Buena gente, la de los pueblos como Suwon

El día amaneció lloviendo a cántaros, algo totalmente inesperado tras una semana de días soleados y calurosos. Me enfundé en mis ropas de lluvia, que eran básicamente las mismas del día anterior más un paraguas, y me dirigí a la estación de metro para ir a una ciudad llamada Suwon, donde hay un palacio rodeado de murallas que, un sitio más, es Patrimonio Mundial UNESCO.

Las murallas de Suwon
Las murallas de Suwon

Una hora y pico necesita el metro para llegar allí, y cuando lo hace sigue lloviendo más de lo soportable. Le pregunto a unas chavalas por la muralla y me dicen que está muy lejos, que no puedo ir andando; al menos 40 o 50 minutos, dicen. Pero en el mapa yo lo veía ahí al lado, así que no les hago ni caso. Cuando la gente te dice que un sitio está a 40 minutos andando, normalmente está a solo 20 o 25, porque en el mundo desarrollado nos hemos acomodado a no tener que andar para ir a los sitios y nos espanta la idea de caminar media hora.

Sigo caminando bajo mi paraguas sin tener muy claro ni donde estoy yo ni, menos aún, el sitio en cuestión. Me meto en una tienda de esas donde se echa la lotería y las quinielas coreanas, dirigiéndome mapa en mano al que regenta el lugar. Como no sabe ni papa de inglés y tampoco se aclara con el mapa, un colega suyo que nos miraba un par de metros más allá, y que aparentemente andaba también por allí perdido aunque de manera distinta a la mía, se nos acerca. Me mira directamente a la cara con media sonrisa sarcástica, me hace una señal con la mano, mostrándome su palma abierta, en señal de “tú tranquilo, muchacho”, coge un papel y un bolígrafo, y se sienta a dibujar.

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El Delineante, como acerté en llamarlo, trazó dos líneas paralelas en mitad de la hoja, tamaño post-it, y a continuación dibuja otras dos líneas perpendiculares, muy despacito, que dan a juntarse con las dos líneas primeras, en lo que obviamente era un cruce de calles. En una esquina del cruce dibuja un círculo y escribe en coreano los caracteres de “policía”, mientras me dice “police, police“. Luego dibuja dos flechitas, en dirección a la calle que gira a la izquierda según se llega al cruce. Entonces se queda parado, pensativo, haciendo varios amagos de dibujar más líneas, dibujando y luego tachando, con lo que aquello se convierte en el mapa de un berenjenal. Al final se da cuenta de que la está liando mucho y le da la vuelta a la hojita. Empieza de nuevo.

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Vuelve a escribir dos líneas paralelas. Las tacha con una cruz y vuelve a dibujarlas pero casi pegando al borde de la hoja. Yo empiezo a rascarme los huevos con impaciencia y ganas de darme la vuelta para irme sin decir ni pío. Ni siquiera estaba seguro de que el tipo supiera a dónde quería ir yo. Sigue con el cruce, “police, police“, de nuevo en su circulito situado en la esquina, igual que antes, y yo ya le contesto por inercia en español “que sí, que sí”. De nuevo las dos flechitas, y luego más líneas a derecha, y luego izquierda, y una gran avenida, con árboles y señoras paseando sus perritos. Pero la avenida le ha salido bastante torcida, al Delineante, así que intenta enderezarla con nuevas rayas, que dibuja muy despacio. Extremadamente despacio. Poniendo a juego mi paciencia. Se detiene para contemplarlas, a las líneas, en varias perspectivas diferentes, y una vez más vuelve a rectificarlas muy, muy, despacio. Hasta considerar que le han quedado suficientemente bonitas.

Yo ya dejo de prestarle atención y miro la de agua que está cayendo fuera. Espero a que mi amigo, el Delineante, termine su nuevo plan urbanístico mientras echo mano al bocadillo al que se la tengo jurada desde un rato atrás, y que va a pagar toda mi frustración. Me entrega el mapa, orgulloso de un trabajo bien hecho. Hay varias carreteras que tras dibujarlas fueron tachadas, y mucho me temo que no me van a llevar ni a Roma. Pero he de reconocer que el hombre puso todo su empeño; agradecido le quedé, y salí a comerme mi bocadillo a un portal contiguo.

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No transcurrieron dos minutos cuando sale el Delineante para informarme por señas de un error al elaborar el mapa, pues una calle no era para la izquierda, sino para la derecha. “Da igual, da igual, thank you“, le digo. De la nada se saca un amigo, felices ambos, que parece ser es el dueño de la furgoneta aparcada en doble fila justo delante de la tienda de lotería. ¡ahora nos dice por señas que el amigo nos va a llevar! Me parece tan cojonudo que me temo haberlo malinterpretado, así que, sacando lustre a mis dotes teatrales, simulo conducir una furgoneta color naranja en Suwon, a lo que me asevera que “yes, yes” y que “free“. Free, qué gran palabra. Aquello me parecía tan bueno que temí ser raptado, violado y descuartizado.

Finalmente llegué al destino, en furgoneta, y sí que es verdad que estaba a un buen paseo de distancia. Y aunque aquella ciudad tenía un millón de habitantes, era un pueblo en comparación con la vecina metrópoli de Seúl y sus 23 millones de almas. En un pueblo me sentía yo, rodeado de una mayoría de edificios bajos y escaso tráfico. Y pensaba entonces en la gente de los pueblos, que es comúnmente más sencilla y espontánea, y posee un puntito extra de generosidad o de falta del egoísmo, que también se le podría llamar. Egoísmo que en las ciudades vemos exponenciado a causa de la vertiginosidad de la vida, del estrés, la competitividad y la presión social. Y yo grito, ¡vivan los pueblos! Y viva Suwon, aunque sólo lo sea en espíritu.

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