Wakhan Valley

Un extraterrestre en Wakhan Valley

“En el Wakhan Valley me sentí como una tía maciza se debe sentir en una discoteca. Las tres mujeres, los tres niños y el abuelo no me quitaban ojo de encima ni por un segundo. Ni así se cayeran los cielos sobre nosotros desviaban su mirada de mí”.

Tras ver el amanecer en la Fortaleza de Yamchun, descendí la montaña en el Opel Astra conducido por mi amigo el “kinki”, seis kilómetros de vuelta al Wakhan Valley. Él se fue con otros tres extranjeros nuevamente camino de Ishkashim; pero allí me quedé yo, con mis mochilas, en la carretera principal esperando a que pasara algún coche en la dirección opuesta.

La carretera abajo del Yamchun
La carretera abajo del Yamchun

El destino era Langar, pueblo de 1.800 habitantes considerado la megalópolis del Wakhan Valley. Al ser domingo, el tráfico rodado en la carretera que atraviesa el valle era casi nulo. Daban las diez de la mañana. Acababa de transcurrir una hora, durante la que únicamente tres coches pasaron frente a mí, todos llenos, ni siquiera pararon ante mis señales. Durante la segunda hora ningún coche interrumpió la calma del río que fluía a mi vera, los pájaros cantaban y un par de abuelotes de las casas cercanas se acercaban a curiosear y a preguntarme “¿отку́да?” -¿de dónde eres?-, y ahí acababa la conversación la mitad de las veces.

Un viejo Lada circulando en dirección Ishkashim, pero yo iba para el otro lado
Un viejo Lada circulando en dirección Ishkashim, pero yo iba para el otro lado
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“¿De dónde eres?”

Preguntando como buenamente podía, me informaron de que el pueblo más cercano estaba a ocho kilómetros. Agarré el equipaje y avancé despacio bajo el sol castigador, cuya fuerza en aquellas alturas nevadas y sin nubes contribuía a marcar unos extremos cambios de temperatura entre el día y la noche. Pasados dos o tres kilómetros de tranquilo caminar escuché el traqueteo de un vehículo que venía por mi espalda.

Una larga recta y un sol abrasador...
Una larga recta y un sol abrasador…
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Alguno de los pocos vehículos con los que me crucé. También en dirección Ishkashim

Al girarme vi un todo terreno que tuvo la bondad de detenerse y trasladarme los cinco o seis kilómetros que faltaban hasta el siguiente poblado. Aún estaba muy lejos de Langar. Allí me senté a un lado de la carretera durante otro hora más, sentado en la silla que un abuelo de la casa adyacente me ofreció, y en la que transcurrió otra hora sin que ninguno de los dos vehículos que pasaron se parase.

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El hombre que me enseñó su casa y me prestó una silla, con su bonito pañuelo
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¿De dónde eres? Les tuve que dibujar un mapa en la arena
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Los niños se mostraba extremadamente curiosos ante la cámara y el extranjero con mochila
Alguno de los pocos vehículos con los que me crucé. También en dirección Ishkashim
Alguno de los pocos vehículos con los que me crucé. También en dirección Ishkashim
Trabajando el campo
Trabajando el campo

Cuando ya empezaba a desesperarme e interiorizar que nunca lograría llegar a Langar, otro todo terreno apareció. Lo paré, y aunque no iba a Langar sí que podía acercarme hasta Vrang, situado a mitad de camino. Acepté encantado y subí en el maletero, donde dos asientos plegables fueron abatidos expresamente para ser mi aposento. Mis compañeros de viaje eran cuatro mujeres vestidas con coloridos vestidos tradicionales, un niño, el conductor y el copiloto, que disfrutaban del camino escuchando música a un volumen atronador. Por desgracia para mi cerebro los altavoces abrían sus fauces en el mismísimo maletero, por lo que tuve que sacar los tapones para los oídos del Ejército que siempre me acompañan en mis viajes y afortunadamente llevaba a mano en la mochila, e incrustármelos a fondo para sobrevivir a aquella tortura tayica en el Wakhan Valley.

Esta escena es la normal en cualquier medio de transporte tayico
Esta escena es la normal en cualquier medio de transporte tayico

El vehículo viró hacia la izquierda alejándose del río Wakhan y del camino principal, y subió hacia un grupo de unas diez casas donde se detuvo mientras el conductor se giraba y me pedía aguardar diez minutos. Para hacerme la espera más amena, dejó la música puesta en el coche mientras se bajaba a solucionar sus asuntos personales. ¡Música!, ¡música!, le grité desgañitándome desde el interior para que regresase. Se giró sonriente, entró de nuevo en el habitáculo y subió el volumen del equipo de música al máximo, dejándome sordo y forzando todo mi potencial vocal para gritarle desesperado: “¡No! ¡No! ¡Que la quites, cojones!”. La quitó.

