Chanclas postizas

“El chino de turno puso cara de no importarle lo más mínimo, lo que no hizo sino acrecentar mi estado de rabia y estupefacción. ¿Quién sería el imbécil causante de aquel mal rato tan innecesario?”

A la edad de trece o catorce años todavía disfrutaba en cada período estival de dos semanas de vacaciones con mis padres, y a veces más familia. En el verano de marras, último que yo recuerde de vacaciones familiares conjuntas, acudimos por cuarta o quinta vez al Camping Marbella Playa, cercana a la mencionada ciudad de corruptelas y portadas en revistas del corazón. No me preguntéis por qué, seguramente no existió razón de peso alguna salvo el simple gusto de los menores por poner motes, tal que a mi me apodaron cariñosamente “el Chanclas”. Iría siempre en sandalias y eso les haría gracia, digo yo. Nunca lo entendí y me pareció un mote carente de originalidad y criterio.

En Kashgar, China, la mayoría de la población es musulmana, religión que contempla el calzado como impío, sucio e indigno de entrar en una casa. Por este motivo, es de uso común descalzarse y enfundarse sandalias o alpargatas de andar por casa. En los hostales, por si tú no tienes, ellos te las proporcionan en zapateros situados en las cercanías de la puerta principal. Así era el caso del albergue en el que yo me cobijaba al tiempo en el que aconteció la historia que entro a desmenuzaros.

Portaba yo mis chanclas azules, ligeras y baratas, adquiridas un par de meses atrás por 29 yuanes en una tienda Decathlon de Nanjing, China, específicamente para este viaje. Me descalcé con intención de aposentar mi trasero en una amplia tarima de madera salpicada de cojines, muy habitual por la zona, alrededor de una mesa baja de té. Circundaban ésta media docena de extranjeros que se iban turnando a medida que transcurría la tarde y entraba la noche. Yo, ensimismado escribiendo historias, perdí la noción del tiempo hasta que un irrefrenable impulso de miccionar impelió mi cuerpo a erguirse en busca del lavabo más cercano. Al levantarme y bajar de la tarima, mis chanclas habían desaparecido.

A los pies de la tarima, donde varios extranjeros seguían aún sentados, descansaban varios pares de chanclas, coincidentes en número con los seres bípedos acomodados sobre las maderas, de modo que cada juego de calzado esperaba su extranjero correspondiente. Menos el mío, claro. Era tan frustrante que mis sandalias hubieran sido sustraídas como que me estuviera meando y no tuviera calzado con el que transportarme hasta los servicios. Recapacité un segundo y concluí que había dos posibilidades: o bien alguien me robó mis bonitas chanclas; o bien, alguien se confundió y se las llevó puestas por error, dejando allí su antiguo par. Que ya había que ser gilipollas.

Cabreado, le comenté al recepcionista chino la situación. Algún asshole se había agenciado mis sandalias con mayor o menor conocimiento de causa. El chino de turno puso cara de no importarle lo más mínimo, lo que no hizo sino acrecentar mi estado de rabia y estupefacción. ¿Quién sería el imbécil causante de aquel mal rato tan innecesario? Pronuncié alguna que otra palabra soez más antes de percibir que otras chanclas azules, de diseño totalmente distinto pero color similar a las mías, permanecían sospechosamente al pie de la tarima rodeadas por otros siete u ocho pares. Me asaltó la firme sospecha de que algún memo consumado adoptó dichas chanclas azules del surtido que descansaba en el zapatero del hostal y, al marcharse, sin prestar la más mínima atención por el derecho de la propiedad, se enfundó las mías dejando las otras allí. En cualquier caso ni las unas ni las otras eran suyas.

Calentándole la cabeza al personal del hostal, terminamos incluso revisando la cámara de seguridad de la sala, que desgraciadamente no funcionaba adecuadamente mostraba un vacío temporal y de ángulo de visión que impedía, por escasos minutos y centímetros, dilucidar la identidad del mentecato integral que me había tocado tanto las pelotas. No lo hacía por las chanclas, de escaso valor, sino que todo se reducía a sonsacar el perfil del delincuente e infringir la correspondiente reprimenda al mendrugo roba chanclas de turno.

Regresé al catre con unas chanclas viejas y atrozmente polvorientas que me prestó la encargada del hostal, a la par que se comprometía a probar sus mejores dotes detectivescas al día siguiente para hallar el ansiado objeto de deseo. Le facilité yo el trabajo a la mañana siguiente, bien temprano, cuando al salir de excursión hacia el Lago Karakul observé las mugrientas chanclas azules de la noche anterior, aún solas y abandonadas junto a la tarima. Mi teoría se reveló certera. Trasladé las sucias chanclas junto a la recepción, explicándole al chino al cargo la situación, sin que ello sirviera para conseguir nada: al regresar al día siguiente seguía sin haber rastro del bien secuestrado.

Viendo la imposibilidad de reencontrar el objeto desaparecido y/o de agarrar por el pescuezo al causante del extravío, decidí tirar por la tangente y tomar prestadas permanentemente las chanclas del hostal, que tras ser lavadas pasaron a formar parte de mi inventario de viaje. Al fin y al cabo, las mías, una vez el roba chanclas abandonase de una vez por todas el alojamiento, quedarían a disposición del hostal hasta el fin de los tiempos. Ya semanas después de aquello, admito que salí ganando con el cambio, pues en este par el agarre de la suela ante suelos deslizantes es sensiblemente superior, al tiempo que el confort al caminar también se ha visto incrementado. No hay mal que por bien no venga. A parte de la estética, la única pega es que, a veces, el pie hace ventosa sobre la curvada forma de la sandalia, escuchándose pedorretas que amenazan dejarme en evidencia.

Una semana después de estos hechos, en Bishkek, volví a sufrir el mismo altercado en diferente hostal, viéndome obligado a sustraer otras nuevas chanclas, de muy baja calidad esta vez. Al día siguiente por la mañana, justo cuando ya me colgaba la mochila para marcharme por siempre jamás, un señor de unos setenta años que también abandonaba el hostal bajó las escaleras con mi par, de chanclas, en la mano. A la mochila con ellas.

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