Pesadilla en Awala Yalimapo

“It was terrible in French Guyana” fue una de las frases más pronunciadas durante aquellos días y los que vinieron después. Nos desplumaron como a pollos, nos dejaron sin nada, abandonados a nuestra suerte en mitad de la jungla. No existíamos oficialmente, no teníamos dinero ni comida, y los mosquitos nos querían devorar. Esta es una historia de desdicha y superación, de las que le cambian a uno para siempre.

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Jungla por doquier

Por una carretera encapsulada por el color verde de la jungla, que lo rodeaba todo invariablemente, acudimos en dirección norte hacia el mar, hacia Awala Yalimapo. Se trataba de un pequeño poblado con una gasolinera, un supermercado y apenas nadie por sus calles. Continuamos aún más allá, trasponiendo el pueblo, hasta que dimos a parar con el albergue al que nos estábamos dirigiendo en el coche de los franceses. Sebastian, Dorian y Jerry residían temporalmente en Guayana Francesa y, generosamente, nos recogieron esa misma tarde cuando hacíamos autostop a casi 200 kilómetros de allí, cerca del Centro Espacial de la Guayana, en Kourou.

Caían los últimos resplandores del sol ecuatorial cuando divisamos el albergue. Situados a pocos metros de la carretera aparecieron unos simples barracones separados unos cuantos metros entre sí y construidos sobre fina arena de playa, la cual quedaba detrás de las construcciones aunque ocultada por la vegetación. Sin puerta de acceso, verja o recepción de hotel, nos apeamos del coche y vociferamos esperando que apareciese alguien. Tocamos en las puertas de todos los edificios pero nadie contestó, constatando que allí no había absolutamente nadie más a parte de nosotros cinco.

En mitad de la arena había una plataforma rectangular de madera, cubierta por un tejado de chapa rojiza y circundada por una verja de baja altura, también de madera. Unas serie de vigas de madera y barras de hierro se situaban a unos dos metros de altura sobre el suelo, en dos círculos concéntricos, y servían para atar las cuerdas de las hamacas. Aquel recinto era un techado para hamacas, algo muy típico por aquellas zonas. De hecho, tanto Manolo como yo habíamos comprado dos hamacas en Belém, Brasil, con idea de emplearlas durante esta parte del viaje. En el centro de la plataforma se encontraban dos filas de taquillas facilitadas para que los visitantes guardasen allí su equipaje. Otro edificio hacía las veces de servicios y duchas, y uniendo todas las construcciones entre sí existía una red de caminitos de madera o cemento sobre la arena de la playa. Más allá: la jungla y el silencio. Sin duda era un bonito enclave, salvaje y solitario.

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Bajo ese techado ocurrió todo

Aquello no era un albergue al uso, sino un solar al aire libre, desprotegido y, encima, no había ningún empleado trabajando en el lugar. Horas antes uno de los franceses llamó al teléfono de información del albergue para avisar de nuestra llegada y, según nos comunicó, le indicaron que si no había nadie que nos sintiéramos libres de colgar nuestras hamacas donde nos pareciera. Insistí varias veces para que volvieran a llamar y avisar de nuestra llegada, pedir permiso para colgar las hamacas, e incluso consultar la posibilidad de instalarnos en alguna de aquellas barracas, con su puerta, paredes y ventanas. No fui escuchado. Aquello no me gustaba demasiado, pero no tuve más remedio que colgar mi hamaca en un lugar abierto a la jungla y rodeado de mosquitos portadores de malaria, dengue y chikungunya. Por fortuna también llevábamos una mosquitera específica para hamacas, con dos aperturas en los extremos por los que se sacaban las cuerdas de la misma.

Teníamos las mochilas en el maletero del coche de los franceses, pero como los acabábamos de conocer no me fiaba del todo de dejarlas dentro, no se fueran a marchar con ellas, así que las sacamos y las llevamos hasta aquel techado. Solté las mochilas y saqué el trozo de tela, gruesa, de la hamaca. Las vigas estaban demasiado altas y separadas entre sí, de modo que los chicos franceses me tuvieron que prestar cuerdas extra para poder amarrarla. Quedaban bien altas las hamacas, tanto que era difícil subirse a ella, pero lo más importante era que no se viniera abajo en mitad de la noche y me pegase el porrazo de mi vida, mientras era rodeado por una nube de mosquitos que aprovecharían el altercado para acribillarme.

Me rocié con el repelente de mosquitos especial para jungla que compré en Kourou: lo de aquellos bichos alados era algo fuera de lo normal. No podía uno descuidarse ni un sólo segundo porque le comían vivo. Tenían mucha hambre, esos cabrones voladores. Te concentrabas durante cinco segundos en hacer un nudo a las cuerdas y una nube de mosquitos infectos te taladraba los oídos con su frenético aleteo. Los notabas acariciarte la piel del cuello, de las manos, sentías escalofríos por cada centímetro de tu cuerpo aunque éste estuviera completamente tapado. Ni la ropa ni el repelente funcionaban para liberar tu mente de los cientos de mosquitos que te rodeaban. A su audible presencia se sumaba su imparable insistencia, obsesiva, para no dejarte descansar ni un segundo. Siempre tenso, siempre molesto, espantando fantasmas al no querer parar de mover brazos y piernas ni un instante por no darles oportunidad a posarse sobre ti. Picaban a través de la ropa, en cuestión de segundos, llevándose tu sangre, dejándote una roncha de considerable rojez y picor, y transmitiéndote dios sabe qué enfermedades. Demonios voladores, hordas de ellos.

