Navegando el Mar Amarillo

Cansado de abordar mil vuelos durante cualquier viaje, sufrir cancelaciones, retrasos y esperas, además del alto nivel de contaminación que conllevan los mismos, he decidido evitar al máximo los medios aéreos. Escribo estas líneas, consecuentemente, a bordo del “New Golden Bridge V“, en aguas del Mar Amarillo entre Corea del Sur y China.

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Abandonando la Costa de Corea del Sur, ciudad de Incheon

Estoy en un amplio camarote de cuatro camas tipo litera –dos y dos-, bastante amplias, confortables, e incluso con cortinas que aportan privacidad. Los chinos que me acompañan no roncan apenas, lo cual es un extra añadido por el que no he tenido que abonar. Sí que pagué tener este camarote catalogado como nivel business, en lugar de la habitación de clase economy que aglutina la friolera de cincuenta camas. Es decir, un barracón. Un barracón lleno de chinos. La diferencia de precio ha sido unos escasos ocho euros, así que es la elección más acertada que he acometido en los últimos años, si no en toda mi vida.

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Las literas no estaban nada mal

Hasta hace un momento el mar estaba como un plato, y sin embargo el barco se movía considerablemente. Al ir a orinar he enfrentado las mismas problemáticas que me pondrían a prueba estando borracho. Por un momento he pensado que verdaderamente lo estaba, borracho, cuando al salir del baño he visto a una mujer china en su sesentava década de vida lavándose los pinreles en el lavabo de manos, en una postura digna del Circo del Sol. Inexplicable flexibilidad.

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No era pequeño, el barco, y aún así se movía lo suyo

Ahora el mar se ha picado un poco, y esto ya se mueve a niveles horripilantes, convirtiendo el caminar en un deporte de riesgo. Un rato antes subí a la cubierta superior, hasta la que el agua, pulverizada por la pugna del casco avanzando contra el mar, lograba elevarse rociando mi piel y aumentando la sensación de frío que ya de por sí reinaba mar adentro, en contraste con las altas temperaturas de horas atrás sobre suelo Coreano. Espuma salía por los costados del barco, acompañando las subidas y bajadas del mismo, creando un surco blanco al ritmo de los embates a los que el mar sometía la embarcación con fuerza pasmosa, abarcándolo todo tal estrépito, inundando mi mente de pensamientos incontrolados, insinuándole a mi imaginación ensoñaciones sobre lo poco que duraría un ser humano flotando en aquella enormidad vacía, sobre aquellas bastedades tan inhóspitas, la mar helada y la noche eterna.

Cuelgan por allá cuatro colosales botes salvavidas naranja butano con apariencia externa de submarinos. A ojo de buen cubero cabemos a unas cien personas por bote. En caso de hundimiento, estando el barco plagado de chinos como está, es preferible tirarse al mar y agarrarse a un madero que intentar pelearse por entrar en ellos. Quien haya estado en China sabrá de lo que hablo.

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Los botes salvavidas

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