Mentiras piadosas

“Los cantos de llamada al rezo empezaban a sonar, por lo que dos o tres del grupillo me impelieron a entrar a rezar con ellos. Me cago en la mar, pensé; menudo entuerto, ¿cómo saldría de allí ahora?”.

Visitaba la Mezquita principal de Dushanbe, llamada Haji Yakoub, de bello diseño aunque nada excepcional, cuando faltaban pocos minutos para las seis de la tarde, hora de rezo. Decenas de musulmanes se aproximaban a la misma para elevar sus oraciones, observándome fijamente como el que se cruza sin aviso un gamusino. Saltaría a la vista por mi ropa que era turista, o por mi cámara, o por la ausencia de motivos islámicos en mi vestimenta.

Entrada a la Mezquita Haji Yakoub
Entrada a la Mezquita Haji Yakoub

La amplia puerta de entrada concedía una clara visión del iluminado interior de la mezquita, donde los fieles descalzados ya empezaban a formar la línea de rezo. Cámara bajo el brazo esperé con la firme intención de asistir a la ceremonia y poder analizarla en profundidad por primera vez desde mi llegada al mundo islámico, pues normalmente prohíben la entrada a los no musulmanes o, como mínimo, prohíben las fotografías o son muy susceptibles ante ellas. Allí aguardaba yo disimulando tanto como podía con tal de pasar desapercibido hasta que todos estuvieran dentro rezando, dándome la espalda y, al mismo tiempo, otorgándome libertad para filmar.

A pocos minutos para el inicio de la sesión me senté en un lateral del patio de la mezquita, donde unos chavales jóvenes estaban también esperando el comienzo del rezo. Uno de ellos me habló en inglés, preguntándome de dónde era y otras cuestiones clásicas sobre fútbol y poco más. Parecía buena persona el muchacho y la conversación se alargó un par de minutos, tiempo suficiente para que cuatro o cinco jóvenes más se acercasen a cotillear. En ese momento el chico me preguntó que si yo era musulmán. Problema. Le dije que sí instintivamente, sin recapacitar, solo con la idea subconsciente de que no quería que me echasen de allí ahora que faltaba tan poco para el momento que tanto interés me despertaba.

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Aquello fue la noticia del día: el extranjero español era musulmán. Me chocaban la mano y me daban la enhorabuena, cojonudo, aunque la barrera lingüística era lo bastante insalvable como para que no pudieran hacerme preguntas más profundas sobre la materia, afortunadamente. En esas, una de las nuevas incorporaciones al corrillo me pregunta en ruso qué idiomas hablo, a lo que respondo que español, inglés y chino. Me sonríe muy contento y empieza a hablarme en un chino bastante fluido, con motivo de que el chavea estudiaba en una universidad de Xinjiang, China. Los cantos de llamada al rezo empezaban a sonar, por lo que dos o tres del grupillo me impelieron a entrar a rezar con ellos. Me cago en la mar, pensé; menudo entuerto, ¿cómo saldría de allí ahora?

El interior de la Mezquita durante el rezo
El interior de la Mezquita durante el rezo

El que hablaba chino me vuelve a preguntar, ahora en chino, que si soy musulmán, y yo ya no sé que responder, y asiento poco convencido pues era tarde para dar explicaciones de ningún tipo. Allí ya no había salvación más que la excusa más antigua del universo: “es que me tengo que ir”, les dije. “¡Venga hombre, vente!” me animaban alegres. “No, no, de verdad, es que se me hace tarde y me tengo que ir”, no sabía ya dónde meterme. Por fortuna fueron ellos los que finalmente se introdujeron en la mezquita y transcurridos un par de minutos ya no quedaba nadie más en el patio. Con todos rezando en el interior del edificio, de espaldas a mí, pude sacar la cámara y grabar un poco, aunque lo que más me interesaban eran los vibrantes cánticos llenos de sentimiento que inundaban el patio a través de los mastodónticos altavoces situados en la fachada junto a la puerta. Sonidos tan antiguos como bellos, que no entendía pero me causaban un respeto atroz ante lo que se daba ante mí.

Se hizo de noche durante el rezo, y salió la Luna
Se hizo de noche durante el rezo, y salió la Luna

Al poco tiempo aprendí una diferencia entre nuestras religiones: las misas católicas son un tostón de casi una hora, mientras que los rezos musulmanes vienen a durar cinco o seis minutos. Al menos aquel día, en aquella ciudad. El problema es que lo aprendí de sopetón cuando al estar guardando la cámara, sin previo aviso, los asistentes se levantaron y se dispusieron a salir a toda mecha, pillándome allí en medio del patio silbando y mirando al cielo. El primero que asomó por la puerta, ni más ni menos, fue el chico de antes que hablaba inglés, gritándome desde el marco: “¡wait two moments!” –espera dos momentos, dijo-, mientras se volvía a introducir en la mezquita. Pero yo no tenía intención de aguardar ni siquiera medio momento. Me di la vuelta lentamente, como el que no quiere la cosa, como el que va buscando por el suelo una llave que no encuentra y cree que se le ha caído, en dirección a la salida, sin mirar atrás. Al cabo de diez interminables metros crucé el arco de salida, giré y aceleré el paso cuando no me veía nadie. Estoy seguro de que el chaval tenía muy buenas intenciones, pero yo no tenía ni la más mínima intención de comprobarlo. Entre risas nerviosas me preguntaba quién me mandaría a mí meterme en aquellos berenjenales…

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