Peligro en Guatemala: bienvenida a punta de pistola

“… conversando como si la muerte les acechara a la vuelta de la esquina y el estar vivo fuese un privilegio que en cualquier momento les podían quitar. De hecho, así era el mundo real, aunque nosotros en España hayamos perdido esta perspectiva, amortiguados por el confort de nuestra burbuja”.

Peligro en Guatemala

Fuimos en el todo terreno hacia un centro comercial donde el joven “R” había quedado para ir al cine con unos amigos suyos. En un primer momento nos detuvimos en una explanada de aparcamientos aproximadamente a 500 metros del centro comercial, frente a una tienda de comestibles. Vigilando la explanada se encontraba un guarda de seguridad, bastante mayor, que miraba atentamente nuestro errático comportamiento, pues no nos decidíamos sobre si apearnos o estacionar en otra parte. El debate en el interior del vehículo terminó ante el argumento de la señora “N” de que no se podía entrar en el centro comercial a pie, sino que la única manera de acceder al mismo era en vehículo. Este razonamiento me parecía misterioso: que no se pudiera entrar a un centro comercial a pie era del todo absurdo; pero estábamos en Ciudad de Guatemala, una de las ciudades más violentas del planeta, y por seguridad sólo se permitiría entrar en vehículo y a través del parking.

Ciudad de Guatemala
La capital de Guatemala vista desde el aire. Barrios de casas precarias asomándose a un barranco: algo común.

Volvimos a arrancar, pero el señor “E”, ex kaibil -soldado de operaciones especiales de Guatemala, famosos tanto por sus habilidades como por barbaridades cometidas durante la reciente guerra civil-, tozudo como él sólo, paró el vehículo en la carretera de acceso a la entrada del parking del centro comercial, que quedaba a sólo una veintena de metros. La causa de no querer entrar hasta el corazón del centro comercial era el ahorrar tiempo, pues tras dejar a “R” nuestra intención era dirigirnos a la feria en la zona de Jocotenango, una zona de la propia Ciudad de Guatemala. Era el segundo día de mi estancia en Guatemala y querían mostrarme un poco la idiosincrasia local.

Sexta avenida, Guatemala
La 6ª Avenida de Ciudad de Guatemala, quizá la calle más segura de la ciudad. Quizá la única donde no se siente el peligro en Guatemala. La presencia policial y militar es constante en ella.

El señor “E” y “R” salieron del vehículo para ir a encontrarse con las amistades del joven, probablemente una joven novia del instituto. Mientras, la señora “N” y yo nos quedamos en el vehículo esperando, pues sería cosa de pocos minutos. Ella me sugirió que los acompañase al centro comercial y así pudiera conocerlo y verlo por dentro. Es de imaginar que en Guatemala el visitar un centro comercial masivo podría ser una actividad de ocio apasionante, pero a mí, acostumbrado a estos edificios estandartes del capitalismo, y poco aficionado a ellos, me hacía más bien poca ilusión visitarlo. Total, son todos iguales. En todo caso, no me apetecía contradecir a la señora “N”, mujer de carácter intenso, que sólo un kaibil podría ser capaz de manejar. Con un poco de suerte, el centro comercial incluso tenía alguna cosa que me llamase la atención, así que decidí hacerle caso a la señora, abrí la puerta del todoterreno y me bajé, dejando mi mochila con la cámara y la tableta sobre el asiento trasero del vehículo.

buses rojos
Los vetustos autobuses rojos de Ciudad de Guatemala: prohibidos para los extranjeros; son denominados como realmente peligrosos, y los asesinatos de conductores y pasajeros (mafias y extorsiones) eran noticia permanente en los medios de comunicación.

Tras una pequeña carrera alcancé al señor “E” y a “R”, que pasaban a pie por la barrera de entrada al parking del centro comercial, saliendo así el señor “E” victorioso del debate anterior y demostrando que su mujer estaba. Los tres bajamos a la tercera planta subterránea, donde había un supermercado -desilusión, un clon de cualquier supermercado español-. En cuanto llegamos llamaron por teléfono a las personas a las que “R” estaba esperando y, como resultó que estaban al llegar, nos dispusimos para marcharnos.

Guatemala city buses
Parada de autobús de la línea segura. Entras por una pasarela y llegas a un torno vigilado por policías. Los buses paran y abren la puerta que está a un metro de altura, y sólo se sube desde la plataforma cerrada a la que accedes tras los tornos. Dentro de los buses también viajan policías.

