Miyajima
El famoso torii de Miyajima

Final feliz en Miyajima

Desperté con escasas energías tras dormitar tres horas mal contadas en un insufrible banco del ajetreado, frío y ruidoso, aeropuerto de Shanghai. Después, la salida del vuelo hacia Japón se retrasó algo más de dos horas, lo que provocó que mis planes de pasar por Miyajima para visitar antes del anochecer el famoso santuario que allí se encuentra, se vieran amenazados. Aterricé en Japón con tal prisa que me metí sin dinero en el autobús que conectaba el lejano aeropuerto low cost de Kagawa con el centro de la ciudad. Suerte tuve de asentar mis posaderas junto a las de un señor de unos cincuenta años, que también venía de China, y que se ofreció altruistamente a prestarme los 750 yenes que necesitaba, unos 5 euros. Me vi así, por primera vez en mi vida, pidiendo “un euro pal bus”.

Banco/cama en Shanghai Airport
Banco/cama en Shanghai Airport

Como dije, me dirigía a Miyajima, una pequeña isla sita unos 225 kilómetros hacia el oeste, más un corto trayecto en ferry para alcanzar la propia isla. Allí se encuentra el santuario llamado Itsukushima Shinto, patrimonio de la Humanidad UNESCO, con su famoso Torii -una especie de puertas sagradas, generalmente pintadas en color naranja “butano”-. Antes de las 19:00 anochecería y me perdería el lugar en todo su esplendor.

Llegué a la estación de tren de Kagawa, kagawandome en la mar por no tener ni un solo yen y llevar el tiempo demasiado justo para cumplir mis planes: 10 días en Japón no eran muchos y la agenda estaba un poco apretada. A esto se unía el hambre y el cansancio, que siempre me impiden pensar con claridad. No había allí lugar alguno donde cambiar dinero, pero sí encontré la oficina donde debía canjear mi bono de trenes, reservado con antelación -227 euros-, y con validez para 7 días en casi todos los trenes a lo largo y ancho del país. Y es aquí donde me topé de bruces con la primera muestra de cultura milenaria japonesa.

Tren de alta velocidad japonés
Tren de alta velocidad japonés

Entré corriendo en la oficina de billetes de tren, acelerado: ya eran las 15:00. En la oficina se congregaban cinco trabajadoras atendiendo sendos clientes, nadie más esperaba y tuve la fe de que me atenderían con prontitud. Aún era posible, Miyajima. Más ansioso de la cuenta, ni me quité la mochila con sus 11 kilos de lo alto, y así me quedé, pasmado, durante cinco minutos en los que allí no se movieron ni las moscas. Mi urgencia, unida al hambre y al cabreo por el retraso del vuelo, se me notaba en el ánimo tenso, y tenía el convencimiento de que varias empleadas advirtieron perfectamente mi presencia.

En éstas apare un honorable anciano japonés, se acerca a un pequeño atril de madera con un papel encima, garabatea lo que intuyo es su nombre, y se sienta tan tranquilo. Me pongo en marcha hacia el atril y, solo entonces, uno de los clientes que ya estaba siendo atendido me espeta en inglés: “you have to write your name”. “¿Joder, y ahora me lo dices?”, le contesté yo mascullando en español, más desilusionado que enfadado. Miyajima se alejaba de mí minuto a minuto.

Todavía tuvieron que pasar cinco minutos más, en los que yo no paraba de mirar el reloj y escucharme el estómago rugir. Se marchó un cliente y la empleada liberada se acercó al atril, miró el siguiente nombre en la lista e invitó al venerable nipón a sentarse. Intenté, en vano, expresarme en inglés para hacerles ver que yo ya llevaba esperando allí mismo, en pié con mi mochila, un buen rato más que el viejo, pero que al ser extranjero no sabía que debía de escribir mi nombre en dicho papel. Ella se dio la vuelta, volvió a escudriñar el papel brevemente, dijo “sorry”, y me ofreció su espalda mientras acompañaba al viejo cabrón, que tampoco abrió la boca para hacer justicia. Yo tiré la mochila al suelo de mala manera, derrumbado, por no tirarme al suelo yo mismo. En ese momento hice bien en rendirme a esta cultura superior, dándome cuenta de que aquí las reglas son inamovibles y de obligado cumplimiento, sin excepciones. Nunca. Me senté.

