La mujer recogía boñigas para alimentar el fuego

Lago Song Kol, Kirguistán

Desde Bishkek, capital de esta ex-república soviética cuna de un pueblo con pedigrí nómada, nos movemos en dirección al Lago Song Kol, situado en el corazón del país. Subimos a un marshrutka, una especie de mini bus con capacidad para unas quince personas y que hace de sustituto natural de los autobuses en Asia Central. Tuvimos que esperar, por cierto, una hora y media bajo el sol abrasador del medio día hasta que se ocuparon todos los asientos: hasta que no están todos vendidos no se pone en marcha el negocio.

Nuestro marshrutka en Bishkek
Nuestro marshrutka en Bishkek

Tras cinco horas de caminos bacheados divisamos un diminuto pueblo, llamado Jumgal, estirado a lo largo de la carretera. El marshrutka se detuvo a la puerta del único “hostal” del lugar, que no era más que una casa familiar que aceptaba alojar foráneos, un buen negocio en un país cuya renta mensual gira en torno a los 200€ al mes y que en el campo es mucho menor. Gracias al turismo sacaron 20€ en una sola noche, por dejar dormir a dos extranjeros en el suelo de una helada habitación desangelada y proporcionarles una austera pero auténtica cena y desayuno. De destacar fue la mermelada casera de fresa, la mejor que he probado en mi vida, y el pan casero recién hecho.

La familia estaba formada por una abuela, padre y madre, y cuatro hijos. El padre de la familia era profesor de Historia en la escuela del pueblo, razón que explicaba que se pudieran permitir conducir un Mercedes clase E. Con bastantes años de antigüedad encima, eso sí, y que amaneció al día siguiente con dos ruedas pinchadas, pero Mercedes al fin y al cabo. No me preguntéis por qué las ruedas pinchadas, no fui yo.

La leche del desayuno, del Mercadona
La leche del desayuno, del Mercadona

Al día siguiente planificamos el camino que nos llevaría hasta el Lago Song Kol, poniéndonos en marcha a las diez de la mañana con nuestras mochilas a media carga, solo con ropa de abrigo, saco de dormir, algo de provisiones y dos botellas de agua, con gas. Eran con gas porque fueron las única que pudimos encontrar, y ya tuvimos suerte de encontrar algo. Preguntando por todo el pueblo por agua, finalmente dimos con una minúscula casa sin pinta alguna de ser una tienda pero que resultó ser el supermercado del pueblo. No fue fácil encontrar el agua, como no era fácil enterarse de casi nada en un país donde nadie hablaba inglés y todo se basaba en el lenguaje de los gestos y la mímica.

Nos esperaban veintidós kilómetros de caminata, aunque por entonces pensábamos que sólo serían unos doce. Nuestro objetivo era el Lago Song Kol, un lago alpino situado a 3.016 metros de altitud, donde albergábamos la esperanza de hallar una serie de yurtas –tiendas de campaña usadas por los nómadas- donde poder alojarnos un par de noches. Si no estaban las yurtas o no las encontrábamos, tendríamos que regresar de vuelta a Jumgal en mitad de la noche, porque hacía demasiado frío para dormir a la intemperie.

Iniciamos la marcha rodeados por praderas color ocre que se perdían en el lejano horizonte salpicado de cumbres nevadas, cruzándonos ocasionalmente con lugareños que pastoreaban el ganado y, con una sonrisa en la cara, nos indicaban el camino en pos del lago. Señalaban a lontananza, hacia las montañas nevadas. Estas estribaciones montañosas se elevaban de manera abrupta a unos diez kilómetros de distancia de donde nos encontrábamos, y como eran demasiado imponentes para ser transpuestas concluimos que el lago se asentaría en sus faldas. Avanzamos durante un par de horas en las que no nos cruzamos con nadie más, subiendo y bajando pequeñas colinas mientras las altas cumbres se aproximaban desafiantes, las nubes rociaban lluvia en la distancia, la temperatura bajaba y el viento silbaba con cada vez más fuerza.

 

A lo lejos, las montañas, tras varias horas andando...
A lo lejos, las montañas, tras varias horas andando…

Inesperadamente apareció en la lejanía, doscientos metros más abajo, un pequeño cañón surcado por un río donde todo se impregnaba del color verde de la vida que solo el agua puede brindar. Descendimos con entusiasmo en dirección a una casa situada junto al río, con la esperanza de encontrar personas y almuerzo; pero, sobre todo, necesitábamos nuevas indicaciones para llegar al lago, ya que el camino de tierra continuaba a lo largo del río en ambas direcciones: izquierda o derecha, no sabíamos que rumbo tomar. Un sentimiento de desasosiego nos asaltó cuando al aproximarnos comprobamos que la casa  estaba desierta y medio en ruinas. Nadie contestó a nuestras llamadas.