Finalmente instalé la hamaca y me di una ducha. La ducha, además de estar plagada de mosquitos, también tenía una muchedumbre de ranas pequeñas pegadas a la pared. Aquello era la verdadera jungla, uno no podía descansar un segundo sin temer ser asaltado por cualquier tipo de bicho más o menos asqueroso y peligroso. Me duché, por tanto, sin parar de moverme para evitar los moquitos, y cuando salí me dirigí a una de las barracas donde un grupo de otros cuatro franceses, una chica y tres chicos, había llegado hacía unos minutos. Allí estaban ya todos los demás reunidos, dialogando en francés y bebiendo el ron surinamés que habían comprado horas antes nuestros amigos tras cruzar el río que hace de frontera entre Guayana Francesa y Suriname, así como cerveza y otros brebajes. Me presenté y me senté, y durante un rato estuvimos conversando en inglés sobre nuestros viajes y nuestras hazañas. Allí mismo hicimos una barbacoa donde asaron muslos de pollo y comimos muchas patatas fritas y frutos secos. Cenamos poco, la verdad, como muy poco habíamos comido a medio día. Antes de que la cena estuviera lista le propuse a Manolo acercarnos a la playa a ver si había rastro de las tortugas por allí.

Las tortugas gigantes eran el motivo real por el que acudíamos a aquel rincón perdido del mundo. Por aquellas fechas estaban terminando la época del desove, así como empezando el período en que las pequeñas crías de tortuga gigante abandonaban el cascaron. En realidad, no sabíamos si era demasiado tarde para ver las tortugas desovando y demasiado pronto para ver a las nuevas generaciones viniendo al mundo. Con lo que nos había costado llegar hasta allí, podría ser una gran decepción no ver absolutamente nada. Aunque al menos en Cayenne tuvimos la inmensa suerte de ver nacer pequeñas tortugas de un nido en una de las playas más turísticas de la capital. Al menos, gracias a aquella casualidad, no nos iríamos completamente de vacío de la Guayana Francesa.

Nos alejamos del grupo de franceses, de los barracones y del techado de las hamacas, cuyas bombillas eran las dos únicas fuentes de luz visibles en la densa noche en mitad de la jungla. Utilizamos las linternas para guiarnos hasta el camino que bordeaba la explanada de aquella suerte de albergue, y que guiaba directamente y en línea recta hasta la cercana playa. Muy de vez en cuando aparecían las luces de un coche en dirección a la playa: gente que iba a buscar tortugas como nosotros, otros que iban a pescar, otros que no sé qué hacían. Se quedaban allí un rato, daban un paseo buscando los enormes reptiles, echaban un rato la caña y, después, se marchaban. Ansiábamos encontrar caparazones de un tamaño descomunal arrastrándose sobre aquella húmeda arena. Decía la leyenda que de tantas tortugas que se amontonaban en las playas, aquello parecía una batalla de tanques.

Cuando llegamos allí no vimos nada a parte de agua y arena. Avanzamos por la orilla, conversando, refrescados por la brisa que soplaba con viveza, llevándose de paso los mosquitos con su fuerza, e invitándonos a dormir allí mismo con tal de evitar la fiereza de los mosquitos donde estaban nuestras hamacas. Evidentemente no íbamos a hacerlo, pero llega un punto en el que uno haría casi cualquier cosa con tal de alejarse de aquellos bichos malditos. Seguimos paseando durante diez minutos pero, a parte de algunos cangrejos que huían despavoridos a nuestro paso, no vimos ninguna otra señal de vida. Regresamos al albergue un poco decepcionados pero aún con la fe de que más tarde, con la marea alta en su punto álgido, apareciesen algunas tortugas. La marea alta sucedería a las once de la noche y, durante el margen de dos horas antes y dos horas después, era cuando en teoría las tortugas acudían a soltar su carga de vida. Todavía eran solamente las nueve.

La cena fue tan escasa que al final le terminamos dando más a la botella que a la mandíbula. Algo más tarde de las diez de la noche regresamos a la playa nuevamente, pero no vimos nada. Nos paramos en la orilla, esperando algo, sin prisa. Pero lo único que llegó a nosotros fueron mosquitos, pese a la brisa, zumbando en nuestros oídos y acariciando la poca piel que teníamos expuesta al exterior. Nos largamos de allí y terminamos de bebernos lo que quedaba en el albergue: los franceses iban muy borrachos, yo un poco mareado.

Dieron las once y la gente, de repente, decidió que era hora de marcharse. Quizá venían hablándolo desde hacía un rato, pero como yo estaba completamente descolgado de su conversación en francés me vi pillado por sorpresa. La única chica del grupo había estado en Awala Yalimapo con anterioridad y parecía conocer la zona y el comportamiento de las tortugas. Afirmó que la mejor zona para encontrarlas estaba situada unos tres kilómetros más hacia el oeste, en dirección al río que nos separaba de Suriname, en un enclave aún más aislado de toda señal de humanidad. Se levantaron y se dirigieron a los coches sin apenas darme tiempo ni para ir por última vez al baño. Cuando salí del edificio que albergaba los servicios ya habían desaparecido todos y las luces de los coches estaban encendidas. Fui a donde tenía las mochilas, pensando en si llevarme la mochila pequeña con la Nikon, pero pensé que con la oscuridad reinante en la playa no iba a poder tirar ninguna foto, por lo que con llevarme la GoPro tendría suficiente. Metí las mochilas en una de las taquillas situadas bajo el techado, busqué a toda prisa el candado e intenté colocarlo. Escuché a Manolo llamarme a gritos, metiéndome prisa porque me estaban esperando todos. La taquilla tenía un pestillo metálico con un orificio en el que enganchar el candado pero, para mi asombro, otro candado estaba ahí ya enganchado. Sería un candado del hostal y no tenía la llave, e impedía cerrar el pestillo con mi candado propio. Dejé la puerta entornada y me marché, un tanto preocupado por dejar las mochilas abandonadas en aquel lugar tan solitario.

