El hombre que me guardó la mochila

Palangan, en el Kurdistán iraní

Era una obligación visitar el Kurdistán iraní y Palangan, sin importar cuán lejos estuviera. Sin importar, de hecho, que fuesen 9 horas en un autobús de línea en dirección sur, saliendo a las 21:00 y llegando de madrugada a Sanandaj, en el oeste de Irán. Sin importar, tampoco, que dos días después fuera necesario regresar al lugar de partida, Tabriz, deshaciendo otras 9 horas por el mismo camino, ésta vez hacia el norte. Me tiré. ¿Por qué no?

Palangan
El pueblo tradicional de Palangan, Kurdistán, Irán

Llegamos minutos antes de las 6 de la mañana a Sanandaj, demasiado temprano para ir a buscar hostal; demasiado lejos del centro de la ciudad; demasiado frío, pues nevaba fuera, para que me apeteciese andar. Más aún cuando había pasado toda la noche en el bus sin pegar ojo, quizá porque la temperatura interior superaba por mucho los 30 grados: ni en manga corta y pantalón arremangado pude parar de sudar.

Lo increíble es que, pese a la altísima temperatura en el interior de los vehículos, ¡la gente local no se quita ni una sola prenda de ropa! Mientras yo iba desprendiéndome de capas hasta quedarme en manga corta, las personas a mi alrededor aún portaban gorros y bufandas, amén de cazadoras abrochadas hasta arriba. Fuera nevaba. Es algo tremendamente curioso, una de las costumbres que más estupefacto me han dejado a lo largo de Asia Central y de Irán. No me entra en la cabeza cómo no se morían de un golpe de calor.

Agotado, pero espoleado por las circunstancias desfavorables anteriormente expuestas, decidí continuar mi viaje directamente hasta el destino que tenía guardado para el dia siguiente: Palangan, un pequeño pueblo kurdo perdido en las montañas, a unos 40 kilómetros de la frontera iraquí. Le pregunté por la forma de llegar al conductor, que sin hablar ni una palabra de inglés me indicó por señales que me bajase al pie de la carretera principal. Unos chicos jóvenes que tampoco decían ni hello, me acompañaron hasta donde varios taxis esperaban clientes. Aún estaban todos vacíos, así que me tocó esperar hora y media hasta que se llenó el que iba hasta Kamyaran, donde debería buscar a su vez otro transporte hasta Palangan.

Al llegar a Kamyaran llevaba ya 12 horas entre transporte y transporte. Cansado, me colgué la mochila y caminé algo más de un kilómetro guiado por la dirección que indicaban las manos ante mi pregunta: “¿Palangan?”. Uno de los hombres a los que pregunté me hizo señales para que esperase, se acercó a la carretera y paró un vehículo blanco y viejo. Conversó con el conductor unos segundos y me invitó a entrar en el coche, lo cual yo acepté agradecido. La generosidad kurda, me dije. Medio minuto más tarde, para mi sorpresa, habíamos llegado al lugar donde se concentraban los taxis -coches privados que hacen de taxis, como en tantos y tantos lugares por estos países-. Más sorprendente aún fue que el amable hombre que me había transportado esos 500 metros ahora me pedía dinero; poco, en cualquier caso, pero fuera de lugar, sobre todo cuando yo no había pedido un taxi sino que se me invitó a subir. La suerte giró y me sonrió nada más apearme, al surgir entre la nube de taxistas un pequeño hombrecillo de barba canosa que, afortunadamente, iba hacia Palangan. Era el único, y solo le quedaba un asiento disponible, en el que yo me aposenté para emprender la marcha inmediatamente.

El taxista kurdo y su chupa de cuero
El taxista kurdo y su chupa de cuero

La media hora de carretera transcurrió por paisajes donde las nubes cubrían la totalidad del cielo y parte de las montañas lejanas. El sol se atrevía a iluminar brevemente aquí y allá, creando un contraste cambiante de colores y de estados de ánimo que anunciaban la proximidad de un mundo sumido en la magia. Los compañeros de viaje, con los que fue imposible comunicarse, se fueron apeando uno tras otro hasta dejarme en soledad con el taxista kurdo. El asfalto comenzó a subir, dejando a la izquierda un cañón de considerable altitud. A la vuelta de una curva se anunciaron un conjunto de casas de piedra y barro encaramadas en la verticalidad de las paredes montañosas. Era Palangan, donde varios minutos más tarde me hallaría en total soledad.

