Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.

Con la flor en el culo, trenes en Rumanía

“Saqué el dinero de mi bolsillo y lo puse sobre la bandeja que comunicaba el interior la taquilla con el exterior, a través del cristal de separación, mientras me amarraba fuertemente la mochila grande a mi espalda y me enfundaba la pequeña, prácticamente vacía, en el pecho. Calentaba los tobillos: me preparaba para dejarlo todo en la pista, en mis particulares olimpiadas ferroviarias”.

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Una decrépita estación de tren en Rumanía

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En esta ocasión me disponía a transportarme en los siempre más puntuales y fiables trenes, desde la capital de Rumanía hasta Brasov, el epicentro turístico de Transilvania. La tarde anterior había echado un vistazo a los horarios de los trenes muy por encima, y siguiendo una primera impresión me pareció que las salidas se producían cada poco rato. En todo caso, siendo Brasov el destino estrella y el día de marras un sábado, los trenes deberían ser constantes, por lo que iría a la estación tranquilamente cuando me viniera en gana, y ya me subiría al primero que saliera.

Por la mañana di un paseo hasta el Palacio del Parlamento para verlo con la luz matutina y sacar unas fotos, después regresé al hostal a por la mochila y salí de allí a eso de las doce. Bajé por la boca del suburbano, y media hora después me apeaba del vagón de metro en la estación Gara de Nord, a las 12:55, junto a una docena de personas más. Recorrí los pasillos del subsuelo hasta ascender las escaleras que llevaban a las taquillas de la estación, y allí esperé en la cola unos segundos hasta que una mujer me atendió. Rondaría los cincuenta años y manejaba el inglés que por lógica le correspondía: de lo más básico. Le pregunté por el próximo tren hacia Brasov y fui informado de que saldría a las 14:20, hora que señalaba la pantalla de ordenador que la mujer giró para que yo pudiera comprender mejor.

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El Palacio del Parlamento aquella mañana

Eso suponía más de dos horas de espera y llegar a Brasov prácticamente de noche, perdiendo la oportunidad de aprovechar la tarde. Si eso era malo, lo siguiente que me dijo fue aún peor: “train personal”, repetía una y otra vez al comprobar mi cara de incomprensión. ¿Decía acaso que el tren era personal, sólo para mí?, ¿o quería decir que no tenía nada personal contra mí pero que ese tren es lo único que había?, ¿o acaso quería decir que el tren era para personas, que no para animales, o carga? En cualquier caso, sonaba como algo terrible saliendo de su boca.

Alrededor de la taquilla se acumularon tres o cuatro personas más, todas con las orejas puestas en nuestra conversación, pero nadie sabía ni jota de inglés como para sacarme de mi estupefacción ante la falta de comprensión. Finalmente, la mujer de la taquilla se pronunció mientras escribía en un papel: “Bucharest-14:20, Brasov-18:05¨. ¡El trayecto duraba casi cuatro horas! Aquello de “train personal” querría decir que era un tren lento, con muchas paradas, deduje. No compré el billete, pues me parecía verdaderamente inaceptable tener que esperar seis horas para llegar a Brasov, que me esperaba a menos de 200 kilómetros de Bucarest. Así que pensé en buscar autobuses o taxis compartidos en el exterior. Antes tendría que preguntar si existía esa posibilidad, pero no tenía ni la menor idea de dónde iba a encontrar ese alguien capacitado para contestar en inglés a tal pregunta. Mientras pensaba en estos dilemas y maldecía mi estampa por tal contrariedad logística, decidí extraer la tableta de mi mochila con idea de analizar los horarios de los trenes, que había capturado sin prestarles la menor atención la tarde anterior. Era el primer vistazo que les echaba con seriedad.

Efectivamente, allí en el horario mencionaba la existencia de un tren que partía a las 13:00 y arribaba a Brasov a las 15:28: solamente 2 horas y 28 minutos de trayecto. No cabía duda de que ese no era un “train personal”. Aunque aún eran las 12:57, supuse que ya no vendían billetes cuando faltaba tan poco tiempo para la puesta en marcha del tren: me habían jodido por pocos minutos. Continué por un rato en la sala de las taquillas, cagándome en mi estampa y maldiciéndome por no haber prestado atención con anterioridad a aquel horario, pues fácilmente podría haberme coordinado para estar allí 5 minutos antes.

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Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.
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Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.

No existía en toda la estación ningún monitor que indicase los tiempos de salidas de trenes y sus respectivos andenes, para mi desesperación. Volví a fijarme en las taquillas, concretamente en aquella contigua a la que acudí antes, e igualmente ocupada por una mujer en torno a los cincuenta años. Serían las 12:58. Me puse detrás de la chica que estaba siendo atenida en ese momento, esperando la vez, y cuando un instante después llegó mi turno le pregunté directamente por el tren que salía a las 13:00 para Brasov. “Only two minutes” -solo dos minutos-, me avisó la mujer, ofreciendo aparentemente la posibilidad de venderme el billete aunque sin asegurarme de que fuese posible subirme al tren. Al menos ella me ofreció la posibilidad, cosa que la mujer de antes no hizo.

