Isla de Ometepe, Nicaragua

Nicaragua es probablemente el país de Centroamérica donde más a gusto me sentí. Una de las principales razones es que aún no ha caído en las garras del turismo de masas, y es posible descubrir lugares como Ometepe, con rincones aún ajenos a la vorágine globalizadora de experiencias. En Costa Rica, por ejemplo, fuese uno donde fuera siempre le ofrecían hacer tirolina por aquí, rafting por allá, tours guiados al parque natural de turno por el otro lado. Siempre lo mismo, muy poco original, además de sobre preciado y masificado.

Visión de la Isla de Ometepe y sus dos volcanes, Concepción y Maderas, en mitad del Lago Nicaragua
Visión de la Isla de Ometepe y sus dos volcanes, Concepción y Maderas, en mitad del Lago Nicaragua

Nicaragua no era así. La gente del país conserva toda su espontaneidad y simpatía, su amabilidad con el extranjero y su curiosidad por conversar con el forastero. Me sentí especialmente reconfortado al visitar las realidad de los pueblos más pequeños, pues las grandes ciudades como León o Granada eran los principales destinos turísticos y, como buenas ciudades que eran, tienden a perder el espíritu de comunidad en pos del demonio del consumismo, la competitividad y el dinero a toda costa.

Llegando a la isla
Llegando a la isla
Piloto de ferry
Piloto de ferry

Los pueblos que visité no es que se encontrasen en zonas remotas. Para nada. Por el poco tiempo del que dispuse en Nicaragua en pocas ocasiones pude salir de los lugares más turísticos. No obstante, en la Isla de Ometepe, tuve el acierto de decidir caminar y conocer, interactuar en cada calle con cada persona que me encontrase, aprovechar que compartíamos idioma para preguntarles por mil y un detalles. Conocer cómo era su vida, y responderles a todas sus preguntas sobre cómo era la mía.

Llegué a Moyogalpa, pueblo donde arriba el ferry que va a la isla, durante las fiestas patronales
Llegué a Moyogalpa, pueblo donde arriba el ferry que va a la isla, durante las fiestas patronales

Moyogalpa

Tirando cohetes para celebrar las fiestas
Tirando cohetes para celebrar las fiestas

Conocí a Eli en el bus durante la primera excursión por Ometepe. Tiene 66 años, tres bisnietos y ocho nietos, de tres hijos. Vive de la agricultura, y viene de Rivas, la ciudad de importancia más cercana pero fuera de la isla, de comprar semillas de sandía. “En la zona que se cultiva de todo”, me decía, “no hace falta importar nada: frijoles, maíz, arroz, plátano, café, frutales…”. Sin duda, la tierra volcánica es fértil. Como si por venir de fuera pudiera traer nueva información, me pregunta qué sé sobre el proyecto del canal de Nicaragua, sobre el cual casualmente pude ofrecerle algunas novedades interesantes. Pronto comienza, sin haber tenido que animarle, a hablar de política y a criticar a los poderosos que no se preocupan por el pueblo. Criticó el capitalismo de amigüetes, así como también a Hugo Chávez y lo que está pasando en Venezuela, cuando pasamos junto a un edificio con el retrato del difunto dirigente venezolano pintado en la fachada. Me pregunta por España y su situación económica, aunque admite que él nunca ha salido de Nicaragua y que, de hecho, apenas conoce su propio país. Sus manos están llenas de arrugas y durezas de tantos años trabajando el campo.

Eli, al llegar a Altagracia
Eli, al llegar a Altagracia
Las manos de Eli
Las manos de Eli

Esperando el siguiente bus conozco a Joel, que posa sin darse cuenta apoyado en un cable metálico. Me comenta que trabajaba en Costa Rica en la construcción, ya que los salarios allí son mayores, pero que prefiere Nicaragua porque está con su gente y en su tierra de Ometepe. No hablamos mucho más en ese momento, pero le doy mi número de WhatsApp para poder enviarle la fotografía posteriormente. Días más tarde me contactará y le mandaré la foto, y también hablaremos de sus ilusiones de montar una empresa y comprarse una camioneta.

Joel Ometepe

Joel ayuda a un amigo a lavarse las manos
Joel ayuda a un amigo a lavarse las manos

