Comerciante palestino en el bazar de Hebrón

Hebrón, ciudad sitiada

“Sobre nuestras cabezas, unas redes metálicas se amarraban de pared a pared frenando los ataques directos de los colonos, que arrojaban piedras sobre los viandantes palestinos: hasta tal punto llegaba su hostilidad”.

Era Sabbath, e Israel se encontraba parado, cerrado, dormido y postergado hasta el Domingo. Como en Cisjordania, Palestina, eran árabes y no hacían caso de aquello del Sabbath, se ofrecía como el destino perfecto para tal día. Belén era un agradable paseo, un destino cercano, tranquilo y habitual para todo turista que pone sus pies en Jerusalén. Pero Hebrón eran palabras mayores. Era y es el punto de Cisjordania donde se reproducen con más crudeza las tensiones y la violencia, por ser un lugar sagrado tanto para los musulmanes como para los judíos.

Palestino en Hebrón, con una calle cortada justo a su espalda
Palestino en Hebrón, con una calle cortada justo a su espalda
Palestinos en el bazar de Hebrón
Palestinos en el bazar de Hebrón
Comerciante palestino en el bazar de Hebrón
Comerciante palestino en el bazar de Hebrón

Cruzamos el borde fronterizo hacia Palestina, a través del vertiginoso muro de cemento perimétrico que aísla Cisjordania separándola artificiosamente de Israel. Pasamos el control militar israelí sin ninguna dificultad: abandonar Israel no suponía ningún problema, éstos solo surgían al intentar regresar. Allí, al otro lado del muro, nos encontramos con las primeras calles de Belén y un cúmulo de viejos taxis amarillos aguardando en una explanada, con sus conductores conversando relajadamente, ensimismados. En cuanto vieron aparecer a una rubia, un mulato y un blanquito, un grupo de ellos se nos aproximó alborotado, a la carrera, lanzando gritos desde lejos. Indagaban sobre nuestro destino de una manera terriblemente insistente, prestos a desanimarnos para que recurriésemos a sus servicios, persiguiéndonos sin dejarnos avanzar. Pretendían conseguir por todos los medios que nos subiéramos en sus taxis hacia cualquier parte del mundo que se nos antojase, sacarse el jornal del día -o de varios- a costa del extranjero.

El muro separador visto desde el lado Israelí, cerca de Belén
El muro separador visto desde el lado Israelí, cerca de Belén

Lo tenían complicado porque hacía un instante, el conductor de autobús israelí que nos había llevado desde Jerusalén hasta aquel check-point, nos había informado de la existencia de taxis compartidos en dirección a Hebrón que salían desde allí mismo y que costaban tan solo 9 shekels por persona -unos 2 euros-. Sin embargo, no advertí nada parecido a un taxi compartido en las cercanías, así como ningún otro transeúnte, ni ningún comercio, ni nadie a quien preguntar que no fuese alguno de aquellos taxistas avariciosos.

Un pueblo indeterminado, en Palestina
Un pueblo indeterminado, en Palestina

− Queremos ir a Hebrón -contesté-, pero vamos a ir en uno de los taxis compartidos.
− Hoy es sábado y no hay transporte público a Hebrón -argumentó uno de los taxistas palestinos, al cual no creí porque el Sabbath era festividad únicamente para los judíos. Seguimos caminando hacia ninguna parte, alejándonos de los taxis pero siendo perseguidos por una turba de taxistas.
− ¿Queréis parad un momento y hablamos? De verdad, ¡que no hay transporte público! -exclamaban unos y otros.
− Tenéis que ir al centro de Belén, que está a unos 6 kilómetros de aquí, ¡yo os llevo! -se ofrecía el siguiente.
− Pues caminaremos hasta allí -fue mi respuesta.
−¿Caminar? ¡Imposible! -nos desanimaba otro, visiblemente molesto por nuestra actitud ahorrativa, poco esperada proviniendo de un occidental.
− ¡Pero parad! -insistió otro de los taxistas, bastante malhumorado. Paré a escuchar-. Yo os llevo a Hebrón por 200 shekels -unos 42 euros-, y luego os traigo de vuelta a Belén, os enseño el muro de los graffitis y os dejo en la Iglesia de la Natividad.