En ese instante alguien llamó por teléfono a “E”, de manera breve, sin que produjera respuesta alguna. “E” colgó y dijo, con calma kaibil, que habían atracado a “N”. “¿Cómo?”, pregunté pensando que debía haber entendido mal a causa del jaleo del supermercado. “Que han atracado a tu madre en este momento, nos vamos”, le dijo “E” a “R”, que se quedó allí esperando a sus compañeros de cine. “E” salió a toda velocidad hacia las escaleras mecánicas, que subimos a saltos de tres en tres, hasta alcanzar la planta superior. Atravesamos el parking esprintando -corría un huevo, a pesar de tener sus cincuenta años, el bueno de “E”-, y mientras nos acercábamos al vehículo yo pensaba en qué podría haberle pasado a “N”, si le habrían quitado algo o si habría sido un simple susto. Al mismo tiempo di por hecho que con toda probabilidad habrían visto mi mochila sobre el asiento trasero y se la habrían llevado. Por segunda vez en mi vida, separarme de mi mochila habría supuesto perder cámara y tableta, justo un año después del desastre de la Guayana Francesa.

volcan de agua
El Volcán de Agua domina Ciudad de Guatemala a corta distancia.

Cuando llegamos hasta el vehículo encontramos a “N” junto a su hija y su yerno, que estaban estacionados en su propio vehículo justo detrás del Toyota de “E”. La mujer lloraba y gritaba como poseída por la ira, alaridos de desconsuelo que aún no comprendíamos. “E” se acercó a ella e intentó calmarla, tranquilo, mientras intentaba mostrar su mejor sonrisa, un poco forzada y con pinceladas de culpabilidad por haber dejado el coche desprotegido a las afueras del seguro parking del centro comerical. Entre chillidos y sollozos, “N” explicó que dos motos con dos jóvenes cada una se habían detenido junto a su vehículo y la habían encañonado con una pistola a través de la ventanilla. Al parecer iban bien armados.

slum guatemala
Barrio de Ciudad de Guatemala colonizando el barranco. Casas precarias, pobreza e inseguridad, contra la que luchan sus habitantes.

Mientras ofrecía sus explicaciones a todo aquel que se encontrase a cien metros a la redonda -eran varios los espectadores-, yo abría la puerta trasera del vehículo con toda la pena de esperar encontrarla vacía, con mi mochila desaparecida. Mi corazón volvió a palpitar cuando comprobé que allí continuaba. Aunque estaba plenamente a la vista, quizá no la vieron -las ventanas de todos los vehículos en Guatemala están tintadas-, o puede que pensaran que una simple mochila no tendría nada de valor. La abracé y me la colgué, no me volvería a separar de ella. “N” seguía relatando cómo le quisieron robar el móvil pero lo tiró por la ventanilla opuesta, hacia el césped que había en el lugar del arcén; los ladrones fueron en busca del teléfono pero no lo encontraron. Sí le robaron la cartera con toda la documentación, así como los pendientes, un collar y una pulsera. En un momento determinado le dijeron que querían las llaves del vehículo, con intención de robarlo, pero ante las negativas empecinadas de la mujer, que les hizo cara en un alarde de valentía o de inconsciencia, finalmente desistieron. Probablemente pensaron que no irían muy lejos con el todoterreno, en tanto que varios coches se estaban amontonado en la carretera detrás de las motocicletas, que impedían el paso. Además, el yerno y la hija, embarazada, estaban viendo el espectáculo desde el coche de atrás, con su hijo de corta edad, sabiamente, sin dar muestra alguna de vida que hubiera podido poner en riesgo a toda la familia. Los ladrones también hicieron bien, porque de todos modos ese mismo día se había estropeado la caja de cambios del todo terreno y no entraba ni la tercera ni la cuarta marchas, por lo que el señor “E” conducía pasando de la segunda a la quinta a base de acelerones. Durante los dos meses que estuve en Guatemala, siguió empleando este sistema de conducción: no tuvo tiempo o intención de llevar el vehículo a reparar.

Guatemala car
Los vehículos en Guatemala, en un 95%, llevan todos los cristales tintados, incluidos el parabrisas delantero y trasero. Por seguridad, para que los sicarios o ladrones no vean quién hay en su interior, si lleva teléfono o cualquier otro bien de valor.

Comenzó ahora el yerno a aleccionar a “N”, regañándola con todo el respeto del que supo echar mano por su actitud temeraria. Al parecer, cuando los motoristas ya se disponían a huir con el botín, la señora “N” salió del vehículo y los persiguió gritándoles e insultándolos, presa de una rabia sin medida. ¿Mencioné el carácter de la señora “N”? En esos instantes, el conductor de uno de los vehículos que había parado detrás de las motocicletas mientras sucedía el atraco salió tras ella, la agarró, y le dijo que entrase en razón pues lo único que conseguiría es que la mataran. Otra mujer le grito que se fueran de allí cuanto antes pues seguramente los motoristas regresarían para dispararles.