Marchamos en busca de tortugas gigantes, como ya conté en otra historia anterior, y cuando regresamos de vuelta al albergue a eso de las dos de la madrugada, desde la carretera divisé a los tres chicos franceses de pie, bajo el techado, en lugar de estar dormidos como era de esperar. Miraban en nuestra dirección expectantes, e inmediatamente el instinto me alertó de que algo no andaba bien. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y pensé en las mochilas. Me bajé inmediatamente del coche y me dirigí a paso ligero hacia el techado. “Alguien ha venido y se han llevado cosas”, dijo uno de los franceses en voz alta. Fui directo, como directo iba antes de que el francés dijese nada, hacia la taquilla donde había dejado mis mochilas. La abrí y estaba vacía.

Un cortocircuito se produjo en mi mente, como si de repente vieras un burro volando. No comprendía nada: no era posible que las mochilas no estuvieran. Ese fue mi primer pensamiento en busca de despejar la bruma que me había cegado de repente, que me había inmovilizado la lengua y paralizado el cerebro. Dos segundos después, me pude mover, hacia atrás, varios pasos. Miré alrededor, para cerciorarme de que estaba en el mismo lugar donde tres horas atrás había dejado mi equipaje; miré hacia el suelo, al lugar donde en un primer momento dejé apontocadas las mochilas; miré en las taquillas adyacentes, deseando que fuese una broma y que, sencillamente, alguien hubiese cambiado las mochilas de sitio. O que yo mismo me hubiera equivocado en algo. Era extraño, pero tenía la sensación de que necesariamente debía existir alguna equivocación en todo aquello, o que yo mismo no estaba viendo las cosas en la perspectiva correcta. Era como si mi cerebro dijese: “no, oiga, yo soy una buena persona y no es cierto, no es ni siquiera posible, que me hayan robado de esta manera, debe haber aquí alguna equivocación lógica para todo esto. Que me devuelvan las mochilas ya”.

Todos estos pensamientos inundaron mi consciencia en tropel durante los primeros segundos tras abrir la puerta de la taquilla. Luego, involuntariamente, abrí la boca y varias palabras salieron de mi garganta como un susurro ahogado. “Se lo han llevado todo”, pronuncié con incredulidad absoluta, con voz vibrante y tono que pedía clemencia y misericordia. Mi mente consciente se encontraba absolutamente acongojada, inoperante, y aquellas palabras parecieron provenir de una boca ajena a la mía, aunque dirigidas hacia mí mismo. Quizá mi subconsciente intentaba concienciarme de la realidad de los hechos.

Tras estas palabras dichas por mí mismo fui más consciente de lo que acababa de ocurrir, surgiendo el primer sentimiento consciente y razonado: desolación. Caí en la cuenta de que no me quedaba nada salvo la ropa que llevaba puesta y la cámara GoPro inerte en mi mano derecha. Ni un euro, ni el pasaporte, ni el iPad, ni la Nikon, ni más ropa. Nada. “¡Se lo han llevado todo!”, exclamé una segunda vez, eliminando con ese grito el aletargamiento en el que se hallaba sumida mi mente, alzando en esta ocasión la voz hasta alcanzar un tono audible para los demás. Volví a ser consciente de lo que decía y hacía, saliendo de la nube de asombro que me había ahogado los primeros segundos, dirigiéndome a los que me rodeaban en la oscuridad de más allá y que también trataban de averiguar qué cosas se habían llevado de sus respectivas taquillas. “¡Se han llevado las dos mochilas, no me queda nada!”, grité esta vez a pleno pulmón, con voz vibrante a causa del nerviosismo y de la rabia que empezaba a aflorar en mi interior.

Me alejé unos metros de la taquilla, llevándome las manos a la cabeza, y allí las dejé por un rato a falta de mejor sitio donde ponerlas. Creo que no pude separar las manos de la cabeza durante varios minutos, como si agarrándola fuertemente pudiese evitar que me estallara con la irrefrenable furia de emociones y pensamientos que amenazaba con volverme loco. El primer impulso, totalmente absurdo, fue intentar correr hacia la carretera por si aún alcanzábamos a los ladrones. El segundo fue pensar que todo era una broma, o un mal sueño, que en cualquier momento aparecerían las mochilas por algún rincón como si ellas solitas se hubieran escapado, juguetonas, cual gatos traviesos, y que era cuestión de paciencia que aparecieran de nuevo. Hubo varios pensamientos absurdos más surgiendo de mi incrédulo subconsciente y, ante cada uno de ellos, con mis manos en la cabeza sujetando la poca cordura que me quedaba, realizaba el mayor esfuerzo mental por reordenarlos y colocarlos en su lugar correspondiente. Así, me respondí a mí mismo que los ladrones hacía horas que se fueron con las mochilas, y que éstas jamás volverían a aparecer.

Todo estos pensamientos y emociones que acabo de relatar sobrevinieron como relámpagos en mi cerebro, en cuestión de tan solo 15 o 20 segundos desde el primer momento en que abrí la taquilla. Con pies inestables me alejaba de su fatídico vacío, sumido en un estado de lucha contra mí mismo y sin saber hacia dónde ir ni qué hacer. Me maldije por no haber cerrado la taquilla con el candado y, en cierto modo, me reprochaba a mí mismo: “lo sabía, lo sabía”. Si lo sabías pues haber tomado medidas, joder. Escuché la voz de Manolo gritando “¡Me han quitado las dos mochilas!”, al otro lado de las taquillas, que estaban dispuestas en dos filas que se daban la espalda. Me dirigí hacia la voz conocida y me encontré de frente con el semblante de Manolo, que seguramente sería un espejo del mío propio. Tenía los ojos abiertos de asombro, la mirada perdida, la cara desencajada. Estaba pálido, parecía otra persona. Lo que sobrevino a continuación no fue tanto una conversación como un encadenamiento de monólogos inconexos. Cada uno intentaba encontrarle una explicación a lo que había pasado, enumerar lo que había perdido. Manolo me mostró su taquilla, que él sí había cerrado con llave, y cuya puerta habían arrancado de cuajo para extraer su contenido. Él también lo había perdido todo, solo llevaba lo puesto, igual que yo.

-¡Solo me han dejado con lo puesto!”, me explicaba él, que ya había entrado en la fase de rabia.

