El lago, por fin

Big Almaty Lake

“[…] un estúpidamente diseñado tubo de escape en la parte frontal, que facilitaba la introducción de toneladas de CO2 y otros gases potencialmente letales en la cabina, para ser inhalados sin remedio. El simpático Dimitri moriría joven, pronostiqué”.

El bosque en las montañas junto a Almaty
El bosque en las montañas junto a Almaty

La ciudad de Almaty se extiende hacia el Sur hasta encontrarse con una cadena montañosa llamada Alatau, que despega de la nada hasta alcanzar alturas llenas de cumbres nevadas, factibles de ser intuidas desde la mismísima ciudad a través del triste cielo gris creado por la densa polución.

La subida hacia el lago, 12% de desnivel
La subida hacia el lago, 12% de desnivel

Por allí perdido entre aquellos picos se perdía un recogido lago turquesa, color de las aguas glaciales antes de malearse en el curso de los ríos. Ascendimos primero en el autobús público número 28, desde la falda donde yacía Almaty hasta mitad de camino, aún a quince kilómetros del lago. Éste dormitaba 1.100 metros de desnivel más arriba, a nada menos que 2.500 metros de altitud. Imaginaros cómo se las gastaba la cuesta. Nada más apearnos en la última parada del autobús, el conductor de una furgoneta que esperaba a unos cuantos turistas que se bajaron con nosotros, fue tan amable de ahorrarnos los primeros cinco kilómetros de trayecto. Ahí se acabó la suerte de momento, y nos tocó una larga caminata escarpada colina arriba.

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Subimos por un atajo recomendado por un par de kazajos que decían conocer el lugar, y en vez de bordear las montañas siguiendo el curvado asfalto, que en algunos puntos parecía enroscarse sobre sí mismo mientras ascendía a marchas forzadas, hubimos de escalar a tajo hecho, a lo largo de una tubería que llevaba agua desde el lago hasta una central hidroeléctrica más abajo.

La tubería, ya desde arriba... sin aliento
La tubería, ya desde arriba… sin aliento

Una hora nos llevó regresar a la carretera principal, extenuados tras la exigente subida de más de 500 metros de desnivel. Como nota anecdótica, cuando llegamos a la cima nos cruzamos con dos kazajos que nos advirtieron de que unos policías estaban al otro lado exigiendo pagar un soborno si se quería pasar. Pero ya ni en broma íbamos a desandar el camino. Se retorcía la carretera luchando por subir a una media del 12% de desnivel durante kilómetros y kilómetros, serpenteando por la empinada montaña. Entonces, un descomunal camión soviético domado por un enjuto y larguirucho kazajo de etnia rusa, que bien podría haberse llamado Dimitri y por tanto así lo bauticé para mis adentros, se paró amablemente y nos invitó a subir a bordo.

El camión de Dimitri
El camión de Dimitri

 

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El mastodóntico camión poseía una grúa en su parte trasera, colosales ruedas de tractor y un estúpidamente diseñado tubo de escape en la parte frontal, que facilitaba la introducción de toneladas de CO2 y otros gases potencialmente letales en la cabina, para ser inhalados sin remedio. El simpático Dimitri moriría joven, pronostiqué.

Dimitri. ¿Tiene o no tiene pinta de llamarse así?
Dimitri. ¿Tiene o no tiene pinta de llamarse así?
A quién se le ocurre poner un tubo de escape ahí...
A quién se le ocurre poner un tubo de escape ahí…

Nos despedimos de Dimitri donde la carretera bordeaba al lago, a poca altura, proporcionando inmejorables vistas y un agradable descenso hasta la orilla. Todo ello tras parar a repostar vodka en una casa cercana, invitados por unos cachondos rusos que trabajaban allí mismo, medio aislados del mundo, en una estación meteorológica. Celebraban la inminente vuelta a casa, de hecho. Vodka, dos chupitos, acompañado por algo así como sandía en almíbar, que en un suspiro se nos subieron sutilmente a la cabeza alegrando la travesía.

Simpáticos personajes, un tanto alcoholizados
Simpáticos personajes, un tanto alcoholizados
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Lo que sea que diga aquí, es donde trabajaban nuestros amigos

El lago en sí parecía de mentira. Ese color turquesa yo pensaba que solo era fruto de retoques de ordenador, pero lo que tenía ante mis ojos era tan real que parecía artificial, paradójicamente. De Noviembre a Junio el lago está helado, así que solo se ve blanco. En verano, el fango arrastrado por el deshielo cambia el color de las aguas hasta que éste se asienta. Así pues, aparentemente, llegamos justo a tiempo. El resultado se puede intuir en las fotos. La realidad, de todos modos, era indiscutiblemente superior.

Una panorámica del lago. Un poco cutre, lo sé
Una panorámica del lago. Un poco cutre, lo sé
El lago, por fin
El lago, por fin

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