El bloqueo desde lejos. Acercarse más con la cámara era verdaderamente peligroso.

Bloqueos indígenas, de fraudes y apariencias

Durante los pocos días de este viaje, tanto en México como en Guatemala, descubrí que no se puede dar por sentada la inocencia o indefensión de un colectivo por el simple hecho de observarlo como el débil o el históricamente denigrado. Hay que analizar los hechos uno a uno, sin dejarse llevar de antemano por quién los lleva a cabo.

Era el tercer bloqueo de carreteras al que nos enfrentábamos en cinco días. El primero fue en México, al dirigirnos hacia San Cristóbal de las Casas, cuando una huelga de transportistas nos obligó a buscar un camino alternativo, en buena parte sin asfaltar y embarrado por la copiosa lluvia, que nos supuso tres horas más de ajetreado trayecto. El segundo, también en México, nos atrapó tras nuestra visita a Tuxla, ya de regreso a San Cristóbal de las Casas, y solo pudimos atravesarlo gracias a que nos llevaron en un vehículo hasta el mismísimo bloqueo, situado en mitad de la nada, en una autovía que cruzaba una cadena montañosa. Cruzamos el bloqueo indígena a pie –protestaban porque el alcalde de su localidad no había cumplido una promesa de construir una depuradora de agua, o algo similar- y nos recogieron en otro vehículo al otro lado del mismo. Tuvimos relativa suerte en ambos casos.

Bloqueo superado en México, entre Tuxla y San Cristóbal de las Casas
Bloqueo superado en México, entre Tuxla y San Cristóbal de las Casas

El tercero nos sorprendió en Guatemala, a la una de la tarde, pocos kilómetros después de haber cruzado la frontera entre México y dicho país. Apenas diez vehículos se encontraban delante de nosotros, lo cual indicaba que el bloqueo llevaba pocos minutos levantado: una comunidad indígena había depositado piedras en mitad de la carretera y detenido los vehículos en ambos sentidos. Casi siempre eran los indígenas los autores de estos bloqueos, por distintas motivaciones. En éste caso fue una acusación de presunto fraude electoral en las elecciones del domingo 6 de septiembre la que inició este acto de protesta.

Se detuvo nuestra furgoneta y quedamos varios minutos en el interior, avisados por el conductor de que era peligroso acercarse al bloqueo. Desde allí divisábamos varias camionetas y automóviles que esperaban delante, precedidos a unos cien metros por un camión blanco detenido justo frente a las piedras. Detrás, unos neumáticos ardían pocos minutos después, desprendiendo un espeso humo negro. Pasados unos veinte minutos bajamos de la furgoneta a tomar aire, pues aquello iba para largo. Nuestro conductor comentaba que seguramente hasta la noche no nos dejarían pasar, pero no había certeza de ninguna de las opiniones vertidas en aquellos instantes, y advertía que también existía la posibilidad de que no permitiesen el paso durante días. Lo que estaba claro es que no llegaríamos esa noche a nuestro destino, Ciudad de Guatemala, demasiada lejana. Tampoco llegaríamos hasta Antigua, por lo que automáticamente quedó descartado el poder llegar a la mañana siguiente a la reunión que teníamos en la Universidad. Aquel bloqueo inesperado, por lo pronto, nos iba a obligar a buscar hotel en cualquier ciudad intermedia, costándonos cierto dinero, y nos imposibilitaría cumplir nuestras obligaciones al día siguiente. Obviamente no éramos los únicos perjudicados entre los cientos de vehículos retenidos en la carretera, que se perdían ya tras la curva detrás nuestra, entre el verdor de la vegetación del precioso cañón en el que nos encontrábamos retenidos, sin escapatoria.

El bloqueo desde lejos. Acercarse más con la cámara era verdaderamente peligroso.
El bloqueo desde lejos. Acercarse más con la cámara era verdaderamente peligroso.

