Momentos surrealistas

“La conversación se fue calentando y animando poco a poco. El chico estaba en su salsa con el móvil y las fotos, enseñándome ahora otra nueva instantánea en la que se observaban cuatro culos en ropa interior tumbados sobre una cama. Las bailarinas de su discoteca, confesó entre risas. Empecé a comprender que aquello solo podía ser un club de señoritas”.

Escuchar cantar a Julio Iglesias en francés la canción “Nostalgie” mientras atravesaba las montañas de Tayikistán fue algo más que curioso. En aquel taxi compartido coincidí por mera casualidad con un tayiko que pocos meses atrás vivía en Nueva York mientras, supuestamente, estudiaba economía en alguna institución universitaria de la megalópoli. Al mismo tiempo trabajaba de taxista, como único medio de costearse las tasas universitarias, por lo que tenía un inglés bastante fluido que era muy de agradecer. Una aguja en un pajar, encontré en aquel taxi. También nos acompañaba su novia, una bailarina que trabajaba en la discoteca de Khojand –ciudad en cuya dirección avanzábamos- de la que él era socio, o familiar del dueño, o algo indefinible pero relacionado. El caso es que se la beneficiaba, a la bailarina.

DSC_6506 copia
El amigo

Anteriormente, en Dushanbe, dicho ex universitario neoyorkino, el conductor del taxi compartido que nos llevaba, otro pasajero y yo, hubimos de esperar cerca de una hora junto al coche, listos para partir, aguardando a la mencionada bailarina, que no terminaba de aparecer en escena. El chico la llamaba por teléfono para informarla de su tardanza, visiblemente enfadado, aunque yo no entendía palabra de lo que se decían. Tres o cuatro veces la tuvo que llamar y, cuando terminaban la conversación, me miraba riéndose y me soltaba frases del tipo “mi novia, que aún está comprándose ropa; increíble, tío”, “mira que le he dicho que la estamos esperando, siempre hace igual… ¡mujeres!”.

Me confesó lo enfadado que estaba con su novia a causa de su falta de puntualidad y seriedad. Tildó a la gente de su país de tener esa naturaleza tan distendida -tan latina, que le dije yo-, no como en los Estados Unidos, donde la gente llega a la hora acordada y no hace perder a los demás ni un segundo de sus miserables vidas. Admitió que él antes no era así de responsable, pero aseveró con orgullo que, gracias a su paso por la Gran Manzana, maduró cambiando para siempre su forma de comportarse ante la vida.

Una hora más tarde, la chica se dignó a aparecer. El disgusto que él mostró en su ausencia pareció esfumarse en presencia de ella una vez ésta se le aproximó, lanzándose el muchacho a hacerle carantoñas entre ñoñas risitas de enamorados. Llegó ella sonriente, como si acabase de ejecutar la gracia del día, a sabiendas de que nos tenía a todos allí esperando desde hacía un buen rato. La chica, una modernita como no había visto otra en aquel país anclado en el era soviética, tenía una pinta de libertina que no encajaba en una país musulmán y tradicional como aquel, y casi ni siquiera en España, pero iba acorde con su profesión y con su novio de mentalidad occidentalizada tras pasar por las américas.

Una vez en el interior del automóvil el chico me confesó que llegó a estar casado en Estados Unidos con una estadounidense cuya foto me mostró, pero que ya se habían divorciado. Pensé yo que la quizá fue porque, según sus propias palabras, el muchacho había tenido un montón de ligues en los USA, o eso decía, y la mujer se lo olería. Contaba veinticinco años el colega, pese aparentar no menos de treinta. Al cabo de un puñado de minutos sacó su teléfono móvil una vez más para mostrarme la imagen de una pequeña criatura, su hijo, de su actual mujer, que vivía en Dushanbe. Otra más. Yo empezaba a no entender nada y tampoco quería preguntar demasiado, porque la novia estaba al lado y pilotaba el inglés.

