Bienvenido a Assilah

“Pero yo lo entendía, no me lo tomaba a mal. Se trataba de la consecuencia perfectamente comprensible de aquel desequilibrio económico separado por tan solo 14 kilómetros de agua salada. Cada cual luchaba por ganarse la vida como podía, y no se me ocurría culparles por ello. La actitud de aquellos buscavidas no me resultaba molesta a pesar de su terca insistencia y sus fortuitos malos modos, sino que lo que me molestaba era la realidad tan opuesta que separaba nuestros mundos. La injusticia, la incomprensión, el egoísmo de la sociedad occidental”.

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Mi ferry cruzándose en el Estrecho de Gibraltar con otro similar

Cruzar el estrecho por primera vez y poner pie en Marruecos y, por ende, en África, es una experiencia vital que trastoca la tabulación de los propios conceptos mentales. Uno puede leer mil veces que África queda a sólo 14 kilómetros de Andalucía, o que desde la costa malagueña en días claros se pueden ver las montañas del Riff, pero no se es realmente consciente de la realidad hasta que se siente en piel propia.

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El ferry

Te subes al ferry en Algeciras durante una hora de navegación tranquila en la que te entretienes haciendo cuatro fotos al mar y preocupándote de sellar tu pasaporte en la oficina de inmigración marroquí, instalada en el propio barco. La nave se detiene y cuando te asomas por la ventana ves la costa marroquí. Cuando te subes en un avión durante diez o más horas y te bajas en India, China o Dubai, tienes tiempo de concienciarte sobre el cambio de realidad que encontrarás al llegar. Pero en este caso, tras una hora escasa de navegación te bajas del barco con la ciudad de Tánger al fondo y, cuando pones pie en tierra, piensas: “coño, estoy en África”. Has pasado de Europa a África en cuestión de minutos. Del continente deseado al continente maldito antes de que te haya dado tiempo a meditarlo, sin tiempo para asimilar el viaje en el tiempo que acaba de producirse.

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Las chilabas eran una prenda muy común entre los marroquíes

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Cuando compruebas con tus propios ojos el cambio tan radical que se encuentra separado por tan sólo 14 kilómetros de agua, te sientes abrumado. No me refiero únicamente a que el nivel de riqueza sea notablemente diferente, sino también a la costumbres, a la apariencia de las personas, las modas, la alimentación e incluso la arquitectura. Para mí, la idiosincrasia de Marruecos no era novedosa, pues ya la había experimentado en otros países similares como podría ser Turquía, Jordania o Pakistán: lo que me sorprendió es haberlo tenido siempre tan cerca de casa y no haberme dado cuenta. Desde entonces, siento que cambió mi percepción de proximidad con la vecina África.

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Tan pronto como salimos del puerto una nube de taxistas nos invitaron a irnos con ellos, lo cual rechazamos hasta tener más claro si podríamos ir andando hasta la estación de autobuses, con idea de dirigirnos a Assilah. Sacamos dinero en un cajero automático cercano, donde le pregunté al joven guarda de seguridad si era factible caminar hasta la estación. Dijo que estaba a dos kilómetros, pero que un taxi costaría poco más de un euro. Poco después un taxista joven se nos acercó y convenció para irnos con él. Como era de suponer, muchos marroquíes de la costa mediterránea hablan español, cuando no varios idiomas más. Tuvo una discusión bastante tensa, de varios minutos, a gritos con otros taxistas del lugar que estaban esperando su turno en la fila, que él se había saltado recogiéndonos directamente desde el cajero. Nos trasladó hasta la explanada desde donde parten los Grand Taxi, que son automóviles Mercedes Clase E de los años noventa, grandes y robustos, donde se hacinan cuatro personas en los asientos de atrás, dos en el asiento del copiloto, y el conductor. Sólo cuando todas las plazas están llenas, parten.

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Los Mercedes Clase E que funcionan como Grand Taxi tienen muchos años y están por lo general deteriorados. En concreto, en el que yo me subí faltan algunas piezas que dejaban ver elementos interiores “Made in China”.
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En primer plano, típico Grand Taxi de Marruecos.

