La medina de Fez

La ciudad imperial de Fez es considerada el centro cultural y religioso de Marruecos. Deambular por sus calles empedradas y sus miles de callejones es como viajar en el tiempo: musulmanes enfundados en su chilaba o en su chador, burros cargando mercancías, carnicerías al aire libre, especias, animales vivos, artesanos trabajando el metal, la lana o el cuero… 

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Bab Bou Jeloud, la puerta principal de entrada a la Medina de Fez, vista desde la azotea de un hotel cercano en el que pedí permiso para subir.
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El del centro con la chilaba no es muy marroquí aunque lo parezca.
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La puerta Bab Bou Jeloud tiene un trasiego incesante de toda clase de personas. Es difícil no quedarse embelesado viendo pasar tal amalgama de personajes.

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A través de Bab Bou Jeloud se atisba el minarete de una mezquita y de la Madrasa Bou Inania, cuyo diseño arquitectónico es uno de los más bellos que haya visto jamás.
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El minarete de la izquierda pertenece a la Madrasa Bouanania
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Una pareja de marroquíes dialoga en un mirador con vistas a la Medina, desde una de las montañas circundantes donde existía una fortaleza.

La ciudad me recordaba a Jerusalén, con la que comparte un espíritu milenario que flota en el ambiente y te atrapa en cuanto inhalas la primera bocanada de su esencia. El bullicio oriundo, ajeno al turista aunque en el fondo viva de su presencia, proporciona una experiencia tan intensa que agotaba mis sentidos de tal manera que, tras solo dos o tres horas de circular por su interior, me veía obligado a detenerme y sentarme en algún restaurante a comer o tomar té, o regresar al hotel a descansar. El caminar por allí no es una acción sosegada, pues siempre hay que ir esquivando mujeres que van a comprar, comerciantes, grupos de turistas o alguien corriendo con un carro o un burro cargado de mercancías que pide paso al grito de “¡Balak!¡Balak!”.

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Su medina medieval es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, siendo la medina más grande del mundo, así como la mayor zona peatonal del mundo
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Miles de tiendas, con miles de productos
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Las personas en el interior de la Medina desprendían un atractivo especial, una autenticidad que atrapaba
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Algunos fieles rezan en una mezquita
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En esta calle secundaria (o terciaria) es donde se encontraba mi hotel
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Los Dar son casas tradicionales con un patio central y profusa decoración tradicional. No pasa desapercibido su parecido con la arquitectura andaluza o, más bien, con la influencia que nos dejaron cuando estuvieron aquí. Hay que recordar, también, que tras ser expulsados de Andalucía, muchas familias musulmanas regresaron a la zona del Magreb y, en concreto, a Fez, donde reconstruyeron sus hogares. En la foto, mi hotel: Dar Bouanania
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Fuente tradicional en la Medina
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La modernidad ha llegado a la Medina en forma de antenas de televisión por satélite. Esto hecho se repite en muchas otras zonas pobres del mundo

Es tanto el bullicio en la zona de los mercados que, más que pasear, se lleva a cabo una prueba de eslalon. En las calles principales, donde las tiendas están centradas en los souvenirs para turistas, la mayoría de los excelentes vendedores marroquíes te invitan a pasar a su negocio, uno tras otro, para que veas sus productos. Te lo piden hablando en tu propio idioma: son sorprendentes las habilidades lingüísticas que adquieren en el negocio. En ocasiones puntuales pueden ser demasiado insistentes e incluso molestos, pero la mayoría de las veces cejan en cuanto les indicas que no tienes interés y solo quieres mirar.

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La cultura visual del mercado tampoco es la misma que tenemos en occidente
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También la cultura culinaria. Estando frente a este puesto, alguien le compró al carnicero el cerebro de la vaca, así como la lengua, que fueron extraídas de manera profesional
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Este hombre vendía ajos, simplemente ajos
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Este hombre regenta uno de los puestos de especias más famosos de toda la Medina.
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Este hombre de larga barba vendía garbanzos aderezados con especias picantes. No solo se ofreció con una sonrisa a ser fotografiado, sino que me invitó a probar su producto desinteresadamente

Algunos mercaderes, incluso, se prestan a ser fotografiados. Caso especial es el de los simples trabajadores que conocí en el interior de un viejo, sucio y desordenado caravanserai. Cuando me asomé a mirar el interior de aquella madrasa no sabía lo que encontraría dentro. El piso de abajo estaba vacío, pero cuando miré hacia arriba un hombre misterioso me hizo gestos para que subiera. Subí a través de una empinada y estrecha escalera de altos peldaños hasta el segundo piso, donde aparecieron de repente una docena de pobres trabajadores artesanos, cada uno con su tarea. Unos cosían con una máquina de tiempos pretéritos, otros utilizaban pegamentos de fuertes olores para ensamblar las sandalias que luego se veían por el bazar, otros cortaban el cuero curtido manualmente en el interior de aquella misma Medina, y otros le daban al martillo para montar bolsos con ese mismo cuero. Todos ellos, sencillos y pobres trabajadores con seguridad sobreexplotados, me invitaron a sus respectivos habitáculos, minúsculos hasta la claustrofobia, para que pudiera observar tranquilamente su manera de trabajar.

