Kinosaki Onsen
Kinosaki Onsen

Kinosaki Onsen

Me apetecía saborear una noche en un hotel tradicional japonés, llamados ryokan: suelos de tatami, techos de madera, puertas y armarios con marco de madera y superficie de papel, decoración característica japonesa, y cama en el suelo estilo futón. Estaba en la lista de experiencias ineludibles. Onerosa experiencia, dicho sea de paso.

Tren super molón hacia Kinosakionsen
Tren super molón hacia Kinosakionsen

Según había leído, en la reglamentada y burocrática Japón se toman a mal que te presentes en un hotel sin haber reservado o avisado antes de tu llegada. Son muy apretados los nipones. Así que justo antes de abandonar la estación de tren de Osaka con destino a Kinosaki, mandé un email a un ryokan con mi nombre y hora de llegada, cruzando los dedos para que tuviesen habitación, pues era el más barato del lugar. Cuando tres horas de tren más tarde llegué a Kinosaki, pueblo costero situado junto al Mar del Japón, me encontré con un pueblo en penumbra. Las casas matas en frente de la estación no tenían ninguna luz encendida y el alumbrado público era inexistente, asemejándose a un pueblo fantasma.

Mi hotel tenía inodoros del futuro
Mi hotel tenía inodoros del futuro

Empecé a caminar hacia donde mi mapa prometía más marcha, y después de recorrer 200 metros por mitad de la desierta calle principal del pueblo, me crucé con el primer y único coche visto hasta el momento. Del interior del vehículo surgió una voz al tiempo que pasaba de largo y frenaba. Sería alguien del ryokan que venía a recogerme a la estación, pensé con esperanza, aunque lo intuía demasiado bueno para ser creíble. No obstante, así fue. Según dijo, su establecimiento estaba lleno al completo, pero aún así el buen hombre vino a recogerme para llevarme a otro ryokan vecino donde él prometía haber reservado a mi nombre. Bueno, en realidad era el hotel de su amigote, así que seguro que se llevaría cacho. Aún de camino, dentro del automóvil, le pregunté por el precio. Me puso a prueba pidiéndome 6500¥, precio desorbitado al que puse cara de estar viendo fantasmas -siempre hago lo mismo, funciona-, repliqué que era un poco caro e inmediatamente lo rebajó a 5590¥. Este era el mismo precio que aparecía en mi guía de viaje para el ryokan de mi conductor, el que yo había reservado desde Osaka por e-mail. Unos 43 euros. Encontrar algo mas barato era imposible.

Disfrazado de samurai en pijama
Disfrazado de samurai en pijama

Entramos a las 20:45 en el ryokan, pensando que ya me daría poco tiempo a hacer nada, pero todo lo contrario. A las 21:00 ya estaba instalado en mi habitación, enfundado en mi kimono tradicional japonés y subido a unos incómodos zuecos de madera que molaban muchísimo. De esta guisa, con barbas de dos semanas y disfrazado de samurai en pijama, me disponía a salir en busca de un onsen: baños termales japoneses, cuya entrada estaba incluida mediante una tarjeta que proporcionaban en el ryokan. Existen 9 onsen en Kinosaki, todos públicos, y a todos podía ir yo con mi pase colgado al cuello. Me sentía como un niño con zuecos nuevos, todo éxtasis.

Cerraban alrededor de las 23:00, por lo que aún me quedaban un par de horas por delante para meterme en remojo, pensé ingenuamente. Me dirigí al más cercano, en cuyo interior encontré a un único japonés, que se fue inmediatamente. Yo no tenía mucha idea sobre cómo proceder, pero había leído que lo primero era despelotarse y ducharse. Con ese fin podían verse unos taburetes de plástico enanos, de unos 25cm de altura, justo enfrente de una alcachofa de ducha y varios botes de champú y gel. La piscina de aguas terminales estaba situada en el centro, conformando una especie de estanque natural entre rocas auténticas, aunque obviamente emplazadas ahí por el hombre. La habitación, cerrada al exterior, se inundaba del vapor de las aguas termales creando un asfixiante efecto sauna.

Entrada al onsen principal del pueblo
Entrada al onsen principal del pueblo

El agua en teoría sale naturalmente caliente desde dentro de la tierra. Y vaya si estaba caliente: no tarde más de 20 segundos en salirme. Es más, no llegué a introducirme del todo, de tanto que quemaba la maldita. En ese momento vi que fuera, a cielo abierto, había otro baño, éste más pequeño y de madera, como un barreño grande, de metro y medio de diámetro aproximadamente.

Interior de un onsen
Interior de un onsen

El agua estaba igual de ardiente, pero al situarse al aire libre y ser la noche un poco fresca, se podía soportar unos minutos, no sin suspirar de cuando en cuando. Cuatro o cinco minutos en remojo y ya estaba el corazón palpitando a mucha más velocidad de lo aconsejable. Al salirme del barreño y ponerme de pie me atacaban una serie de mareos, nublándose la vista y flaqueando las piernas. Este síntoma me asaltó todas y cada una de las veces que me bañe en los distintos onsen, así que concluí que sería algo normal causado por las extremas condiciones de calor a las que se somete el cuerpo humano allí dentro.

Así que allí estaba yo, tan tranquilo, abandonado en mi barreño de madera, pensando en que uno igual quería yo plantar en mi futura casa, tan rodeado de plantas y piedras en aquella hipnotizadora ubicación bajo la silenciosa noche estrellada. Cada par de minutos el silencio era secuestrado por una pequeña catarata artificial, cuya agua se deslizaba durante unos segundos sobre la superficie de una negruzca pared de piedras redondeadas. La paz duró hasta el advenimiento de un japonés evidentemente afeminado, que sin mediar palabra se introdujo en el nimio barreño conmigo. Huelga decir que allí estábamos los dos en pelotas. Allí aguante mi par de minutos de rigor junto al japonés, en el que era ya mi segunda inmersión en el diminuto barreño, manteniendo con el susodicho una conversación en inglés digna de cualquier encuentro en ascensor.

Cansado de agua, decidí que era hora de buscar sitio para yantar. A esas horas tardías no iba a ser sencillo, más aún cuando la parte turística del pueblo no era más que una calle medio desierta. Estaba, la calle, flanqueada por casas de madera y ladrillo de dos o tres plantas, de estilo marcadamente japonés en su mayoría, donde aparentemente la totalidad de los locales ya se encontraban cerrados. Regrese al hostal, recuperé mi ropa de extranjero, y le inquirí con gestos al encargado -el hombre no se atrevía ni con el hello-, a quién había que matar allí para echarse algo a la tripa. Me acompañó hasta un lugar cercano que desde el exterior cualquiera ignoraría dándolo por cerrado, entró, y le dijo algo en japonés a un chaval joven. Al minuto estaba ya sentado en su bonito restaurante estilo japonés, con su tatami, mesas bajas y cojines para sentarse.

Del menú me llamó la atención un plato que era básico en su contenido pero llamativo en sus formas. Arroz con salsa de tomate, ajo y cebolla, y sobre esto, una tortilla con una extraña salsa, queso y algunas hierbas aromáticas. Pintaba bien, sabía mejor, y además era barato: 6€. Por propia iniciativa, el dueño apagó la telenovela ñoña que veía en televisión y la cambió por música jazz expresamente para mí, que era el único cliente. Mientras me deleitaba con la comida no cejaba de moverme y tamborilear al ritmo de la misma, disfrutando cada bocado aliñado con pimienta, salsa de soja y jazz.

Tortillón
Tortillón

Terminé con el rancho, volví a enfundarme en mis atuendos de samurai ocioso, y me dirigí a otro onsen diferente. En éste había mas gente, tres o cuatro japoneses, de los que aprendí finalmente cómo comportarse en el establecimiento. La primera lección giraba entorno a la ducha, poniendo el trasero desnudo en el mini taburete donde miles de japoneses antes que tú ya habrían refregado sus culos y hemorroides. Nada de hacerlo de pie como procedí yo la primera vez, ignorante de tan elevadas costumbres. La segunda es que no hay quien aguante metido en el agua más de 5 minutos, ni siquiera ellos, bien curtidos y hervidos tras años de ir dejando vello púbico por onsens a lo largo y ancho del archipiélago japonés. Sí, largos vellos púbicos flotantes, sin posibilidad alguna de evitarlos.

Kinosaki Onsen
Kinosaki Onsen

En éste recinto, el diseño era básicamente el mismo, con estanque interior cerrado y efecto sauna; junto a otro baño exterior, en esta ocasión de piedra y bastante grande, con su respectiva catarata de aguas fluyentes a lo largo de una nueva pared de piedras. Allí echaban el rato un par de chavales jóvenes y otro par de señores mayores, que no parecían prestar mucha atención a la presencia foránea. Solo alguna breve mirada y sonrisa nerviosa del tipo: “mira el extranjero, que gracioso”. Conversar con ellos en inglés era directamente imposible, lo digo porque lo intenté.