-Igual estoy yo, joder tío, vaya mierda, ¡menuda mierda! -le contesté sintiendo arder un fuego arder dentro de mi estómago que me empujaba a matar, a rebanar pescuezos y reventar cabezas. El problema es que no había manera humana de encontrar a los culpables de aquello y, ante tal frustración, todo mi cuerpo se compungía en una ansiedad insaciable, en un arrebato imparable de adrenalina que apretaba con fuerza irracional mis puños y mi mandíbula-. ¡Hijos de puta!

-¡Hijos de la gran puta! –dijo Manolo casi al mismo tiempo que yo. De repente, al ver a Manolo en un estado tan diferente al suyo habitual de muchacho tranquilo y mesurado, nada propenso a los extremos ni a perder la calma, me di cuenta de que nos estábamos alejando del camino adecuado para salir de aquel atolladero. En un soplo de claridad mental, traté de recobrar la cordura. Decidí que era necesario calmarse.

-Me da mucha rabia lo que ha pasado, principalmente porque cuando me fui de aquí ya me dijo el instinto que no era buena idea dejar las mochilas solas. De hecho intenté poner el candado y no me dio tiempo, pero si no llega a ser porque estábamos confiados a causa del alcohol no me había marchado tan despreocupadamente, me habría llevado al menos la mochila con las cosas principales conmigo -dije.

-Pero mira, yo puse el candado y aun así han reventado la puerta. Esos hijos de puta, cabrones de mierda, ¡hijos de puta! No han dejado nada, ni el pasaporte, ¡nada, tío, nada!

-Ahora lo imprescindible es conservar la calma y pensar en qué tenemos que hacer para poder salir de aquí. Tenemos que mantener la cabeza fría, no podemos cegarnos con la rabia porque no nos va a ayudar a conseguir nada ya. Hemos cometido un error y ahora tenemos que ver cómo hacemos para solucionarlo. Lo primero es regresar a Cayenne, conseguir dinero que nos pueden mandar mis padres, por Wester Union –dije, improvisando sobre la marcha-, imagino que tendremos que pedir un pasaporte provisional o algo similar, e intentar conseguir un vuelo cuanto antes de regreso a Europa, que podemos comprar con alguna tarjeta de crédito que me dejen mis padres. Tendremos también que cancelar nuestras tarjetas de crédito y hacer una denuncia de pérdida de pasaporte.

Manolo seguía apesadumbrado al igual que lo estaba yo, pero no podía parar de lamentarse por lo sucedido y de decir “hijos de puta” cada pocos segundos, ensimismado en la rabia, la incredulidad y la desdicha. De algún modo me sentí con más fuerza y claridad mental para tomar decisiones, así que empecé a mover hilos. Habían pasado solo unos minutos desde que llegamos. Me acerqué al barracón donde estaban sentados, cabizbajos y en silencio, los siete franceses. A los que dormían en la barraca no les habían robado nada, allí no habían entrado, pero a los tres con los que habíamos llegado hasta allí en coche les habían quitado los enseres que guardaban en las taquillas: un portátil a uno, un móvil a otro, la cartera a otro… a todos les habían quitado algo, aunque la mayoría de sus enseres habían permanecido a salvo en el maletero de su vehículo. Por otro lado, ellos vivían allí, estaban a salvo en casa, en Francia. Nosotros dos habíamos sido sin duda los más perjudicados por el fatal percance. Lo peor, sin duda, había sido la pérdida del pasaporte, ese maldito pedazo de celulosa sobre el que un par de años atrás yo ya había escrito un artículo maldiciendo nuestra dependencia absoluta a tal tipo de documentos. Sin un pasaporte, básicamente no eres persona, no existes.

“Sé que estáis cansados y jodidos por esto, pero es que nosotros nos hemos quedado sin absolutamente nada, no tenemos ni un euro. Tendremos que pediros el favor de que nos ayudéis a llegar cuanto antes hasta Cayenne, y allí intentaremos conseguir dinero y documentos de alguna manera”, les dije mientras todos me miraban en silencio. “Sí, no te preocupes, mañana temprano salimos hacia Kourou, pero ahora mismo estamos todavía un poco borrachos y no podemos conducir”, contestó uno de los franceses. No quedaba más remedio que esperar hasta que amaneciera. Eran las dos y veinte de la madrugada y quedaba una larga noche hasta poder dar el primer paso para salir de aquella pesadilla de la Guayana Francesa. Tener que esperar cuatro o cinco horas para salir de allí me resultaba frustrante: quería abandonar aquel odioso lugar cuanto antes. Los mosquitos me perseguían con más ahínco que nunca, y había perdido también mi repelente de insectos. El disco duro con las fotos y vídeos del viaje había volado también, aunque por suerte había ido subiendo a internet una parte de ellos. Seguía enumerando mentalmente todo lo que había desaparecido: unos quinientos euros en efectivo, entre euros y dólares; la cámara réflex con todos los accesorios; el iPad -¿qué información irrecuperable habría perdido al desaparecer el iPad?-; el móvil; el carnet de conducir, tarjetas y pasaporte; la ropa, los recuerdos acumulados durante el viaje…

Mientras más recordaba los objetos perdidos más fácil era perder nuevamente la calma. Intenté mantener la mente en blanco y no pensar más en ellos, aunque resultaba prácticamente imposible ante tal hecatombe. Miré lo que me quedaba, lo poco positivo que podía sacar de aquello. Me habían dejado la hamaca y la mosquitera en su sitio, colgadas. A la mosquitera le habían propinado una raja de treinta centímetros, aunque por suerte estaba a media altura y no suponía una ruina total. Podría tumbarme esa noche y librarme durante un rato de los mosquitos mientras esperábamos al amanecer. Tumbarme, porque conciliar el sueño sería misión imposible. El pantalón de capoeira que compré en Brasil, y que había dejado tendido sobre una cuerda secándose, también seguía allí, al igual que una camiseta que puse como tapón de uno de los agujeros que la mosquitera tenía para dejar pasar las cuerdas. Aunque no tenía ningún dinero conmigo, pocas horas antes en St. Laurent había pensado en sacar 400 euros del cajero que igualmente estarían desaparecidos de haberlo hecho finalmente. También conservaba la linterna, que llevaba conmigo en la playa, y un pequeño bote de jabón prácticamente agotado, que había dejado olvidado en el baño al ducharme por la tarde. Me sorprendí a mí mismo al observar que cuando no tienes nada algo tan simple como un bote de jabón se convierte en tu bien más preciado. Aproveché para lavarme las manos, lo cual me proporcionó una gran satisfacción. Estaría jodido, sí, pero con las manos bien limpias.