Allí nos encontramos con una marbellí y un uruguayo que eran pareja y también querían ir hasta Assilah, por lo que decidimos ir juntos y compartir Grand Taxi. Un taxista que solo chapurreaba un poco de español que había aprendido viendo canales de televisión española, nos preguntó a dónde íbamos. Cuando le informamos del destino avisó de que eran 25 dirhams por persona -2,5 euros-, así como nos preguntó si queríamos esperar a ser seis personas o salir inmediatamente. Ninguno entendimos en un primer momento que serían 25 por persona únicamente si llegábamos a ser seis viajeros, por lo que al optar por partir inmediatamente ya estábamos aceptando implícitamente pagar por los dos asientos vacantes. Llegamos a Assilah y el taxista nos indicó que el precio eran 150 en lugar de los 100 que esperábamos. Yo comprendí el malentendido, pero la pareja marbellí-uruguaya comenzó a gritar que nos habían timado, visiblemente enfadados, sin querer pagar. Les expliqué que no era timo, que había sido nuestro error por no entender cómo funcionaba el sistema de transporte del país donde estábamos, y que lo habitual era pagar por las plazas que no se llenaban, pero ellos seguían despotricando igual. El taxista asentía cuando comprobaba que le apoyaba e intentaba solucionar el malentendido. Imaginé cómo le sentiría al pobre taxista, persona de lo más humilde, viéndose insultado y tratado como timador por dos adinerados occidentales que se resistían a pagar dos euros y medio que, efectivamente, les correspondía pagar. Me sentí avergonzado por su actitud. Tras interceder pagaron a regañadientes, le di la mano al taxista y nos marchamos de allí cada uno por su lado.

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Lo de hablar y conducir por el móvil es algo muy común al otro lado del Estrecho. En la imagen, Jalar, el taxista.

A nosotros dos nos quiso acompañar un hombre de ancianidad superlativa que nos intentaba guiar hacia donde supuestamente se encontraba nuestro hotel. Caminó diez metros a nuestro lado y lanzó varias indicaciones que no pude entender mientras señalaba con su mano marcando la dirección. Yo llevaba mapa y estaba perfectamente situado, no necesitaba su ayuda que, en todo caso, fue muy poco útil, pero le escuché atentamente por no ser maleducado. El problema es que cuando terminó con sus fútiles indicaciones pidió propina. Así funcionaban las cosa en Marruecos, me dije, pretendiendo que aquello sirviera como lección: le ofrecí los 5 dirham que llevaba sueltos. Esos pobres diablos buscaban al turista constantemente con intención de ayudar y, la mayoría de las ocasiones, sacar algún nimio beneficio con ello. Muchos, sin trabajo, vivían de ello. Son los ayudantes de Marruecos.

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Calles de Assilah
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Dos mujeres hablan frente a una mezquita en Assilah.

Mientras caminábamos mirando el mapa, hacia la costa, volvimos a encontrarnos con Jalar, el taxista, que se ofreció a reorientarnos. En cuanto le nombré el lugar al que nos dirigíamos, un hombre que aparentaba mi misma edad y hablaba un perfecto español se prestó a guiarnos hasta el lugar en cuestión. Era un joven afable y dicharachero, que trabajaba como guía durante los meses de verano y no se dedicaba a nada en concreto durante el resto del año. Varios minutos después llegamos al destino y le ofrecí una moneda de 10 dirham, que no aceptó, afirmando que nos llevaba hasta allí sin pedir nada a cambio. Agradecido, le prometí que le invitaríamos a un café si nos encontrábamos más tarde en la cafetería situada frente a la medina, donde él decía siempre estar.

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Principal entrada a la medina, a través de los muros de la antigua fortaleza portuguesa.
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La puerta de una mezquita en el interior de la medina de Assilah.
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La celosía de una ventana dentro de la medina.
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Un niño juega a la pelota en el interior de la medina.
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Una chica se sienta sobre la muralla de la medina que da al Atlántico.

Primeramente paseamos por el interior de la medina de Assilah. Era un recinto amurallado por los portugueses, junto a la costa, con multitud de casas y callejones de arquitectura interesante, puertas de colores y ventanas de celosía, así como plagada de tiendas de souvenirs para los turistas. Salimos de la medina buscando un lugar donde comer, cuando divisamos a Fouad aguardando exactamente en la cafetería indicada anteriormente. No era hora de invitar a un café, sino de almorzar. Nos saludó desde lejos y le informamos de que íbamos a comer, no quedándome más remedio que preguntarle si se venía a comer con nosotros. Así lo hizo y, cuando llegó la hora de pagar, dijo tener que ir a una tienda en busca de una tarjeta para su teléfono móvil, desapareciendo por unos quince minutos, teniendo que pagar su parte de la factura al no saber si realmente iba a regresar.

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La primera comida en Marruecos: cuscús.