El paisaje por el camino
El paisaje por el camino

Hasta que divisé tres abueletes de pueblo charlando sin ninguna otra ocupación. Todos vestían el tradicional pantalón kurdo, extremadamente anchos y holgados, o como algunos dirían: “cagados”. Pero no solo aquí, también en Kamyaran y Sanandaj casi la totalidad de los varones vestían esta prenda, que yo también compré y vestí al día siguiente, para integrarme.

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Sin nadie más a quien acudir, me aproximé a los tres señores mayores, y aunque no fue sencillo conseguí auto invitarme a la casa de uno de ellos. Tuve que presionar, la verdad, haciéndoles señas a mi pesada mochila, pidiéndoles que me ayudasen a guardarla en algún lugar seguro mientras yo bajaba los muchos metros que faltaban hasta el río que fluía abajo del cañón. Entramos en una casa rudimentaria, cuya amplia entrada estaba cubierta por una alfombra y calentada por una caldera de leña en funcionamiento. Calentaron agua y sirvieron té, mientras yo hacía esfuerzos por explicarles mi ruta por el mundo, en pos de la amistad. Terminado el té, indiqué que luego volvería a por la mochila, y sin pena ni gloria me marché a curiosear.

El hombre que me guardó la mochila
El hombre que me guardó la mochila

No encontré extranjero ni turista alguno por allí, tampoco al día siguiente, y los locales me miraban tan curiosos como yo a ellos. Tras preguntarme por mi nacionalidad se mostraban amigables, y no solo posaban para dejarse fotografiar, sino que con ademán compulsivo me pedían que les disparase instantáneas. En ocasiones se volvían tan pesados que tenía que inventar excusas para lograr escabullirme y continuar la visita. Entre que bajaba hacia el río atravesando hogares, para a continuación subir por la otra vertiente también repleta de casas, conseguí un buen puñado de las mejores fotografías del viaje.

Joven en Palangan
Joven en Palangan

Un par de horas más tarde, ya de vuelta, me crucé con cuatro chavales con ganas de posar ante la cámara. El ruido debió atraer a una niña hacia la ventana de su casa, asomándose varios metros por encima de mi cabeza. La chica, de rasgos más nórdicos que iraníes, no encajaba en aquella región del mundo. La llamé Julieta. Minutos más tarde bajó, y junto con otros dos niños y su madre me tuvieron allí un buen rato haciendo fotos mientras posaban sonrientes.

Julieta
Julieta

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Ya arriba, un par de muchachos jóvenes apuntaban hacia su coche mientras pronunciaban palabras ininteligibles. No logré averiguar si es que iban a partir en mi dirección o no. De todos modos, antes tocaba recuperar la mochila y después ya buscaría la forma de regresar a Sanandaj. Acudí al hogar del vejete que guardaba mi equipaje, que amablemente me cuestionó si deseaba comer. Sin saber muy bien si sería buena idea aceptar o no, al final acepté atraído por el color de la sartén vacía que yacía sobre la alfombra, de donde supuse que acababa de almorzar el anciano. Éste se introdujo en la cocina y sacó un huevo para freírlo. Eso ya no me apetecía tanto, y decidí que mejor no importunar más al buen hombre: ya comería en Sanandaj. Me despedí excusándome en que los dos chavales de fuera me estaba esperando, pero para mi sorpresa ambos se estaban marchando ya en una motocicleta.

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niños de pelo castaño y algo rubitos, cosa nada común por Irán
niños de pelo castaño y algo rubitos, cosa nada común por Irán
Una cabra, como no, mirándome juguetona en Palangán
Una cabra, como no, mirándome juguetona en Palangán

Preguntando a unos y otros terminé sentado, agotado y un poco de mal humor debido al mismo cansancio, en una abarrotada oficina a la entrada del pueblo. Ésta parecía funcionar como banco, oficina turística, correos y cualquier otro servicio imaginable. Me indicaron que esperase, y esperando me quedé media hora sin que allí se moviese nada ni nadie. Finalmente, las siete u ocho personas que por allí pululaban se montaron en la parte de atrás de una camioneta dejándome solo. El oficinista, banquero, informador turístico, cartero y todo lo demás al mismo tiempo, se comunicó conmigo a través del ordenador, con un traductor en línea.

