Azares del destino: Geiser

Tuve suerte de no perderme demasiado y, tomando una carretera secundaria, muy campestre ella pero perfectamente asfaltada, conseguí llegar a las cercanías de las cataratas de Gulfoss a las once de la noche, cuando por supuesto aún seguía siendo de día. Aparqué mi coche en un pequeño pueblecito con varias tiendas de comestibles, justo enfrente de un parking que tenía bastante afluencia e intuí como punto turístico. Era Geysir -Geiser-, un cacho de tierra de propiedad estatal, aunque antes fue privada y con entrada de pago, y ahora se ha convertido en una especie de parque natural permanentemente abierto y gratuito. Huelga decir que por entonces yo no tenía ni la menor idea de que aquel lugar existía y que me lo encontré por puro azar.

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Gran parte de las tierras de Islandia estaban grises a causa de ceniza volcánica, tras una gran erupción del año anterior
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En la lejanía se veía vapor de agua elevándose como por arte de magia

Empecé a andar siguiendo unos vapores humeantes que ascendían un centenar de metros más allá, y en la lejanía observé a unas cinco personas de pie, estáticos. Mientras me aproximaba, una poza hervía incesantemente y de manera drástica, expulsando una nube de vapor de agua a perpetuidad. Pensé que aquello debía ser todo lo que aquel lugar daría de sí, pues ya me parecía por sí mismo fascinante, pero al ver que aquellas cinco personas permanecían de pie más allá, me di cuenta de que aquel lugar ocultaba algo aún mejor.

Estaban situados formando un semicírculo frente a una charca circular con un cordón de protección para no acercarse a ella. Obviamente contenía agua a altas temperaturas, 80ºC según un cartelito anunciaba, y por la forma de doble circunferencia concéntrica supe que aquello era un geiser. El famoso geiser de Islandia, en Geysir, por el que la propia palabra recibió su nombre en la antigüedad. Acababa de situarme a su lado cuando saqué la cámara y me puse a grabar, sin saber muy bien qué esperar, con idea de grabar durante un minuto por si ocurría algo, y si no, apagar la cámara y continuar hacia Gulfoss. No pasaron ni veinte segundos cuando todo aquello explotó por los aires.

“Oh my God!” dije yo sin ni siquiera pensar en que nadie me escuchaba, en que no era inglés sino español, y que aquellas palabras quedarían grabadas para siempre en un vídeo, para sorna y vergüenza personal eterna. Unos pocos segundos después, una segunda explosión provino del acuífero en un estruendo inesperado, como colofón al momento que ya parecía de por sí insuperable. Sentí una felicidad, tras tanto esfuerzo y cansancio, una satisfacción personal por ver el objetivo cumplido, como pocas veces he experimentado. Esas eran las cosas que hacían que todo un viaje mereciese la pena.

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Agua calentita

Casi con lágrimas en los ojos de la emoción abrí momentos después las puertas del pequeño Hyundai una vez más, para trasladarme unos pocos kilómetros hasta el parking de la cercana catarata Gulfoss, una de las más grandes de Europa, y uno de los lugares turísticos top de Islandia. Pero eran ya las doce de la noche, y allí quedaban un par de grupos de personas, no más de diez en total, que se marcharon a los pocos minutos de que yo llegase, dejándome en la intimidad junto a aquel monstruo ruidoso que arrojaba toneladas de agua por segundo desde una altura de veintiún metros. De todos modos, el agua al estrellarse al caer escupía un manto de espuma y neblina, salpicando a su vez gotas de agua a centenares de metros de distancia llegando hasta mi cara. Todo ello impedía divisar la distancia real hasta el fondo, y solo se veía una blanca, densa y húmeda nube de la que provenían los fenómenos gritos de la catarata ahogándose en el cañón horadado en la roca.

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Cataratas Gulfoss desde arriba

El camino avanzaba muy cerca de la caída, protegido por un único cordón que más bien servía de decoración que de seguridad. Al trasponer hasta el final del mismo, me encontré en unas rocas situadas entre la primera y la segunda caída de las cataratas, de once y veintidós metros respectivamente, rodeado por aguas bravas que circulaban a toda mecha, ahora sin cuerdas de seguridad ficticia ni ningún otro método de seguridad, solo a un paso de caer a las aguas impetuosas. No hice ninguna tontería, solo grabé un par de vídeos, pero el encontrarse tan cerca del peligro convertía los pies en torpes zarpas, las piedras en baldosas de hielo resbaladizo, y las rodillas intimidadas por el estertor de las aguas sobre las rocas allá abajo, en temblones huesecillos impotentes. La naturaleza bruta, acojona.

Daba ya el día por terminado, con una indefinible sensación mitad éxtasis mitad agotamiento, cuando me crucé con Carleen. Una mujer sobre los cuarenta años de edad, de El Paso, Texas, que también viajaba sola y que aceptó sin dilación mi petición de tomarme una fotografía: no había nadie más a quien pedírselo. A continuación, viéndose ella en el mismo dilema, me ofreció su cámara y yo sin dudarlo la arrojé por la catarata. Es broma. Ella también se marchaba ya, y yo, que llevaba dos días conduciendo casi compulsivamente, tenía ahora el relax propio del que acaba de finalizar una dura tarea, así que no tenía prisa alguna por hacer nada sino saborear el éxito de mi ruta de tres días por Islandia: Reikiavik estaba a un paso, y tenía hasta las once de la mañana del día siguiente para devolver mi coche.

