El Monte Nemrut

El Monte Nemrut, Patrimonio Mundial UNESCO, es un destino muy popular durante los meses de Julio y Agosto, cuando los turistas salen a observar al amanecer y el atardecer en excursiones organizadas desde el pueblo cercano de Kahta o el de Malatya. A mediados de Diciembre, cuando yo fui, allí no quedaba ni el apuntador. Ni había excursiones organizadas ni se las esperaba, así que me tocaba sacarme una vez más las castañas del fuego para encontrar mi camino hasta lo alto del gran Nemrut Dağı.

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El dios Apolo en el Monte Nemrut

Me dirigía a Karadut, un pequeño pueblo a doce kilómetros de la mismísima cima del Monte Nemrut, donde la mitad de sus casas se habían convertido ya en alojamientos turísticos. En Diciembre no había absolutamente nadie, yo era el único visitante, y pude negociar un precio ventajoso: 20 euros por habitación individual, cena y desayuno. Desde Diyarbakir, capital no oficial del kurdistán turco, me subí a un mini-bus en dirección a Kahta. Me apeé en el cruce de caminos donde se encontraba Narince, un pueblo de carretera donde me recogería el propietario del hostal. Veinte kilómetros, cinco euros, fue el precio a pagar.

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En el camino, un ferry

En el camino, antes de llegar al cruce de caminos de Narince, la carretera desaparecía ante un caudaloso río y no existía puente alguno para cruzarlo, sino un viejo ferry. Los camiones, furgonetas, autobuses y turismos daban marcha atrás para introducirse en la amplia plataforma del ferry, que una vez se llenó inició la marcha a través del río, mas no cruzando hacia la otra orilla, sino siguiendo su curso por varios kilómetros. Los pasajeros se reunían en la parte delantera del ferry, abierta al frente, sin ningún resguardo del viento ni de una posible caída, para fumar o divisar el paisaje, hasta que diez o quince minutos después el ferry se posó en la orilla contraria, donde renacía la carretera.

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La gente se reunía en la parte delantera para echar el rato
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Algún día estará este puente terminado e igual ya no hay ferry

Ya estaba en Karadut, con cielos totalmente despejados a falta de media hora para el anochecer, un poco más tarde de lo esperado. Demasiado precipitado sería intentar subir a la montaña, sobre todo porque necesitaría costearme el paseo en coche hasta lo alto del monte, al coste de 17 euros por el trayecto de 12 kilómetros, ida y vuelta. sin estar seguro de poder llegar antes que lo hiciera la noche. Así, decidí esperar hasta la mañana siguiente.

Para mi desgracia, por la mañana las nubes arrojaban rayos y centellas sin sucesión de continuidad. Así me quedé durante horas esperando, meditando, aguardando mi oportunidad, que llegaría cuatro horas más tarde.

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De este gris estaba el día por la mañana, aunque aquí ya había dejado de llover a cántaros. En la foto, el hostal
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El cielo gris y la vista desde el hostal

Salió el sol y comencé a caminar los suaves doce kilómetros de subida bajo un sol abrasador que cuando se ocultaba hacía hueco a un estremecedor viento congelado. El único vehículo que me adelantó en dos horas fue un pequeño utilitario en el que viajaban dos turcos que pasaban por allí cerca, por viaje de trabajo, y habían decidido escaquearse para visitar el famoso monte. Pararon y me trasladaron hasta el parking más arriba, justo a 600 metros de las esculturas.

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Se acabó Karadut, ahora empezaba a subir
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Bonita la carretera que subía, agradable paseo

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Estaba todo nevado, nieve fresca de la tormenta de esa misma mañana, y el paseo no fue sencillo pues las escaleras de piedra allí instaladas resbalaban sobremanera. No obstante alcanzamos la cima sumidos en una bruma que no dejaba ver más allá de cinco metros de distancia, así como un frío atroz. De repente, los dioses. Nada más que los dioses, pues se encontraban únicamente rodeados por el intenso blanco de la nieve fresca y la niebla espesa. Durante unos minutos salió el sol y pude disfrutar de cierta claridad, del paisaje de vértigo que reinaba muchos metros más abajo y de la grandiosidad de aquellos gigantes decapitados. Nada que ver con las imágenes de las excursiones de verano, aquello era mucho mejor, viva la temporada baja.

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Los dos turcos que me recogieron, con el Monte Nemrut al fondo
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A medida que nos acercábamos, la niebla subía y el paisaje se blanqueaba
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Al llegar al aparcamiento nos recibió la nieve

En el año 62 a.C., el rey Antíoco ordenó decapitar la montaña, cercenar su cumbre y crear una inmensa terraza para forjar su santuario y túmulo funerario. Allá en lo alto, cerca de los dioses y tan alejado del mundo terrenal como le era posible. Sus delirios de grandeza y/o su genialidad política le hicieron auto proclamarse un dios entre los vivos, creando un nuevo culto religioso e impulsándole a erigir estos gigantes de piedra que simbolizaban a él mismo entre los propios dioses.

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La cabeza del dios Zeus
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El camino resbalaba cosa fina

Justo en el centro del complejo se emplazaría a posteriori su propia tumba, que habría de ser recubierta por piedras del tamaño de un puño, millones de rocas que conforman a día de hoy un túmulo de forma cónica con cincuenta metros de altura y ciento cincuenta de diámetro, coronando la montaña y ocultando supuestamente el mausoleo en su interior. A simple vista, desde lejos, podría parecer la cima de una montaña más, hasta que al acercarte compruebas su forma demasiado perfecta, diseñada y levantada por la mano del hombre. De muchos hombres.

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Yo, entre los dioses
Nemrut
En la terraza Este se encuentran bien alineados
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En la terraza Oeste están desperdigados y resulta más impresionante

Los “Tronos de los Dioses”, como el propio rey Antíoco los denominó, estarían basados en unos cimientos que jamás serían derribados, según también sus propias palabras. Las estatuas se repartían en dos terrazas diferenciadas, una al lado este y otra al oeste del propio túmulo funerario. En ambas localizaciones se hallaban los dioses Apolo, Heracles, Tyche, y Zeus, entremezclados con la figura del propio rey, que se asimilaba en dimensiones y grandiosidad a los propios dioses. Originariamente, sentadas en sus tronos, alcanzaban los ocho o nueve metros de altura; pero ahora, muchos terremotos después, la naturaleza terminó por arrojar las cabezas de los dioses al suelo. Allí esparcidas son observadas más fácilmente, de tú a tú, aunque sin perder por un instante la magnificencia y el poder sobrecogedor, casi intimidatorio, de aquellas cabezas de piedra de entre dos y tres metros de altura.

Las casualidades de la vida, las que la carretera provee, hicieron que los dos chicos turcos se dirigieran a afrontar su próxima jornada laboral en Urfa, mi próximo destino. Comerciales de parques de juguete para niños pequeños, eran aquellos dos, uno joven y mal de la cabeza que conducía como un desquiciado, pisándole a su diminuto Fiat Punto como si le estuviese persiguiendo la policía. Me ofrecieron ir con ellos y acepté encantado, dos autostops por uno.

 

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