Taxista políglota en Sanandaj, Kurdistán, Irán

Problemas de comunicación en Sanandaj

Pero, cuando estás por ahí esos países tan raros, ¿cómo hablas con la gente? Verás, simplemente, no hablas. Usas tus manos, las expresiones de tu cara, tus ojos, la posición del cuerpo. Un rápido tamborileo de pies indicará tu impaciencia a la persona a quien estés esperando, y un fuerte exhalación nasal reflejará que estás a punto de perder la paciencia.

Juntar tus manos es una señal de sumisión, en la que das a entender agradecimiento o, al pedir ayuda, tu completa indefensión y necesidad de ser salvado. Apretar los labios mostrará cierto enfado, revelando como conveniente el dejarte en paz o acceder a tus peticiones. Cruzar tus brazos, cabeza altiva, que eres un tipo chungo y es mejor no intentar timarte o robarte.

Una amplia separación de piernas revelará que tienes los huevos como pelotas de billar, mientras que cruzar las piernas una por encima de la otra podría adjudicarte una imagen más bohemia, de erudito o persona de refinados modales.

Una sonrisa permanente te eximirá de tener que mencionar una sola palabra, pues por sí misma refleja agradecimiento y felicidad, luego es perfecta cuando estás en una reunión de personas a las que no entiendes pero con las que quieres congraciar. Verbigracia, cuando te han invitado a una casa ajena y quieren saberlo todo de ti, pero tú estás agotado mentalmente como para intentar explicar nada.

Y los dedos, esos apéndices bananeros indispensables para un viajero. Los mancos no pueden viajar, es imposible. Todo se puede hacer con las manos estando de viaje, y no solo a actos onanísticos me remito, que también. Pese a ser su método de utilización tan simple como mostrar y esconder extremidades, no es de común uso para la totalidad de la especie. En ocasiones, ante gente que, muy posiblemente, no ha salido nunca de su pueblo y enfrentado otro idioma o persona extranjera, eso de tener que contar con los dedos es una hazaña imposible.

¿Cuánto cuesta? -le preguntaba yo en español al tendero, mientras frotaba de forma rápida y repetitiva mis dedos corazón y pulgar, representando el internacional gesto de “¿cuánta pasta?”. Acto seguido, recibía su incomprensible respuesta en farsi, o cualquier otro dialecto kurdo-. No, no, que no me entero –le volvía a replicar yo, inútilmente-. Mira, así: uno, dos, tres…, cuenta con los dedos, hombre. Dime cuánto cuesta, haz el favor –pero, una vez más, me contestaba en su idioma mirando mis dedos atónito, sin comprender-. Chiquillo –le exponía al hombre de unos sesenta años, amablemente, mirándole a los ojos-, cuatro, cinco, seis, sie… ¿seis? ¿Has visto cómo no era tan difícil? Menudo comerciante estás tu hecho –expresé mientras sacaba el dinero ante sus gestos afirmativos-.

Entré en un restaurante, en Sanandaj, y en una mesa me senté. La carta fue traída, pero sin portar palabra de inglés. Fotografías tampoco. Allí se imitaron los sonidos de todos los animales de granja que conocía hasta la fecha. Tenían el animal denominado “cococooooo”, aquello quedó bien claro tras unas cuantas risas. El problema era pollo con qué, o cómo va el pollo hecho. Dije las dos palabras en farsi que conocía sobre alimentación pero no sirvieron de nada: o no me comprendieron o no tenían, pero negaban con la cabeza.

Saqué la guía de viajes, mostrándoles nombres de platos escritos en farsi, pero volvían a negar con la cabeza, no disponían de ninguno de ellos. En condiciones normales, porque ya había acaecido en multitud de ocasiones, me habría dirigido al interior de la cocina, levantado las tapas de las ollas y elegido, basándome en la pinta, lo que me apeteciere yantar. Mas ese día el agotamiento me pudo, y preferí salir del restaurante sin pedir nada, ante el semblante de incredulidad del personal. Una vez fuera me pedí un kebab, para aquello no eran solicitados mayores alardes de locuacidad.

Ya abandonaba el Kurdistán de vuelta a Tabriz, y el taxista que me recogió se manifestaba gozoso de llevar un reluciente español en su marchito automóvil amarillo pollo. Tras el tradicional chascarrillo sobre Messi y Ronaldo, el diálogo quedó en stand by, amenizado únicamente con tímidos “yes, yes” por aquí y algún “very good” por allá. Caí en la cuenta de que a aquellas alturas todavía no conocía cómo se decía “very good” en farsi, pues “very good” es “very good” en todo el mundo y no da a lugar el traducirlo.

-Hey, my friend, how to say very good in farsi?
-¡Very good!¡Very good! –proclamaba con sonrisa de oreja a oreja el taxista.
-No, no. Very good: English; Farsi …¿? How to say?
-¡Farsi, very good! –contestaba aún sonriente el conductor, entusiasmado ante la verborreica conversación.
-A ver… English: hello; Farsi: Salam. English: very good; Farsi … ¿? –propuse, como sencilla regla de tres de lógica deducción.
-¡Very good! ¡Salam! –empecé a considerar la posibilidad de haber ido a parar con el taxista más tonto de todo el Kurdistán.
-Joder…, my friend, English: hello; Farsi: salam. English: thank you; Farsi: merci. English: very good; Farsi … ¿?
-Thank u! Thank u! Very good –más feliz que un tonto en una feria.
-No…, no…, eso no es… –concluí, suspirando.

22 de Noviembre de 2013

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