El río nos cortaba el paso. Abajo, la casa.
El río nos cortaba el paso. Abajo, la casa.

Regresamos hacia el camino de tierra que circulaba a lo largo del río cuando escuché el quejido de un motor en la lejanía. Avisé a mi compañero Bruno y esperamos a que descendiera por la carretera de tierra, que nosotros mismos habíamos caminado poco antes, un viejo Opel color rojo con al menos veinte años de servicio. El vehículo se arrastraba a regañadientes en nuestra dirección, despacio, soportando a duras penas el bacheado camino horadado por las inclemencias del cielo.

Sin pensarlo un momento el coche se detuvo ante mis movimientos de brazos, y los dos adultos y un niño de su interior nos invitaron a subir tras preguntarnos un simple “¿Song Kol?”. Circulando unos quince minutos en paralelo al río, entre andanadas de polvo, baches, saltos y conversaciones surrealistas ruso-español, nos detuvimos frente a un rudimentario cobertizo entre las montañas. No nos llevaban al lago, sino a aquella precaria casa en mitad del monte, a unos quinientos metros del río, situada tras una escarpada y resbaladiza cuesta arriba en la que el coche amenazó reiteradamente con no querer subir, patinando.

Les esperaban allí una pareja de ancianos kirguís musulmanes de toda la vida, a los que preguntamos si cabía la posibilidad de probar bocado. Digo ancianos pese a ser imposible adivinar su edad, y quizá sus profusas arrugas fuesen sólo el resultado de cuarenta o cincuenta años de ardua vida en las gélidas montañas. Tan pronto como intuyeron nuestros gestos de pedir alimento, dando muestra de la extrema generosidad que caracteriza a estas gentes, nos hicieron pasar a su choza de techo de madera y cobertura exterior de tierra, suelo de alfombras y dos simples habitaciones -recibidor-cocina y salón-dormitorio-, cuyo mobiliario consistía en una mesa sencilla y una cama herrumbrosa de noventa centímetros de ancho.

Sentados en el suelo empezamos a recibir comida, la misma del día anterior en Jumgal: pan casero, mantequilla casera, yogurt casero extremadamente agrio, mermelada y té. Tragamos lo que pudimos y nos dispusimos a partir una vez más, no sin antes darles las gracias y ofrecerles 200 soms por el tentempié y la amabilidad mostrada. No aceptaron el dinero. Nos hicimos unas cuantas fotos con ellos e intentamos nuevamente ofrecerles algo de dinero, un detalle al menos, 100 soms, que también rechazaron.

Al final, el hombre incluso nos acompañó unos doscientos metros por la verde montaña arriba con idea de mostrarnos el camino a seguir y que no nos perdiésemos. No era más que una vereda abierta por el paso de las cabras, surcando el perfil montañoso junto a un hilo de agua que fluía colina abajo, y que seguiríamos para encontrarnos de nuevo con el camino principal media hora de subida más tarde. Nos despedimos con un abrazo de aquel hombre, y con la sensación de que haber presenciado tal acto de auténtica generosidad, y vivido una visión tan auténtica de cómo son los oriundos fuera del desvirtuado círculo turístico, ya habían hecho de por sí que el día mereciera la pena.

A la izquierda, el conductor que nos llevó hasta allí. Y la pareja que nos ofreció la merienda
A la izquierda, el conductor que nos llevó hasta allí. Y la pareja que nos ofreció la merienda

Empezamos, ahora sí, a escalar esas montañas que antes veíamos tan lejos y que no podíamos ni imaginar que terminaríamos teniendo que trasponer si queríamos encontrar, justo al otro lado, un lago Song Kol de aguas cristalinas. Llevábamos seis horas en el camino. La temperatura había caído dramáticamente hasta el punto de ponernos chaquetones, gorro y guantes, pese a que ascendíamos a toda velocidad la pronunciada pendiente y sudábamos por dentro, cargados con una mochila a la espalda, sin resuello.

