Rejuveneciendo

Incluso el viajero más experimentado se ve muchas veces perdido, necesitado de ayuda, de que le lleven de la mano. Ya sea por estar agotado física o mentalmente, por las excesivas horas de carretera, por no haber comido, dormido, o encontrado el sitio que buscaba tras horas de caminar errante: depende de ayuda externa para conseguir llevar a buen puerto el reto diario.

En esas situaciones, las agotadas piernas se convierten en piedras, la mochila en una losa, y los pies duelen como si pisaran sobre clavos. La mente se ofusca y no piensa con claridad, alimentada por el cansancio, tomando decisiones precipitadas y desatinadas. Yo siempre intento mantener la calma diciéndome que la carretera proveerá; ella siempre se encarga de todo, así ha sido siempre.

Me siento en esos momentos como un niño desamparado, cuidado por gentes desconocidas que se apiadan de mi precaria situación, gente que paternalmente me ayuda con inusitado interés, haciéndome sentir a su arropo. Devolviéndome la fe en el mundo. Es una sensación extraña ésta en la que sigues a un extraño hasta su casa, su coche o una calle cualquiera, sin importar si estás en una aldea, una gran ciudad o en medio del desierto. Es entregarse ciegamente al cuidado de un ser cuasi divino que ha venido a salvarte, en quien depositas toda tu fe y tus esperanzas, ya que sin ella no serías capaz de lograr tu objetivo último, fuera cual fuese. Tal protección provoca, dentro de mi ya de por sí joven alma de viajero, la sensación de haber hecho una regresión a la edad de doce o quince años.

En ocasiones incluso me sorprendo hablando como si tuviera tal edad, con actitud suplicante y aniñada, intentando exteriorizar aún más la relativa desesperanza de mi situación.

Me pasó, por ejemplo, al llegar a una ciudad, de cuyo nombre no quiero acordarme, a las 23:00 de la noche, tras nueve pesadas horas de autobús en una país nuevo para mí y cuyo lenguaje desconocía por completo. El autobús me dejó a las afueras de la misma, pues su destino final era otra metrópoli distinta, y allí donde me apeé no había más que una pequeña tienda de barrio y un cruce de calles ligeramente concurridas. Solo una persona había en las cercanías, y me impelió a coger un taxi hasta el centro de la ciudad, la obvia solución, cara y fácil, que nunca gusta al viajero aventurero. Yo no tenía reserva de hotel ni idea clara de hacia dónde me dirigía, así que, agotado como estaba, decidí pararme, dejar la mente en blanco hasta relajarme, y pensar nuevamente entonces con claridad.

Vi pasar una furgoneta de las que funcionan como bus interurbano, agité mi mano y el vehículo paró. Les dije “city center“, pero no entendieron nada; les dije el nombre de una calle principal, pero de lo que contestaron yo no entendí ni jota. Ya se disponían a emprender la marcha dejándome en las mismas, cuando un espontáneo apareció en escena. “¿Qué quieres?”, me preguntó en inglés. Le enseñé mi mapa mientras la furgoneta se alejaba, explicándole con el inglés más claro, sencillo y básico posible, que quería ir al centro de la ciudad en busca de cualquier hotel barato.

El hombre me sonrió afirmando que su inglés iba muy justito -le creí-, y me instó a seguirle: “follow me!“. Andamos algo más de un kilómetro hasta llegar a una calle principal, donde supuestamente pasaría otra de esas furgonetas que hacían las veces de minibuses; esta vez la buena. Tras esperar un rato, ambos nos subimos a la misma. No me dejó pagar. Yo era definitivamente como un crío siguiendo al adulto que se encargaba de todo. Hasta que me hizo la pregunta.

-¿Cuántos años tienes? -inquisitó mientras una chispa fulgurante iluminaba mi cerebro adormecido.
-Treinta -“espera un momento”, me dije en silencio, “tienes treinta años, no eres ya ningún niño”-. ¿Y tú?
-Treinta también. ¿Tienes hijos?
-No -“espera un momento”, me repetí, “tienes treinta años, no solo no eres un niño sino que, de hecho, estás en edad de tenerlos”-. ¿Y tú?
-Sí, dos. ¿Y cuál es tu trabajo en España?
-Realmente ahora no tengo trabajo, solo viajo -“espera un momento”, me repetí incrédulo, “tienes treinta años, no solo no eres un niño, no solo estás en edad de tenerlos, sino que además ni tienes trabajo ni una vida acorde con tu edad”-. Ya buscaré un trabajo cuando me quede sin dinero.
-Oh, que suerte tienes, cuánto te envidio.

En ese instante todo cambia. No puedo quitarme de la cabeza que tengo treinta años, que cuando mi padre tenía mi edad yo ya era hijo suyo, que con mi edad y sin un trabajo, ni un plan concreto de futuro, no podría llevar una vida como la que llevaban las personas “normales” de mi edad. Era un bala perdida que se sentía como un adolescente enfundado en una piel de treintañero.

Entonces me pongo más derecho, alzo la cabeza y endurezco el gesto. Hablo con voz más grave, más serena y adulta, e intento aparentar que todo está bien y en realidad no necesito tan desesperadamente la ayuda que me prestan. Hasta la próxima vez que no sepa cómo llegar a mi destino. Entonces volveré a parar a algún adulto para pedirle:

-Perdone, señor, ¿me puede usted ayudar a llegar hasta aquí?
-Claro que sí, súbete al coche, muchacho. ¿Cuántos años tienes?
-Treinta, ¿y usted?
-Veintiocho.
-Vaya por dios.

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