Me bajé del coche de todos modos, suspirando, y pronto tres mujeres salieron por la puerta del patio de la casa más cercana, riéndose y cuchicheando sobre el extranjero. Saludé y una de ellas me contestó en un aceptable inglés, invitándome a los pocos minutos a pasar a tomar té, costumbre habitual por estas tierras de gente acogedora. Acepté encantado, no sin cierta idea interesada a llevar a cabo: viendo imposible llegar hasta Langar, la mejor opción era intentar quedarme allí mismo.

Wakhan Valley
Las tres mujeres asomadas a la puerta
La casa por dentro
La casa por dentro

En aquel hogar habitaban ciento y la madre, hasta catorce personas se juntaron en el habitáculo principal de la casa tradicional tayica. Éstas tienen siempre la misma estructura modular de siete compartimentos en un mismo habitáculo, bajo un mismo techo sustentado con cinco columnas, abertura central en el techo de madera y alfombras coloridas por todas partes. Incluidas las paredes. Sirvieron el té y me cocieron a preguntas a la par que me consumían gramo a gramo con sus miradas insaciables. El abuelo no paraba de hablar y, aparentemente, o hablaba para sí mismo o estaba senil y desvariaba, el caso es que nadie le hacía ni puñetero caso. Menos yo, que lo miraba y, pensando que tenía que ser el jefe del garito porque por edad le correspondía, le daba las gracias de cuando en cuando por el hecho de estar yo allí.

Pese a que aquella mujer, de unos 35 años, hablaba un inglés medio decente, la conversación era tan trabada que cansaba sobremanera, de tal modo que saqué mi tableta y empecé a enseñarles fotos de etapas anteriores de mi viaje. Así no tenía que hablar. Para hacerlo más fácil todavía opté por cederle la tableta a uno de los tres niños, con idea de que él mismo fuese pasando las fotos, quedándome así yo por primera vez en un segundo plano mientras todos miraban ensimismados las instantáneas digitales. Si hubiera salido de la casa en aquel mismo momento igual nadie hubiera notado mi ausencia.

Pasada media hora ocurrió lo que yo buscaba: me invitaron a quedarme a dormir allí. Y a comer, lo cual acepté encantado porque ya tocaba. Trasladé mi equipaje del todo terreno al interior del hogar, y me fui a dar un paseo con uno de los adultos y su hijo pequeño, que me llevaron al mazar del pueblo –mausoleo musulmán- y a divisar una especie de recinto militar en el lado afgano del río.

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El muchacho que me acompañó de paseo, posando junto a mantas tendidas al sol
Este lugar era el mazar: un mausoleo, especie de santuario musulmán donde quedaban los muertos
Este lugar era el mazar: un mausoleo, especie de santuario musulmán donde quedaban los muertos
Recinto militar en la lejanía, en el lado afgano
Recinto militar en la lejanía, en el lado afgano

A continuación me despedí de ellos y caminé en solitario los dos kilómetros que faltaban hasta Vrang, otro pueblo diminuto donde destacaban dos molinos de agua moviendo gigantes piedras para moler trigo y producir harina, la cual probé con gula. Los respectivos encargados de molino me explicaron por señas como funcionaba el intrincado sistema que proporcionaba el básico alimento a la zona, y deseé probar el pan casero que se haría con aquella harina.

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El molinero, perdido de harina

 

Los niños jugaban al voleibol de forma bastante profesional
Los niños jugaban al voleibol de forma bastante profesional
Niños jugando con ramas... ¿al escondite?
Niños jugando con ramas… ¿al escondite?
Las niñas, mientras tanto, lavaban la ropa
Las niñas, mientras tanto, lavaban la ropa

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Este hombre y su compadre estaban borrachos como una cuba tras haberse hincado una botella de vodka entre los dos

Al poco rato me topé con unos niños del lugar que me llevaron ante su abuelo, el cual me invitó a tomar otro té y a pasar la noche en su casa, aunque esta vez obviamente lo hube de rechazar. Lo mejor fue que, ¡eureka!, me sirvieron pan casero hecho con la harina del molino que acababa de visitar un poco más allá. Aquel pan sabía diferente, aquel pan sabía a lo que el pan de verdad debía de saber. Pan que sabía a pan, por fin.

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Los niños eran los más curiosos al ver un extranjero con su cámara de fotos
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La familia, en su humilde morada
Nacido en 1939, me enseñaba su pasaporte al tiempo que me intentaba transmitir historias que no comprendía
Nacido en 1939, me enseñaba su pasaporte al tiempo que me intentaba transmitir historias que no comprendía
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Pan, pan

Regresé nuevamente al que iba a ser mi hogar por unas escasas horas más, ya que a la mañana siguiente bien temprano uno de los habitantes del hogar partía con su coche particular hacia Ishkashim, lo cual no podía desaprovechar. De todos modos, las escasas horas que transcurrieron entre mi llegada, la inminente cena y la hora de acostarse, fueron un auténtico circo.