De algún modo supe que mi inesperada entereza era simple instinto de supervivencia. Si al sentimiento de tristeza por la repentina cancelación del viaje -pretendía viajar varios meses más por Sudamérica-, le unía la culpabilidad por el error propio de no haber hecho caso a mi instinto de salvaguardar el equipaje, y al continuo hostigamiento mental a causa de los valiosos objetos perdidos, era posible que me anulase como persona, que no fuese capar de tomar decisión alguna, que me quedase en aquella playa llorando en un rincón para siempre, hasta morir devorado por los mosquitos. Así que, por muy mal que fuesen las cosas, por peor aún que se pusieran, una oculta fuerza interior hizo acto de presencia para mantenerme entero.

Regresé a la mesa donde estaban los franceses, y pedí que por favor alguien me prestase un teléfono móvil para poder llamar a España y que al menos alguien conociera de nuestra desesperada situación. Por lo que pudiera pasar. Eran las dos y treinta de la madrugada, en España serían las siete y media. La chica me prestó el suyo pidiendo que por favor no alargase mucho la llamada, pues obviamente sería una conferencia cara. Me chocó aquella frase solicitándome prisa por ahorrarse quizá tres o cuatro euros, cuando yo acababa de perder miles de euros en un instante. Mi concepto del dinero había cambiado para siempre aquella noche. Habíamos llegado hasta aquella playa tras hacer auto-stop en una carretera azotada bajo el sol del medio día, tras utilizar couchsurfing para ahorrar dinero en hostales, comprando comida en el supermercado con idea de poder ahorrar cada euro que fuese posible. Ahora, en un instante, habíamos perdido mucho más de todo lo que podudimos haber ahorrado durante meses de tomarnos molestias para viajar barato. Resultaba paradójico, incluso cómico. Llamé a mis padres. Era sábado por la mañana, obviamente los había despertado. Descolgó el teléfono mi madre, con voz amuermada.

-Hola, mamá –saludé en el tono más alegre que fui capaz de recrear.

-Hola, hijo, ¿qué haces, cómo estás? –contestó mi madre, descolocada y extrañada ya que nunca me comunicaba por teléfono y menos a esas horas.

-Pues aquí estamos en una playa de la Guayana Francesa. Estamos bien, no nos pasa nada, pero verás, alguien ha entrado en el hostal y nos han robado, así que tengo que pedirte algunas cosillas.

-¿Que os han robado? ¿Pero qué os han quitado? –reaccionó mi madre, alterada como era de esperar, pero muy lejos de estar asustada gracias a mi calmada introducción.

-Se lo han llevado todo, mamá, nos han dejado con lo puesto, así que no tenemos ni pasaporte ni dinero. Pero estamos bien, que es lo que importa. Coge por favor un papel y un bolígrafo para apuntar algunas cosas que te voy a decir, que no tenemos mucho tiempo para hablar.

Así, les enumeré a mis padres una serie de pasos que tendrían que dar. Llamar al banco y cancelar las tarjetas de crédito era una fácil. No lo era tanto el llamar a la policía y a la Embajada de España en París para preguntar qué hacer en este caso, y enviarme toda la información por email para que la pudiese leer cuando tuviese acceso a internet. También necesitaríamos dinero, era necesario mirar si había oficinas de Western Union en la Guayana Francesa, dónde, y cómo.

No había nada más que se pudiera hacer durante las próximas horas, y eso provocaba una frustrante sensación de impotencia. Di varios paseos por los alrededores, meditabundo, sin rumbo fijo, buscando algo que no encontraría porque no estaba allí. Cuando te quedas sin nada, gran cantidad de hechos pierden la importancia. Tienes hambre, pero dejas de preocuparte por ello, porque ni tienes comida ni tampoco tienes dinero para comer. Aquella noche yo tenía hambre, mucha, pero lo único que encontré fue un resto de patatas fritas en la mesa donde aún permanecían los restos de la cena. Durante los próximos días dependeríamos por completo de otros para ser alimentados. Tener hambre o no era un hecho irrelevante, solo importaba quién y cuándo nos daría algo de comer. Por una vez pude ponerme en el pellejo de aquellos que no tienen nada, de todos los desamparados del mundo, los hambrientos, los indefensos, los tratados con injusticia. Mas seguía sintiéndome como un afortunado: ellos seguirían sin nada hicieran lo que hicieran, yo solo necesitaba regresar a Málaga para poder recuperar una vida normal. El problema para mí sólo era llegar hasta allí.

Llegó un momento en el que todo el mundo decidió irse a dormir. Yo no quería dormir, sino actuar, marchar hacia Cayenne, pero tendría que aguardar unas cuantas horas lo mejor que pudiese. Fui el último en disponerse a dormir. Me subí a la hamaca y me tumbé bajo la suave red azul de la mosquitera. Era imposible saber si había ya mosquitos dentro de la red, pero dejé la luz del techado encendida para así poder controlar mejor la situación.

