Mi primer día en Ciudad de Panamá, pensando en las despedidas

Las despedidas, parte del viaje

Esta ha sido la séptima vez en cinco años que tengo que afrontar las despedidas con mis seres queridos antes de marcharme por una larga temporada. No importa cuantas veces las haya vivido con anterioridad: es una de esas cosas a las que nunca te terminas de acostumbrar; es más, cada vez resulta más dura que la anterior. Con cada palabra acongojada escapando renqueante por los labios serios, con un repentino picor amenazando en silencio unos ojos lacrimógenos, con cada nudo en la garganta y cada latido triste de un corazón que se debate ante el reto que se ha autoimpuesto. Apasionante y desafiante, ese reto que no se puede eludir y que te empuja a lanzarte en pos de lo desconocido.

Tras cada viaje uno regresa más experimentado, más consciente de lo efímero de la vida, de la brevedad de la juventud, de la inexistencia de la seguridad y la estabilidad absolutas. Tras visitar el mundo real, el que está fuera de nuestra burbuja de confort, uno siente que ha de aprovechar cada día más que el anterior. Pero uno lo hace a sabiendas de lo que eso supone, con total responsabilidad, sabiendo el precio que se paga por ello. Decir adiós una vez más a unos abuelos que ahora tienen 87 y 85 años resulta más duro que en ninguna ocasión anterior, pues la sombra de la duda siempre te acongoja el corazón a la hora del último abrazo antes de partir. Los padres que se quedan esperando en casa, con la preocupación constante e inevitable de ver a su hijo partir hacia lugares lejanos y desconocidos, le dejan a uno con sensación de contrariedad. Los amigos que siguen con su vida en ausencia de uno, con la confianza de que al regresar todo será más o menos igual que antes de la marcha. Las parejas, que sufren, que luchan entre la firme intención de comprender y la dura prueba de soportar la distancia. Todos ellos son los daños colaterales de la ilusión por conocer, por crecer y recopilar experiencias vitales, y uno es perfectamente consciente de ello cuando agarra la mochila y atraviesa la puerta.

Las despedidas son duras, porque en ese momento es cuando uno es más consciente que nunca de los peligros a los que se va a enfrentar. Luego, una vez en el camino, los peligros forman parte del día a día y no se piensa en ellos como en algo a lo que temer, sino como en un inevitable compañero de viaje con el que hay que lidiar de la mejor manera. La vida es un riesgo constante, no se puede buscar la seguridad absoluta, pero estando lejos del lugar conocido se está más expuesto a que te pasen cosas y a que cuando te pasen te veas sin ayuda. No es al comprar un billete de avión, sino al decir adiós a los seres queridos, cuando los nexos entre la ilusoria seguridad del círculo de confort quedan rotos. La aventura ya ha empezado a nivel psicológico en el duro momento de la despedida.

No son las duras condiciones de vida de los países lejanos, ni la incomodidad de hostales baratos o de las casas a las que eres invitado a dormir en el suelo, ni las duchas con agua fría, ni las comidas a base de galletas y almendras en autobuses que tardan 18 horas en llegar a su destino. No son tampoco la lluvia o el sol que te atormentan a diario mientras cargas con tu mochila kilómetro tras kilómetro, ni tampoco se trata de los mosquitos, la ropa sucia y maloliente, los timos o las enfermedades estomacales. Todas esas cosas no tienen ninguna importancia; al contrario, todas suman si se miran en la perspectiva adecuada. Lo que verdaderamente supone un coste irreemplazable es lo que se deja atrás con las despedidas.

Las despedidas
Mi primer día en Ciudad de Panamá, pensando en las despedidas

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