Tras algo más de media hora de espera decidí acercarme al bloqueo a ver qué ocurría, puesto que cada vez más gente se arremolinaba frente al mismo y parecía ser seguro. Allí se encontraban tanto indígenas como no indígenas, muchos de ellos conductores y pasajeros retenidos al igual que nosotros. Al aproximarme leí varios carteles que hablaban sobre la exigencia de repetir las elecciones, sobre cómo querían que regresase al poder el anterior alcalde y exigían la renuncia del nuevo, un tal Julio al que no dudaban en tachar de corrupto. En los corrillos lejos del bloqueo, la gente afirmaba que los indígenas no estaban de acuerdo con el candidato que había ganado las elecciones y exigían que regresara el anterior: puros intereses personales, afirmaban. De ser así, me hallaba ante una protesta de cariz antidemocrático, aunque disfrazada de protesta legítima y azuzada emocionalmente por el sector indígena, al que nuestros ojos occidentales tienden románticamente a defender sin importar las causas reales. Durante los pocos días de este viaje, tanto en México como en Guatemala, descubrí que no se puede dar por sentada la inocencia o indefensión de un colectivo por el simple hecho de observarlo como el débil o el históricamente denigrado. Hay que analizar los hechos uno a uno, sin dejarse llevar de antemano por quién los lleva a cabo.

Al contrario que las personas detenidas en el bloqueo, que los acusaban de cuentistas, los indígenas hablaban de fraude con las papeletas electorales. Una persona con un micrófono sonaba en la lejanía afirmando que habían encontrado una cantidad de papeletas falsas que ya estaban en posesión de alguna persona que las custodiaba como pruebas. Llegaban cada vez más indígenas y se metían dentro del bloqueo, que tenía dos caras separadas por unos 150 metros. “¡De aquí no nos vamos hasta que consigamos la repetición de las elecciones, llueve, nieve o relampaguee, de aquí no nos movemos ni en uno, ni en dos, ni en tres días!”, gritaba la voz del micrófono.

Una mujer de algo más de cuarenta años y de aspecto “ladino” (no indígena sino mestizo entre indígena y europeo), caminaba delante mía con un teléfono móvil en la mano. Se encontraba a un metro mía cuando lo levantó e hizo una foto. Un muchacho la cazó en ese instante y se abalanzó sobre ella visiblemente enfadado, espetándole que no hiciera fotos e intentando arrancarle el teléfono de las manos. La mujer reculó dos pasos y se situó aún más cerca de mí, que decidí mantenerme en el mismo sitio. Una muchedumbre tendió sus manos hacia la mujer, con varios hombres intentando arrancarle el teléfono y otros tantos exigiéndole que borrase las fotografías pero sin pretender quitarle el teléfono. Un muchacho con camiseta negra, bastante joven, intentó aplacar a los más violentos pidiéndoles que no agredieran a la mujer, y controló que efectivamente la mujer borrase la foto. Mientras tanto, una mujer indígena de unos cincuenta años, que aguantaba un palo de considerables dimensiones y grosor en su mano, hizo un ademán de estampárselo en la cabeza a la mujer, a la par que gritaba y exigía a los hombres que le quitaran el teléfono. Sus intenciones, ciertamente, parecían ser las de darle una paliza a la mujer. El chico de la camisa negra empezó a gritar que no la golpeasen, que fuesen pacíficos, pero la situación era cada vez más tensa hasta que la mujer, con dedos temblorosos, demostró que ya había borrado la desafortunada fotografía. Solo entonces la dejaron tranquila.

Me lancé sin pensarlo demasiado hacia el muchacho indígena de la camiseta negra y le toqué en el hombro. Le dije que era un periodista español y que estaba interesado en conocer las circunstancias de lo que estaba ocurriendo en aquel lugar. Inmediatamente me vi rodeado de jóvenes indígenas curiosos y atentos a mi conversación con el muchacho. Me explicó que habían encontrado papeletas falsas y le pregunté quién las había encontrado, si la policía o ellos mismos, y no me supo responder muy bien, limitándose a repetir “sí, las hemos encontrado”. Deduje que no existía fiabilidad alguna de que esas falsas papeletas hubieran sido efectivamente usadas, puesto que habían pasado dos días desde las elecciones y podían ser pruebas fabricadas o una mera invención, un farol o una excusa.