De repente escuché un fuerte golpe. Sebastián, el hispano-francés, se había caído al suelo desde la altura de metro y medio a la que estaba colgada su hamaca. Aparentemente, se la habían rajado los ladrones. Según supe después, acudió a la barraca de los otros franceses y durmió con ellos allí dentro. Ni Manolo ni yo dormíamos demasiado. De vez en cuando se le escuchaba resoplar o suspirar, igual que hacía yo, y pronto empezamos a quejarnos de los mosquitos. Los veía sobrevolar mi cara sobre la mosquitera, a cinco centímetros de mis ojos. Eran decenas, hambrientos, locos de ganas de sacarme la sangre. Desde esa proximidad enfermiza, pero separados por una red que me impedía tanto matarlos como a ellos picarme, veía cómo incesantemente se movían de agujero en agujero de la mosquitera introduciendo su trompa en busca de mi piel, sin pausa. Con las orejas apoyadas contra la tela de la hamaca, escuchaba el zumbido de sus alas en mis orejas, pues se encontraban justo al otro lado de la tela, pocos milímetros más allá. Era un ruido enloquecedor, imposible de soportar, pero aún quedaban horas hasta el amanecer. No había forma de evitarlos y tampoco tenía mis tapones de oídos, que habían desaparecido junto con todo lo demás. Solo quedaba aguantar.

Estaba tumbado ligeramente sobre el costado derecho y noté que me picaba el hombro izquierdo, que quedaba en contacto con la parte superior de la hamaca, donde la mosquitera se apoyaba. Me rasqué en busca de picaduras, de ronchas, y aunque no encontré nada sí que empecé a preocuparme de que los mosquitos pudieran atravesar la tela de la hamaca y picarme incluso bajo la mosquitera. Aquel zumbido de pesadilla y la visión de esos monstruos asquerosos e hijos de puta exacerbaba la paranoia. Efectivamente, no importa cuán mala parezca una situación, siempre puede empeorar. Aquella lo había hecho sin previo aviso, y ya no me preocupaba tanto el haberlo perdido todo, ni el avertiguar cómo regresaría a España, sino el cómo no ser masacrado por los mosquitos portadores de malaria, dengue y chikungunya. Tenía la tela de la hamaca cierto grosor, pero aquellos mosquitos demostraban una fiereza inaudita, un hambre atroz que no se frenaba ante nada. Desde allí, acurrucado en la hamaca, intenté imaginarme el exterior de la mosquitera, que no veía: si los laterales de la mosquitera caían pegados a la tela de la hamaca sería picado irremediablemente. Necesitaba, por tanto, que los laterales de la mosquitera cayeran de forma perpendicular sin entrar en contacto con la hamaca, ¿pero cómo hacer eso?

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Si no llego a hacer autoestop en el momento de la imagen, quizá nada de esto hubiera pasado…

Me sentí como MacGyver. Necesitaba emplear las pocas herramientas que tenía para salir de una situación desesperada, y así lo hice: agarré el monopode de la GoPro y lo extendí todo lo que pude, separando con él la tela de la hamaca dejando alrededor de un metro de ancho, alejando de mi cuerpo los laterales de tela y posibilitando así que la mosquitera cayera a plomo por los costados, proporcionando unos centímetros de separación con los mosquitos. Primer problema solucionado. Pero había otro: la mosquitera tendría que caer hasta el nivel del suelo para que los mosquitos no entrasen desde abajo hacia arriba y me picasen por la espalda. Bajé de la hamaca y comprobé que sí, que llegaba hasta abajo. Aún existían algunos problemas más: tenía una camiseta apelmazada en uno de los dos orificios donde la mosquitera se abría para dejar pasar las cuerdas de la hamaca, pero para el otro agujero no tenía nada que poner. Agarré la bolsa de plástico donde guardaba la mosquitera y la hice una bola para taponar esa apertura. Aunque con el movimiento el plástico tendía a salirse, si me mantenía bastante quieto y atento podía ir volviendo a meterlo. Quedaba el último contratiempo: los ladrones habían hecho una raja a la mosquitera a media altura entre la hamaca y el suelo, pero ante esto estaba vendido y no había nada que pudiera hacer al respecto salvo cruzar los dedos.

Subí una vez más a la hamaca, adapté el monopode de la GoPro en su sitio y, aunque seguía picándome el brazo y el sonido de los mosquitos me desquiciaba sin descanso, conseguí aguantar quietecito varias horas hasta el amanecer. Incluso pude dar una cabezada durante algunos pocos minutos. Los franceses, al día siguiente, se despertaron con cientos de picaduras por todo su cuerpo. Yo también encontré unas 20 picaduras concentradas en el hombro izquierdo, durante los minutos en que los mosquitos me picaron a través de la hamaca.

En cuanto salió el sol no pude aguantar ni un minuto más allí tumbado. Me levanté a estirar las piernas y me alejé del albergue para dar un paseo por la playa. El viento había desaparecido, el mar estaba como un plato, los pájaros cantaban y algunas nubes salpicaban el cielo. Era la mañana de calma después de la noche de pesadilla. La vida seguía, pero para mí la mañana amanecía como la playa misma: vacía, sin nada.

Todos seguían aún dormidos cuando regresé, por lo que continué paseando por la explanada del albergue, y para entretenerme decidí realizar una investigación policial por mi cuenta. Comencé mirando en el interior de las papeleras y contenedores de basura, pero no encontré nada perteneciente a nuestras mochilas. Busqué entonces señales de vida en los demás edificios del hostal, sospechando que alguien por allí escondido pudiera haber aprovechado nuestra ausencia para coger las pertenencias y esconderlas allí mismo frente a nuestras narices. Pero tampoco observé nada significativo. Me puse entonces a escudriñar una terraza adherida a uno de los edificios, con mesas y bancos frente a una barra de bar. Divisé algo bajo una mesa y me aproximé.