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No se divisaba el fondo, solo una masa blanca de vapor de agua y espuma

Conversamos un rato Carleen y yo, a la que por cierto llamé en varias ocasiones Caroline porque su nombre verdadero no lo había oído jamás y creí que debía haberlo entendido mal. Ella era americana de pura cepa, tenía su acento bien marcado y a mi me costaba a veces seguirle la conversación, así que bien un Carleen pudo haber sido entendido como un Caroline. Nos caímos bien pronto, y quizá viendo que era más de la una de la madrugada pero aún era de día, y que los dos llevábamos demasiado tiempo viajando solos, decidimos hacernos compañeros de viaje por un rato. Me preguntó si conocía un volcán cercano, y le dije que no tenía ni la menor idea, que de hecho viajaba con un simple mapa y me dejaba llevar por la intuición. Contestó que ella creía saber dónde estaba, y que la siguiera.

Así lo hice, y ambos nos pusimos en la carretera con nuestros minúsculos vehículos de alquiler durante unos diez minutos. Era poco más de la una y media cuando aparcamos en una pequeña explanada junto a unos amplios carteles que esquematizaban las causas de la formación geológica de aquel volcán. Subimos una corta rampa y nos encontramos en la cresta de la caldera del volcán, de forma casi perfectamente cónica a causa de su corta edad: tres mil años.

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Un volcán como dios manda

Como supe años después, se llamaba Kerið aquel volcán extinguido. Sus paredes eran empinadas, pero en uno de sus lados la pendiente era menor y permitía el descenso de forma aceptablemente apta para todos los públicos. Abajo, a unos veinte metros desde la cúspide de la caldera, dormía un lago de aguas oscuras y quietas, que bien podrían encerrar leyendas de monstruos marinos y ser hogar de naves extraterrestres. Descendimos con precaución Carleen y yo, y me sorprendió que aquella mujer tuviese el valor de viajar a Islandia en solitario y, además, meterse en la solitaria caldera de un volcán con un tipo que acababa de conocer a la una de la madrugada. Por si fuera poco, ese tipo llevaba prácticamente todo el día sin comer y tres días sin ducharse.

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La buena de Carleen
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Por si no me habíais visto antes, esa cosa de ahí, soy yo

El sol empezaba a ocultarse, que ya le tocaba, y el anochecer nos encontró paseando por el borde de aquel lago perfectamente circular. Fue uno de los mejores momentos del viaje, por lo inesperado, por ser el colofón a un día casi perfecto, y por venir de la mano de una experiencia de sincero compañerismo entre viajeros. Nos hicimos varias fotos sin prisas, casi una hora estuvimos allí abajo: saltaba a la vista nuestro entusiasmo en aquel lugar. Subiendo ella con mi cámara hasta la cima por última vez, disparó una instantánea a un diminuto ser que aún permanecía a la orilla de las aguas, y que no era otro más que yo. Es una de las fotografías más curiosas que tengo, y es una pena que sea vea como el culo, pero no se puede pedir más cuando está realizada con una cámara de sesenta euros a las dos y cuarto de la madrugada, cuando el Sol ya estaba en su punto más bajo, enrojeciendo las nubes. Allí permanecería dos o tres horas más, sin terminar de ocultarse, antes de empezar a subir otra vez para iluminar por completo el día, bien temprano.

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Más de esto no anochecía en Islandia por aquellas fechas cercanas al solsticio de verano

Era el momento de la despedida, pero decidí echarle un poco de cara. Le pregunté cuál era su plan, y ella explicó que su hotel estaba cerca. Puse mi mejor cara de pena y le dije que yo tendría que regresar a Reikiavik, pero que estaba demasiado cansado y necesitaba dormir y comer algo, así como mataría por una ducha. Fui más obvio, y le pregunté directamente que si le importaba que me diese una ducha en su hotel. Pese a todo lo raro o desquiciado que esto pueda sonar, creo que en aquel contexto y observando mi aspecto era fácil de entender, de tal modo que Carleen aceptó encantada.

Así la seguí unos pocos kilómetros más hasta un hotel que, en realidad, eran pequeño cúmulo de apartamentos individuales tipo cabaña de madera. No había por consiguiente una recepción, ni había nadie que me viera entrando en su apartamento y recriminando tal acto. Le prometí antes de entrar que dormiría afuera, en mi coche aparcado frente a su apartamento con tal de encontrar algo más de seguridad. Se trataba de un hotel de cuatro estrellas con un lujo inalcanzable bajo mis estándares de aquel momento y de años por venir, pero solo el verlo por dentro ya causó mis delicias. Una gratificante ducha caliente tras tres días de bestial conducción, un plátano y un yogur, fueron los regalos de valor incalculable con los que esta mujer me mostró la cara más amable del viajero. Creo que para ella también fue un hecho novedoso y que también sintió cómo su gen viajero afirmaba con rotundidad que estaba haciendo lo correcto. Con una felicidad mutua y amistad que aún perdura, me despedí aquella noche de Carleen para descansar a su puerta hasta la mañana siguiente. El viaje a Islandia había terminado tras siete inolvidables días, pero algo mucho más grande que unas simples vacaciones había germinado en mi interior, cambiando mi destino para siempre.

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Menuda ducha… tuve hasta que hacerle una foto de lo que la disfruté

 

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