Me dijo que exigían la repetición de las elecciones porque era una injusticia lo que había ocurrido. Le pregunté cómo estaban organizados y me dijo que los líderes de la comunidad se habían puesto de acuerdo para convocar el corte de la carretera, y cuando le pregunté por la estrategia que seguirían me dijo que cada dos o tres horas pensaban abrir el paso para que cruzasen los vehículos detenidos. Admití que me parecía una buena estrategia, que era positivo que no buscasen más enemigos entre la gente que esperaba, puesto que las personas podían comprender sus intenciones y esperar un par de horas, pero más sería contraproducente para sus objetivos al posicionar a la ciudadanía en su contra. También me confesó que poco a poco irían llegando otros grupos de otras comunidades indígenas de la zona, que algunos de ellos tenían ideas diferentes y buscaban más confrontación directa. “Como la vida misma”, admitió. No todos los indígenas compartían la misma idea de pacifismo y moderación, eso quedó pronto claro.

Le felicité por su actuación anterior a la hora de defender a la mujer, elogiando la manera pacífica en la que había actuado, e indicándole honestamente que mi impresión era que los métodos pacíficos eran la mejor estrategia, como si mi opinión fuese a servir de algo. No perdía nada por intentarlo. Le di las gracias por su atención y me ofreció su mano. Les dejé allí cuando empezaba el discurso propagandístico por los micrófonos. Eran varios los líderes comunitarios que se turnaban para propagar su voz a través de los altavoces, pero me llamó especialmente la atención un hombre que, pese a no tener estudios según me confirmaron, hablaba excepcionalmente bien e insistía continuamente a sus camaradas sobre la necesidad de mantener una actitud pacífica, al mismo tiempo que se dirigía a los miembros de la Policía Nacional Civil que acababan de llegar y les pedía que no intervinieran para que así se evitasen mayores altercados.

Resultaba evidente que este líder tenía cierta preparación en estrategias noviolentas, e intentaba aunar a todos los indígenas allí reunidos para mantener cierta organización y llevar a buen fin la protesta. Sin embargo, otro hombre y una mujer, especialmente ésta última, cada vez que agarraban el micrófono pronunciaban un discurso camuflado en el pacifismo pero impregnado de amenazas de violencia. Así, llamaban para defenderse con violencia en caso de que la policía osase intervenir, puesto que era su derecho el de manifestarse. “No queremos que haya disturbios, pero nos vamos a defender y la policía debe atenerse a las consecuencias si interviene”, amenazaba veladamente la mujer mientras recibía los vítores de los manifestantes. Cada rato llegaban nuevas camionetas cargadas de indígenas y cada vez más de ellos portaban largos y gruesos palos en sus manos. “Podéis hablar mucho de ser pacíficos, pero mientras vayáis con palos en las manos y amenacéis con responder violentamente a cualquier provocación nadie os va a creer”, le comenté a una mujer que conocí en la primera línea de bloqueo y con la que estuve hablando un buen rato. Era comprensiva y me daba la razón, culpando a ciertas personas con actitudes menos dialogantes por promulgar esos mensajes poco pacíficos e incitar a las masas.