Una dura pero bonita subida
Una dura pero bonita subida
¿Qué encontraremos al final del camino? Pues más camino...
¿Qué encontraremos al final del camino? Pues más camino…

Al llegar a una cima marcada con un cartel que indicaba 3.300 metros de altura divisamos finalmente el lago, aún lejos, allá abajo, al final de una estrecha pradera poblada con caballos, vacas y cinco yurtas. La satisfacción de haberlo logrado disparó nuestros niveles de adrenalina, y la felicidad inyectaba irrefrenables impulsos de saltar alocadamente, de salir corriendo gritando y moviendo los brazos al viento, como locos.

Por fin cuesta abajo, descendimos en dirección a las yurtas fascinados por las aguas azules que brillaban aproximadamente a un kilómetro y medio de distancia. Nos rodeaban los animales tranquilos pastando en la verde explanada, y apuntábamos a las blancas telas de las tiendas nómadas ancladas en mitad de aquel paisaje precioso pero inhóspito, con sus inquilinos dedicados a sus sencillas tareas diarias de proporcionar alimento y cuidar el ganado.

Al asomar la cabeza en una de las yurtas, el sabiamente premeditado y cautivador olor a cebolla frita con repollo y algunas otras especias me enamoró por completo. Los curtidos habitantes de aquél lugar me invitaron a pasar al interior, y sin más preámbulos entablamos una negociación respecto al precio de la estancia, ayudados por los números marcados en una calculadora. De 700 soms por día y persona bajamos a 500 soms –unos ocho euros-. Nos sirvieron té con leche, pan casero y mantequilla casera, por no hacer mudanza en la costumbre. La familia constaba de padre, madre y dos hijos, uno de ellos de veintidós años y el otro de tan solo nueve.

Otros dos hijos más estaban aparentemente en el pueblo, abajo, según interpreté por sus signos. Es posible que nos los hubiésemos cruzado unas horas antes bajando en un todo terreno una yurta desmontada: era tiempo de empezar a dejar las montañas pues venía el invierno. Los días de la familia nómada transcurrían con una monotonía solo interrumpida ocasionalmente por los pocos aventureros que se atrevían a seguir nuestros pasos. Desde luego, en tres días no nos cruzamos con ninguno. No obstante, algunos tomaban el camino fácil y subían alquilando caballos o incluso todo terrenos privados, principalmente hasta otra parte del lago, más accesible por carretera.

Se acercaba la noche y nuestros anfitriones se dispersaron con idea de reunir el ganado: treinta caballos y doce vacas. Nosotros aprovechamos para pisar la orilla del lago justo cuando el sol ya se ponía en una explosión de color entre las nubes y las altas cumbres, con las aguas claras y los sonidos de los animales como única compañía.

Lago Song Kol al atardecer
Lago Song Kol al atardecer

Empezaba a refrescar y regresamos a la yurta principal, donde la familia hacía vida alrededor de la mesa, la comida y, principalmente, de la caldera que les proporcionaba calor con la combustión de la infinidad de boñigas que poblaban la llanura, y que hacían de combustible en una tierra completamente carente de árboles o arbustos.

La mujer recogía boñigas para alimentar el fuego
La mujer recogía boñigas para alimentar el fuego

Al día siguiente, y a falta de conversación ya que no sabían ni una palabra de inglés ni nosotros de la lengua que fuese que ellos hablaban, les enseñé fotos del viaje, que analizaron con un entusiasmo sin igual, como si estuvieran viendo imágenes de otro planeta. Desconocimiento de otras culturas y lugares que les hizo alucinar al ver las muchedumbres de las estaciones de tren en China, la comida de los mercados callejeros en Xinjiang, o los paisajes desérticos de Dunhuang.

El niño pequeño miraba en un mapa dónde estaba situado el Lago Song Kol y Kirguistán respecto al resto del mundo...
El niño pequeño miraba en un mapa dónde estaba situado el Lago Song Kol y Kirguistán respecto al resto del mundo…
El niño y la madre dejan sus quehaceres para ver fotos de China, alucinados
El niño y la madre dejan sus quehaceres para ver fotos de China, alucinados

Había otra yurta justo al lado, donde almacenaban algunas provisiones: unas cuarenta botellas de leche de yegua o vaca fermentando y pescado desecándose. También era pescado del lago Song Kol, pero éste fresco y frito, el que nos pusieron esa misma noche para cenar. Venía acompañado por pan casero, mantequilla casera y té, una vez más. Me pareció que se alimentaban bien por allí: proteínas, hidratos, y a falta de vegetales al menos bebían té y no Coca Cola. Hasta que al día siguiente para desayunar nos sirvieron pan casero, mantequilla casera, té, leche de yegua recién ordeñada y, sorpresa, el pescado frito que sobró de la noche anterior. No hace falta que os diga lo que hubo para almorzar. Para la cena y el desayuno siguientes ya se agotó el pescado, y la mermelada, y las cebollas: solo quedaba pan y mantequilla. Caseras, eso sí.

