Regalo inesperado

Un trayecto de cinco horas en autobús es inviable sin una cabezadita de por medio. Desde Zanjan en dirección a Tabriz, extremo noroeste de Irán, y tras casi veinte días disfrutando de los cautivadores paisajes del país, caí en la somnolencia ante la falta de estímulos.

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Desde Zanyán un taxi me llevó hasta la mera autovía, prometiéndome que por allí pasaban autobuses que hacían el trayecto de Teherán a Tabriz y que pararían a recoger pasajeros. Tuve que fiarme de él porque no había otra posibilidad de llegar a Tabriz directo, con la suerte de que casi inmediatamente un autobús se detuvo y, tras preguntarle, me cobró y me invitó a subir. Eso sí, me quedé con la sensación de que me habían cobrado más de la cuenta. Me senté con ellos delante un rato, hasta que me entró sueño.

El conductor y el cobrador
El conductor y el cobrador

Desperté sin razón alguna, aún cansado, pesándome los párpados que ocultaban mis ojos enrojecidos, resecos por la calefacción excesiva del habitáculo. Los entreabrí atisbando el exterior, enrojecido, próximo al atardecer. Me despabiló de sopetón un paisaje de ríos de sangre, ondulándose siguiendo los contornos de incontables promontorios de lisa textura, plegados a su vez como un acordeón propiedad del dios de la tierra, que asimilaba los prietos y fibrosos músculos de un culturista gigantesco. Me convencí de que era la musculatura del planeta, de la que a su vez brotaba una sangre de rojo intenso, tan pleno que se aproximaba a lo irreal, ribeteando en prolongadas líneas que subían y descendían con una rectitud trazada a escuadra y cartabón, hasta perderse en el horizonte montañoso.

Las montañas vistas desde dentro del autobús
Las montañas vistas desde dentro del autobús
Pueblo rústico de verdad
Pueblo rústico de verdad

Absorto en el peculiar paisaje, dispar de cualquier otro que hubiera visto antes, la prisa del autobús me llevó a contemplar una aldea de casas de barro. Aún adormecido e impresionado por lo anterior, tardé varios segundos en percatarme de mi deseo de sacar la cámara de fotos, demasiado tarde ya. Aquello quedará solo para mí, como un recuerdo de fascinación e incredulidad. Me hizo feliz. Cuando no esperas nada, todo lo que viene es recibido con inusitada algarabía. Aquella aldea era la más rudimentaria que había visto en Irán hasta la fecha: por allí no pasaba turista alguno, aquella zona no estaba en ninguna guía de viaje.

Tan fugaz, tan auténtico. Un regalo del camino.

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Vista desde una estación de servicio en la que paramos
Vista desde una estación de servicio en la que paramos

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