Un niño trabajando en un puesto de churros en el bazar de Hebrón. Los churros no son cosa solo de españoles... seguramente nos viene de los árabes
Un niño trabajando en un puesto de churros en el bazar de Hebrón. Los churros no son cosa solo de españoles… seguramente nos viene de los árabes

En un principio accedimos a ir con este último hasta el centro de Belén, con idea de buscar allí transporte público hasta Hebrón. Pero una vez estuvimos todos sentados en su taxi con las puertas cerradas, el taxista, ya más calmado y amable, comenzó un discurso convincente argumentando sus razones para llevarnos hasta Hebrón. Finalmente accedimos a viajar en su taxi amarillo: sería más rápido y eficaz contar con un guía en la ciudad.

Nuestro joven conductor, Mohammed, resultó ser un profesor de árabe de treinta y pocos años, licenciado en una Universidad palestina. Ejercía de taxista por pura necesidad, al no disfrutar de oportunidades laborales en Cisjordania y verse obligado a mantener a su mujer y sus dos hijas de corta edad. Hablaba inglés bastante bien, y nos amenizó el trayecto de 36 kilómetros con información interesantes. Definió primero la estrategia israelí de colonización, que según él comenzaba con la instalación de insignificantes contenedores metálicos y alguna caseta. Luego, esas instalaciones rudimentarias comenzaban a cambiarse por edificaciones permanentes, para posteriormente vallar el perímetro y asentar colonos, armándolos y reclamando el terreno como propiedad israelí. Lo hacían argumentando paradójicas razones de seguridad personal de esos mismos ciudadanos a los que acababan de instalar allí -ilegalmente, según proclama la resolución 465 del Consejo de Seguridad de la ONU-.

"Una colonia israelí", avisó Mohammed señalando a ese núcleo de casas. Las colonias siempre estaban en terreno elevado, en la cima de alguna colina.
“Una colonia israelí”, avisó Mohammed señalando a ese núcleo de casas. Las colonias siempre estaban en terreno elevado, en la cima de alguna colina.

Cortaban, de paso, el territorio Palestino en innumerables parches de dominio y población judía. Las carreteras también eran propiedad israelí, y eran numerosas las torres de control hechas de hormigón que se elevaban cinco o seis metros sobre el suelo, con una banda de cristales tintados que impedían atisbar los vigilantes de su interior. Allá donde había una torre, también había un pequeño recinto amurallado con bidones de suministros, diseñados como puntos de control y de avanzadilla en caso de necesidad del ejército, así como para proteger a los vehículos israelíes que iba yendo y viniendo, desde o hacia, los territorios ocupados diseminados por la región.

Banderas palestinas ondean orgullosas en Cisjordania
Banderas palestinas ondean orgullosas en Cisjordania
Vista de las calles de Hebrón desde el taxi
Vista de las calles de Hebrón desde el taxi

En una de esas mismas carreteras, 12 días después, secuestrarían y asesinarían a tres adolescentes ultraortodoxos judíos. Israel acusó inmediatamente a Hamás y a Abbas, pero parece ser que los asesinatos de esos tres colonos ocurrió a manos de personas que nada tenían que ver con dichos grupos, como luego admitió la misma policía israelí. En todo caso, sus muertes, acalladas durante varios días para aprovechar la excusa y mantener así las acciones de represión, detención y derribo de viviendas palestinas en Hebrón, encendió la mecha de la escalada de violencia que posteriormente desembocaría en la operación “Margen Protector”, y que trajo consigo la muerte de miles de palestinos inocentes en Gaza.

