Puesto fronterizo de Kazajistán, en el paso hacia Kirguistán

Polizón en Almaty

El viaje entre Bishkek, capital de Kirguistán, y Almaty, ciudad principal del sur de Kazajistán, es un corto trayecto de 234 kilómetros y unas cuatro horas de viaje. Hubiera sido un paseo mucho más apetecible si no fuera necesario proveerse de un visado que, en Bishkek, me costó 25$USD y que llevó tres días laborales en expedirse. Al igual, habría sido más agradable si la carretera que une ambos países fuese de más de un carril en cada sentido, y si no estuviera atiborrada de vehículos transitando de una a otra nación. Sería, sin duda, más eficaz, si el transporte público contase con compañías establecidas con horarios fijos. Pero sin todo eso, la aventura tampoco sería la misma.

En esta zona del mundo lo que funcionan son las marshrutkas, furgonetas de la marca Benz con un par de decenas de años de servicio a sus espaldas y con una capacidad de unas 20 plazas. Cuando se llenan, salen. Si en llenar todas sus plazas tarda tres horas, serán tres horas que estarás esperando en la estación. En este caso no tuvimos que aguantar demasiado porque el tránsito entre ambas capitales es bastante demandado, y además tuvimos el tino suficiente para ser de los últimos en llenar aquella marshrutka.

Marshrutka en Kirguistán
Marshrutka en Kirguistán

La frontera entre estos dos “istanes” eran dos enormes arcos metálicos, uno frente a otro, rezando con letras cirílicas “Kirguistán”, el uno, y “Kazajistán”, el otro. Como vacas entrando al matadero, a través de un largo y metálico túnel nos dirigimos hacia la zona de control de pasaportes, mi amigo Bruno y yo. Sello de salida y fuera del primer país. Avanzamos por terreno de nadie, uno de los instantes que más me ilusionan cuando viajo, en el que no estoy en terreno que no pertenece a ningún país en concreto. Sobre el papel no estás en ningún país, pero si te imaginas puesto sobre el mapa te imaginas en una zona remota y lejana al lugar donde procedes. Si en ese momento me preguntaran dónde estoy, sólo diría: estoy en terreno internacional, en tierra de nadie o tierra de todos, en el planeta Tierra, en libertad.

Puesto de control fronterizo de Kazajistán
Puesto de control fronterizo de Kazajistán
El inicio del camino que lleva al puesto fronterizo... parece la entrada de una cárcel o de un matadero
El inicio del camino que lleva al puesto fronterizo… parece la entrada de una cárcel o de un matadero

Bienvenidos a Kazajistán, fue el siguiente cartel que vimos. Su control de pasaportes transcurrió sin ningún problema. Nunca los he tenido, problemas graves, en las fronteras. Cruzo los dedos. La mayoría de las personas que transitaban este puesto fronterizo eran ciudadanos de Bishkek o Almaty que parecían cruzar a diario pues tenían sus pasaportes plagados de sellos de entrada y salida entre ambos países. Comerciantes, personas con familia en ambos lados, residentes de un país que van al otro a trabajar. Cualquier cosa era posible entre aquellas dos ciudades divididas artificialmente por las fronteras inventadas por Lenin durante su etapa soviética de creatividad topográfica.

Un pequeño kiosco de cambio de moneda, realmente ridículo y aislado, espera a los viajeros al otro lado de la frontera. La tasa de cambio que ofrecía me pareció abusiva, como suele ser en los puestos de frontera, lugares a los que muchos se ven obligados a cambiar de moneda por necesidad imperiosa. No cambié dólares por tenges, sino la calderilla en som kirguís que llevaba encima. Así decidimos continuamos el viaje hacia Almaty: ya cambiaríamos al llegar a la ciudad. Nos volvimos a subir al mismo vehículo que nos había llevado hasta la frontera, y que también había cruzado al otro lado.

En la carretera hacia Almaty, rectas eternas
En la carretera hacia Almaty, rectas eternas

Almaty

Tras atravesar infinitas llanuras de color ocre, salpicadas únicamente con alguna que otra granja aquí y allá, llegamos hasta la estación de transporte de Almaty algo más de cuatro horas después de haber salido de Bishkek. Nos dispusimos a encontrar el hostal que habíamos reservado por Internet el día antes. Cruzamos la calle y esperamos al tranvía que nos llevase hacia el centro de la ciudad, para desde allí buscarnos la vida de nuevo. En Bishkek, de donde veníamos, en el transporte público se paga cuando se baja, no cuando se sube. En Almaty parecía que la gente pagaba echando dinero en una pequeña caja al subir al tranvía, y Bruno, que sabía cuatro palabras en ruso, fue a preguntarle al conductor si le teníamos que pagar a él o cómo funcionaba el asunto. El conductor aparentemente dijo que él no cobraba, sino que el pago en efectivo se hacía en la máquina, pero entre que no teníamos claro cómo funcionaba ésta, que no teníamos apenas tenges y que no había nadie controlando, nos relajamos. Total, nos íbamos a bajar en pocas paradas.