Unas mujeres que lavan ropa en el río se ríen cuando les digo que me gustaría tomarles una foto. Antes les había preguntado por el “Ojo de Agua”, una piscina alimentada por un río y enclavada en mitad de la naturaleza: lugar turístico predilecto. Aunque no necesitaba de la indicación, sirvió perfectamente para romper el hielo. Les afirmo que le enseñaré la foto a mi abuela, porque ella siempre me cuenta que cuando era niña también lavaba la ropa a mano en el río. Les resulta graciosa la anécdota y siguen preguntándome de dónde soy y cómo me llamo, y de seguido hablamos de lo interesante que es viajar y conocer gente de otros lugares. Conversamos un buen rato y me preguntan curiosidades de por dónde viajo y qué haré después. Yo también empiezo mi ronda inquisitoria. Dicen ir a lavar allí todos los días, pero debido a la cantidad de ropa que acumulan no sé si lo hacen por trabajo o por ocupaciones familiares. En el fragor del diálogo se me olvida preguntarles. No se inmutan cuando les tomo unas fotos, como si fuera modelos profesionales, aunque de vez en cuando se les escapa la risa floja. Una de ellas lleva una fiambrera de arroz frito que vierte en la alberca para atraer a los peces, con la aparente intención de que yo les haga fotos cuando se arremolinan para dar cuenta de la comida. Comida que, mezclada con el detergente con el que lavan la ropa, no entiendo como no afecta a la salud de los animales. El agua, que les llega por la cintura, mantiene una deliciosa temperatura y se dice que tiene propiedades medicinales.

lavando ropa

lavando ropa

lavando ropa

lavando ropa

Regresando en autobús de ese primer día de excursión, me siento junto a Francisco, un joven de 17 años con el que converso algo más de media hora. Me cuenta que estudia contabilidad entre semana en la isla y administración turística en una universidad de Rivas. No obstante, como debe ayudar a su familia en las labores del campo para conseguir dinero, sólo acudía a sus estudios los sábados, el día completo. Me comenta que ese trayecto era bastante caro y suponía un esfuerzo económico importante, pues había de tomar un ferry para salir de la Isla de Ometepe y luego transportes de carretera para llegar a la facultad. En total, unas 500 córdobas -16€- cada día que iba a estudiar. Tenía suerte, me informa, de que sus padres le ayudaban con la matrícula, que supone unos 34€ más cada mes. Vive Francisco en un pueblecito llamado Los Ángeles, a unos seis kilómetros de Moyagalpa, donde yo me hospedaba. Allí ayuda a su padre en las tareas ganaderas con las que se ganan la vida en un terreno que tienen cerca del pueblo, con diez vacas, cinco terneros y tres caballos. Son seis hermanos, tres hombres y tres mujeres, con edades comprendidas entre los 12 y los 24 años. Su hermano mayor, el de 24, ya tiene un bebé de un año. Las menores son niñas, que no trabajan, aunque la mayor de ellas dice que trabaja en “sus cosas”. Dice que su objetivo es aprender mejor inglés, pues estudia Administración Turística en la universidad y así se lo exigen, pero que se siente tímido cuando llega la hora de hablarlo y no practica. Sin embargo, parece muy desinhibido y me habla mirándome a los ojos con una confianza inusual para alguien de su edad que habla con un extranjero en un lugar público. No tiene acceso a Internet en su casa, y en su smartphone sólo dispone de algunos megas cuando le recarga dinero, lo cual es algo esporádico. No obstante, de vez en cuando tiene acceso a wifi y entonces entra en Facebook o Instagram entre otras redes sociales.

Ojo de Agua
Ojo de Agua

Al día siguiente era el día nacional de Nicaragua, 19 de Julio, celebrando la victoria de los sandinistas sobre la dictadura de la familia Somoza. No había transporte público por la isla, así que hago autostop hasta el poblado donde vivía Francisco, al ser el más cercano. Allí conozco, nada más bajarme, a un hombre de mi edad apoyado junto a la pared de una pequeña “pulpería” junto a la carretera. Justo detrás estaba su rudimentaria casa, en la que vive con su familia. Pronto llega su sobrino, que juguetea con un chupa-chups y ronda la cámara con evidente interés en que le saque fotografías. No le decepciono. Me hace mil preguntas sobre mi procedencia y me historia de vida, que le voy respondiendo con gusto mientras ganamos confianza. Sentado varios metros más allá, frente a la entrada de la casa, el abuelo de la familia parte tamarindos, una especie de frutos secos de los que extrae las semillas. Me muestra su casa, donde en la cocina aún hay un tronco de madera aún ardiendo. En el patio tiene un par de cerdos, la cerda está embarazada, y algunos patos corretean de aquí para allá saltando un hilo de agua cuya procedencia desconozco. En mitad del patio, en un hueco excavado en la tierra, se sitúa una caseta de madera que hace las veces de cuarto de baño, con un cajón de madera haciendo las veces de inodoro. Antes de irme, me invitan a un jugo -así llaman por aquí a los zumos- de jamaica -una flor-.

Los Angeles

Los Angeles

La puerca embarazada
La puerca embarazada
Pelando tamarindos
Pelando tamarindos
Otro de los hijos del abuelo
Otro de los hijos del abuelo
Escena constante en el pueblo de Los Ángeles
Escena constante en el pueblo de Los Ángeles

Poco después de despedirme, ya en el camino de vuelta, escucho el trotar de un caballo detrás mía. Es Francisco, que me grita desde lejos: “¡Juan!”. Venía en su caballo camino de vuelta a la finca familiar. Pocos días después me agrega a Facebook y desde entonces hablamos de vez en cuando para contarnos cómo nos va.

Francisco
Francisco

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