La conversación se fue calentando y animando poco a poco. El chico estaba en su salsa con el móvil y las fotos, enseñándome ahora otra nueva instantánea en la que se observaban cuatro culos en ropa interior tumbados sobre una cama. Las bailarinas de su discoteca, confesó entre risas. Empecé a comprender que aquello solo podía ser un club de señoritas. Me aclaró para contribuir a mi completo entendimiento que uno de los culos era el de su novia; la que iba a nuestro lado, quiero decir. Cansado de tanta referencia a su ajetreada vida sexual, cambié un poco de tema y le comenté sobre mis planes de viaje. Cuando le conté que me dirigía a Samarcanda confesó con alegría lo genial y estupendo que era tal hecho, pues allí vivía una novia suya que igual me podía ayudar si necesitaba algo. Yo no pude más que preguntarle qué hacía con tantas novias, a lo que él se reía mirando de reojo a la otra, sin decir nada.

Hicimos buena amistad, aquel chico y yo. Quizá él me apreció más a mí que yo a él, quizá porque no todos los días tendría la oportunidad de contarle a alguien tantas milongas y que fingiese creérselas todas, quizá porque vacilar ante un extranjero era doblemente satisfactorio. Tal fue la hermandad que sintió el chico conmigo que en un ataque de generosidad me invitó a quedarme en su casa, en la que sobraban habitaciones, y ahorrarme el buscar hostal esa noche. Acepté. Una vez en su casa conectó el portátil, me llamó a acudir, y empezó a pasar foto tras foto una vez más. Ahora era su novia rusa la que aparecía en pantalla, a la cual conoció por internet, confesó. Durante las cinco o seis horas que llevaba conversando con este personaje perdí la cuenta de cuántas novias trataba, pero sin poner en duda su palabra rondarían como poco la decena.

DSC_6507 copia
Un par de fantoches

Otro dato fundamental que me reveló fue su odio hacia los judíos. Los judíos eran los causantes de todos los males del Universo, ya que controlaban los medios de comunicación, el gobierno estadounidense, el FBI y no poco menos de una docena de organismos más. A cual más malvado que el anterior. Yo le daba la razón a todo, igual que con sus novias, tomándomelo con calma y filosofía. Expuso que él era un fiel musulmán, muy creyente y practicante además, y entre otros detalles mencionados en varias ocasiones estaban los hechos de que no fumaba, no bebía alcohol alguno, y no se daba a ningún otro vicio social. Lo de la poligamia intuí que no lo consideraba vicio, estaría aceptado por el Corán. Obviamente no saqué el tema a la palestra.

DSC_6400 copia
Cosas tan contradictorias y surrealistas como encontrar un helado (símbolo del bienestar capitalista) cuya marca simboliza a la extinta Unión Soviética, con su símbolo comunista y todo. Estaba buenísimo el jodido helado. Cosas que ocurren en Tayikistán

A la mañana siguiente, bien temprano, se fue a trabajar al pequeño aeropuerto de Khojand, donde ejercía como asistente en el control de embarque. Eran las 7:00 cuando me prometió que estaría de vuelta a las 10:00 o incluso antes, ya que ese día no salía ningún vuelo y solo tenía que hacer acto de presencia. Me advirtió de que cerraría la puerta con llave al salir, y yo podía seguir durmiendo y, cuando él regresara, nos despediríamos, me ayudaría a encontrar un taxi y yo continuaría mi ruta hacia Uzbekistán. Pese a su aviso, puñetera la gracia que me hacía quedarme allí solo, encerrado a cal y canto. Me acosté de nuevo, me volví a despertar a las 9:00 y me duché. Dieron las 10:00, leí, escribí. Dieron las 11:00. Miré las ventanas pero todas tenían rejas, busqué una llave por los cajones pero no había. Dieron las 11:30 y empecé a verme secuestrado en un zulo en las montañas. Seguí leyendo en la cama, evadiendo mi mente de cualquier pensamiento o ansiedad.

Al final apareció, con casi dos horas de retraso, el chico que odiaba a muerte la impuntualidad y que jamás llegaba tarde desde que vivió en los Estados Unidos. Se disculpó incluso antes de entrar por la puerta, así que eché pelillos a la mar y no le di la menor importancia. Además el muchacho fue muy generoso conmigo en todo momento, una buena persona era, pese a ser un fantoche. Pese a que él no cambiase en Estados Unidos tanto como aseguraba, noté cómo yo sí que estaba cambiando a raíz de este viaje, echando paciencia y serenidad ante cualquier controversia o contratiempo, manteniendo la calma y controlando la situación contra todo pronóstico e instinto. Eso sí, por mucho que el viaje me enseñe, no creo que llegue a tener tantas novias como él.

Deja un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies