Jiayuguan
Cruzando las puertas de camino a la nada insondable

¿Qué más se puede pedir? Jiayuguan

“Puertas que en sí mismas concentraron los deseos y temores de millones de personas a lo largo de los siglos. Historia en sí mismas, leyenda, casi un dios al que rezarle o al que temer, eran aquellas moles de madera colgadas de sus goznes.”

Auténtico. En Jiayuguan.
Auténtico. En Jiayuguan.

Desde Zhangye decidimos, admito que en un impulsivo ataque de ansiedad viajera, coger un tren que salía a media noche y llegaba a las tres de la madrugada a Jiayuguan, noroeste de China, donde nos esperaba el anhelado comienzo del desierto. A las 04:30 me acosté, y a las 09:30 me desvelé sin vuelta atrás.

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Primeros bazares en la Ruta de la Seda

La falta de sueño no frenó los impulsos de seguir adelante, e instantáneamente la carretera nos proveyó de un auténticamente pueblerino mercado callejero, de una sola calle, que por azar hallamos no lejos del hotel. Comimos a lo largo de los puestos callejeros: tortilla en forma de bola con algunas verduras dentro; mantou chino, que es una especie de pan vaporizado en vez de horneado; y una zanahoria que pelé con el cuchillo que la abuelita del tenderete me prestó a tal efecto. Allí no habían visto un extranjero en eones, y el interés mutuo en conversar desembocó en agradables momentos.

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Curiosas escenas de mercado

Por ejemplo cuando entablé un diálogo con un vejete de extensa barba blanca, que admiré con adoración, y que nos invitó a acompañarle a la mezquita del pueblo, que nos enseñaría gustoso. Estaba la mezquita situada al final de la calle del mercado, y allí dentro pude tener mi primera conversación sobre religión islámica en este viaje, guiado por varios chinos musulmanes deseosos de compartir sus costumbres con el extranjero.

Mi amigo
Mi amigo

A continuación nos dirigimos al histórico puesto fronterizo de Jiayuguan, un fuerte con sus murallas intactas –rehabilitadas con toda probabilidad-, sus torres, sus cañones, y hasta sus chinos disfrazados de soldaditos de época.

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Todo reconstruido intentando imitar el diseño original, lo que le ha garantizado la declaración de Patrimonio Mundial UNESCO. Era fácil dejar volar la imaginación y recrear en la mente lo que aquello fue hace mil años. La parte negativa es que media fortaleza estaba en obras de restauración, entre andamios, obreros y ladrillos que rompían el encanto, cosa muy habitual en China por otro lado.

El fuerte de Jiayuguan
El fuerte de Jiayuguan

A mí siempre me han gustado las fortalezas y las historias de frontera, y el verme situado allí, bajo el marco de la puerta que en tiempos del Imperio daba salida hacia terrenos indómitos, que simbolizaba el fin de la civilización conocida y el último lugar al que se le podía llamar hogar, me hizo sentir rebosante de emociones.

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Especialmente al encarar las enormes puertas abiertas ante el abrasante y cegador sol de la media tarde, encarando el vacío de la llanura desértica por el que venían los enemigos. O, para los que se atrevían a ir en la dirección opuesta, el camino hacia el oeste: la Ruta de la Seda que surcaba miles de kilómetros hasta dar a parar en la lejana y vieja Europa. Allí, con un nudo en la garganta, me sentí como un aventurero de otra época.

Turistas por un tubo
Turistas por un tubo

Otrora era una exigencia disponer de un pasaporte especial para cruzar aquellas puertas, y los soldados que por allí salían nunca tuvieron la certeza de flanquearlas una vez más, ya de camino a casa. Así como los enviados al destierro aceptaban la imposibilidad de reingresar, los enemigos ansiaban a toda costa echarlas abajo y conquistar su interior. Puertas que en sí mismas concentraron los deseos y temores de millones de personas a lo largo de los siglos. Historia en sí mismas, leyenda, casi un dios al que rezarle o al que temer, eran aquellas moles de madera colgadas de sus goznes.

Cruzando las puertas de camino a la nada insondable
Cruzando las puertas de camino a la nada insondable

Al anochecer regresamos a la calle del mercado, donde varios puestos de comida habían surgido ahora para proveer la cena. Un puesto de carne a la barbacoa atrajo nuestra atención, y les pedimos que nos hicieran un roujiamo: especie de kebab de cordero. El pan calentito, la carne como la que podría haber preparado mi abuela, carne local, de calidad y jugosa, especiada y un poco picante, que conformó un bocado inmejorable tras tan intenso día. ¿Qué más se puede pedir? Otro roujiamo, por favor.

Sin comentarios

  1. Que te sientes y comas, dice el del vídeo. Y luego a beber té, imagino, XD.

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