Khiva, ciudad de esclavos

Muchos somos esclavos de la ciudad, atados a un trabajo que no nos gusta, con un sueldo nimio que no alcanza para saldar las deudas contraídas por los deseos de lograr el sueño capitalista, inoculado por los que nos quieren manipular, que son precisamente los que no tienen estos problemas. Hoy estoy en la ciudad de Khiva, erigida entre desiertos en el siglo VIII y punto itinerante de la Ruta de la Seda. A raíz de un pequeño pozo surgida, llegó a ser la capital de la región alrededor del año 1592, siendo famosa en esa época por su famoso mercado de esclavos.

Vista de Khiva, Uzbekistán
Vista de Khiva, Uzbekistán

Comerciantes sin estrella que pasaban por la Ruta de la Seda, rusos que venían a explorar, soldados que perdían sus batallas o simples campesinos de mala fortuna, todos ellos cayeron en manos de las despiadadas tribus nómadas que habitaban los desiertos de Turkmenistán y las estepas de Kazajistán, gentes en parte descendientes del imperio mongol de Gengis Khan, salvajes sin empatía para los que arrasar otras vidas sería una rutina consuetudinaria. Los pobres desgraciados terminaban entre las murallas de Khiva para ser vendidos como esclavos al mejor postor: mera carne humana. Los que hayan visto la serie de televisión “Juego de Tronos” tendrán en su mente una idea de la ciudad de esclavos, que estoy convencido que encontró su inspiración en este lugar.

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En la puerta Este de las murallas era donde se exponían los esclavos para ser vendidos en claustrofóbicos huecos en la pared. Personas encadenadas, días atrás libres, se encontrarían allí sin vislumbrar su destino inmediato, pero con la certeza de que sería lamentablemente malo. Temblando de miedo se harían sus necesidades encima, y acabadas sus lágrimas se acordarían de sus seres queridos, probablemente muertos si no estaban allí también para ser vendidos. Nunca volverían a ver sus casas, ni a disfrutar una buena comida, ni a permitirse descansar si se ponían enfermos, bajo pena de morir degollados sin la más mínima compasión.

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La ciudad, a parte de su historia, es impactante, decenas de madrazas y mezquitas, media docena de deslumbrantes minaretes y multitud de museos mostrando el rico pasado de la región, que en su día fue una potencia mundial. Las vistas desde la atalaya de la fortaleza del Khan son sin duda de las más inolvidables que he tenido la fortuna de experimentar, a lo largo de un lento anochecer que cambiaba la ciudad de colores amarillentos a rojizos, cubriendo de sombras y contrastes el pequeño recinto de barro y ladrillo.

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Khiva era una ciudad de esclavos, no de esclavos de ciudad como nosotros, sino de otra razón mucho más penosa e inquebrantable. Por suerte, nosotros tenemos libertad para quebrar esas cadenas, o al menos romper unas cuantas de las muchas con las que nos han ido cargando subrepticiamente hasta amenazar nuestra libertad sin que notásemos el contacto de su frío hierro.

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Por otro lado, aún en muchas zonas del planeta existe la esclavitud, igual que la de Khiva pero sin tanta pomposidad peliculera, siendo la de ahora una esclavitud que se quiere ocultar a nuestros ojos pero igualmente despiadada. Los que cosen nuestra ropa en Bangladesh; los que fabrican nuestros iPhone en China; las prostitutas rumanas de cualquier madrugada en cualquier ciudad de España; los africanos que rebuscan el coltán para fabricar tu ordenador portátil, o diamantes para decorar ese bonito anillo que le vas a regalar a tu novia; los que se meten en la mina en Sudamérica; los que son obligados a empuñar un fusil y partir a matar al que está en frente en tantas y tantas guerras; los niños apresados por las mafias que rebuscan en la basura o piden dinero en India; y así se podría seguir, si se tuviera más información de la que yo dispongo en mi memoria.

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Interior de una mezquita, Khiva

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Lo que mi imaginación ha recreado en Khiva me hace apiadarme de millones de personas cuyas vidas, hoy día y en distintos lugares del planeta, está cogida por las pinzas de la miseria y la injusticia. Hablo de muchos millones de personas que no tienen ni mi suerte ni la tuya.

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