“OK!OK!”, fue toda mi respuesta, más vehemente que razonada, pues me veía abocado a correr hacia no sabía ni dónde. Desde allí no se divisaban los andenes, y el tren podía estar en cualquier parte; además, cuando me diera el billete ya serían las 12:59. Saqué el dinero de mi bolsillo y lo puse sobre la bandeja que comunicaba el interior la taquilla con el exterior, a través del cristal de separación, mientras me amarraba fuertemente la mochila grande a mi espalda y me enfundaba la pequeña, prácticamente vacía, en el pecho. Calentaba los tobillos: me preparaba para dejarlo todo en la pista, en mis particulares olimpiadas ferroviarias.

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Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.
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Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.

Al mismo tiempo que hacía esto, observaba con atención el monitor donde la empleada de los trenes introducía diversos comandos. Introdujo Brasov, y en primer lugar aparecieron los trenes disponibles en la actualidad, siendo el primero de ellos el que salía a las 14:20. El de las 13:00 ya no aparecía, ni le apareció antes a la otra empleada. La mujer seleccionó una serie de opciones en otras tantas pestañas del programa informático, y apareció una lista de lo que imaginé serían los trenes que ya habían partido durante el día. Seleccionó el de las 13:00 y, mientras se imprimía el ticket, agarró el billete de 100 lei que yacía frente a ella, devolviéndome el cambio de 35 lei, que yo guardé en mi bolsillo sin tan siquiera mirarlo. Cuando levanté la vista ella ya me estaba entregando el billete de tren, y cuando lo tuve en mi poder salí corriendo como si fuera lo último que fuese a hacer en la vida.

Salí por una puerta adyacente a las taquillas, por donde entraba mucha claridad, luz diurna. No sin razón, pues al cruzarla comprobé que allí mismo se abrían ante mí los andenes y los trenes, que serían de ocho a diez y se disponían de forma paralela y alejándose progresivamente de mí. Que me partiese un rayo si tenía idea yo de cuál era el mío. Me quedaría menos de un minuto para llegar al tren, y no podía permitirme una equivocación: tenía que acertar a la primera o lo perdería. No había carteles que indicasen hacía dónde partía cada tren, y tampoco observé ningún punto de información, ni a trabajador ferroviario alguno.

Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.
Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.
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Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.

Pasé el primer y el segundo tren, donde apenas había gente, y me acerqué a la primera persona que divisé apoyada en una barra de hierro junto a las vías, una muchacha joven, y le pregunté por Brasov. Su respuesta fue un “no” acompañado de palabras incomprensibles en rumano. Ya no tenía tiempo para preguntar a nadie más, tenía que arriesgarme. Seguí corriendo hacia un pitido lejano, un pitido de tren que salía, que escuché a mi izquierda, allá por donde estaría el quinto o sexto tren. Avancé a la carrera unos cincuenta metros y giré hacia la derecha metiéndome por el andén que circulaba entre dos de los trenes.

Allá, junto al primero de ambos trenes, había a un empleado ferroviario con su sombrero característico y su uniforme azul, y hacia él me dirigí preguntándole por Brasov. Asintió con la cabeza, secamente, pero no me dijo si se trataba de ese tren o de otro: no nos entendíamos al hablar. Corrí un poco más hacia delante en ese mismo andén, a lo largo de los trenes, en busca de alguna indicación que pusiera “Brasov”, pero no encontré nada. Decidí subirme al tren a mi derecha, que era el mismo en el que el empleado ferroviario aguardaba. Entonces un muchacho rumano que debió intuir mi alocada carrera se acercó a mí, preguntándome qué necesitaba, y leyendo mi ticket me dijo que estaba en el tren adecuado.

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Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov.
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Imágenes del camino en tren entre Bucarest y Brasov. Una presa construida con fondos de la UE

Me dirigió al vagón que me correspondía y que no era otro que el primero, aquel en el que aguardaba el guarda ferroviario. Cuando me acerqué a éste por segunda vez, para entrar, me miraba mientras movía la cabeza lateralmente en signo de negación, en señal de disgusto ante la ignorancia del extranjero de turno. Subí los pronunciados escalones que me separaban del interior de la cabina y el hombre cerró la puerta tras de mí sin más dilación, e inmediatamente el tren empezó a moverse despacio pero imparable. Mezclada con el sudor frío surgía de mí una sonrisa de felicidad indescriptible, insuperable, tras la dicha de conseguir lo imposible.

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