De Irán a Van

Por la mañana salí de Irán para introducirme en Turquía y, tras una corta visita por Dogubayazit, emprendí mi camino hacia Van, ciudad a la cual llegué a media tarde. La ciudad de Van se sitúa en la Provincia de Van, más concretamente en la orilla Este del Lago Van, lo que da buena muestra de la genialidad creativa de los habitantes de la zona a la hora de buscar nombres. El lugar más destacado y motivo principal de mi visita a este lugar era el Van Kalesi, un castillo construido en lo alto de una enorme roca hace más de 2.500 años.

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Camino entre Dogubayazit y Van

Escasos eran los rayos de sol que se colaban entre el denso manto de nubes a lo largo del camino, plagado de conos volcánicos y extensos campos de negra lava convertida en piedra. Van había sufrido a finales del año 2011 dos fuertes terremotos de magnitudes 7,1 y 5,7 que causaron un centenar de muertos y la destrucción de miles de viviendas. La ciudad, supuestamente, aún no se había recuperado de tal catástrofe, aunque he de confesar que yo no noté nada destacable a simple vista. La vida siempre sigue su curso.

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Volcanes, tierra yerma y terremotos, una zona complicada el Sureste de Anatolia

No iba solo, pues un hombre holandés de carácter un tanto extraño se me había unido el día anterior por la mañana al abandonar el hotel en Tabriz, en el que coincidimos en la recepción al hacer el check out. Aparentaba ser bastante excéntrico aquel alto cincuentón de gafas menudas y amplia calva, muy viajero él, que se comportaba de una manera que me tornaba nervioso e inquieto, quizá por su timidez y parsimonia al hablar y actuar. Llevábamos la misma ruta y juntos cruzamos la frontera hasta Dogubayazit, y una vez allí cambió sus planes de continuar hacia el Oeste y decidió bajar hacia el Sur conmigo, hasta Van, compartiendo así el que sería nuestro último día juntos.

Pusimos pie en Van a eso de las 15:30 de la tarde, y por aquel lugar y en aquella fecha anochecería a eso de las 18:00, calculé. Por ir compañía del holandés fue que, en lugar de dirigirme directamente al castillo para asistir al anochecer, mochila a la espalda incluida, hube de buscar hostal primeramente. He de mencionar que en un viaje anterior mi temporal compañero de viaje ya había estado en Van y en su castillo, y no pretendía volver al mismo.

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Llegados a Van, la Mezquita era la primera de estilo auténticamente turco que veía

Encontramos uno rápidamente, dejé mis cosas, planté un pino, y a las 16:30 ya estaba subido a un autobús público que se dirigía al castillo. Según mi guía de viajes, éste abría sus puertas de nueve de la mañana hasta la hora del anochecer, la cual era especialmente atractiva por su situación al borde del lago. El problema es que el autobús tardó más de media hora en salir mientras esperábamos a que se llenaran todos sus asientos, como siempre sin excepción venía pasando en los últimos meses. Dejando pasar los minutos en su interior veía cómo se me escapaba entre los dedos el llegar a tiempo al castillo: eran las 17:00 y ya era prácticamente de noche. El vehículo se puso en marcha justo cuando ya me había arrepentido de dirigirme al castillo, al que inevitablemente iba a llegar de noche, siendo una pérdida de tiempo.

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Esperaba encontrarme un pueblucho de mala muerte, pero Van era una ciudad moderna con tiendas de las grandes marcas

Efectivamente, cuando me apeé del autobús y divisé el castillo era ya demasiado tarde, el Sol se había puesto y progresivamente estaba anocheciendo. Aún así, no desistí, ya que si había llegado hasta allí no era para dar media vuelta. Comencé a caminar en busca de la puerta de entrada a la roca que daba cabida a la fortaleza de barro y piedra, y que asimilaba una colosal dentadura saliendo de las encías del lago, mientras a su alrededor todo era una llanura en la que se posaba la ciudad de Van. Bien grande que era el castillo, que a aquellas horas cada vez más oscuras del día fue iluminado por unas cuantas decenas de potentes focos. Al menos podría observarlo con cierta claridad y, también, con el romanticismo propio de las horas nocturnas y la soledad que nace al marcharse los turistas.

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El castillo al anochecer, mientras me dirigía a la puerta principal

Una verja metálica cubría la periferia de la roca, siguiendo una carretera que bordeaba la misma a lo largo de más de un kilómetro. Alcancé la puerta principal casi quince minutos después, ya era noche cerrada, apenas existía iluminación alguna en la calle, y todo turista había huido ya del castillo. Observé la puerta de acceso con una de sus dos hojas completamente cerrada y la otra entreabierta, mas no divisé a nadie controlando el paso. Me deslicé silencioso, escuchando algunas voces humanas en un edificio cercano, pero divisando la taquilla de venta de tickets cerrada y vacía.

Avancé hacia el patio interior desde donde sale el camino que subía al castillo, aunque yo por entonces no sabía nada y simplemente avanzaba guiándome por el instinto y el azar. Crucé un pequeño puente de piedra que se arqueaba por sobre un riachuelo y comprendí que ya estaba en ruta, empezaba el ascenso a través de rampas y escaleras de piedra extendidas en la roca. Subí a toda prisa, intentando alejarme todo lo posible y cuanto antes de toda forma humana que pudiera echarme fuera, y me quedé sin aliento ascendiendo las empinadas pendientes que llevaban a la parte superior de las murallas.

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Una vez allí arriba, la visión de las luces de Van iluminada eran espectaculares, entremezcladas por una densa nube de humo cuya procedencia no supe identificar: demasiado densa para ser contaminación, demasiado grande para ser un incendio. Duró diez minutos y se marchó dejando una visión clara nuevamente. No quedaba nadie en el lugar, salvo un hombre que a lo lejos que parece estar recogiendo basura en mitad de las lomas del montículo, cargando una mochila a su espalda. Intenté no moverme demasiado para no ser visto, y me camuflo en una buena localización donde pude disparar algunas fotos con tranquilidad. Varias mezquitas cercanas comenzaron a atronar al unísono con sus rezos a través de descomunales altavoces, y por un momento me pareció divertido que aquella noche hubiera terminado tan bien cuando tenía pinta de ser un completo desastre.

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Transcurrieron varios minutos en total silencio entre los muros cuando la señal de alerta saltó en mi interior, avisándome de los peligros a afrontar si cerraban la puerta de entrada y me quedaba allí dentro, aislado, en aquella fría noche de Diciembre. Podría ser divertido, o no. Descendí y me escabullí a la velocidad del rayo hasta estar fuera: misión cumplida. La carretera, de nuevo y como siempre, había provisto convenientemente.

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Al día siguiente descubro el gusto de los turcos por los quesos, sobre todo a la hora de desayunar
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Kebabs, a todas horas, en Turquía
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Me comí uno para cenar y otro para almorzar, en este restaurante cercano al hostal, donde ya se reían cuando me veían pasar porque siempre iba con mi cámara de fotos persiguiéndolos.
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Peculiar forma la del pan, muy sabroso
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El Lago Van al día siguiente cuando ya me dirigía hacia el corazón del Kurdistán turco: Diyarbakir (otro bonito nombre, junto con Dogubayazit)

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