 

Calles de Almaty
Calles de Almaty

Otra cosa especial de Almaty: estas acequias en mitad de la calle. Me preguntaba cuantas personas morirían al año cayendo en ellas de noche (no hay alumbrado en muchas calles)

En la parada siguiente se subieron dos revisores, que tardaron en llegar hasta nosotros menos de lo que tardó el susto. No teníamos billete, pero con el dinero en la mano y en acto de buena voluntad hice ademán de que, si hacía falta, se sacaba sin dilación. Con las mochilas encima, la cara de extranjero, la barrera idiomática, y las ganas de sacarse un sobresueldo, los revisores nos obligaron a bajar del tranvía en la siguiente parada, no de muy buenos modos.

Una multa, decían que nos iban a poner, de no se cuántos tenges, que en todo caso no teníamos. Haciendo uso de todo mi nivel de ruso, que consistía en mover las manos, señalar cosas y decir palabras que todo el mundo comprende, me intenté comunicar con ellos: “Kirguistán, bus, ok, pay, go. Kazajistán, bus, pay, ok, go”. Así les intenté explicar que en Kirguistán primero te subes, haces tu trayecto y cuando te bajas pagas, y que en Kazajistán de repente nos encontramos con una realidad opuesta y desconocida para nosotros como turistas. A nuestras explicaciones respondían ellos con discursos de los que no entendíamos ni la más mínima mierda, y aquello empezaba a rodearse de curiosos. Nadie hablaba inglés.

Calles de Almaty

Calles de Almaty

Les quise demostrar que acabábamos de llegar al país, que ni siquiera teníamos dinero encima salvo unas monedas. Para ello, saqué mi pasaporte y le enseñé el ticket cutre que me habían dado al cambiar moneda en la frontera, que para mi sorpresa y asombro estaba equivocada y marcaba como fecha el día anterior. El revisor me miró con cara malévola, como si en parte comprendiera mis explicaciones pero de todos modos me quisiera sacar la pasta. Al menos el sello sí ponía la fecha correcta y pude mantener mi argumento en segunda instancia.

Yo les rogaba: que mira que somos estudiantes, “no money”, señalando mi triste mochila y mis pobres ropas. Empezaron a mirar nuestros pasaportes, como si fueran policías, cuando eran simples revisores de tranvía, un trabajo con un salario paupérrimo sin la menor duda. Nos pidieron 25 dólares para dejarnos ir, pero nosotros éramos duros de pelar. Optamos por la amistad. Un poquito de fútbol por aquí, un poquito de mira el viaje que estamos haciendo por allá, otro poco de qué bonito es Kazajistán. Al final, tras un par de risas, nos dejaron marchar sin soltar un centavo, dándonos la mano en despedida.

Otra cosa especial de Almaty: estas acequias en mitad de la calle. Me preguntaba cuantas personas morirían al año cayendo en ellas de noche (no hay alumbrado en muchas calles)

La pregunta era dónde carajo estábamos en ese momento. Desde luego, no volveríamos a subirnos al tranvía, así que caminamos. Caminamos y caminamos. Dos horas tardamos en llegar al hostal, que era nuevo y desconocido por los habitantes incluso en el propio barrio donde estaba. Cuando conseguimos dar con él no había nadie en la recepción. Es más, no había recepción. Ni siquiera había carteles por fuera del hostal que avisaran de que aquello era un hostal. Entramos y pegamos varios gritos hasta que bajó un hombre, el encargado, que nos explicó que llevaban abiertos un par de semanas y estaban esperando el cartel, la recepción, y terminar algunas otras obras. En fin, llegamos de milagro y gracias a los mapas y los GPS en los móviles. Lo siguiente que supimos es que era obligatorio registrarse en la policía como visitante del país, y que la comisaría estaba a tomar por saco, y requerían fotos de carnet que no teníamos y rellenar documentos, y esperar una cola, y era día festivo… Perdimos medio día por culpa de esos papeleos. No fue fácil, Almaty.

Se les fue la mano con el metro...
Se les fue la mano con el metro…

Como anécdota, al regresar de vuelta a Kirguistán, a Bruno no se le ocurrió nada mejor que hacer una foto con su iphone al interior de una de las salas que había en el puesto fronterizo del lado kazajo. Los oficiales le vieron y le quitaron el iPhone de las manos, se lo llevaron al interior del puesto y, pese a las quejas de Bruno, le borraron todas las fotos que el iPhone contenía, en lugar de sólo la que acababa de tomar.

Cartel de "Kirguistán" con letras cirílicas
Cartel de “Kirguistán” con letras cirílicas

2 comentarios

  1. quien es el otro gringo en las fotos que esta durmiendo???? jajaja soy yooooo 🙂
    I remember they took my phone because I took a photo of a policemen playing games at the border control jajajaja…que memorias!! 🙂
    Un saludoooooooo

    • Juan Alberto Casado

      jajaja! True, we can see half of your sleepy head :p You also appear in another picture, the 4th of 5th one, in the streets of Almaty. I thought your phone was never gonna get back to you hahahah! Since then I take extra care taking pictures in border crossings 😉 Abrazo!

Deja un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies