Moscas en el desierto de Wadi Rum

“No paraban de llegar, de revolotearme, de posarse dentro de mis orejas, en las comisuras de mis labios y mis ojos en busca de mis húmedas mucosas, de engancharse entre ellas con finalidades reproductivas delante de mis narices, sobre mi comida. Me estaban tocando mucho las pelotas ya, aquellas moscas”.

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En el centro de la parte superior de la imagen se observa un punto verde: una higuera y un nacimiento de agua. Para llegar a él había que hacer equilibrios sobre miles de piedras.

Allá arriba, a mitad del cañón, las hojas verdes de una higuera señalaban la existencia de agua, rompiendo la unanimidad del color marrón dominante. Subimos lentamente, piedra a piedra, paso a paso, con la calma que exige el caminar bajo el achicharrante sol del desierto. Y eso que sólo estábamos en Mayo. Una vez arriba, las vistas del valle de arenas rojizas se extendían hasta toparse con elevaciones perpendiculares de roca oscura que no escondían sino más y más arena a sus espaldas. A la sombra de la higuera se observaba un milagroso charco de vida que brotaba por algún poro invisible de la roca. Libélulas, abejas y moscas revoloteaban junto al líquido elemento, que caía por una hendidura tallada en el lecho de roca donde se formaba la charca.

Wadi Rum
Visión desde el manantial de agua. Wadi Rum se extiende hasta donde llega la vista.
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La charca de agua estancada.
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Libélulas del desierto

Los nabateos, antiguos pobladores de aquellos desiertos, construyeron un canal de piedra que transportaba el agua desde ese nacimiento en altura hasta el suelo del cañón, un centenar de metros más abajo, donde abrevaban a sus caravanas de camellos. Hace siglos estos camellos cubrían las rutas que iban desde la península arábiga hasta Petra mientras que, hoy en día, los camellos que allí bebían eran criados por los beduinos de la zona como forma de ganarse la vida. De media disponían de diez camellos por hombre, me comentó Muhammed, el guía beduino con el que recorrí Wadi Rum, en el sur de Jordania.

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El abrevadero. En el centro, Muhammed se sienta en cuclillas mientras Yoshi, la japonesa, toma una fotografía.
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En marcha por Wadi Rum, la vastedad y soledad del desierto eran sobrecogedoras.
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Sobre el cajón de un Mitsubishi viajábamos Yoshi y yo
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La temperatura no era ninguna tontería. Menos mal que el todo terreno tenía un toldo sobre nuestras cabezas.

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A continuación nos trasladamos a través de las arenas hasta la que ellos venden como la  que fue la casa de Lawrence de Arabia. El militar británico fue mandado en solitario a estas tierras durante la I Guerra Mundial para implementar los juegos colonialistas europeos, apoyando a los árabes en su guerra de guerrillas contra los otomanos. Desde las paredes de piedra de su casa se dominaba la llanura desértica de Wadi Rum, enclave estratégico en tanto que por ella discurrían las rutas de comercio entre Turquía y los territorios del sur transportando ingentes cantidades de oro. Por el mismo rojizo valle del Rum que observaban ahora mis ojos salía en tropel la caballería árabe para aniquilar las caravanas otomanas.

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Las supuestas paredes de la rudimentaria casa donde vivió Lawrance de Arabia en Wadi Rum
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Beber té caliente en el desierto: curiosas costumbres.
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Calentando las teteras en el desierto. ¿De dónde sale la madera si en el desierto no hay árboles?
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Un gato duerme sobre la arena

Derruidas, las paredes de piedra apenas se elevaban metro y medio del suelo por el lado mejor conservado. El grosor de las paredes formadas por varias hileras de sillares de piedra era de casi un metro, lo que aseguraría cierto frescor al británico en aquel horno natural. Aparentaba ser una simple habitación, apontocada sobre una pared perpendicular del cañón. Justo al lado un beduino aguardaba bajo unos toldos que daban sombra a largas alfombras sobre la arena. Allí esperaban los guías bebiendo té mientras los turistas echaban un vistazo a la casa, y sentado sobre la alfombra fui invitado a un té caliente, que dicen que quita la sed y refresca. Seguramente será cierto, pero yo hubiera preferido una cerveza fresquita. A la sombra esperamos un rato, rodeados de moscas que no paraban de molestarnos en busca del dulce té, hasta que nos pusimos nuevamente en marcha para atravesar otro buen pedazo de desierto.

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El vehículo circulaba sobre la fina arena rojiza, valle tras valle, despacio, aumentando la sensación de extensión inabarcable de aquel desierto
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Petroglifos en una de las paredes de un cañón en Wadi Rum, creados por Nabateos hace unos dos mil años
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Llegados a esta colosal duna, nuestro guía sacó una tabla de skateboard y nos invitó a subir y tirarnos desde la cresta. En mitad de la foto aparezco yo deslizándome.

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A eso de las dos de la tarde paramos con el todo terreno a la entrada de un cañón entre paredes verticales de piedra que se iban estrechando cada vez más hacia el interior del mismo. Allí desplegó nuestro guía una esterilla a la sombra de una pared cuya inclinación la elevaba sobre nuestras cabezas, ejerciendo como parapeto natural, proporcionándonos una sombra fundamental en aquellas tórridas horas del mediodía. En mitad del cañón se divisaban una docena de verdes arbustos que crecían entre las despiadadas dunas de arena rojiza del desierto. Arena fina aunque, por alguna razón misteriosa, nada polvorienta. El Mitubishi pasaba sobre las arenas sin levantar polvo, no importa a qué velocidad circulase. De aquellos arbustos que crecían aquí y allí recolectaban la madera los beduinos, tal y como me explicó el encargado del té un rato antes cuando le pregunté de dónde había salido el tronco del tamaño de mi pierna que ardía para calentar el agua de la tetera. También funcionaban los arbustos como servicio público en el desierto, por lo que diligentemente los regué haciendo un bien al ecosistema.

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El estrecho cañón donde paramos a comer a mediodía
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El Mitsubishi, la esterilla, Yoshi y Muhammed

Las moscas surgieron de la nada en cuanto nos detuvimos en aquel remoto lugar. Llegaron poco a poco, una a una, y al cabo de unos minutos decenas de ellas nos rodeaban y angustiaban con su incesante zumbido. Saqué la bolsa donde guardaba la comida y un puñado de ellas acudieron prestas a curiosear, quitándome el apetito de solo pensar lo difícil que iba a ser comer tranquilo en Wadi Rum. No importaba dónde fuésemos, las moscas estarían en todas partes, me confesó Muhammad. No eran moscas cualquiera, éstas del desierto, sino que se trataba de moscardones de considerable tamaño, algunas de un verde intenso y brillante, pero todas ruidosas y pegajosas. Su aleteo producía un zumbido que retumbaba en el silencio reinante entre las dos paredes verticales que separaban los quince metros de cañón, haciéndolo aún más desagradable.

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Un simpático invitado sobre nuestra esterilla.

El plátano que portaba en mi bolsa salió medio espachurrado. Con una mano sujetaba el fruto mientras oscilaba la otra sin descanso para espantar así las moscas, sin darles tiempo a acercarse ni a posarse. Tan pronto como pude terminar tiré la cáscara varios metros más allá, para que las moscas se cebaran con ella. Pocos minutos después un enjambre de moscas y moscardones del tamaño de una canica chupaban la cáscara bananera, dejándome tranquilo. Pero el olor de aquellos alimentos que portábamos atraía cada vez a más y más insectos. Me pregunté de cuantos cientos de metros -¡o kilómetros!- a la redonda acudirían atraídos por el olor, y qué diablos harían todas esas moscas mientras no pasaban por allí los turistas. ¿De qué comían? ¿A qué se dedicaban? ¿Quizá esperaban colgando de las paredes, olisqueando incesantemente? No paraban de llegar, de revolotearme, de posarse dentro de mis orejas, en las comisuras de mis labios y mis ojos en busca de mis húmedas mucosas, de engancharse entre ellas con finalidades reproductivas delante de mis narices, sobre mi comida. Me estaban tocando mucho las pelotas ya, aquellas moscas.

La chica japonesa que me acompañaba en mi periplo desértico decía no tener hambre pese a ser ya las dos de la tarde y, aunque Muhammad contestó que tenía la comida en el coche, poco después se echaba una siesta al otro lado de la esterilla sin haber probado bocado. Me dispuse a prepararme un bocadillo. En una bolsa de plástica llevaba el pan que había comprado esa misma mañana en el poblado beduino a la entrada de Wadi Rum, que era un cúmulo de calles polvorientas y casas sencillas con muros marrones de adobe donde vivían los proveedores de la industria turística del parque natural. En otra bolsa llevaba una lata de atún que había comprado la semana anterior en Tel Aviv. Abrí la lata con cuidado, vertiendo el agua de su interior sobre la arena. En cuestión de un minuto el líquido era absorbido por varias decenas de moscas que se enzarzaban en peleas y producían un ruidoso aleteo insectívoro que me terminó poniendo enfermo mientras intentaba comer a pocos pasos del enjambre. Me recordaba a las mierdas de burro de Petra, que también eran un polo de atracción donde se revolcaban los insectos. A decir verdad, todas aquellas moscas que se posaban en mi cara, en mis manos, en mi bocadillo, vivirían de normal sobre mierdas de camello y cabra por las llanuras de Wadi Rum. Al menos, en tanto permanecían bebiendo el agua salida de la lata de atún, conseguía mantenerlas alejadas de mí mientras procuraba pegar bocado.