Vista elevada de Hebrón
Vista elevada de Hebrón

“Eso es un campo de refugiados”, comentó Mohammed mientras apuntaba hacia el lado que quedaba a la izquierda de la carretera. “¡Un campo de refugiados!”, pensé, imaginando tiendas de campaña de Naciones Unidas, cajas de alimentos, bidones cisterna repartiendo agua. No obstante, lo que allí veía era una aglomeración de casas perfectamente normal. Construcciones rudimentarias de paredes blancas, apiladas una sobre otra a lo largo de la pendiente de la colina donde se situaban. Hacía tantos años -principalmente desde la Guerra de los Seis Días en 1967- que los palestinos expulsados se habían asentado allí, que ya habían transformado los iniciales campos de refugiados en auténticos poblados. A simple vista nada indicaba que aquello fuese un lugar diferente de cualquier otro pueblo palestino: la lucha por la supervivencia había convertido en hogar lo que en principio solo fue precariedad. Eso sí, la gente que recomenzó su vida en aquellos campos de refugiados, expulsada por los israelíes de sus hogares en Jerusalén y otros enclaves palestinos, lo hizo empezando desde cero, sin nada, y aún mantenían una vida de subsistencia. Desde la más absoluta frustración, desde la nada, abandonaron su hogar, sus posesiones y sus trabajos en una tierra que ya no les pertenecía más y a la que no tenían derecho a regresar.

Nuestro taxista seguía hablando, ahora sobre la pobreza patente para muchos palestinos, que aguantaban condiciones laborales miserables como la suya pese a tener buena formación y conocimientos, mientras que otros conciudadanos palestinos, quizá mafiosos, ladrones o narcotraficantes, quizá relacionados con la corrupción política, eran asquerosamente ricos y se paseaban con sus vehículos de alta gama por las mismas calles de Cisjordania que veían a diario la miseria de otros conciudadanos. La desigualdad solo era otra fuente de frustración, odio y violencia. Otra más.

Calles de Hebrón. Un cartel anuncia la dirección hacia la Mezquita de Ibrahim.
Calles de Hebrón. Un cartel anuncia la dirección hacia la Mezquita de Ibrahim.

Llegados a Hebrón encontramos una ciudad razonablemente moderna, normal, nada diferente a lo observado minutos antes en Belén, o días atrás en Ramala. Nos dirigíamos hacia el principal destino turístico de la ciudad, que a la vez era el principal lugar de polémica: la Tumba de los Patriarcas o Mezquita de Ibrahim, según cuál de los bandos la mencionase. Algunos carteles colgaban de farolas por las calles anunciando la dirección hacia la Mezquita de Ibrahim con flechas. Sin embargo, el taxi comenzó a callejear, subiendo empinadas calles secundarias, alejándose de la carretera principal, introduciéndonos en barrios depauperados. Por un momento el instinto del miedo lanzó un mensaje de aviso: “esto no es normal, a ver si os van a secuestrar”.

Vista por uno de los callejones de Hebrón por los que nos metió el taxi
Vista por uno de los callejones de Hebrón por los que nos metió el taxi

Lo interioricé en silencio mientras observaba atentamente el semblante de Mohammed, los callejones y el paisaje de casas que se extendía bajo nosotros una vez subimos a lo alto de la cima de una colina. Comenzamos a descender a la llanura y, en una calle con pronunciada pendiente, aparcó su coche a la par que éramos asaltados por un adolescente que nos quería vender pulseritas para turistas. Eso significaba que ya debíamos estar cerca de la Mezquita.

Justo al lado encontramos un edificio de piedra y buena planta, aparentemente vacío, que resultó tener en su fachada un cartel de "Cooperación Española". http://www.elmundo.es/elmundo/2007/05/30/solidaridad/1180549472.html
Justo al lado encontramos un edificio de piedra y buena planta, aparentemente vacío, que resultó tener en su fachada un cartel de “Cooperación Española”. http://www.elmundo.es/elmundo/2007/05/30/solidaridad/1180549472.html

Bajamos la pendiente hasta meternos por un callejón estrecho y aparecer dentro de un bazar abovedado. Suelo empedrado, paredes desconchadas, puertas de hierro oxidadas y cerradas en su mayoría, una madeja de cables entrecruzándose por el techo. Algunos puestos vendían frutas y verduras, pasteles, productos de droguería o bisutería; otras veces, detrás de las puertas, se escondían zapaterías o ferreterías. El taxista nos acompañaba, explicándonos que desde que los colonos judíos extremistas llegaron a Hebrón, los puestos se fueron reduciendo progresivamente a causa de sus ataques, los comerciantes empezaron a marcharse, y ahora sólo unos pocos valientes se atrevían a abrir los fines de semana.