Se trataba de un pantalón corto de Manolo. Lo reconocí de inmediato porque se lo había comprado hacía un mes en Brasil y yo quise comprarme el mismo modelo. Era extraño, ¿qué pintaba allí el pantalón? No tenía ningún sentido. Entonces encontré unos papeles sobre la mesa, eran dos billetes de dos y cinco reales brasileños, obviamente también extraídos de la mochila de Manolo. ¿Acaso se habían sentado los ladrones a la mesa para echar un ojo al interior de la mochila? ¿Tan poca prisa llevaban? También junto a los billetes había un par de tickets de autobús y barco, pertenecientes a trayectos realizados por nosotros en Brasil y en la propia Guayana Francesa.

Apareció en ese instante un coche gris, utilitario, conducido por una mujer de unos cincuenta años que resultó ser la chacha de la limpieza del albergue. Le dije que nos habían robado todo, que no nos habían dejado nada más que las penas, pero ella simplemente asentía sin enterarse de ninguna de mis palabras en español o en inglés. Traspuse hasta la hamaca de Manolo, despertándolo con unos toques donde tenía los pies. Le hice saber sobre el descubrimiento, instándole a levantarse y hacer un mayor rastreo de la zona. Justo cuando salía de la zona del techado observé en el suelo un papel rosa, que también pertenecía al resguardo de alguno de los trayectos que habíamos realizado en Brasil, aunque no supe bien cuál. Caminaba con la cabeza baja observando cada palmo de suelo en busca de cualquier señal.

Me siguió unos segundos después Manolo, y juntos examinamos los alrededores de la zona de mesas y sillas. Habló él entonces con la limpiadora del hostal, que llamó a la encargada, la cual dijo no tener constancia de que nosotros fuésemos a estar allí aquella noche –hubiera convenido llamar la tarde anterior, tal y como yo propuse, y quizá ella habría acudido al albergue, vigilando y evitando el robo-, y que pronto iría a vernos y a traernos algo para desayunar. Lo gracioso es que no le podíamos pagar. Por mi parte, mientras tanto, tracé una línea recta entre las hamacas, el área de las mesas y la carretera, deduciendo la línea de escape que los ladrones habrían seguido hasta subirse a un vehículo que les esperaría en la carretera para huir si la cosa se ponía fea. Bajé de la terraza donde estaban las mesas y pisé sobre la zona de hierba que separaba la arena de la carretera. Avancé solo unos pasos cuando un resplandor surgió sobre el césped seis o siete metros más allá. Inmediatamente vociferé: “¡un pasaporte!”, para que me oyese Manolo, que estaba una docena de pasos detrás de mí. Tanto mi pasaporte como el de Manolo estaban resguardados en el interior de sendas fundas de plástico, e intuí que aquello era un pasaporte por el tamaño del plástico que brillaba bajo el sol. También porque la fe y la ilusión por ver mi pasaporte aparecer eran tan fuertes que el grito salió de mi garganta queriendo transformar la esperanza en realidad.

Me acerqué corriendo y, efectivamente, era el pasaporte de Manolo. Aquel descubrimiento nos enfundó nuevas energías por seguir buscando y ver qué más podíamos rescatar. Encontrar el pasaporte había evitado a Manolo engorrosos papeleos, le aseguraba su regreso a España con prontitud y le ahorraba los 26 euros de la renovación. Aunque eso era una miseria en comparación con el total perdido aquella noche. Justo tras tomar el pasaporte en mi mano pensé que en aquel plástico tendrían que estar las huellas dactilares de los ladrones, pero no consideré la posibilidad de que en aquel bananero país sudamericano nadie tomase las huellas de nadie. Analizamos cada metro cuadrado de terreno en cientos de metros a la redonda, una y otra vez, sin descanso, pero no apareció nada más. Caminamos entonces a lo largo de la carretera intentando encontrar algún rastro, presuponiendo que los ladrones pudieran haber tirado objetos por el camino. Yendo cada uno por un lado de la carretera, cubrimos el ancho del asfalto y ambos arcenes, no quitando ojo a cada brillo, a cada nota de color que variase del imperante verde de la hierba y los arbustos. Avanzamos durante un kilómetro hasta que, desesperanzados, optamos por regresar. Emprendimos entonces el camino en la dirección opuesta de la carretera, en dirección a la fatídica playa donde la noche anterior habíamos encontrado las tortugas, pero tras diez minutos andando sin éxito hubimos de volver sobre nuestros pasos. Despertamos entonces a Dorian para explicarle la situación. Eran casi las ocho de la mañana y era momento de ponerse en marcha, y también convendría subirse al coche y avanzar por la carretera aún más lejos, varios kilómetros, por lo que pudiera pasar.

En pocos minutos nos pusimos en marcha rumbo al poblado de Awala Yalimapo, con Dorian conduciendo a baja velocidad y Manolo analizando el lado izquierdo de la carretera mientras yo hacía lo propio por el derecho. Me sentía como un paranoico que pretendiese encontrar tesoros ocultos, elfos o fantasmas. Nos fijamos en cada callejón del pueblo, en cada casa, cada bulto y cada bolsa o papel que pudiera ser identificado como alguna de nuestras posesiones; pero no encontramos nada. Regresamos y circulamos aún un rato en la dirección opuesta, también sin éxito. Era momento de darse por vencidos, reconocerse derrotados. Awala Yalimapo era un poblado pobre, seguramente con mucha inmigración provinente de la vecina Suriname, aún más pobre que Guayana Francesa. Todo indicaba que alguien conocedor de que los extranjeros van a esa playa a ver tortugas y abandonan el albergue de madrugada, esperó en la oscuridad de la noche hasta que nos marchamos, tomándose todo el tiempo que quiso para desvalijar las taquillas con nuestras cosas.