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Las moscas sobre el líquido de la lata de atún.

Siguiendo una escrupulosa ceremonia abría un pequeño orificio en la bolsa del pan y sacaba un pellizco del mismo, volviendo inmediatamente a cerrarla. A continuación agarraba la bolsa donde conservaba la lata de aún, ya abierta, y sacaba un trozo del pescado apoyándome en el pan o directamente con los dedos, introduciéndomelo vertiginosamente en la boca. Mis manos repetían este proceso casi a ciegas en el interior de las bolsas, no dando hueco a las moscas para introducirse en su interior. Conseguí comerme todo el contenido de la lata a la par que observaba y escuchaba, cada vez más incómodo, cómo aumentaba el asqueroso enjambre de insectos a mi vera. Una vez terminado el almuerzo las moscas siguieron dando el coñazo, pero al menos ya tenía la tripa llena. A esas alturas el bueno de Muhammed roncaba como un cabrón.

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Imagen del cañón cuando empezaba a estrecharse
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Un tronco sobresale de una duna en mitad del cañón.

Cuando despertaron nos pusimos en marcha, ésta vez caminando a través del cañón. Pasadas las tres de la tarde todo el cañón se encontraba en la sombra, convirtiendo en apacible un trayecto que dos horas antes hubiera sido directamente una pesadilla infernal. El cañón se estrechaba hasta extremos claustrofóbicos en un determinado punto, y la arena suelta que formaba el suelo del mismo ralentizaba el paso y lo hacía difícil y cansado hasta niveles insospechados. En algunos puntos la arena se acumulaba en dunas dentro del cañón en las que, cada vez que uno apoya el pie en su superficie, el pie apoyado se desplazaba junto con la arena, duna abajo, requiriendo de enorme esfuerzo para recobrar el equilibrio y conseguir avanzar. En una de aquellas dunas observé huellas pequeñas y próximas entre sí, de algún lagarto; en otra parte divisé otras más profundas, redondas y espaciadas, supuse que de algún tipo de roedor; así como otras sinuosas y e ininterrumpidas que indefectiblemente pertenecían a alguna serpiente. Escarabajos también había, de un negro intenso y brillante, deslizándose ágilmente por sobre la arena. Pájaros de diversos tamaños, desde gorriones, pasando por otros parecidos a mirlos, hasta algunos que parecían cuervos o águilas pequeñas. Se mezclaban con las cabras y los camellos constituyentes de un importante ingreso para los beduinos del parque. Según nos dijeron, también se podían hallar por allí zorros y cierto tipo de buey de larga cornamenta que jamás vi y que sospecho extinguido desde hace tiempo. También vi un gato blanco, durmiendo como un lirón, bajo la carpa donde servían el té junto a la casa de Lawrance de Arabia.

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El paso de algún gran lagarto.
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Camellos y cabras pastando los escasos matorrales que crecían en el valle.

Al final de la tarde llegamos al campamento beduino donde pasaríamos la noche seis extranjeros y varios beduinos. Estaba formado por una docena de tiendas con escasa ventilación y una parte superior de lona negra que hacía hervir el aire en su interior. un edificio de obra hacía las veces de cuarto de baño, con duchas incluidas, aunque darse una costaba tres euros bajo el razonamiento de lo difícil que era llevar el agua hasta allí. La carpa principal del campamento, de unos quince metros de largo por seis de ancho, se plantaba frente al edificio de la cocina donde aquella noche prepararían una suculenta barbacoa tradicional beduina.

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Imágenes de los distintos tonos de la arena del desierto.
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El campamento beduino

El problema, como no, era que aquella tienda con funciones de comedor estaba plagada de molestas moscas. No las aguantaba más. Si aquello era parte de la vida del desierto, ésta empezaba a no gustarme nada. Me acordé de los pobres soldados de la Segunda Guerra Mundial que lucharon en el norte de África y del suplicio al que les sometieron las moscas. Se cebaban las moscas a base de los cadáveres de los soldados caídos y, luego, cuando los vivos las mataban, que hasta competiciones de matar moscas sostenían, éstas les transmitían todo tipo de enfermedades. Al final, prohibieron matar moscas. Y allí seguían todavía.

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El comedor
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La barbacoa beduina se realiza con los rescoldos enterrados bajo tierra. En la imagen, el fuego arde en un bidón recién enterrado por un beduino en el desierto.
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En esta imagen se coló una mosca… menos mal que tenía la boca cerrada.

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