Entonces me di cuenta de la escasez de recursos y la pobre dieta a la que debía ceñirse, aquella familia, en las altitudes de aquel remoto lugar. La dieta no variaba en absoluto por aquellas montañas. Huelga decir que no había electricidad ni cuarto de baño, que el agua del riachuelo cercano estaba helada y que el supermercado más cercano andaría a muchas decenas de kilómetros de allí. De todos modos, con los 32 euros que iban a ganarse con nosotros dos, podían al menos haber comprado unas cuantas cebollas más de esas que usaron el primer día para embelesarme, los muy nómadas. Se demostró que aquello había sido una artimaña atrapa turistas que funcionaba a la perfección. La otra familia aún conocía su secreto y perdía a los viajeros sin intuir la causa.

La noche la pasamos dentro de la yurta de las provisiones, ausente de cualquier fuente de calor, mientras la familia dormía al calor residual de la estufa en la yurta principal. Ni con sacos de dormir, ni con la gruesa manta, ni con dos o tres capas de ropa, conseguí dormir confortablemente. Demasiado frío. Demasiada altitud también, que hacía que me doliese un poco la cabeza. Surgió la mañana y el sol calentaba nuevamente con fuerza. La vida de la familia continuaba junto al lago Song Kol. Volvieron a repartir las cabezas de ganado en sus lugares de pasto, comenzó la recolección de leche y la laboriosa elaboración de mantequilla, dándole a la manivela de un cacharro de plástico surrealista.

El padre de familia, al que le faltaban algunos dedos de una mano, parecía no realizar tantas labores como el resto de la familia
El padre de familia, al que le faltaban algunos dedos de una mano, parecía no realizar tantas labores como el resto de la familia

Pronto me fui a dar un paseo en solitario por la orilla del lago, apreciando sus aguas cristalinas que dejaban entrever su lecho repleto de piedras. Poco más allá, un grupo de caballos pastaba en total libertad. Me acerqué paulatinamente, paso a paso para que no se asustasen por mi presencia, hasta que tras viente minutos de parsimonioso avance quedé a escasos dos metros de ellos, sintiéndome en comunión con la única vida salvaje visible en la soledad de aquel terreno desolado.

Lago Song Kol
Lago Song Kol. A lo lejos, los caballos pastandoDSC_4346 copia

El niño de nueve años no iría al colegio, pero montaba a caballo con gran habilidad. Sin otros amigos de su edad en aquel paraje donde vivía al menos cinco meses al año, daba rienda a su curiosidad rondándonos sin cesar, examinando todo lo que traíamos en las mochilas con la atención del que ve artefactos de otra galaxia por primera vez en su vida. Era un niño despierto y claramente inteligente, habilidoso y mucho más maduro y responsable para su edad que sus coetáneos europeos.

La segunda noche la pasamos en compañía de un hombre que tenía pinta de Gandalf, el de El Señor de los Anillos. El hombre nos acompañó en la cena y luego vino para la yurta de los invitados, donde durmió junto a nosotros dos. Además del frío y el dolor de cabeza del mal de altura, tuve que soportar unos descomunales ronquidos de este hombre, al que tuve que levantarme a despertar en una ocasión para no volverme loco. Se puso de mala ostia, el hombre, diciéndome cosas que no entendía pero en un tono muy clarificador. Yo imité sus ronquidos y ahí quedó la cosa. Poco dormí también esa segunda noche.

Tras el desayuno, el niño abrazaba a su padre y le daba mil besos mientras éste se dejaba querer, sin prisas por tener que acudir a trabajar, ni por tener que encender el televisor, ni por contestar una llamada de teléfono en un lugar donde ni siquiera existía cobertura móvil. Así pasaban los meses de mayo a noviembre en el lago Song Kol, antes de que las nieves les hicieran bajar en busca de nuevos pastos para su ganado. Hoy he aprendido y conocido otra clase de vida, infinitamente diferente, que viniendo de donde vengo no soportaría por más de dos o tres días, pero que da la impresión de hacer feliz a esta gente, viviendo en familia, prescindiendo del capitalismo, y tomándose las cosas de otra manera.

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