Globalización en Kosovo

“[…] primero pelea con su novio, hipermusculado y tatuado, a raíz de algo que le ha encontrado en el móvil. Posteriormente se pegan el lote, no sin antes mostrar la Harley Davidson, el Ferrari, y la mansión con piscina. Lo normal, vaya”.

Me fijé en la televisión de la pared de la pizzería, que no cejaba de atormentarme con música de la MTV. Presté atención una vez más, y comprobé que no era la MTV sino la ON TV, y que no cantaban en inglés sino en lo que debía ser albanés. Porque no tendría ningún sentido que fuese serbio. No allí, en la parte sur de Mitrovica.

Se trataba de un canal de música ininterrumpida, que imitaba a la perfección las características de la puesta en escena, los clichés y los estereotipos, del otro lado del charco. Los 50 cents y las Beyonces tenían sus clones perfectos en aquel canal local kosovar, el cual mostraba producciones musicales que imitaban, con un grado de fidelidad pasmoso, las formas de la gran industria norteamericana. Algunos muchachos jóvenes, tatuados sin mesura, con ropas anchas y gorras caladas diagonalmente, rapeaban en albanés mientras hacían gestos con las manos que imitaban pistolas o hacían “la peseta” al espectador. En ocasiones, si el sonido hubiese estado apagado, habría pensado que se trataba de cualquier video clip de reggaeton sudamericano, pues no existía diferencia alguna en aquellas canciones salvo el idioma en el que estaban cantadas. Por poner un ejemplo gráfico, he sido capaz de rescatar uno de los vídeos que allí presencié: una muestra de culos y tetas de la mano de Kaos Sheqer.

Una preocupación bulló imparable en mi interior: ¿qué clase de sociedad global de mierda había creado la televisión? Menudos ejemplos daban aquellos “artistas” a los jóvenes kosovares, menudos valores se les transmitían: mujeres semidesnudas actuando como objetos sexuales, hombres tatuados con joyas y pintas de maleantes, drogas, armas, violencia y agresividad, delincuencia, predominancia de palabras groseras, sobredimensionada importancia del lujo, los coches, las mansiones, y, obviamente, el dinero. Igualito que la MTV, como decía antes. Aunque quizá fuese solo a causa de mis prejuicios, me chocaba aún más que se diera en una sociedad tradicionalmente musulmana. Me chocaba tanto despelote e indecencia emitidos 24 horas al día en aquella pizzería.

La artista kosovar, llamada Zanfina Ismaili, seguramente habrá finalizado algún Máster en Vídeo Musical de la MTV, porque su habilidad para mimetizar los clips emitidos en dicho canal es asombrosa. Los lugareños kosovares que ocupaban algunas mesas de la pizzería, alrededor mía, miraban ya acostumbrados las excentricidades y despropósitos que aparecían durante horas sin descanso en aquel televisor. Y supongo que después, cuando las mezquitas empezaban a llamar por sus altavoces, salían de allí y se iban a rezar.

Pareciera que en esta zona del mundo este tipo de música tuviera aún más éxito que en los nuestros: es raro el televisor que no está sintonizado en alguno de estos canales de música chabacana. Por supuesto que, como muchos pensaréis, no debería alarmarme que allí vean lo mismo que podemos ver nosotros en España. El problema es otro, y es muy sutil. Intentaré explicarme. Aquí no han llevado el proceso de modernización progresivo que han tenido nuestras sociedades. Por las carreteras todavía se ven carretas de madera tiradas por caballos, la gente trabaja los campos sin maquinaria, medio país está en construcción, y la mayoría de la población se las ve y se las desea para tener un coche aunque sea de tercera mano. Lo que quiero decir es que esta clase de estímulos quiméricos pillan de improviso, esas imágenes sorprenden las mentes de los jóvenes kosovares por lo extremadamente atractivas que son, sin que hayan tenido tiempo de digerirlas adecuadamente. Principalmente hablo de aquellos jóvenes sin estudios, en un país sin oportunidades, en un país con un conflicto bélico aún candente, que como poco deben sentirse frustrados al ver todo aquello por la televisión, pero tan lejos de su alcance.

