Imagen habitual en las calles de Recife, Olinda y, en menor medida, Salvador

Los cuerpazos de Brasil

La cosa llegó a tal punto que cuando veíamos a una moza con un estado de salud óptimo, sin excesivos kilos de más, nos llamábamos la atención con el codo mientras promulgábamos entusiasmados, con mucho cachondeo: “¡una tía normal!”, aunque ni siquiera fuera atractiva, como era lo más habitual.

Todo quedó confirmado tras visualizar aquella noticia en el telediario nocturno. Éste estaba más centrado en el pan y circo que en la realidad planetaria, y empleó tres cuartas partes de su tiempo en analizar la actualidad del Mundial de Fútbol, y solamente mencionaron otras pocas noticias más: la guerra que comenzaba en Iraq, la investidura del nuevo rey de España, y el descubrimiento de un gen que disminuye el riesgo de sufrir un infarto de corazón.

Ésta última fue la que lo confirmó todo. Analizaba el reportaje lo ventajoso que era este gen a la hora de mejorar la salud, de mantener las vías circulatorias ajenas al colesterol y otros factores, para terminar soltando un par de consejos de salud a los brasileños. “Para disminuir los problemas cardiovasculares, lo más importante es el ejercicio diario y una dieta sana”, mientras para lo primero mostraban algunas personas practicando atletismo, y para lo segundo… apareció un tipo cocinando un buen filetón de res a la parrilla y sirviéndolo en un plato con arroz y unas pocas verduras. Manolo y yo nos miramos, incrédulos. ¿Eso era lo que en Brasil se entendía como una dieta sana? ¿Un filetón de medio kilo de carne roja con cuatro guisantes? Ya lo entendíamos todo. Y entonces nos descojonamos de risa ante la obviedad de la información sesgada e interesada promovida por la televisión o, lo que sería aún peor, a causa del total desconocimiento sobre lo que es una dieta sana por parte del periodista que elaboró la noticia. Era horario de máxima audiencia. Confío en que nadie en este país asociara una dieta sana con aquel trozo churruscado de carne grasienta.

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Interior de carne y queso, todo muy salado y cocinado con mantequilla

Cuando uno va a Brasil, ¿qué espera encontrar? Hagan uso de su imaginación empleando las imágenes y los estereotipos inoculados en nuestra mente por la televisión. Todos pensamos en playas paradisíacas con mujeres bronceadas de cuerpos esculturales, en tanga, bailando samba bajo la atenta mirada de mulatos fornidos practicando capoeira. Eso esperábamos encontrar nosotros también.

Aterrizamos en Recife, una ciudad costera en el noreste del gigante sudamericano, en la provincia de Pernambuco. Cuando regresase a España y contase en el pueblo que había estado en “Pernambuco”, no se lo iban a creer. Primera contradicción: allí no había playas. Tuvimos que trasladarnos muchos kilómetros para encontrar una típica playa de arenas blancas y palmeras. Todavía faltaban nueve días para el comienzo del Mundial y casi toda la gente que se veía por la calle eran brasileños. Enormes brasileños. Estábamos desmontando un mito.

Imagen habitual en las calles de Recife, Olinda y, en menor medida, Salvador
Imagen habitual en las calles de Recife, Olinda y, en menor medida, Salvador

Uno, cuando viaja, siempre se fija en la gente de los países a los que acude en busca de rasgos diferenciadores, atraído por la curiosidad y el goce de admirar una de las mayores obras de arte que existen, que no es ni más ni menos que el propio ser humano. Las esculturas y las pinturas en muchas ocasiones solo están dedicadas a este fascinante espectáculo que es el cuerpo humano y sus características, únicas y siempre cambiantes con la edad, que se dan en cada una de las personas que han pisado y pisarán este planeta. Se fija uno también, independientemente de tener pareja o no, en el sexo opuesto con más esmero aún que en el propio. Por mero análisis erudito de la morfología humana, no seamos puntillosos. Así que al poner pie en Brasil esperábamos con ojos abiertos como platos ser asaltados por una serie de abrumadoras imágenes femeninas semi desnudas y sensuales, que habrían necesariamente de poblar cada rincón de un país tan dado al goce y al culto al cuerpo como era éste.

Mujeres Bahianas con vestidos tradicionales. La jovencita en pocos años estará como las otras dos, irremediablemente.
Mujeres Bahianas con vestidos tradicionales. La jovencita en pocos años estará como las otras dos, irremediablemente.

En Pernambuco, sin pretender exagerar ni lo más mínimo, una tercera parte de la población femenina tenía niveles de obesidad que excedían por mucho lo saludable. Otra tercera parte tenía un buen puñado de kilos de más. Entre los hombres, el ratio era menor pero igualmente alarmante. La diferencia radicaba en que mientras los hombres de raza negra eran fibrosos y musculados por la facultad genética adquirida tras siglos de comercio de esclavos, las mujeres de raza negra seguían siendo grandes cuerpos pensados para ejercer como máquinas de parir hijos. Con la gran diferencia de haber pasado de comer frugalmente en tiempos de esclavitud, a tener exceso de alimentación grasienta y vida sedentaria en el presente globalizado. Por lo tanto, las mujeres negras tenían todas un alarmante exceso de kilos. Y en Pernambuco, el porcentaje de blancos es insignificante.

