Blade Runner en Osaka

Blade Runner en Osaka

Entre los rascacielos de aquella ciudad me sentí en el pellejo del caza-replicantes Rick Deckard por unas horas, pues aquella profusión de luces, neones y pantallas de televisión gigantes, del tamaño de edificios enteros, me hacía pensar que podía estar viviendo dentro de la película Blade Runner en Osaka.

No le echemos las culpas únicamente a la iluminación, aunque ésta fuese tan profusa que, de no ser por el cielo negro oscuro, nadie diría que era ya media noche. Grupos de personajes con los más extraños atuendos y acicalamientos contribuían a crear un ambiente de película: realmente parecían salidos del celuloide.

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Me dirigí a un pequeño parque en una avenida llamada America Mura. De América intentan copiar las tonterías nada más, y el lugar se ha hecho famoso por ser donde van a reunirse jóvenes vestidos con los más estrafalarios atuendos. Su forma de romper con la represión social del país. En el otro extremo, el número de tacones de vértigo era desbordante entre las féminas que no vestían de forma alternativa.

Blade Runner en Osaka

A mitad de camino decidí parar en un izakaya, que vienen a ser algo así como las taperías de Japón. La intuición llevaba a pensar que era un sitio caro aquél, pero al entrar divisé una pizarra describiendo una oferta especial, a 100 yenes la pieza de sushi, un precio realmente asequible. O eso quise yo entender. Con gestos de mis manos le indiqué a la camarera, cuyo nivel de inglés era subterráneo, si cuatro piezas serían 400 yenes. Junto con la cerveza, 380 yenes más, el total eran 780 yenes, unos 6€, lo cual estaba muy bien.

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Al llegar la factura, ésta era de 1330 yenes. “Mí no entender”, pensé. El malentendido suponía unos cinco euros de más, y la ineptitud de la camarera me provocó una rabia atroz. Sin embargo, conociendo por experienica la inflexibilidad nipona, saqué la cartera y me dispuse a pagar, mas ni cejé en mis comentarios ni las expresiones iracundas se desvanecieron de mi cara.

Cuando ya estaba la factura pagada, quedaba yo esperando el cambio, se me acercó el encargado del local quien, ahora sí, hablaba inglés. Le expliqué lo que había ocurrido y le dije que no me parecía serio, pues si la camarera no me estaba entendiendo al menos que no asintiera como si lo hiciera. Además, que la carta del menú no estaba nada clara para el que no supiera japonés, y ya podrían haberse preocupado más por el turista. Me explicó que la oferta era solo para determinados tipos de “tapas”, escapándose algunos de los que yo había pedido. Las mejores no estaban en oferta, hablando claro.

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Mayor fue mi sorpresa cuando al proceder a abandonar el local el que era el jefe me acompaño hasta la puerta. Giré, me despedi educadamente y salí. Éste, en vez de quedarse en la puerta descendió las escaleras junto a mí, esbozando disculpas ante lo ocurrido. Le afirmé que no pasaba nada, que estaba bien. En esas percibo unas monedas moviéndose en en su mano, que sin mediar palabra suelta sobre la mía. Le miro atónito, le digo que gracias y que mañana regresaría. Aunque era perfectamente consciente de que al día siguiente partía hacia Kyoto, pero qué le iba a decir al buen hombre.

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Eran unos cuatro euros, compensándome así completamente por el malentendido. Le quedé eternamente agradecido, aunque mi felicidad no fue tanto por haber conseguido que la cena tuviese un precio razonable como por experimentar cierta flexibilidad procedimental en un japonés. Abrió puertas a mi esperanza perdida.

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Llegué al parque atravesando calles donde abundaba la soledad, quizá por ser horas demasiado tardías para un día laboral. Divisé a lo lejos un par de skaters y me acerqué para entablar conversación, con idea de preguntarles por qué había tan poca gente en el lugar. Al final, uno de los dos japoneses en monopatín resultó ser hijo de madre española, y estuvimos chapurreando español durante unos minutos. Qué pequeño es el mundo, pareciera de ciencia ficción.

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