Como dije, no aguanté mucho en remojo, agotado en cuestión de minutos ante semejante bofetada calorífica. Es como la playa, que cansa. Gracias a unas básculas gratuitas situadas en la zona de las taquillas pude comprobar que en cada baño perdía entre 250 y 300 gramos de peso. Lo mejor era hidratarme bien y acostarme antes de que me diera un chungo. Agotado, en cuestión de minutos me tumbaba sobre mi futón, soñando con dibujitos manga.

Tirando con la escopetilla, en kimono
Tirando con la escopetilla, en kimono

Al día siguiente puse pie en la calle principal, donde se encuentran la mayoría de los ryokan y onsen del pueblo. Los turistas japoneses paseaban enfundados en sus kimonos y sus zancos de madera, figurando yo como uno más también siguiendo la uniformidad, aunque constaba como el único extranjero. Las tiendas de souvenirs se reproducían por doquier, acompañados por dos o tres recreativos con escopetillas de aire comprimido, tragaperras, y otro tipo de maquinas donde los japoneses enfundados en kimonos se sentaban a gastarse las perras en una imagen absurdamente cómica. Yo alucinaba mirándolos mientras me preguntaba por qué. Para olvidarse de sus extenuantes vidas de esclavos laborales, imagino.

Por la mañana acudí a un nuevo onsen, aun similar a los anteriores, éste era el más grande y famoso del pueblo por lo que pude entender. Aguanté una vez más, estoico bajo las aguas, y regresé al hotel para despedirme. Justo antes de abandonar mi habitación tocaron a la puerta. Entró el chico del restaurante donde cene la noche anterior, ¡me traía tres discos compactos con el jazz que sonó la noche anterior! Detallista al extremo, debió percatarse de lo mucho que disfruté con la música, cosa que agradecí inmensamente.

A continuación, en la recepción me advirtieron de la salida del tren hacia Kyoto a las 10:35, para lo que aún faltaba media hora; por tanto, me decidí a tomarlo, pero sin prisas ni presiones: si no llegaba a tiempo, ya cogería el siguiente fuera cuando fuese. La sorpresa fue cuando al salir advertí un coche arrancado esperándome para trasladarme a la estación de tren. No obstante, amablemente lo rechacé pues deseaba recorrer el pueblo a pie, hacer algunas fotos y quizá comprar unos zancos de madera en caso de encontrar algunos de mi agrado -cosa que no sucedió hasta que llegué a Tokyo varios días después-. El hombre me preguntó que si no iba a ser mucho caminar con la mochila a cuestas. Si supieras lo que llevo ya andado, pensé yo.

Zuecos a la puerta de la estación de tren
Zuecos a la puerta de la estación de tren

Paré demasiadas veces por el camino disparando fotografías y preguntando por los zancos, me perdí en un par de ocasiones para luego deshacer mis pasos un par de kilómetros. Dieron las 10:35 justo cuando enfilaba la estación a lo lejos. Sin aflojar el paso pese al sol castigador, sudaba una barbaridad, ya deshidratado tras tanto baño termal. Crucé la puerta de la pequeña estación a las 10:38, e inmediatamente vi un tren justo al otro lado de las vías. Grité: “¡¿Kyoto?!” y los tres trabajadores junto a la puerta de entrada al andén pronunciaron palabras ininteligibles, empezaron a moverse agitadamente, y uno gritaba algo en dirección al tren. Entendí que ese tren era el mío, y se disponía a partir sin dilación. Mientras corría hacia el torno que daba paso al andén, con una mano guardaba la cámara en la mochila mientras con la otra abría la cremallera del bolsillo buscando el abono semanal de trenes, que el encargado ni siquiera miró cuando se lo puse delante de las narices, pues éste prácticamente me empujaba a correr. La puntualidad de los trenes en Japón es casi un asunto de estado: no se iban a parar a esperarme a mí. En Japón, como ya os relaté anteriormente, las reglas son las reglas, sin excepciones.

Crucé a través del paso elevado subiendo escalones de tres en tres, como una exhalación, para luego bajar el tramo de escaleras del otro lado en dos saltos. Como alma que lleva el diablo, sobrevolé sus veinte escalones como si no llevase mochila a la espalda, justo cuando sonaba el pitido que indica la inminente clausura de puertas y salida del tren. Tuve el tiempo justo para colarme en el primer vagón, ya tendría tiempo de buscar el vagón que me correspondía.

El tren tardó dos segundos en empezar a rodar, concluyendo así un período de escasas catorce horas, inolvidables, durante las que disfruté como un enano y todo salió redondo. El pasado y el presente se alejaban ahora difusos bajo una explosiva mezcla de adrenalina y endorfinas, propulsándome a su vez en dirección a un prometedor futuro plagado de aventuras en el que todo empezaría nuevamente de cero.

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