indefensos, perdidos en aquel pueblo indeseado. Yo llevaba un buen rato sin quejarme, visto que no servía ya de nada, una vez que se había largado el conductor, y como no tenía ganas de seguir escuchando a aquella chica, cogí mi mochila y empezar a andar. Ella me siguió. Caminé unos doscientos metros cuando me di la vuelta por primera vez, pues oí aproximarse un coche. Alcé mi mano con el pulgar hacia arriba, y éste paró. Uno de uno, máxima efectividad.

Era un Opel Astra oscuro con un buen puñado de años, conducido por un hombre de mediana edad, pelo castaño entrecano y perilla a juego. Cuando le pregunté por Ulcinj nos hizo señas con la mano invitándonos a subir, y sin pensarlo un instante coloqué mi mochila en el maletero. La australiana me imitó, y celebró con entusiasmo lo que ella consideró como una intervención divina: no se percató de que fui yo quien paró el coche hasta que se lo dije un buen rato después.

Aquel hombre, llamado Zoran Scepanovic, nos vino en cualquier caso como caído del cielo. Al principio se mostraba algo serio, poco conversador, pues tampoco sabía más de una veintena de palabras en inglés. Cuando la australiana le trasladaba sus ideas empleando su corrección gramática inglesa y su fuerte acento australiano, el hombre me miraba extrañado, guardando silencio, esperando una intervención por mi parte que aclarase las cosas.

Zoran, orgulloso de ser del Real Madrid
Zoran, orgulloso de ser del Real Madrid

Todo cambió una vez le comuniqué que era español, comenzando a dar gritos de alegría: ¡España! ¡España! Se sacó del bolsillo del pecho de la camisa un llavero del Real Madrid, mientras le daba besos y decía “¡love, love!”. Sin animo de complicar las cosas en un principio, le dije que yo también amaba al Real Madrid, le mostré mi pasaporte, el cual también agarró y besó (¡love España!, ¡love España!, ¡very good!), sin quitar ni un segundo de su cara una sonrisa que expresaba su exagerado amor por un país ajeno, que causalmente vino a ser el mío. Cosas del fútbol. Al cabo de un rato le expliqué que yo era de Málaga, y que por tanto me gustaba el equipo de mi ciudad en primer lugar. Pero para evitar suspicacias comenzamos a recitar, mano a mano, las alineaciones de jugadores del Real Madrid de los años 90, congraciándonos nuevamente y gritando “¡Hala Madrid!¡Hala Madrid!”.

En un santiamén vimos el cartel que daba la bienvenida a Ulcinj, y Zoran nos llevó directamente a la estación de autobuses, en un gesto más de su generosidad. En realidad, nuestro amigo tampoco es que tuviera prisa. Vivía en Podgorica, la capital, donde había dejado a su mujer y dos de sus tres hijas -la tercera vivía en Alemania-, para irse a pasar un par de días por la costa. Le pregunté que si por trabajo, pero contestó que por placer. Allí se tomaba un té, leía, se tomaba un café, paseaba, y quién sabe qué más haría pero no nos dijo. No bebía alcohol, aclaró, cosa bastante inusual en aquella región del globo. Así que se bajó del coche con nosotros, nos ayudó a adquirir el billete de autobús para Skhodra, Albania, y nos sentamos juntos en la solitaria cafetería para tomarse un café mientras intentábamos seguir conversando, utilizando las 20 palabras en común que teníamos en inglés, entremezclándolas en el gracioso arte de la oratoria comprimida.

Allí me invitó a ir a su casa en Podgorica, para lo cual me dio su número de teléfono y dirección. Ciertamente me hubiera encantado ir, pero la maldición del tiempo, las prisas y lo a contramano que se encontraba la capital, lo impidieron. Me dio el “fejbuk” de su hija: Tijana Scepanovic, cuya identidad no pude desentrañar de entre las decenas de Tijana Scepanovic aparecidas en facebook y repartidas por el orbe. Pagó los cafés, negándose a dejarnos pagar. “Cuando yo vaya a España, ya me invitarás tú”, espetó. Volvió a gritar varias veces con alegría el nombre de mi país, encantado de la bonita casualidad, nos dimos un abrazo y se marchó. Me alegré de que nos dejasen tirados aquella mañana en Bar. La carretera provee.

Un comentario

  1. Grande Juan Alberto!! Cuando el camino se tuerce siempre empieza la aventura. Disfruta de Albania, para mi es lo mas autentico que aun nos queda de esta euroglobalizacion.

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