Mercado especializado

En Sanandaj, ciudad del Kurdistán iraní, presencié un mercado un tanto peculiar. Por allí no se habían impartido muchas clases de marketing moderno, ni deberían tener demasiado éxito las grandes cadenas internacionales de supermercados. Su forma de vender olía a antiguo, sabía a tradición, y con seguridad se mantenía intacta pese al transcurrir de los siglos.

Los que vendían berenjenas, tomates y lechugas
Los que vendían berenjenas, tomates y lechugas

Allí, a pie de calle, en sus viejas carretillas con palés de madera, el que vendía berenjenas, vendía berenjenas; el que vendía cebollas, vendía cebollas; el que vendía pepinos, vendía pepinos; el que vendía naranjas, vendía naranjas; el que vendía tomates, vendía tomates; el que vendía granadas, grandes como cabezas, vendía granadas; el que vendía patatas, vendía patatas, y muchas además; el que vendía lechugas, vendía lechugas; y el que vendía limones, vendía limones.

El que vendía pepinos
El que vendía pepinos

Y me preguntaba yo: ¿cuántos limones tendría que vender el vendedor de limones para poder sacar adelante a los cuatro churumbeles? ¿Pero y el de las lechugas? Y no me lo podía creer.

El que vendía granadas y el que vendía patatas
El que vendía granadas y el que vendía patatas

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