En ese momento apareció en su coche la encargada del hostal. Nos informó de que había avisado a los gendarmes y que éstos vendrían pronto a abrir una investigación. Nos ofreció algo de desayunar: pan, mermelada, zumo de naranja, café. Pero, sobre todo, nos ofreció la posibilidad de llamar por teléfono desde la oficina del hostal, que estaba situada en el edificio frente a la barraca de las mesas y los taburetes donde estábamos desayunando. Aproveché para llamar a Málaga y ponerme al día de la situación. Las tarjetas estaban anuladas y la manera para regresar a España pasaba por conseguir un salvoconducto en Cayenne, en la Embajada de Reino Unido o en la de Suecia, que según mi madre eran los únicos países que tenían delegaciones en aquella región -resultó ser que ninguna de las dos existía; de hecho, no hay embajadas europeas en Guayana Francesa-. La buena noticia es que había oficinas de Western Union en la cercana Maná; la mala, que al ser sábado las oficinas estaban cerradas. En el mejor de los casos no tendríamos dinero hasta el lunes. Les pedí que fotografiasen una tarjeta de crédito suya y me mandasen las imágenes por email, pues la necesitaría para poder comprar el vuelo de regreso a España.

Llegaron dos gendarmes franceses de piel clara, fornidos, bien uniformados y con un maletín que desde lejos supe era para tomar huellas y otras pruebas. Les contamos la historia de lo que había pasado. El policía más mayor, canoso, se dedicó a escribir en un papel una lista de los bienes que habíamos perdido, y que no eran precisamente pocos. Los cinco pasamos por aquel proceso y, a continuación, los gendarmes se fueron a la zona de las taquillas a buscar huellas en las puertas y cerrojos de las taquillas abiertas. También tomaron las huellas del plástico del pasaporte de Manolo, donde ya advertí yo que encontrarían las mías.

Cuando acabamos, los gendarmes nos pidieron que nos dirigiésemos a la Gendarmería de Maná, donde nos tomarían declaración oficialmente, pondríamos la denuncia y nos tomarían las huellas dactilares. Tardamos poco en salir y llegar a la oficina, una casa mata de unos 100 metros cuadrados, protegida del exterior por una valla y una puerta metálicas. Dentro había media docena de gendarmes y tres o cuatro despachos. Pronto ocupamos todos los despachos, cada uno en el suyo, aunque Manolo y yo estábamos en el mismo pues Manolo ejercía de traductor oficial, para lo cual tuvo que firmar en mi denuncia en el hueco dedicado a tal actividad profesional. En aquel momento éramos el caso más importante de la Gendarmería de Maná, quizá el más importante que habían tenido en meses, ¡o en años! En realidad, nos confesaron que habían ocurrido con anterioridad otros robos a turistas, que algunos jóvenes del lugar estaban aprovechándose de la situación para rapiñar todo lo que podían. También confesaron tener alguna idea de quién podía haber sido. De hecho, la limpiadora del albergue nos dijo que se había corrido el rumor del robo en el pueblo y que la gente sospechaba de un culpable. Si sabían quién era, pensé yo, deberían colgarlo de las pelotas en el cocotero más alto que encontrasen.

Cuando acabé con mi relato y mi larga enumeración de objetos perdidos salí al exterior a despejarme un poco. En ese momento, según me contó Manolo después, una mujer entró en el despacho del oficial que nos tomó declaración a nosotros alegando haber sido maltratada por su marido. El oficial le pidió que esperase su turno fuera, y cuando la mujer desapareció por la puerta hizo comentarios del tipo: “esa mujer siempre está igual, siempre con la misma historia”.

Una vez fichados por los Gendarmes como “víctimas”, nos marchamos de allí directamente de vuelta a Kourou, a la casa de los franceses, cuyo plan vacacional de fin de semana también se había visto tirado por alto. Habían perdido algunos vienes materiales, pero bajo mi punto de vista lo peor que les había pasado aquella noche es que habían sido devorados por los moquitos. Principalmente Sebastián y Dorian. La espalda del primero picaba solo de mirarla, era angustioso. Enrojecidas ronchas del tamaño de garbanzos cubrían cada centímetro de su piel por la espalda, cuello, brazos y piernas. Lo primero que hizo al llegar a Kourou tres horas después fue ir a comprar una crema antipicaduras, aunque también tuvo la bondad de regalarme un cepillo de dientes y de comprar suficiente comida para hacernos a todos de cenar.

Vivían en una casa de madera de dos plantas, preciosa, lujosa y de diseño moderno. En la segunda planta había una terraza abierta al exterior, sin paredes ni ventanas, donde estaba la cocina y el salón. Afortunadamente aquello ya no era Awala Yalimapo y con un pantalón largo y algo de repelente de mosquitos era sencillo vivir tranquilo. Cenamos pasta y tardé muy poco en irme a dormir, agotado. Aquella noche dormí 12 horas, tanto como hacía muchos años que no dormía.

Desperté al día siguiente y pregunté qué hora era: no tenía reloj, ni móvil, ni tableta donde poder mirarla. Alguien agarró su móvil y la dijo: 11:21. “Por cierto, hoy era tu cumpleaños, ¿no?”, dijo uno de los franceses. Yo ya ni me acordaba. El día de mi cumpleaños me acababa de despertar todavía dentro de una pesadilla que había comenzado a las dos de la madrugada del día 19 y que entonces, día 20 de Julio, aún continuaba. Como regalo de cumpleaños me dibujé un reloj en la muñeca, como hacía de niño cuando estaba en el colegio. Volvía a empezar de cero, había vuelto a nacer.

Sin comentarios

  1. Buenas! Me encanta tu blog, te conocí por forocoches y soy uno de esos miles de inconformistas que está a punto de dar el paso para dejarlo todo(tengo mi propia empresa) y ponerme a ver mundo. Tengo curiosidad por como acabó esto ya que en el siguiente post me pareció entender que ibas a volver a España por lo que te pasó del robo y sin embargo ahí sigues viajando. Un saludo!

    • Hola David! Muchas gracias por tus palabras, suponen mucho para mí. Al final no subí la historia de cómo regresé, pero tras tres días pidiendo favores conseguí un salvoconducto y un vuelo de vuelta a casa. Te animo a que vivas la experiencia, hay que agarrar las oportunidades cuando se está a tiempo 😉 Un saludo y suerte!

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