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Inicio del bazar
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Un zapatero trabaja en un pequeño local del bazar

Recorrimos las bóvedas del bazar hasta que al final del pasadizo dimos a parar con un puesto de seguridad del ejército israelí. Varias personas hacían cola frente a los tornos metálicos, accediendo gradualmente tras ser examinados por los soldados que se protegían dentro de una cabina acristalada. Llegó nuestro turno, el taxista dijo algo a los soldados, y estos nos miraron detenidamente e hicieron un ademán dándonos permiso para pasar. Hicimos girar uno a uno el torno de hierro, y entramos al complejo de la Mezquita de Ibrahim por la entrada reservada para los musulmanes -los judíos entraban por otra, para evitar que se encontrasen-. Para mi sorpresa vimos unos cuantos turistas por la zona, los palestinos eran amables y de momento aquello no aparentaba ser zona de peligro o tensión.

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Otra parte del bazar
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Puesto con verduras (algunas tintadas) en el bazar

Ascendimos unas largas escalinatas flanqueadas por un muro de piedra, que necesariamente tendría una labor segregadora y protectora. Allí mismo, hacía veinte años, un extremista judío llamado Baruch Goldstein ametralló a devotos musulmanes mientras rezaban, quitando la vida a veintinueve de ellos e hiriendo a ciento veinte más. Cuando se quedó sin munición, lo mataron a palos. A raíz de ese acto terrorista comenzó un periodo de venganzas que incluyó atentados palestinos en ciudades israelíes. A día de hoy, extremistas judíos veneran la figura de Goldstein, peregrinan hasta el lugar de su tumba, e incluso le levantaron un monumento en su día -ya derribado tras una resolución judicial israelí-. Un sector de los israelíes, los extremistas ultraortodoxos, conforman un verdadero grupo terrorista que campa impunemente en tierra palestina ocupada.

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Escalinata de piedra que llevaba hasta el interior de la mezquita

Nos descalzamos y pasamos al interior de la mezquita. Su suelo estaba totalmente recubierto por alfombras de color predominantemente rojo, con algunos ribetes de colores claros. Las paredes eran verde pastel, las bóvedas y los arcos pintadas color blanco, y las columnas de mármol blanco. Destacaban por su luminosidad una serie de arañas que colgaban de barras plantadas varios metros sobre el suelo pero lejos de los techos. Un par de casetas de piedra, con listas rojas y blancas, guardaban en su interior los cenotafios de Isaac y Jacob, cuyos restos y los de sus mujeres se decía que yacían en cuevas justo bajo los cenotafios.

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Dentro se hallaba el cenotafio de Isaac
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Uno de los cenotafios
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Algunos fieles rezan dentro de la mezquita

Mohammed nos guió hasta otra sala menor que se abría en un lateral de la mezquita, y donde, al otro lado de dos ventanas protegidas por rejas, observamos una gran habitación con otro cenotafio. Éste, cubierta por telas de color verde con bordados dorados en forma de flores y letras árabes, era de un tamaño considerablemente mayor que las de Isaac y Jacob. Algo que me impactó fue el cristal, con toda probabilidad antibalas, que se interponía en la línea recta que se trazaba desde nuestra ventana, en el lado musulmán, hasta la ventana del lado judío. Porque sí, aquella habitación estaba dividida en dos partes para evitar el contacto directo entre fieles de ambas religiones.

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Cenotafio de Abraham y cristales blindados protectores. Al otro lado, la ventana del lado judío.

En una cueva bajo aquel cenotafio yacían -supuestamente- los restos de Abraham, un antiguo pastor nómada, padre fundador del judaísmo, que según el Antiguo Testamento recibió de dios la tierra prometida de Canaán, situada precisamente en Hebrón. Para los musulmanes, por el contrario, fue el constructor de la Kaaba en La Meca, un gran profeta del Islam. Un mismo personaje histórico cuya vida fue transformada subjetivamente por las distintas culturas, que lo hicieron de su propiedad. Gresca garantizada.

¿Qué hacer? ¿Darse de tortas o compartir? Pues hasta ahora, un poco de ambas cosas. Durante la Historia, aquel templo fue primero judío, luego cristiano bizantino, luego musulmán -lo destruyeron y lo convirtieron en mezquita-, nuevamente cristiano con los cruzados -que prohibieron la entrada a los musulmanes y lo convirtieron en iglesia-, y otra vez más musulmán con los mamelucos y los otomanos -que prohibieron la entrada a los judíos-. Religiones, lugares sagrados, santos y profetas. Motivos subjetivos que sirven como excusa para matarse, propagar la estupidez y animar el enfrentamiento.

