En furgoneta hacia el valle de Geisev

Tras haber sido humillado por la supremacía presidencial regresé al hostal, donde conocí una pareja de extranjeros que viajaron desde la Gran Bretaña hasta aquel lugar en una furgoneta totalmente equipada, menudo paseo. Pretendían salir el día siguiente hacia Dushanbe, pasando por el valle de Geisev. A causa del cierre de carreteras era todo a lo que podía aspirar yo también, así que me ofrecieron irme con ellos y acepté encantado. Todo lo que fuera estar en Dushanbe el domingo por la noche para empezar a trabajar con mis visados el lunes, era excelente. Además el viaje me saldría gratis y sería en buena compañía. Me ahorraba cincuenta euros que costaba dicho trayecto, que además requería de unas quince horas para dejar atrás los poco más de seiscientos kilómetros que separaban Khorog y Dushanbe.

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La furgoneta camino del valle de Geisev

Partimos el viernes por la mañana, sintiéndome yo bajo ligeras décimas de fiebre, con rumbo a unas estribaciones a menos de cien kilómetros. Como primer obstáculo en el camino tuvimos que cruzar un caudaloso río encaramados en una pequeña caseta de madera de dudosa fiabilidad, que se movía por el movimiento manual de una manivela impulsada por un oriundo con el que nos cruzamos en el camino y que se prestó a ayudarnos.

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La chica, neozelandesa; el chico, británico; el amable local y yo, todos subidos en esa mísera caseta colgada sobre dos cables de acero. Acojonaba un poco.
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¡Dale a la manivela, Pepe!

Una vez de nuevo en tierra firme, gracias al cielo, serpenteamos un precioso sendero montaña arriba mientras un río nos flanqueaba en su descenso. Éste iba a desembocar en un lago cerrado, quiero decir sin salida visible, pues sus aguas desaparecían por arte de magia entre conductos subterráneos invisibles.

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Tras caminar seis kilómetros cuesta arriba hasta donde las montañas se abrían a regañadientes para formar un estrecho valle, dimos con un pueblo situado a la orilla del mismo río, donde encontramos alojamiento y avituallamiento. La fiebre desembocó en problemas intestinales de fluida composición durante la noche.

Geisev
El pueblo de Geisev eran un puñado de casas de piedra, muy auténticas
Allí vivían con y de su ganado. Aquí pasaban los cuadrúpedos sobre el cereal
Allí vivían con y de su ganado. Aquí pasaban los cuadrúpedos sobre el cereal
La comida que nos prepararon en Geisev
La comida que nos prepararon en Geisev
Niño en Geisev
Niño en Geisev

Al día siguiente por la mañana, sábado, abandonamos las montañas. Bajé la pronunciada y pedregosa pendiente sintiéndome considerablemente débil, con el deseo y la necesidad de llegar a Dushanbe para descansar cuanto antes y para, el lunes, enfrentarme a las tres Embajadas que me esperaban desafiantes, planteándome un futuro incierto.

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Ya seguíamos de nuevo el caudaloso río camino de Dushanbe

Sin embargo, la furgoneta de los extranjeros avanzaba demasiado despacio procurando esquivar con extrema prudencia los baches y piedras que poblaban el camino de tierra, ocasional y aleatoriamente interrumpido por trozos asfaltados en mal estado. A las seis de la tarde el sol empezaba a ponerse y el conductor se apartó hacia un pequeño descampado entre las montañas, donde no había nada más que tierra y polvo; dijo que ya no conduciría más, que ellos dos dormirían en la furgoneta y me podían prestar una pequeña tienda de campaña para pasar la noche fuera.

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No sé de quién era la culpa, si de la furgoneta o del conductor, pero la conducción era insufriblemente lenta

Prometían que el domingo temprano reanudaríamos la marcha, pero a esas alturas no habíamos llegado ni a la mitad de la mitad del camino entre Khorog y Dushanbe. Aproximadamente transpusimos ciento cincuenta kilómetros en siete horas. Yo, enfermo, muy cansado y con la necesidad imperiosa de estar el domingo por la noche en Dushanbe, puse cara de no querer creérmelo: al menos necesitaba llegar a mitad del camino esa misma noche, al poblado de Khala-i Khum, donde al siguiente día por la mañana sería factible conseguir otro transporte en el que sufrir las ocho o nueve horas de trayecto que faltarían hasta Dushanbe. Era la única manera de conseguir mi objetivo.

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Por el camino se veían tradicionales pueblos afganos en la otra orilla del río
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Lo que se ve abajo no son matorrales sino árboles. Esa cueva podría medir 100 metros de altura. A la izquierda se ve un pequeño ser humano

Estando allí aparcados, me acerqué a la carretera de tierra en espera de algún vehículo con el que intentar hacer auto-stop, parando así un camión que rechazó transportarme básicamente porque ni me entendía ni quería entenderme. Los extranjeros de la furgoneta notaron mi necesidad imperiosa de no quedarme allí tirado hasta el día siguiente, y decidieron seguir conduciendo una hora más, lo cual en cualquier caso era a todas luces insuficiente. Circulando de nuevo, miré hacia atrás y vi aparecer las luces de un vehículo que se aproximaba a considerable velocidad, pidiéndoles a mis anfitriones que por favor se detuviesen un momento con idea de intentar pararlo. El vehículo se detuvo pero no me subió a bordo, y sin embargo inmediatamente a continuación aparecieron a corta distancia otros dos camiones y un todo terreno, cosa tremendamente excepcional en una carretera escasamente transitada como aquella.

