Esquilmando los mares

Ayer, aun sin estar muy convencido de querer ir, decidí darme una vuelta por el mercado de pescado de Seúl, para no quedarme con la curiosidad como me ocurriese anteriormente en Tokyo. Mereció la pena.

Fish Market Seúl
El mercado visto desde arriba, al entrar

Cruzando la vía del tren que me llevó hasta allí alcancé el tejado de la enorme nave que daba cabida al mercado. Bajando unas escaleras me encontré de sopetón con una visión apabullante, conformada por cientos, miles, de puestos de venta; cientos de brillantes lámparas de luces amarillas y blancas, colgando sobre millares de peceras repletas de todo tipo de peces y mariscos vivos, moribundos o directamente cadáver. Millones de seres vivos se hacinaban en aquél recinto de varios cientos de metros de largo, rodeados a su vez por vendedores ociosos, escasos compradores y ocasionales turistas curiosos.

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Eran las tres de la tarde y algunos puestos habían echado ya el cierre. No vislumbré a nadie comprando gran cosa, salvo algunos turistas que se agenciaban un pulpito o un calamar y lo llevaban a alguno de los restaurantes contiguos, donde los cocinaban en directo. Poca gente y poco negocio, a esa hora, en todo caso.

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Cangrejos hacinados

Lo que me impresionó dejándome helado es la manera en la que estamos esquilmando los mares. Puedo entender la pesca para consumo humano, pero lo de allí lo juzgué como excesivo, atroz. Cientos de cangrejos apelmazados en una pecera, llena hasta los topes, intentando escapar de allí como locos ante la indiferencia de todo el personal. Peces asfixiándose a cientos en peceras alimentadas de agua fresca y oxígeno para prolongar su vida el mayor tiempo posible; aunque, en realidad, se morían y muchos ya flotaban panza arriba. A un pez bastante grande, que se había rendido ya a la fatalidad de su destino, el tendero de turno le asestó un mandoble con un palo para que espabilara y no se muriera todavía. El pez se giró sobre sí mismo, respiró, y volvió a su agónica no vida.

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El pez al que reanimaron a seguir con su miseria
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Pata de calamar (¿gigante?)

Vi a la venta patas de calamar midiendo entre uno y dos metros de longitud, vi cangrejos tan grandes como la pesadilla que vivían, vi peces que por su tamaño y edad deberían ser más merecedores de respeto y admiración que de convertirse en alimento. Vi un indescifrable trozo de pez, enorme pero sin cabeza ni aletas ni nada identificable; le pregunté a la tendera qué era aquello, al tiempo que ella se giraba y cogía un pequeño tiburón de escasos 30 centímetros, señalando a continuación al trozo de pez enorme, que debería pesar unos treinta kilogramos como poco. Tiburón pequeño, tiburón grande. Toqué su piel, suave en una dirección y áspera cuando ibas contra las escamas, aquello otrora fue un gran tiburón surcando libre los mares.

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Escualos, o lo que quedaba de ellos
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Dantesca composición de rayas, parecieran esperando un análisis forense

Eran algo más de las tres de la tarde cuando llegué a la conclusión de que los seres marinos que allí quedaban jamás serían vendidos en el día presente, y me convencí a mí mismo de que no los iban a tirar, sino a congelar y vender en otros puntos del país y del planeta. Me obligué a desterrar la triste idea de que serían desechados. No obstante, la sensación de que a diario se extraen de los mares aquellas ingentes cantidades de seres vivos, me hizo estremecer más aún que los datos de los estudios científicos, que ya confirman el acelerado ritmo al que estamos esquilmando los mares, matándolos lenta e inexorablemente, del mismo modo en que morían los seres de sus entrañas en las peceras de Seúl.

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