Lo que mal empieza…

Debido a un huracán que estaba asolando Filipinas, el vuelo fue cancelado. La primera noche la pasé en un hotel al que nos llevó la compañía aérea Cebu Pacific, todo un detalle por su parte, más aún teniendo en cuenta que es una compañía low cost y que el billete de Xiamen a Manila me había costado 32 euros. Ni realizando el mayor de los esfuerzos podría imaginarme a Ryanair siguiendo la misma filosofía.

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Mi cama en el suelo del aeropuerto de Manila

Nos llevaron en autobús al hotel más cercano y al no tener maleta en el depósito del autobús, pude ser de los primeros en llegar al mostrador de recepción. Eran la 1:00 de la madrugada y al día siguiente había que levantarse a las 5:00 para volver al aeropuerto a esperar un nuevo vuelo.

Me dieron habitación a compartir con un chino al que no conocía de nada, veinteañero, el cual, como no, se puso a hablar por teléfono con la novia y a fumar en la habitación. Pero tuvimos la noche en paz, hasta que a las 4:40 llamaron de la recepción para ir despertándonos y decirnos que bajásemos. Tanta prisa para nada, porque hasta cerca de las 12:00 no salió el avión hacia Manila.

Al aterrizar en Filipinas nos encontramos un escenario dantesco, lloviendo torrencialmente y con las calles que comunicaban con la ciudad cortadas debido a las inundaciones. Una muchedumbre pululaba por el interior del aeropuerto buscando explicaciones sobre si su vuelo salía o no, mientras que otros acampaban apoyados en cualquier pedazo de pared. Yo quería marcharme de allí como fuera, y el ver ciertos vehículos yendo y viniendo me tenía desconcertado, ¿a dónde iban?

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Haciendo cola a ninguna parte

Alrededor de 300 personas hacían cola en las afueras del aeropuerto, a la espera de los autobuses públicos. Seguí su ejemplo. Los autobuses no llegaban, la cola solo avanzaba por la gente que desistía y se marchaba, mientras todos nos mojábamos con el agua que el incesante viento escupía sobre nosotros. Una hora más tarde, los guardas de seguridad que controlaban la zona nos dijeron que no iba a haber más autobuses, que podíamos irnos. Eso sí que fue un jarro de agua fría.

La carretera que conectaba aeropuerto con Manila Centro estaba cortada, y solo se podía circular en la otra dirección. Por un momento medité prescindir de Manila, pero al día siguiente tenía que intentar solicitar el visado para China en la Embajada de dicho país. Busqué taxis, en vano, pues confesaban que la vía era intransitable, que quizá mañana. Busqué algún todo terreno al que pedir el favor de llevarme, pero todo fue en vano. Regresé al interior del aeropuerto, extendí mi saco de dormir en un pedazo de helado suelo, y allí me dispuse a esperar otras 14 horas.

En esa precaria situación, rodeado en todas direcciones por otros viajeros igualmente abandonados a su suerte, se me acercan una chica y un chico chinos, que precisamente habían volado en el mismo avión que yo desde China a Manila. Me preguntan si hablo chino, porque ellos no hablan inglés y necesitaban ayuda para una llamada telefónica. Me presto encantado a ayudarles y, continuando la conversación en chino mandarín, la muchacha me pregunta que de dónde soy. Le digo que español. Ella abre los ojos todo lo que puede -no mucho- y me espeta: “¿cómo que eres español?”, en perfecto castellano. Resulta que la chiquilla llevaba sus 26 años de vida residiendo en Barcelona.

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A la izquierda, el grupo de chinos se hace fotos ñoñas

Al cabo de un rato me invitan a tumbarme en el suelo junto a su grupo de amigos, todos chinos. Sacaron la botella de champaña, que alegremente me invitaron a brindar para celebrar, imagino, el tifón que nos tenía bloqueados. A continuación otra de las chicas chinas me quiso alimentar, me vería delgado, así que me trajo comida de extranjero: un perrito caliente, más frío que un muerto, y con la misma mala pinta que pudiera tener éste. No le pegué ni un bocado, pero al menos brindé con champaña y tuve la oportunidad de desempolvar mi lengua materna, lo cual siempre produce un efecto revigorizante.

La primera parte de la noche no pegué más que esporádicas cabezas sobre el mortificador suelo del aeropuerto. A las 3 de la mañana, decidí que no podía seguir así. Me colé en un recinto oculto tras una especie de cortinas, sobre las que resplandecían carteles advirtiendo de que el sitio estaba vetado bajo amenaza de detención policial. Al colarme bajo las cortinas aquellas, divisé cuatro bultos desconocidos, tumbados en camas recreadas al unir cuatro sillas del restaurante adyacente. Sillas con cojín, bendita la suerte.

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Cartel con amenazas policiales. Al trasluz se observan las sillas que me hicieron de cama.

Imitando a los que allí había, junté mis cuatro sillas en línea y cerré los ojos tres horas. La noche de incógnito terminó de forma extraña, pues cuando me levanté a las 6 ya no pude encontrar a nadie en aquel cubículo prohibido, y, de hecho, no quedaba casi nadie afuera, en toda aquella zona del aeropuerto. Todo el mundo se habían ido, y las demás sillas habían sido misteriosamente recogidas sin que yo oyese un ruido, como por arte de magia. Así de agotado estaría. Era hora de enfrentarse a un nuevo día post tifón en Manila.

20 de Agosto de 2013

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