En cierto modo pienso que realmente se creen que esos mundos existen fuera de sus fronteras, y aspiran a alcanzar ese modelo, a imitarlo como ya hacen algunos de sus compatriotas –mafiosos- que salieron al extranjero y regresaron groseramente enriquecidos: Kosovo tiene 1,7 millones de habitantes, es un pueblo. Igual que les pasa a otras sociedades de reciente modernización y entrada en el capitalismo caníbal, como la china, todavía no son capaces de discernir entre lo que es un puro lavado de cerebro del marketing y lo que no: muchos solo se preocupan de molar más que los demás, imitando fielmente esos modelos de la televisión. He de destacar aquí que las mujeres kosovares, pese a ser musulmanas, me sorprendieron por vestir considerablemente más provocativas que en los países vecinos. No olvidemos que es un país musulmán donde hasta hace poco sería impensable verle a una mujer siquiera los tobillos.

Al final, las consecuencias de toda esta basura televisiva tienen clara repercusión, tanto en España como en Kosovo, en la juventud. Tampoco es que abogue por sustituir la programación musical de ON TV por una difusión continuada de Saber y Ganar, pero es necesario pensar en las consecuencias de todo esto. Kosovo es una región pobre, con una economía sumergida brutal, desempleo -35% el general, y 55% para los jóvenes- y bajos sueldos –renta per cápita de 2.721€ al año-, así como un nivel de vida relativamente caro gracias al euro –ya hablaré más adelante de por qué Kosovo tiene el euro como moneda oficial-. Por otro lado, las desigualdades sociales son abismales. La mafia y la corrupción campan a sus anchas, y es frecuente cruzarse con Porsche, Mercedes, Audi y BMW de gama alta. Muchas de esas mafias viven de negocios ilegales o actividades delictivas en el extranjero, pero también es alarmante la corrupción institucional en el gobierno kosovar. Se trata de un país plagado de armas escondidas tras la guerra, y donde de momento no existe una justicia imparcial. Kosovo es considerado por muchos como un narco-estado.

Si a esa desigualdad social le unes la visión continuada de una vida de ensueño –parecido a aquel paraíso del que hablan los libros religiosos-, y la presión constante del marketing audiovisual para poseer más, alardear y fanfarronear, al final tienes una sociedad que solo se preocupa por enriquecerse sin importar los medios. Y eso solo trae problemas. Como muestra de las consecuencias, se puede ver este vídeo en el que unos jóvenes, ataviados con kufiyas –pañuelos del tipo que usan los palestinos- y gorras de rapero, imitan las maneras de los raperos estadounidenses para, aparentemente, amenazar de muerte a los serbios que viven en unos determinados edificios –eso intuyo yo sin tener ni idea de albanés-. Todo ello acompañado por un estereotipado cóctel de Kalashnikov, fajos de billetes de 500 euros, y vehículos de lujo. No tiene desperdicio.

Quizá me equivoque. Quizá la amplia difusión de este tipo de contenidos no conlleve unas repercusiones, en la sociedad kosovar, mayores de las que se den en la nuestra -habría que discutir cómo de seria es su influencia en nuestro país, primeramente-. En todo caso, tampoco deja indiferente este vídeo de Nora Istrefi, en el que primero pelea con su novio, hipermusculado y tatuado, a raíz de algo que le ha encontrado en el móvil. Posteriormente se pegan el lote, no sin antes mostrar la Harley Davidson, el Ferrari, y la mansión con piscina. Lo normal, vaya.

Por supuesto, el móvil de Nora Istrefi es un iPhone. Tengo que decir aquí que lo de los iPhone en Kosovo es algo que se sale de la norma: una abrumadora mayoría de los teléfonos que observé allí eran de la marca Apple. Y vi muchos teléfonos porque me fijaba en ello compulsivamente, en los bares, en los autobuses, por la calle. La gente joven es adicta a ellos, como en muchos otros países, pero el salario medio de Kosovo son unos 230 euros al mes. Solo alcancé a ver un teléfono Samsung, frente a muchas decenas de iPhone. Le pregunté a una chica albanesa que conocí en un autobús, y que se dirigía a Tirana desde Prizren igual que yo, que a qué se debía aquella fascinación por el iPhone. Me contestó que era cuestión de prestigio, pero que muchos de los iPhone que yo veía eran copias falsas traídas desde China, pues la mayoría de la gente no se podía permitir uno original. La muchacha trabajaba como traductora para la ONU, y aunque llevaba seis años trabajando allí, su marido belga y su hijo vivían en Bruselas, a donde ella se disponía a regresar la próxima semana. Supuse entonces que el iPhone que llevaba en su mano sería auténtico.

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