Nos subimos en el vehículo una vez “N” estuvo un poco más calmada, pero aún en estado de shock ante la injusticia sufrida, furiosa ante la impotencia de no poder hacer nada ante el vil ataque de esos rufianes. “Es la octava vez que me pasa”, espetó, “y siempre que me atracan nunca estás tú”, acusó a “E”, que se reía. Yo ya lo había pensado, pero fue “E” el primero que mencionó en voz alta que por poco no me pillaron a mí también allí. En verdad, si “N” no me hubiera animado a que fuese con ellos, yo también hubiera estado en el coche, y la reacción de los pistoleros al ver a un extranjero en el asiento de atrás del todoterreno podría haber sido totalmente distinta, impredecible. Podrían haber pensado que yo era un adinerado y habernos secuestrado, o vete a saber qué. Como mínimo, al notar la presencia de un hombre, ya habrían aumentado las posibilidades de una mayor violencia y, como mínimo, el robo de mi mochila con todos sus objetos: un buen botín. Todo hubiera cambiado de no haber tomado la decisión de bajarme del coche. Una decisión de un segundo puede suponerlo todo.

guatemala street
Una calle cualquiera de Ciudad de Guatemala.

Opinó “N”, en un alarde de optimismo, que si yo hubiera estado en el coche en el momento del altercado quizá yo hubiera hecho algo; pero contesté que ante una pistola apuntándote poca cosa podría hacer nadie. El mundo no es como las películas de Steven Seagal: hacerse el héroe ante pistoleros solo supone comprar papeletas para no poder contar lo que te han robado. Durante muchos minutos pensé qué hubiera hecho, efectivamente, si me hubieran apuntado a mí con la pistola, y solo podía imaginar que se lo daba todo mientras todo mi ser pronunciaba un único pensamiento: que no me disparen. La vida era lo más importante, y así terminó entendiéndolo “N” al escuchar nuestras palabras intentando relativizar la importancia del asunto, que ya era cosa del pasado y, al menos, lo podía contar.

peligro en guatemala
En la casa donde viví durante un par de semanas, la diferencia entre un “condominio” seguro y una calle por la que no se debía circular, era un simple muro de hormigón. La calle que se observa, era de las inseguras.

De allí fuimos directamente a la feria de Guatemala, aparcamos en un parking de unas instalaciones del gobierno, donde el señor “E” tenía contactos. Avanzamos rodeados de gente por la avenida que se dirigía a la feria, que a su vez estaba abarrotada. Era sólo mi segundo día en el país, y aquellos acontecimientos esfumaron todo sentimiento de seguridad de mi razón. Miraba a la gente con desconfianza, buscando bandoleros en cada individuos con aspecto sospechoso, atento ante cualquier mirada malintencionada, presto a la defensa ante cualquier amago de ataque. No ayudó el continuo ir y venir de conversaciones sobre la violencia en la ciudad, que llenaron las horas posteriores al atraco y, por desgracia, también eran el tema de conversación predilecto con el que dar la bienvenida al recién llegado: desde el primer momento en que puse pie en el país no pararon de aleccionarme sobre el peligro en Guatemala, sobre el cuidado que era necesario tener, para que me fuera preparando.

guatemala street people
Una calle cualquiera del centro de Ciudad de Guatemala.

Las conversaciones vividas hasta el momento, y la anécdota de aquella tarde, me llevaron a pensar que Guatemala era un lugar inhumano donde vivir, carente de paz y tranquilidad, una selva de violencia en la que nadie querría verse. Valoré España como pocas veces había hecho antes, y admiraba a aquella gente por enfrentarse a la vida que les había tocado vivir con aquel desapego resiliente. Mientras en España damos la vida por garantizada y apenas nos paramos a pensar en una posible muerte inmediata y arbitraria, en Guatemala vivían cada día como si pudiera ser el último, tenían siempre presente que se jugaban un disgusto irreparable en cualquier instante si no guardaban las mayores medidas de seguridad, y se repetían los unos a los otros “lo importante es que todavía estamos vivos”, “tengo la suerte de aún estar vivo” o “durante el tiempo que siga vivo”, conversando como si la muerte les acechara a la vuelta de la esquina y el estar vivo fuese un privilegio que en cualquier momento les podían quitar. De hecho, así era el mundo real, aunque nosotros en España hayamos perdido esta perspectiva, amortiguados por el confort de nuestra burbuja. Desde mi punto de vista de español, vivir en aquellas circunstancias era algo inconcebible, y en los momentos de agobio me entraban unas incontenibles ganas de regresar a España. Pero no lo haría, dejarse llevar por el miedo no era una opción: durante dos meses viviría como un guatemalteco más. Durante ese tiempo nunca volvería a tener un incidente ni remotamente similar, sólo fue mala suerte, estar en el lugar equivocado en el momento equivocado; ni Guatemala, ni ningún otro lugar, puede resumirse a una anécdota que te ocurra a las primeras de cambio.

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