La sensación de peligro

La mente tiene miedos que no se corresponden con la realidad de ahí fuera. Nuestros temores son en multitud de ocasiones meras proyecciones de la imaginación basadas en la peor posibilidad, a veces rozando o yendo más allá de lo sensato y lo posible, no siendo más que verdaderas paranoias enfermizas.

Hace dos meses me sentaba temeroso frente a mi ordenador personal en China, investigando los potenciales riesgos que correría mi integridad física al moverme a través de los depauperados y conflictivos países de Asia Central. Más concretamente al aproximarme a la frontera pakistaní y afgana. El considerar poner pies sobre suelo afgano en el mercado de Ishkashim era algo que prácticamente me causaba temblores al irme a dormir por las noches. No sabía lo que me aguardaba, ¿cómo iba a saberlo si apenas hay información veraz sobre estos lugares circulando en ninguna parte?

Entre soldados y pastunes afganos
Entre soldados y pastunes afganos

Así que mi rica imaginación se encargaba de rellenar los huecos con proyecciones de propaganda hollywoodiense y de telediarios aborregantes que solo se preocupan de adoctrinar a las masas según los intereses dominantes. Por tanto, de mano de mi desvirtuada imaginación, puedo decir que tenía un poco de miedo. No el suficiente como para no ir, pero sí para estar inquieto y dubitativo sobre la conveniencia del proyecto.

Me aferré a mis testículos con ambas manos y fui de todos modos. Una vez me vi atravesando un par de aquellos temidos “istán” sin el menor rastro de riesgo o peligrosidad, el miedo dejó de existir. Ahora, en retrospectiva, parecía una tontería, cosa de niños. Llegué a Afganistán y todo me parecía tan fácil, tan verazmente fiable y realizable, que solo podía pensar en cruzar la frontera y conocer más. No dejar la oportunidad de ver más allá, agarrarla y exprimirla bebiendo su jugo revitalizante hasta devorar con mis ojos cada persona, cada montaña, cada casa y cada árbol, cada animal, coche, mercado, mezquita, piedra y bache en el camino.

Dos meses atrás también me mostraba francamente reticente a poner mis pies en Irán, ese país tan demonizado en el mundo occidental. Incluso consideré rutas alternativas a través del Mar Caspio hasta Azerbaiyán y Georgia con tal de evitarlo. Ahora, por el contrario, y tras gastar mucho dinero y esfuerzos en conseguir mi visado iraní, estoy ansioso por conocer a fondo dicho enclave islámico. Sé que no va a pasar nada, que es suficiente con mantener la prudencia básica requerida en estos lugares, que no ha de ser ni más ni menos que la que recomendable, por ejemplo, en el sur de España. Solo es diferente.

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En Irán, viviendo desde dentro la fiesta religiosa más importante del chiismo: la Ashura

La moraleja es que el conocimiento elimina los miedos, que la cultura no solo enriquece sino que libera, y no solo lo hace sobre ti mismo sino que también influye en la sociedad en su conjunto, toda vez que se comparte. Viajar, como leer, como reflexionar, como relacionarse con personas o lugares fuera de tu entorno de confort, abre puertas hacia el interior de ti mismo y descubre realidades, sentimientos e ideas, que jamás te atreviste a imaginar brotando y enraizando para siempre en los cimientos de tu vida futura, ahora presente. Tu nuevo tú.

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