Curiosamente, al cabo de un largo lapso de tiempo, fueron este mismo viejo y esta misma empleada los primeros que se movieron de sus asientos. Los otros cuatro clientes y empleadas se estarían contando chistes sobre cómo amargar el día a un extranjero. Demasiado tarde. Me pude sentar en un tren camino de Miyajima, pero sin apearme allí decidí continuar adelante, hacia un pueblo costero donde me esperaba la persona que me iba a hospedar aquella noche. Contactamos gracias a “Couchsurfing”: un americano de Colorado, treinta y cinco años más o menos, ex Marine, actualmente ingeniero industrial en Japón y paracaidista en sus ratos libres. Algo en común teníamos.

Estación de tren en Tsuzu
Estación de tren en Tsuzu
Estación de tren en Tsuzu, los jóvenes se preparaban para ir a la escuela
Estación de tren en Tsuzu, los jóvenes se preparaban para ir a la escuela

Me recogió en su moto cuando empezaba a chispear, y tras pasar por un supermercado pude por fin echarme algo al buche en su preciosa casa con interior de madera y estilo japonés moderno. Lo malo: me tuve que levantar a las 5:30 de la mañana para salir de casa con él, que se iba a trabajar. Lo peor: estaba diluviando como solo alguien que haya vivido una lluvia monzónica o un huracán tropical puede llegar a comprender. A los doscientos metros, mis zapatos estaban tan sumamente empapados que ya no me merecía la pena esforzarme por esquivar los charcos. La mochila, como siempre adosada a mi espalda, estaba mojándose de tal manera que tardó cuatro días en secarse. El paraguas, chino, barato, dejaba pasar goterones que se metían por el cuello de mi camiseta. Tras caminar dos kilómetros y medio, llegué a la línea de tren que una hora después me dejaría a un paso del ferry a Miyajima.

Itsukushima Shinto, llegando a Miyajima en ferry
Itsukushima Shinto, llegando a Miyajima en ferry

Y ahí, estando en el barco, todo cambió. La tortura se convirtió en una aventura inolvidable nada más zarpar, cuando subí a la cubierta superior y pude divisar al otro lado del estrecho de mar los difuminados tonos anaranjados del santuario, con su Torii al frente dando la bienvenida, rodeado de escarpadas y verdes colinas, cortadas a su vez por la espesa blancura de las blancas nubes que aún chorreaban su incesante lluvia torrencial.

Torii en mitad de la lluvia. Miyajima, Japón
Torii en mitad de la lluvia. Miyajima, Japón
Torii en mitad de la lluvia. Miyajima, Japón
Torii en mitad de la lluvia. Miyajima, Japón

Al bajar del ferry me vi prácticamente solo en aquella isla. Era demasiado temprano para los turistas, demasiada lluvia para los madrugadores. Los únicos seres vivos que allí se reunieron para darme una fría bienvenida, fueron ciervos. Decenas pude contar, que bajarían al pueblo en busca de comida durante la noche, y a los que la mañana apocalíptica les pilló en mitad de la faena, no pudiendo más que guarecerse bajo los escasos toldos o tejados que sobresalían en las casas que circundaban el santuario.

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Pasé a centímetros de ellos mientras me miraban de reojo, bajo el ruidoso silencio de la nada interrumpida por el repiqueteo de la lluvia sobre el mar y los charcos, verdaderamente alucinado de verlos tan empapados como yo estaba, sintiendo esa conexión especial que provoca la empatía entre todos los que sufren de un mismo mal. Los japoneses no suelen mirar a la gente directamente pero, sin embargo, los pocos que se cruzaron conmigo mientras conversaba estúpidamente con mis ciervos me examinaron sin poder evitar la carcajada.

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De esta guisa me acerqué al perseguido Torii, que según leí era uno de los tres más famosos de todo Japón; uno de los sitios más turísticos de todo el país. Pero allí no había ningún turista. La mañana había sido reservada para este viajero, para que pudiera saborearla hasta el extremo, rodeando en total soledad el santuario y colándose, sin pagar entrada, por sitios donde no estaba permitido el paso. Además, me guardaron la mochila mientras daba el paseo.

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Nadie controlaba la entrada al no haber aún nadie a quien vigilar. Solo a eso de las 9:30, cuando ya me marchaba, empezaron a llegar algunas hordas de turistas en grupos, junto a un par de viajeros solitarios que arribaban demasiado tarde para disfrutar del paraje con la misma autenticidad mañanera existente unos instantes atrás. Ya no quedaban ciervos, tampoco.

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Aspiraba el olor a tierra mojada con sentimentalismo, mientras éste se asociaba subconscientemente con el olor a libertad, a aventura, dentro de mi ser. Contento, empapado y hambriento, pero feliz, agarré el ferry de vuelta y me dirigí a Hiroshima. Todavía quedaba mucho día por delante. Ya dejaba de llover.

El famoso torii de Miyajima
El famoso torii de Miyajima
El famoso torii de Miyajima
El famoso torii de Miyajima

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