Danzando con el destino

“Cinco niños entraron acompañados por el que debía ser algo así como el Catedrático de la orden, el derviche con mayor experiencia y mando, el maestro. Otro más puso una alfombra en un término del pequeño círculo que iba a servir para el acto, y se arrodilló: debía ser el líder de la orden, el máximo representante en vida de los derviches. Sonó la música…”.

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La Mezquita Selimiye en primer plano, y el Museo Mevlana detrás. En torno a estos lugares gira la historia

Dándome un tranquilo paseo me dirigí de vuelta a la zona religiosa donde se hallaba la mezquita frente a una amplia plaza y el Museo Mevlana que ya había visitado por la mañana. Pero bastante antes de llegar a su altura una multitud situada a ambos lados de la carretera me avisó de que algo estaba en marcha: ¡procesiones! Tipos disfrazados con trajes rojos y verdes, bigotes postizos y sombreros estrafalarios, iban tocando flautas, trompetas y tambores o portando espadas y estandartes, en una procesión cuyo significado desconocía pero que resultaba de lo más pintoresca.

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Soltaron palomas durante la procesión
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Todos me recordaban a Santi Rodriguez, el frutero de “Aquí no hay quien viva”
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Bigotes postizos, aunque no todos lo eran

Los seguí durante un centenar de metros, entremezclado con los periodistas que cubrían el evento, y llegamos así hasta lo que creo que era la plaza del Ayuntamiento. Allí se desplegaron formando un coro cuadrado en cuyo centro se situaban los jefecillos de la tropa, uno de ellos portando un tambor enorme que hacía sonar con sus grandes mazas, marcando el ritmo del resto de músicos, apartados en los laterales y a cuya espalda se abría la multitud de seguidores. Yo también estaba por allí entremezclado, detrás de los personajes que portaban espadas, y me vi de repente sorprendido ante la llegada de decenas de fornidos policías, antidisturbios diría yo, que acudían para formar un cordón protector en aquel acto religioso cuyos conflictos diplomáticos desconocía por completo.

Empezó el concierto, y unos señores muy respetables, como bien indicaban sus prominentes bigotes y profunda voz, dejaron salir sus cantos alabadores de divinidades. Muy bonito, todo aquello, de verdad. Pero a mí lo que más me atraía era el tipo tocando el tambor de aquella manera tan estrambótica. Qué arte, qué salero, no sabía si me recordaba más a un congoleño de fiesta tocando los bongos o a un esclavista marcando el ritmo del remo en las galeras; pero, en cualquier caso, lo que más me fascinaba en todo momento era su bigote. ¡Qué bigote!

Cuando terminó el show fui el primero en poner pies en polvorosa, pues el encargado del hostal me había informado de la existencia de un baile íntimo dentro del Museo de Mevlana, en el que varios niños que se estaban iniciando en la orden de los derviches ponían en práctica sus enseñanzas. Por si no era capaz de asistir al espectáculo principal aquella noche, al menos debía aprovechar este acto menor y disfrutar tanto como pudiera.

Esa misma mañana había pagado para entrar al Museo, pero ya no llevaba conmigo la entrada, y en todo caso dudaba de que ésta aún tuviera validez. Observé una puerta de salida y concluí que el policía que la guardaba estaba demasiado distraído hablando con su compadre, a un lado de la misma, como para advertir mi presencia si era disimulado. Cámara en mano, poniendo mi mejor cara de musulmán, entré en el recinto amurallado del Museo como el que no quiere la cosa, tranquilamente, haciendo fotos aquí y allí pero sin ni siquiera pulsar el botón de disparo. Momento de entrar.

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El Museo Mevlana, donde yace el fundador Rumí, cubierto por la nieve en aquella fría mañana de Diciembre

La gente se arremolinaba a la entrada del Museo que guarda las tumbas de Rumí y las copias del Corán, y por la urgencia de sus pasos entendía que aquello tenía que ser el lugar a acudir y que se estaba abarrotando por momentos. Entré por la salida, como mandan los cánones, y me abalancé en primer lugar sobre la copia del Corán cuyas fotos me había visto obligado a borrar aquella misma mañana, ante la violenta amenaza de uno de los guardas que vigilaban el Museo.

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Se dice que el que escribió este Corán se quedó ciego: así de pequeña es la letra

Vi entrar un grupo de gente disfrazada con capas oscuras y gorros de fieltro, el uniforme de los derviches, y sin dilación, apartando gente de mi camino. Bajé la rampa que llevaba al habitáculo donde, efectivamente, se estaba ubicando la prensa y la gente se empezaba a congregar a gran velocidad. Allí iba a ser el espectáculo. Conseguí ponerme sin esfuerzo en primera fila, justo detrás de los cámaras de televisión y los fotógrafos de la prensa, con una perspectiva inmejorable, ansioso de que empezase el espectacular baile. Como los que me conocen saben, no me gusta ver fotografías ni, por supuesto, vídeos, de los lugares y acontecimientos que voy a presenciar, así que no tenía ni la menor idea de cómo iba a ser aquella danza que en pocos minutos iba a empezar.

Los músicos se situaron en alto, en un pequeño habitáculo sin paredes, elevado un metro sobre nuestro nivel. Cinco niños entraron acompañados por el que debía ser algo así como el Catedrático de la orden, el derviche con mayor experiencia y mando, el maestro. Otro más puso una alfombra en un término del pequeño círculo que iba a servir para el acto, y se arrodilló: debía ser el líder de la orden, el máximo representante en vida de los derviches. Sonó la música, un hombre comenzó a cantar el equivalente a las saetas de la Semana Santa, los niños se desprendieron de sus capas negras dejando a la vista los blancos vestidos con faldas, y tras la señal indicada dieron rienda suelta a su danza.

Más de diez minutos de giros ininterrumpidos soportaron aquellos muchachos sin inmutarse. Asombroso, moviéndose de aquella manera tan vertiginosa no podía explicarme como no caían al suelo mareados, vomitando. Por si fuera poco, tras un corto descanso que a mí me pareció a todas luces insuficiente, repitieron la danza. Dos, tres veces. Fascinante. Aquello había sido un regalo del camino, otro más, un evento de aquella índole, único, en primera fila en un templo religioso tan importante… no tenía precio. De hecho, no lo tenía, pues había sido gratis. Ya me daba igual lo que pasara aquella noche, si veía el espectáculo principal o no era algo secundario, que podía sumar pero nunca restar.

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El líder de la orden
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El maestro, a la izquierda, y los cinco niños se preparan para comenzar
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En plena danza

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