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De vuelta al hogar, todo el mundo seguía saludándome y sonriendo ante la cámara
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La curiosidad, mezclada con la fascinación, se notaba en sus caras
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Los niños más chunguillos del pueblo
Niño de corta edad trabajando como pastor
Niño de corta edad trabajando como pastor

Me sentí como una tía maciza se debe sentir en una discoteca. Las tres mujeres, los tres niños y el abuelo no me quitaban ojo de encima ni por un segundo. Ni así se cayeran los cielos sobre nosotros desviaban su mirada de mí. De hecho, ni siquiera hablaban, y si se decían algo lo hacían entre susurros al oído, temerosos de interrumpir el espectáculo que era mi presencia en sí. Me pusieron más carne que a nadie en la sopa, demasiada carne en realidad, de tal modo que en un momento en que el abuelo pasaba carne de su bol hacia el bol de una de sus nietas, aproveché para yo también ceder uno de mis tres trozos a otro bol vecino que escaseaba proteína. De repente la alarma saltó: “¿qué pasa?, ¿qué la pasa a la carne?, ¿es que no quieres comer?”. Tranquilidad, calma, calma, lo único que pasa es que es demasiada carne solo para mí; todo está bien. Aunque a penas conseguí apaciguar su estado de pánico.

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Con tal de quedar bien como invitado, para el postre ofrecí lo poco que llevaba: Nocilla y queso, que les serví uno a uno, pero que dado su estado de mutismo crónico no tenía ni la menor idea de si era de su agrado o no. Únicamente uno de los niños y su padre recién llegado se atrevieron a solicitar un poco más. Mientras tanto, todos ellos me seguían mirando ya fuera de reojo o directamente, y yo, ya agotado de sentir sus miradas como puñales, apenas levantaba la vista del plato.

El abuelo tenía toda la pinta de abuelo que un abuelo puede tener
El abuelo tenía toda la pinta de abuelo que un abuelo puede tener

Los niños me seguían pidiendo la tableta para ver fotos, lo cual agradecí por desprenderme de algo de tensión, pero ni por esas la cosa se relajó. Una de las mujeres, de mirada siempre triste, era la que con más ímpetu me analizaba, sin cejar ni un nimio segundo, y me llamó la atención el que jamás dijo una palabra. La conversación fluía a través de la mujer que manejaba el inglés, y que traducía simultáneamente a base de susurros. No se andó por las ramas cuando me cuestionó sobre qué profesión tenía y si tenía piso propio en España. Empecé a temerme que querían casarme con alguna pueblerina.

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Esta mujer siempre mostraba una cara triste, nunca hablaba

En un momento de pausa y silencio me comí una de las almendras que esperaban en la mesa, y me preguntaron inmediatamente si es que aún tenía hambre, si quería más sopa. No, contesté con una sonrisa. Bostecé y me preguntaron si es que tenía sueño. No, siguió siendo mi respuesta. Me toqué la punta del pie para estirar gemelos y ojos de pánico saltaron imaginando que me había roto algo. No, solo estoy estirando las piernas después de haber caminado durante todo el día. Me quedé mirando al suelo con la mirada perdida, un tanto cansado y pensando en el día de mañana, y me preguntaron en qué pensaba. En nada, joder, dejadme tranquilo un rato, pensé. Tanta amabilidad y displicencia me estaban agotando sobremanera, enervando e incomodando. Al siguiente bostezo, y siguiente vez que me preguntaron si quería dormir, contesté raudo que sí. Me dirigí hacia la cama, que estaba allí mismo a la vista de todos, y entre sus miradas clavándose en cada movimiento de mis pies, en cada gesto de mi cara, en cada bamboleo de mi trasero, me metí bajo la manta y me tapé hasta las orejas, para que no me vieran, se aburrieran y se fueran cada uno a su cubículo.

Pasados un par de minutos asomé un ojo y allí seguían todavía un par de ellos observando la silueta del extranjero. Me tapé de inmediato y esperé. Pasados cinco minutos ya se habían ido todos menos el abuelo, que dormía allí mismo en aquel recinto junto a mí, y que estaba roncando ya. Al día siguiente me despertaron a las 5:45 para salir hacia Ishkashim, proporcionándome lo que fue otra emocionante historia que ya os relataré. Me despedí del Wakhan Valley dando muchísimas gracias a todos, afrontando las mismas miradas escrutadoras de la noche anterior y alegrándome tanto por haber disfrutado de la experiencia de pasar la noche allí, como por irme por fin y no tener que ser el centro de atención ni un minuto más. Bendito relax, otra vez en la carretera.

Aquí estaba la casa donde me alojé
Aquí estaba la casa donde me alojé

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