Pero regresó. Fouad nos daba mucha conversación, prácticamente no paraba de hablar, resultándome ciertamente agotadora su compañía. Era todo un personaje. Decía haber acabado con sus problemas de alcoholismo y drogas para seguidamente confirmar que seguía fumando hachís a diario. Nos vendía la idea de que había vuelto a abrazar el buen camino de la religión, soltándonos sermones al respecto. No paraba de contar las batallitas de su estancia en Inglaterra, donde tenía una exmujer rica a la que abandonó, y que, desde hacía dos años, tenía una novia en Madrid que le mandaba ocasionalmente grupos de turistas para que les sirviera de guía, trabajo por el cual sacaba un buen dinero cada verano. También nos ofreció información sobre qué hacer y qué ver, y cuando regresó de la hipotética tienda de telefonía soltó: “venga, vamos a visitar la medina”.

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La medina vista desde la orilla de la playa.
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Calles de la medina.
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Muchas paredes se encuentran pintadas de un color azul intenso. Más tarde, en Chefchaouen, veríamos el máximo exponente de esta tradición.

Tras un par de horas de caminar por la medina decidimos tomarnos un té moruno y le invitamos, esta vez sí, a un café. Noté cómo dirigió la conversación al tema monetario, lanzando de manera nada inocente información sobre cuánto dinero le daban los turistas adinerados, unos 50 euros al día, y cómo la gente que actualmente tenía poco dinero le daba de 10 a 15 euros. Yo pensaba que nos había llevado a dar una vuelta por la medina en agradecimiento por haberle invitado a comer, pero me di cuenta de que estaba equivocado. Tras haberle invitado a comer y a un café, y sin tener conocimiento previo de que su intención era hacer de guía oficial, le ofrecí 20 dirham sin sentirme cómodo con ello. Me sentía, de hecho, engañado en mi errónea idea de amistad. Cogió el billete con expresión de disgusto y casi repulsa. Repentinamente guardó silencio, ya no daba más conversación: había perdido todo el interés en nosotros.

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Las callejuelas en la medina recordaban a pueblos andaluces.
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Preciosas puertas en el interior de la medina.

En cada lugar que visitamos en el país tuvimos que enfrentarnos a esas personas que se acercan con gesto amistoso, te dicen “bienvenidos” y te preguntan cuál es tu hotel, si estás buscando un restaurante, o si quieres visitar tal o cuál rincón de la medina. Lamentándolo mucho teníamos que negarnos, mostrando una sonrisa y dando las gracias intentando no ser rudo, manteniendo la paciencia y la educación. No siempre era fácil conseguirlo. Una de las veces, en Tetuán, un hombre borracho que se me había acercado intentando guiarme hasta mi hotel y pedirme dinero por ello, terminó insultándome. Otras veces, en cambio, tras advertir que por mucho que nos acompañaran no íbamos a darles dinero a cambio, la gente nos acompañaba tranquilamente, sin esperar nada a cambio, como verdadera muestra de generosidad.

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En la parte inferior de la imagen se encuentra el cementerio Muyaidin de Assilah.
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Mujer paseando junto a las murallas
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Los letreros de las calles eran obras de arte

Pero yo lo entendía, no me lo tomaba a mal. Se trataba de la consecuencia perfectamente comprensible de aquel desequilibrio económico separado por tan solo 14 kilómetros de agua salada. Cada cual luchaba por ganarse la vida como podía, y no se me ocurría culparles por ello. La actitud de aquellos buscavidas no me resultaba molesta a pesar de su terca insistencia y sus fortuitos malos modos, sino que lo que me molestaba era la realidad tan opuesta que separaba nuestros mundos. La injusticia, la incomprensión, el egoísmo de la sociedad occidental. Ante su persistente fijación en mí, sin dejarme pasar desapercibido, sin dejarme sentirme como uno más entre ellos, me hacían sentir como un colono, como un turista, como un adinerado que acudía a su pobre país a aprovecharse de sus precios baratos y luego marcharse para dejarlos sumidos en su misma pobreza. Como viajero, el no acceder a su insistencia me hacía sentirme sucio, convirtiendo un viaje de placer en una tortura para la conciencia. Aquel primer día en Assilah recibimos la primera lección de que no sería tarea sencilla encontrar verdaderos amigos en las zonas turísticas de Marruecos.

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En Assilah se puede encontrar una iglesia católica
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Los minaretes en las mezquitas de Marruecos no son cilíndricos como en la mayoría de países islámicos. En este caso, el minarete se junta con los edificios contiguos.

Sin comentarios

  1. What a fascinating and well told story about your time in Morocco. I love the details you lay out, both written and in photos. One photo that struck me is of the blue wall. Though simple and nothing more than a snapshot, it illustrated perfectly and was shot gracefully so that this integral part of the Moroccan experience can be shown and not just told about. How many times have I spoken of the everpresent blue in the former Soviet Union and never photographed it in detail?

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