Por ello, caminar por esta región era cruzarse a cada paso con cientos y cientos de personas pasadas de kilos, conformando un paisaje radicalmente diferente del que uno esperaba encontrar al llegar a Brasil. La cosa llegó a tal punto que cuando veíamos a una moza con un estado de salud óptimo, sin excesivos kilos de más, nos llamábamos la atención con el codo mientras promulgábamos entusiasmados, con mucho cachondeo: “¡una tía normal!”, aunque ni siquiera fuera atractiva, como era lo más habitual. Eso solía ocurrir una vez al día, de media. No existían los complejos físicos en esta ciudad de varios millones de habitantes, y la gente no se preocupaba por su imagen en absoluto. Tampoco en la vestimenta, con prendas bien apretadas que realzaban los michelines en toda su voluptuosidad. Gente sin complejos, y eso estaba muy bien.

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Muchas mujeres con sobrepeso y muchos hombres petados, consecuencia: cualquiera puede tener un novio petado

Pero la razón no se quedaba meramente en lo genético, eso sería demasiado simplista. No se podía usar aquella excusa tan generalizada de: “es que como poco, pero engordo”. En Pernambuco en particular y en Brasil en general, se come muy mal. Feijoada, arrumadinho, escondidinho, carne do sol, charque, calabresa, bife… todos nombres y tipos de carne que poblablan monopolísticamente los menús de cualquier restaurante, sin posibilidad alguna de mayor variedad salvo que fueras a alguna de las pocas pizzerías para turistas que había aquí y allá. Platos con enormes pedazos de carne, tocino, chorizo, beicon y otras delicias, con sus salsas y acompañamientos de un buen puñado de arroz blanco y alubias, eso era lo que la gente comía a diario por allí. Y farofa, una mezcla de harina de mandioca y huevo altamente calórica que acompañaba cada comida desde el desayuno a la cena. Era lo común allí que toda persona se metiera uno de aquellos buenos platos de carne bien acompañada entre pecho y espalda a diario, y así estaban sus cuerpos. “No tiene carne, tiene pollo”, era una graciosa respuesta que solían dar al preguntar por comida sin carne en un restaurante -en Brasil se le llama “carne” únicamente a la carne roja, es una cuestión lingüística-.

Una mujer bahiana prepara acarajé en Salvador de Bahía
Una mujer bahiana prepara acarajé en Salvador de Bahía
Acarajé con gambas y un mazacote amarillento de algo desconocido
Acarajé con gambas y un mazacote amarillento de algo desconocido

En algunos sitios también había pescado, generalmente frito. Y en otras regiones como en Bahía aparecieron otros platos como el acarajé, hecho a base de una masa de alubias bien fritita. Aceites de soja refritos hasta la extenuación, mantequilla y mucha sal. Ninguna verdura ni hortaliza visible en ningún plato del menú, y toneladas de comida basura empaquetada en cualquier tienda de barrio o supermercado. Mientras escribo estas líneas, en un autobús en dirección al interior de la provincia de Bahía, dos mujeres en torno a los treinta años y no menos de 70 kilos de peso se meriendan una bolsa gigante de “gusanitos”. Así era la alimentación. Llegó un momento en el que nos saturamos de carne, intentando comer solo pollo al ser lo menos malo, y buscando cualquier variante no cárnica en el menú. En Bahía llegaron las gambas, y probamos una moqueca, hecha a base de leche de coco. Grasa como ninguna, la leche de coco. No eran comidas ligeras aquellas que nos metíamos, no, pero es que no había otra cosa.

El consumo de carne era tan desmesurado como excesivo era el porcentaje de personas con sus estado físico en entredicho. Aunque al abandonar Pernambuco hacia Bahía el panorama mejoró bastante. A medida que descendíamos hacia el sur de Brasil parecía que las costumbres sociales cambiaban, y el afamado culpo al cuerpo que reinaba en ciudades sureñas como Río o Sao Paulo comenzaba a hacer acto de presencia. Desde el principio nos llamó la atención la cantidad sobrecogedora de hombres musculados hasta extremos de ficción, muchísimos, en lo que consideramos un paraíso para mujeres que tuvieran ganas de darse una alegría con cuerpos absolutamente esculturales. Un gran número de ellos decoraban con tatuajes sus pieles, que iban desde el negro más tiznado hasta el chocolate con leche, en el resultado de siglos de mezcolanza racial y sol durante todo el año.

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Blancos también los habia bien fornidos

Alguna que otra muchacha de cuerpo escultural también se veía, dicho sea, aunque la mitad de las veces habían pasado sin lugar a dudas por el cirujano, en un país con uno de los índices de cirujía estética más elevados del mundo. En todo caso, eran pocas, muy pocas, en relación al sobredimensionado harén de tios petados que poblaban cada rincón, caminando sin camiseta, y provocando miradas de envidia y admiración en nosotros. Parece ser que el norte y el sur de Brasil son muy diferentes en lo que a culto al cuerpo se refiere. Sin lugar a dudas, aquellos días observamos con fijiación muchos más cuerpos masculinos que femeninos. Si tuviera que dar un dictamen de lo que he visto hasta ahora de Brasil, solo podría decir: mujeres del mundo, ya sabéis a dónde tenéis que ir.

 

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