Igualmente amenazaban a los que tomaban vídeos o fotografías, pidiendo a través de los micrófonos que la muchedumbre fuese en busca de aquellos que fueran encontrados tomando una instantánea de lo que allí ocurría. “No queremos tener problemas, pero estamos avisando, si alguien toma una fotografía con el celular, tendremos que agarrar el celular y romperlo, no somos responsables de lo que a esta persona le pueda ocurrir”. Otras veces avisaban de que en tal o cual punto había sido vista una persona tomando una fotografía y rápidamente un grupo de jóvenes armados con palos se dirigía corriendo hasta tal punto, mientras todo el mundo dirigía sus miradas en busca del culpable. En dos o tres ocasiones observé algaradas en las que varios individuos eran rodeados por la multitud, aunque en ningún momento pude comprobar que surgiese la violencia directa. No así la violencia verbal y psicológica. En este sentido, a dos mujeres de avanzada edad vestidas con sus coloridos trajes tradicionales no las dejaron entrar en el bloqueo por ser acusadas en voz alta de “haber votado a Julio”, que era el candidato que había ganado las presuntas elecciones fraudulentas. Otro joven era acompañado al exterior a empujones y bajo amenazas de otro grupo de jóvenes, que aparentemente lo acusaban de estar afiliado al “enemigo”.

Eran llamativos los contradictorios mensajes relativos al derecho a manifestarse y a los derechos humanos. Los líderes al micrófono afirmaban estar defendiendo sus derechos y estar ejerciendo el derecho de libertad de expresión, pero no parecían darse cuenta de los derechos que cercenaban a los cientos de ciudadanos que veían su derecho de libre tránsito interrumpido, de los derechos al honor de aquellos que eran denigrados por tener otra ideología o haber ejercido su derecho al voto hacia otro partido, el derecho de libre expresión de aquellos que disentían, o el derecho a tomar fotografías de una manifestación pública.

La contradicción era máxima en muchos otros sentidos. Aunque portaban pancartas expresando sus mensajes, impedían la difusión de los mismos en los medios de comunicación o las redes sociales al prohibir las imágenes, dificultando así al extremo la difusión de su mensaje de protesta y la consecución de mayor repercusión mediática. Por otro lado, según me dijo la mujer que conocí en primera línea del bloqueo, esperaban la llegada de los medios de comunicación nacionales para que hicieran entrevistas, y solo después de eso levantarían el bloqueo a los vehículos aunque solo fuese momentáneamente. Al parecer, la prohibición de la captura de imágenes se debía a que querían proteger la identidad de los líderes promotores de la manifestación, puesto que temían que el gobierno y la policía tomaran represalias contra ellos más adelante. Pero si venían los medios de comunicación tomarían igualmente imágenes de los líderes de la protesta, a los que entrevistarían, y entonces tendrían exactamente los mismos problemas. Así se lo indiqué a la mujer cuando me explicaba todo esto. Me miró con cara de sorprendida y respondió con una media sonrisa de vergüenza al ver lo absurdo de la situación, sin saber contestar, al igual que la gente que nos rodeaba y que igualmente se quedó pensativa ante mis palabras. Ni ellos mismos sabían lo que querían.

Pronto los altavoces pasaron a soltar mensajes políticos de un partidismo repelente. Los líderes comunitarios hablaban de lo bien que lo había hecho el anterior alcalde, mencionaban su nombre mientras afirmaban que era la mejor persona para gobernar su municipio, y no la persona que había ganado las elecciones y a la que calificaban abiertamente de corrupto. Acusaban de viva voz a profesores y otros profesionales que habían apoyado al tal Julio, y los acusaban de estar vendidos. La gente ajena a la manifestación afirmaba sin dudar que los allí presentes estaban pagados y proveídos de alimentos por el anterior alcalde, que era todo una farsa para que el poder regresase al cacique de turno que había comprado corruptamente su lealtad.

“Aquí a mi lado tengo a una mujer que me acaba de decir que a ella le dieron una papeleta que ya estaba marcada para votar a Julio, ¡esto es una vergüenza! ¡No se puede permitir!”, decía la mujer del micrófono. Si los argumentos que aportaban eran de ese tipo, meros rumores infundados, su cruzada no ofrecía la más mínima credibilidad. “Ya hemos enviado las pruebas -papeletas falsas, de papel de mala calidad, según me dijeron- al Tribunal Electoral”, afirmaba otro hombre al micrófono. Lo lógico, pensé, es que dejasen primero actuar al Tribunal Electoral una vez recibidas las pruebas y, si estas pruebas eran reales y no tomaban ninguna medida al respecto, entonces levantar la protesta. En general, nadie creía en la protesta indígena.