En 1967 Israel venció en la Guerra de los Seis Días, recuperando aquella mezquita y consiguiendo así que los judíos pudieran entrar a ella siete siglos después. La situación de convivencia de judíos y musulmanes en el templo religioso fue conflictiva, y en 1996 -2 años después de la masacre de Goldstein- judíos y musulmanes pactaron separar la mezquita en dos. Ahora, un muro dividía en dos la parte exterior de la sala que daba acceso al cenotafio de Abraham, a la vez que el cristal antibalas hacía lo propio con el interior, y así la leyenda de Abraham permanecía allí para el disfrute parcial de todos.

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Otra parte del bazar, con más tiendas y personas

Salimos en dirección al contiguo bazar, simple pero auténtico, alejándonos de la mezquita y metiéndonos en el meollo de la vida en Hebrón. Unas escaleras subían a mi izquierda y terminaban abruptamente en una barricada y una alambrada. “Lo hicieron los colonos judíos, cortaron la calle para aislarse de nosotros, impidiéndonos el paso, impidiendo que los palestinos puedan llegar a sus casas”, nos explicaba Mohammed. Al otro lado se alzaban los recientes asentamientos judíos plantados ilegalmente en mitad de Hebrón, impidiendo la libre circulación en la ciudad, cerrando negocios y hogares, echando mediante una violencia silenciosa a los palestinos y apropiándose de sus posesiones.

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Calle cortada y, al otro lado, los nuevos y bonitos edificios de los colonos judíos
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Escaleras a ninguna parte. Una barrera de chapa y alambre de espino corta el paso
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Una barrera y una puerta adherida entre paredes cortan el paso por esta calle

Cada pocos metros se veía una calle cortada por un muro o por una alambrada. Era peligroso acercarse por allí, pues los colonos disponían de un fuerte arsenal militar y uno nunca sabía cuando tendrían un mal día. Por eso, los palestinos terminaron trasladando el bazar a una zona nueva de la ciudad y, como ya dije, las tiendas de aquel bazar antiguo estaban en su mayoría cerradas a cal y canto. Los palestinos, a riesgo de ser acribillados a tiros, ya no se atrevían a poner su vida en riesgo ante la locura extremista de los radicales judíos.

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Muchas puertas permanecían cerradas. Al fondo, con chaqueta negra, Mohammed caminaba delante nuestra, metiéndonos prisa
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Parece una calle normal, pero arriba puede divisarse una torre de vigilancia militar con la bandera israelí
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La bandera palestina ondea en otro edificio de Hebrón

Seguimos caminando alejándonos de la mezquita y, al cabo de varios cientos de metros, el bazar se animó. Puestos de ropa, de comestibles, de artículos de cualquier índole, aparecían en cada calle. Los palestinos nos miraban sin quitarnos ojo de encima y, curiosos, acudían fácilmente a la conversación y sonreían al saludar. Sobre nuestras cabezas, unas redes metálicas se amarraban de pared a pared frenando los ataques directos de los colonos, evitando que arrojasen, desde sus casas, piedras sobre los viandantes palestinos. Hasta tal punto llegaba su hostilidad. Por todos lados se vislumbraban pedruscos atrapados, flotando sobre aquella red salvadora tendida por el ejército israelí. Sí, el ejército israelí protegía a los palestinos, pues hasta las propias Fueras de Defensa de Israel sufrían enfrentamientos violentos con los colonos judíos de aquel lugar.

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Puesto de venta de animales en el bazar de Hebrón

Regresamos de vuelta a la parte del bazar cubierto cercana a la mezquita, y adquirí un rosario musulmán, llamado másbaha, que me llevé como recuerdo de aquel lugar de fe. Másbaha que llevaba en mi mochila al intentar salir de salir de Israel y que casi me causa un disgusto. Másbaha que, por desgracia, perdí para siempre cuando me robaron la mochila en la Guayana Francesa dos meses después.

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Dos mujeres vuelven a casa tras hacer la compra

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