Caminatas de adrenalina

Aterrizar en Islandia era el día cero de la Gran Aventura, y estaba que no cabía dentro de mí. La sensación de libertad me agarraba por los hombros elevándome del suelo de un modo casi desconocido en mi vida anterior. Me sentía ligero, me sentía fugaz, tal y como si acabase de nacer y pusiera pie en un mundo nuevo. Quizá porque ahora estaba solo. En solitario enfrentando un destino insospechado, abierto mi corazón, palpitando salvaje, a la intensidad de cruzar la puerta hacia lo desconocido.

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A los 20 minutos de aterrizar en Islandia

Llegué cuatro horas tarde a causa de problemas mecánicos en el avión que me debía trasladar desde el Aeropuerto de Gatwick. En principio avisaron de un problema por tiempo indefinido, así que me temí lo peor, pero al final solo supuso que saborease con más ansia mi llegada a la gran isla del Círculo Polar.

Esa noche dormiría en casa de un polaco empleado por la Universidad de Keflavik. Lo conocí a través de Couchsurfing, esa página web donde solicitas a gente desconocida que te aloje en su casa. Esta vez existía una peculiaridad: era mi primera vez. El polaco, Tomek, aceptó alojarme en su piso de estudiante sin ni siquiera tener una referencia ajena sobre mi posible psicopatía. Su número de teléfono y una dirección que conseguí ubicar en un mapa, era la información con la que partía en su busca desde el Aeropuerto de Keflavik. Antiguo aeropuerto militar construido durante la II Guerra Mundial por los estadounidenses, a modo de portaaviones gigante para hacer escalas entre América y Europa, tenía en este momento una mitad reconvertida en aeropuerto internacional, mientras la otra mitad seguía perteneciendo al Ejército. El apartamento de Tomek se situaba al otro lado del aeropuerto, del lado del aeropuerto militar, y para alcanzarla tenía que seguir la carretera costera bordeando todo el aeropuerto.

En total, algo más de 8 kilómetros atravesando un inhóspito terreno azotado incesantemente por el gélido viento. Temperatura: 6ºC, amenaza de lluvia, doce kilos de equipaje, y toneladas de adrenalina rebosando por todos los poros de mi sudorosa, por lo ansiosa, piel. A caminar. Los conductores miraban con extrañeza aquel joven que deambulaba por el arcén de la carretera nacional que unía Keflavic con la capital, Reykjavik, pero al joven le estaba sabiendo a gloria afrontar aquel reto.

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Saliendo del aeropuerto, afrontando la aventura

El frío intenso no amedrantaba mi interés por fotografiar aquí y allá, pese a que cada vez que sacaba mi pequeña cámara Sony se me congelaban las manos con el helado viento. Desde mi etapa en el Ejército nunca había caminado tanto con la mochila a cuestas, me había convertido en un oficinista y a medida que la adrenalina dejaba paso al cansancio, me surgían preguntas incómodas sobre a dónde iba y qué pasaría si me perdía. Por suerte, el GPS de mi teléfono móvil, previo pago de 3 euros de internet para cargar el mapa, pudo ubicarme en la carretera cuando ya me creía perdido y no encontraba nadie a quien preguntar. Empezaba a chispear cuando me aproximaba al pequeño poblado adyacente al aeropuerto militar, que fue levantado para alojar a las tropas estadounidenses durante y después de la II Guerra Mundial, y que ahora alojaba estudiantes y empresarios jóvenes que acudían allí becados o empujados por los precios subvencionados. Cuando divisaba la rotonda de entrada y los tejados de los edificios, un ruido atronador rugió por encima de mi cabeza. Eran cazas F-16, hasta cinco conté, efectuando maniobras de aproximación y aterrizaje a escasos 50 metros sobre mi cabeza, abarcándolo todo con el poderoso grito de sus propulsores. Fue la mejor bienvenida que pudieron darme, regalos del camino.

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Caza F-16, aunque apenas se ve (ampliar)

Media hora más tarde, llamadas telefónicas y una aproximación a la base militar mediante -en cuya puerta los militares no supieron contestarme ni una palabra en inglés, ni ubicarse en el mapa que les enseñaba con mi móvil-, Tomek, acompañado por su bicicleta, consiguió dar conmigo. Su apartamento subvencionado tendría como poco 80 metros cuadrados, ¡y vivía solo! Dos habitaciones, enorme salón con cocina americana -no cabía esperar otra cosa de una construcción estadounidense-, y calefacción a toda potencia proporcionada por la limpia energía geotérmica que se deslizaba amenazante y silenciosa bajo la isla. A continuación, como Pedro por su casa, visitamos la Universidad con idea de mostrarme los laboratorios donde trabajaba, que a esa hora estaban vacíos y sin vigilancia alguna. Era casi una broma que aquella Universidad perdida en mitad de un pedrusco helado tuviese mejor material que una Universidad pública española, pero todo indicaba que ese era el caso. Además, podías acudir en el momento que te diese la gana a trabajar: siempre estaba abierta.

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En mi primera experiencia como couchsurfer quería causarle buena impresión a Tomek, con el fin de obtener buenas referencias en la plataforma de cara a aumentar las posibilidades de ser admitido por otros anfitriones en el futuro. Así, ofrecí invitarle a cenar en el único restaurante en kilómetros a la redonda: un pub a la americana donde engullimos unas pizzas que no eran nada del otro mundo. Me costó la cena casi lo mismo que me hubiera llevado un hostal, 23 euros, pero fue una experiencia de radical trascendencia para mi futuro viajero, pues me espoleó a seguir empleando Couchsurfing en Estados Unidos, con éxito, lo cual me proporcionó mil historias más que contar. Tomek sacó la botella de whisky al regresar al apartamento, y me brindó multitud de mapas y consejos viajeros para recorrer la isla, que aún desconocía por completo: aún no me había informado sobre la misma, iba a la aventura. El whisky, con hielo. El hielo, ingenioso detalle, con la forma de Islandia, la Tierra del Hielo.

A la glacial mañana siguiente, junto con mi anfitrión, abandoné el hogar bien temprano. Él, a trabajar; yo, en busca de un autobús que me transportase a la capital Reykjavic. Continuará.

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El hielo, con la forma de Islandia
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En busca de la estación de autobuses, cruzando un pueblo
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Después de Islandia, la Ruta 66 me esperaba… Casa 66, una premonición
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Paseo marítimo de Keflavic

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