No era la primera vez que veía surgir el odio hacia los indígenas, los cuales, según los no indígenas que me rodeaban, se manifestaban por motivos puramente políticos partidistas. Este sentimiento no hacía más que crecer entre la muchedumbre que permanecía expectante y silenciosa durante horas, con cierto miedo de expresarse, por miedo a decir algo y ser linchados e incluso quemados vivos, “como ya ha ocurrido en otras ocasiones”, afirmaban. Los no indígenas hablaban de los indígenas como bárbaros retrógrados: inadaptados a las leyes del país, con su propia ley tradicional y patriarcal, viviendo en un halo de impunidad ante la falta de poder gubernamental, tanto en México como en Guatemala, para hacer valer el estado de derecho dentro de las comunidades indígenas. Todos hablaban de cómo en muchas ocasiones se habían tomado la ley por su mano -por ejemplo, quemando vivos a dos personas no indígenas por haber partido el brazo a una niña indígena en un accidente de coche y no tener dinero para pagar la “multa” que les exigieron-, de cómo realizaban extorsiones, vivían del tráfico de drogas, propiciaban la exclusión de sus propios conciudadanos, de cómo los caciques nadaban en la abundancia mientras que mantenían en la pobreza a la mayoría, etc. Por si fuera poco, como gota que colmaba el vaso, recibían ayudas gubernamentales por ser un sector social desfavorecido. Esto era quizá lo que más molestaba a los presentes: los indígenas habían pasado de ser desfavorecidos a aprovechar su situación de poder en beneficio propio pero de manera poco ética.

Tras unas tres horas de bloqueo dejaron por fin pasar a los peatones que esperaban a ambos lados de las barricadas. Una oleada humana traspasó el territorio del interior del bloqueo y continuó su camino, pero tras diez minutos de libertad de tránsito volvieron a cerrar el paso y la gente volvió a acumularse a ambos lados. Desde entonces, cada media hora o cuarenta minutos repetían el proceso, y en una de esas ocasiones que permitieron el paso aproveché para adentrarme al interior del mismo. Allí observé multitud de hombres con palos y divisé, al otro lado del bloqueo, un nutrido grupo de antidisturbios preparados para actuar. Le pregunté a uno de los hombres armados si pensaban abrir el paso para los vehículos en algún momento, pero su respuesta fue que los vehículos no pasarían hasta que obtuviesen una respuesta afirmativa del Tribunal Electoral, tardase lo que tardase, y que mientras eso ocurría estarían allí cortando el tráfico. Poco después los altavoces transmitían ese mismo mensaje a los cuatro vientos. Los radicales se habían hecho claramente con el control.

Dieron las seis de la tarde, llevábamos cinco horas atrapados en el bloqueo y nada se movía, por lo que el conductor de la furgoneta expresó que sería oportuno dar la vuelta, buscar un hotel y pasar allí la noche. A la mañana siguiente movilizarían otra furgoneta al otro lado del bloqueo, que pasaríamos caminando. Nos pusimos en marcha para irnos, regresando por el mismo camino, pero el carril no estaba del todo libre y nos vimos detenidos a los pocos metros. La mayoría, entre los que yo me incluía como principal voz, votamos por quedarnos allí hasta al menos las ocho de la tarde, por si abrían finalmente el bloqueo, así que volvimos a dar media vuelta hacia el lugar donde estábamos inicialmente. En ese instante los conductores de los vehículos que nos rodeaban empezaron a perder la calma al ver que anochecía y que todo seguía igual, formando una orquesta de cláxones que era el primer síntoma de disensión ante la protesta indígena. De repente todos se callaron. Alguien vino hasta la ventana de nuestra furgoneta y le dijo al conductor que los indígenas habían amenazado con quemar los vehículos de todo aquel que fuese escuchado sonando la bocina. En ese momento, y junto con otros rumores de que los antidisturbios se estaban preparando para intervenir -nuestra posición era demasiado cercana al bloqueo y se temía que nos pudiera afectar-, nuestro conductor decidió marcharse, aunque yo y otros manteníamos que la situación no era de peligro inminente y que sería más conveniente esperar hasta las ocho. Descartaba que los antidisturbios interviniesen, en tanto que los indígenas eran mucho más numerosos y el terreno no era nada propicio para una actuación policial de ese tipo. Por otro lado, los cláxones habían dejado de sonar y todo estaba en calma de nuevo.