Quizá fueron los dos minutos de espera entre coche, camión y todo terreno, lo que hizo que los extranjeros de la furgoneta cambiasen su semblante y se pusieran serios e incomunicativos. Cogí corriendo mis mochilas del maletero mientras me despedía dándoles las gracias. Los camioneros empezaban a tocar sus bocinas porque les cortábamos el paso, y el todo terreno esperaba en el carril contrario a que me subiera. Traté de darles mi email mientras me colgaba la mochila a la carrera, con idea de poder contactar más adelante, pero rechazaron secamente la iniciativa. Yo me quedé a cuadros. Les di las gracias mientras ellos miraban para otro lado y cerraban la puerta con desdén. No comprendía nada. A lo mejor pretendían mi amor eterno, pero yo no podía permitirme quedarme en una tienda de campaña esa noche. No comprendieron que no es que no quisiera permanecer con ellos, sino que me movían ciertas necesidades ulteriores, que un viajero es libre y solitario y solo se une a otros por los períodos de tiempo en que sus caminos coinciden. Quizá pensaron que los estaba desdeñando, pese a que conocían sobradamente tanto mi precario estado de salud como mi imperiosa necesidad de estar al día siguiente, domingo, en Dushanbe.

En el novísimo y caro todo terreno que me recogió, a velocidades de vértigo tres o cuatro veces superiores a las que alcanzaba la furgoneta, tardamos hora y media en llegar a Khala-i Khum. De haber realizado el trayecto al día siguiente en la furgoneta, hubiéramos necesitado de unas cinco horas hasta allí, con la consecuente imposibilidad de llegar a Dushanbe, que estaba mucho más lejos, el domingo por la noche. Me alegré enormemente de la velocidad con la que tomé la decisión de seguir adelante y continuar mi camino, aunque me quedó un amargo sabor de boca ante la reacción poco comprensiva por parte de los amables extranjeros que me llevaron durante dos días en su medio de transporte. No pude desprenderme de la destemplanza interior durante varias horas. Viajando, por desgracia, la mayoría de las amistades que se hacen son superficiales, efímeras, y no se pueden tomar demasiado en serio.

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De vuelta a la carretera hacia Dushanbe, un puente cruzaba hacia Afganistán. Sobre el puente, fotografías de los presidentes de Tayikistán y Afganistán

Llegados a Khala-i Khum, los tres amables hombres de negocios, biólogos, que me llevaron en su moderno todo terreno me pidieron inesperadamente y sin avisar diez dólares por el paseo de hora y media. Precio más caro de lo que me hubiera costado un taxi. Los muy caraduras no me avisaron sino al llegar al destino. Yo no estaba en condiciones de pelearme con nadie, exhausto, y solté toda la calderilla que me quedaba en Tajik Somonis, la moneda local, y que equivaldrían a unos 8 dólares. Pese a ser perfectamente consciente del bonito billete de diez dólares que descansaba en el bolsillo de mi pantalón. Por fortuna me dejaron al pie de un hostal que no estaba mal, y donde conocí a un francés y un estadounidense con los que mantuve apasionadas conversaciones sobre Historia y aventuras militares hasta bien entrada la noche, olvidándome de todos los problemas anteriores y futuros por unas horas.

Viajando camino a Dushanbe
Viajando camino a Dushanbe
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A través de un camino polvoriento en buena parte del trayecto

 El Domingo por la mañana madrugué en busca de los vehículos que se reunían en el cruce de carreteras principal del pueblo, y que solo saldrían durante las horas de la mañana hacia la capital tayica. Allí me subí a uno que rápidamente comenzó la marcha. Fue otro paseo de nueve horas hasta Dushanbe, donde al llegar me encontré con mis dos amigos australianos de Yamchun y Khorog, con los que casualmente iría a compartir aquí también casa de acogida: el dueño del hostal de Khorog donde nos alojamos, nos había recomendado a todos ir a casa de su primo. Pasamos un buen rato allí y la estancia en aquel hogar fue intachable. Descansé como hacía días que no podía y el lunes a las 7:00, ahora sí recuperado, estaba listo para enfrentarme por fin al desafío de las Embajadas, que encaraba ya de entrada con seis días de retraso sobre el calendario ideal de viaje.

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Almuerzo en el hogar donde me quedé en Dushanbe. No siempre era así, pero aquel día se celebraba fiesta nacional
Esta no era la furgoneta... pero hubiera molado
Esta no era la furgoneta… pero hubiera molado

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