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Tecleó algo en su idioma, no sé si kurdo o farsi, y la traducción mostró algo del estilo: “tú comer casa aquí”. O.K., contesté. Volvió a teclear y el programa informático lo reconvirtió en un galimatías del estilo: “cuando ciudad tiempo tú en la infinidad”. Le dije que no, que eso no. Regresó al teclado y me mostró el monitor una vez más: “nosotros esperamos muertos juntos” -”we wait dead together”-. De ninguna manera, exclamé con cara de espanto. Tras mucho, mucho trabajo, acertamos a entendernos, e intuí que me quería invitar a comer a su casa pero para eso tenía que esperar a que terminase de solucionar algunos asuntos laborales. Posteriormente me ayudaría a encontrar mi transporte hacia Sanandaj. Así que esperé, de nuevo. 

La madre y el bebé del oficinista
La madre y el bebé del oficinista

Su casa se situaba justamente cinco metros detrás de la oficina, y allí me presentó a su madre, su mujer, su bebé de dos meses y su hijo, de unos diez años e hiperactivo. Pronto vino el almuerzo, fideos, deliciosos. El niño, que no paraba de moverse extasiado, terminó cayendo sobre mi vaso de té, a pocos centímetros del plato, derramando el líquido sobre mi pantalón y la alfombra de la casa. Para mi asombro, el padre no le dijo ni pío, ni una regañina por empapar al invitado. Intenté no darle más importancia, y en cuanto concluí con el rancho cogí mi cámara con la excusa de darme una última vuelta por el pueblo y así huir de las cercanías del niño, que me inquietaba por momentos. En este rato, se volvieron a repetir las escenas de oriundos requiriendo efusivamente ser fotografiados, para mi alegría y agotamiento mental.

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Al poco rato de estar por ahí empezó a llover profusamente, obligándome a regresar al hogar. No estaba el hombre ahora, y su mujer se veía incapaz de comunicarse conmigo. El niño no paraba de dar por saco, mostrándome sus habilidades karatekas y amenazando con pegarme un puñetazo en mis partes íntimas ante el silencio de la madre y la abuela. Hiperactivo y malcriado. Maté dos pájaros de un tiro y me puse a jugar con él, agarrándolo por las manos y dándole vueltas por el aire, evitando así que me pegase y quedar bien con la familia. Cuando me cansé, y ante la ausencia de noticias del marido y el oportuno cese de precipitaciones, opté por agarrar la mochila y empezar a caminar carretera arriba alejándome de Palangan, en busca del camino principal para hacer autoestop.

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Llevaría veinte minutos subiendo una empinada pendiente, con el agua cayendo nuevamente con ímpetu, cuando un mini bus que venía del mismo pueblo me alcanzó y paró ante mis señales. Iba en la dirección adecuada. Subí y tomé asiento con una sonrisa de oreja a oreja, no sin antes cruzar mi mirada con el anciano que me invitó a té, me guardó la mochila y me invitó infructuosamente a comer. Seguramente el hombre se preguntaría cómo era posible que ese muchacho extranjero estuviera tan perdido en un pueblo tan pequeño. A esas alturas la realidad se me aparecía borrosa, pero una felicidad inmensa irradiaba desde mi pecho ante el éxito de la visita. Ya estaba de regreso a Sanandaj, buscaría hostal y descansaría toda la noche, por fin, tras 39 horas sin dormir.

Las gentes de Palangan:

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Sin comentarios

  1. Muchas gracias Juan por compartir estas historias y fotos en este blog.Saludos https://www.facebook.com/ActualidadKurda

  2. Me agradó mucho saber que no “disciplinaron” a los niños, cosa que esperaba el narrador, eso demuestra que aún no están contaminados con el famoso disciplinamiento que nos imponen en nuestras sociedades dizque civilizadas….por otro parte que hermosa gente y hermoso lugar…ojalá me alcancen las fuerzas para poderlo visitar…

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