Nos pusimos nuevamente en marcha a las 18:30 y recorrimos dos kilómetros de vehículos detenidos esperando, desesperados, sin apenas información, preguntando a nuestro paso si se había abierto ya el bloqueo. Intentamos buscar un hotel pero la mayoría estaban llenos y, los que tenían plazas libres, estaban intentando hacer su agosto. A las 19:30 llamaron por teléfono al conductor para informarle de que el bloqueo estaba abierto, pero nosotros estábamos ahora a unos 30 kilómetros del mismo. Dimos media vuelta y nos dirigimos de regreso al punto de conflicto, cruzándonos por el camino con todos los vehículos que esperaron en el lado contrario y que ya avanzaban en fila india. Cuando llegamos al punto caliente, ya no quedaban allí nada más que policías antidisturbios: todos los indígenas se habían marchado, y la fila de dos kilómetros de vehículos avanzaba delante nuestra, incluidos pesados trailers que ralentizaban la marcha y nos dificultaban el paso. El trayecto fue una pesadilla de adelantamientos a toda velocidad a lo largo de una carretera montañosa de un carril en cada sentido, plagada de curvas con nula visibilidad, en una lucha entre los diferentes vehículos por ver quién llegaba antes a su destino. Habíamos perdido siete horas, pero afortunadamente eso fue todo lo que perdimos aquella noche. Entendí el odio que los afectados por aquel bloqueo sintieron ante los indígenas, y comprobé que mi idea inicial sobre lo positivo que hubiera sido abrir el paso a vehículos cada dos o tres horas hubiera evitado la confrontación entre ciudadanos normales y los protestantes. En toda protesta se ha de intentar ganar apoyos, no sumar enemigos.

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Lago Atitlán

Finalmente llegamos a Panajachel, ciudad que no conocíamos pero que resultó ser un importante centro turístico junto al lago Atitlán, uno de los lugares más turísticos de Guatemala, y un lugar que tenía en la lista de escapadas a realizar desde Guatemala: me lo encontré de camino. Nos llevaron a un hotel de mala muerte donde descansamos como pudimos, y al día siguiente realizamos una visita matutina al lago, en cuya orilla disfrutamos de una cerveza con vistas a los tres volcanes al otro lado de las aguas. A las 12 nos recogió otro transporte y continuamos nuestro camino hasta Ciudad de Guatemala, a donde llegamos 34 horas después de haber salido de San Cristóbal de las Casas, ciudad situada a tan solo 470 kilómetros de distancia.

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Volcanes al otro lado del Lago Atitlán.

En realidad, fue una jornada inmejorable: había conocido de primera mano la realidad guatemalteca, experimentado en primera persona una protesta con sus luces y sus sombras, aprendido a no santificar a los indígenas por el mero hecho de haber estado históricamente excluidos y explotados, a no tachar de xenófobo a todo aquel que lanzase una crítica contra un indígena sin antes haber escuchado los argumentos y comprobado la veracidad de las acusaciones, y había disfrutado de una visita inesperada al Lago Atitlán. Y todo por el mismo precio. Como siempre, la carretera provee.

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