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Este hombre me hacía conversación en árabe sin que yo entendiera una palabra, y trabajaba con su martillo, babucha a babucha, con una sonrisa en la cara, dándome la sensación de que fuera la persona con el mejor trabajo del mundo
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Estos hombres trabajaban en verdaderos zulos, en ocasiones con irrespirables hedores a pegamentos industriales
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Este muchacho no tendría más de 15 años, y allí estaba pegando tira a tira con aquel pegamiento con seguridad nada saludable

Solo cuando ya me marchaba de aquel lugar, un hombre se acercó a pedir dinero por la visita. Lo miré de mala manera, y uno de los trabajadores que se encontraba en uno de aquellos zulos me dijo con la mirada que no le hiciera el menor caso. El hombre se puso insistente, sin embargo, con que le diera algo de dinero. Le dije que no y cuando empezabamos a bajar las escaleras dejó de seguirnos sin que la situación se pusiera más violenta. Era comprensible, en todo caso, que aquellos pobres diablos intentaran sacar dinero de cualquier manera. Sus productos llenaban el bazar, pero ellos se llevarían un pequeñísimo pellizco por su duro trabajo. Y aún así, eran afortunados: otros tenían trabajos aún peores.

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Las curtidurías, ese si que era un lugar de mierda para trabajar. Literalmente, porque para separar la lana de la piel se utilizan excrementos de animales, así como un surtido de agresivos productos químicos. El hedor del lugar, siendo invierno, era notable. En verano debía ser infernal.
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Aquellos trabajadores se metían en aquellas piscinas para trabajar la piel, con la mierda hasta el cuello
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Aunque para olor a mierda, este desvencijado caravanserai. Aquí separaban la lana de la piel con esos mismos productos químicos y heces animales, quedando el hedor condensado entre las cuatro paredes.
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Los trabajadores del lugar, al vernos interesados, nos ofrecieron enseñarnos con más detalle el lugar. El olor era tan insoportable que preferimos rehusar y seguir nuestro camino. Menuda mierda de trabajos, el de aquellos pobres diablos

Entre los productos comercializados en las distintas calles y bazares de la interminable Medina se puede encontrar cualquier cosa: desde babuchas a trajes de novia, desde especias a cabezas de camello, puestos de comida ambulante, talleres de orfebrería o ferreterías con una amalgama de objetos Made-in-China.

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Antes ya mencioné la Madrasa Bouanania, de una belleza que me recordaba Samarcanda, en Uzbekistán. Decenas de turistas acudían al lugar incesantemente, muchas veces en numerosos grupos organizados y con guía. Nosotros fuimos por nuestra cuenta, tranquilamente. Una pareja que conocimos la noche anterior llegó acompañada por un guía, que no paraba de meterles prisa para que hicieran unas pocas fotos y pudieran seguir el tour. Cinco minutos después ya se habían marchado, mientras que nosotros estuvimos allí, contemplativos, durante más de una hora. Llegada la hora del almuerzo los grupos con sus guías se fueron marchando poco a poco hasta dejarnos solos en aquel recinto maravilloso: una de las mejores experiencias del viaje.

Madrasa Bouanania, atiborrada de visitantes
Madrasa Bouanania, atiborrada de visitantes
Dentro de la Madrasa se puede encontrar esta mezquita
Dentro de la Madrasa se puede encontrar esta mezquita
La decoración dentro de la Madrasa era profusa
La decoración dentro de la Madrasa era profusa
Llego un momento en el que todo el mundo se marchó y nos quedamos solos
Llego un momento en el que todo el mundo se marchó y nos quedamos solos
De entre las tejas crecían algunas hierbas
De entre las tejas crecían algunas hierbas
Medina de Fez, Marruecos
Arcos desde la puerta de entrada a la Madrasa

 

Más bonita todavía, si cabe, me pareció la pequeña Madrasa Al-Attarine, de 700 años de antigüedad. Situada en el corazón de la Medina de Fez, más alejada de la puerta principal y un tanto escondida, recibía muchos menos visitantes, casi todos llevados hasta allí por un guía. Era un lugar que inspiraba a meditar, a dejar volar la imaginación, y a hacer fotografías.

Sin comentarios

  1. Magnificent!! Como el vídeo de U2 que se rodó allí en Fez.

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